Nos miraban desde la parcela de enfrente
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
Las paredes eran de papel. La oímos gemir en el cuarto de al lado y entendimos que nos había estado escuchando todo el tiempo, esperando una invitación.
La primera mañana la encontré en la cocina casi desnuda, moviéndose como si yo no existiera. Ahí entendí que el juego de su marido recién empezaba.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Marcos creía que dirigía el juego. Su esposa me miró por encima del hombro, dejó caer la toalla y entendí que la única regla la ponía ella.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Me pidió que sostuviera unas herramientas en cuclillas. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y aun así no me levanté.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Me puse el bikini más pequeño que tenía y bajé al jardín solo para ver su cara. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y no pensaba detenerme.
Me quité el biquini en el jacuzzi sabiendo que él me miraba de reojo desde el tejado. Lo que vine a olvidar se convirtió en lo único que recuerdo del viaje.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Sabía que los jueves tendía la ropa a la misma hora. Esa mañana decidí salir sin nada encima, solo para ver qué cara ponía. No esperaba que sonriera así.