La desconocida de la playa que subió a mi piso
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Sabía que debía irse, dar media vuelta y respetar la intimidad de Lucía. Pero los gemidos del otro lado de la puerta la clavaron en el sitio, conteniendo la respiración.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.