La noche que descubrí cuánto me gustaba que me miraran
Nunca se lo había confesado a nadie con todas las palabras, pero la idea me perseguía desde hacía años. Me ponía a mirar vídeos de chicas que se desnudaban en sitios públicos, en parques vacíos, en aparcamientos, y sentía una mezcla de vergüenza y excitación que no me dejaba dormir. No era solo el cuerpo. Era la idea de que alguien me viera y no pudiera dejar de mirar. Me imaginaba pollas duras dentro de pantalones ajenos por mi culpa, tipos yendo a casa a cascársela pensando en mis tetas, y con esa imagen en la cabeza me metía los dedos en el coño hasta correrme sola en la cama, mordiendo la almohada.
Tardé mucho en atreverme a decírselo a Damián. Él y yo teníamos un acuerdo cómodo: nada de sentimientos, nada de planes, solo encontrarnos cuando los dos teníamos ganas de follar. Por eso pensé que era la persona indicada. No iba a juzgarme y, si la cosa salía bien, los dos íbamos a ganar algo.
—Quiero que me ayudes con una cosa —le dije una tarde, jugando con el borde de mi taza para no mirarlo a los ojos—. Pero no te rías.
—No me río —contestó, aunque ya sonreía.
Se lo conté todo. Las ganas de desnudarme donde pudieran verme, el cosquilleo de imaginar miradas ajenas sobre mis tetas, sobre mi coño si hacía falta. Esperaba que se incomodara. En vez de eso se quedó pensando, asintió despacio y puso una sola condición.
—Te acompaño y te cuido todo el día —dijo—. Pero al final me dejas terminar contigo. Vas a estar tan caliente y con el coño tan mojado que me la vas a pedir tú misma, y yo te la voy a meter hasta el fondo.
Acepté antes de que terminara la frase.
***
El plan empezaba con algo suave. Damián propuso ir al cine, a la última sesión, cuando la sala estaba casi vacía. Me dijo que lo primero tenía que ser a oscuras, en un sitio donde el riesgo fuera pequeño y yo pudiera acostumbrarme a la sensación.
—Cuando arranque la película te levantas y te subes la blusa —me explicó en voz baja mientras subíamos las escaleras alfombradas—. Nadie te va a ver. Pero tú vas a saber que lo hiciste.
Nos sentamos en la última fila. Había una pareja abajo, lejos, y un par de butacas ocupadas en el medio. Durante los primeros minutos no pude concentrarme en nada de lo que pasaba en la pantalla. Tenía las manos frías y el corazón disparado.
Entonces, sin pensarlo demasiado, empecé a tocarme por encima de la ropa. Me apreté el coño con el canto de la mano y sentí lo empapadas que tenía ya las bragas. Fue como destrabar algo. La vergüenza no desapareció, pero se mezcló con otra cosa más fuerte que me empujaba hacia adelante.
Me levanté un poco del asiento, me subí la blusa y me bajé el sujetador. Los pezones se me pusieron duros de golpe, tanto que me dolían. El aire frío de la sala me rozó la piel y se me erizó todo el cuerpo. No me veía nadie, y aun así el simple hecho de estar así, expuesta en mitad de la oscuridad con las tetas afuera y el coño palpitando dentro de las bragas, me tenía temblando.
Damián se inclinó hacia mí y me habló pegado al oído.
—Así tiene que ser. ¿Qué se siente?
—Es increíble —susurré—. No me ve nadie y aun así es lo más erótico que he hecho en mi vida. Estoy chorreando, Damián. Tócame.
Le agarré la mano y me la metí por debajo de la falda. Sus dedos encontraron la mancha caliente en mis bragas y soltó una risa ronca contra mi cuello. Apartó la tela y me pasó dos dedos por la raja empapada, de arriba abajo, jugando con el clítoris hinchado hasta que se me escapó un gemido. Le tapé la boca con la otra mano para no gritar cuando me metió los dedos dentro. Me los clavó despacio, hasta el fondo, y empezó a follarme con ellos al ritmo lento de la música de la película. Yo tenía las tetas afuera, la falda subida y los dedos de un tío hundidos en el coño en la última fila de un cine, y pensar en eso me acercó al orgasmo en menos de un minuto.
Le dije que se había portado bien y que se merecía un premio. Le guié la cabeza hacia mi pecho y dejé que me chupara los pezones uno detrás del otro, tirando de ellos con los labios y mordiéndolos suave mientras la película seguía sonando de fondo. Le agarré del pelo y le pegué la cara a las tetas hasta que se me humedecieron enteras de saliva. No era solo el placer de exhibirme. Era tenerlo a él ahí, atento, mamándome como un crío hambriento, mientras yo cruzaba una línea que llevaba años queriendo cruzar.
***
Salimos del cine con las mejillas encendidas, las bragas hechas una sopa y una sonrisa tonta que no se me iba. Pensé que la noche terminaría ahí, pero Damián tenía otra idea. Me dijo que teníamos que comprar un par de cosas y me llevó a una tienda pequeña, de esas que abren hasta tarde.
Lo que no me esperaba era encontrar a dos de sus amigos junto a la entrada. Me frené en seco. Damián me apretó la mano para tranquilizarme.
—Son de confianza —dijo—. Si quieres, puedes enseñarles las tetas. Si no, no pasa nada y seguimos.
Los miré. Ellos me miraban a mí, y la forma en que sus ojos bajaban hacia mi escote sin disimulo me hizo sentir un tirón en el estómago y otro más fuerte entre las piernas. No había nadie más en la calle. La luz de un farol caía justo sobre nosotros. Uno de los dos, sin darse cuenta, ya se estaba acomodando el bulto en el pantalón.
Era distinto a la oscuridad del cine. Aquí había caras, ojos de verdad, gente que iba a recordar mis tetas cuando se la cascara esa noche. Y eso, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.
—Mucha miradita —les dije con una sonrisa que no sabía que tenía dentro.
Me subí la blusa y me bajé el sujetador. Los pechos me saltaron afuera, blancos bajo la luz amarilla, con los pezones tiesos y apuntando hacia ellos. Los dos se quedaron callados un segundo, como si no creyeran lo que estaban viendo.
—Joder, qué tetas —dijo uno, con la voz un poco ronca—. Esto era lo que queríamos ver.
—Quizá otro día os dejo algo más —contesté, y me relamí los labios sin quererlo—. Quién sabe, a lo mejor os dejo hasta chupármelas.
Me quedé pensando que esa frase había sonado descarada, casi vulgar. Y descubrí que me gustaba sonar así. Me gustaba la mujer que aparecía cuando me sentía mirada, cuando me sentía deseada como un pedazo de carne. Antes de irnos, dejé que cada uno me tocara un pecho, y no fue rápido. El primero me agarró la teta entera con la palma, me la sopesó y me pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice hasta que me escapé un jadeo. El otro se agachó y me metió el pezón derecho directamente en la boca, chupándolo con fuerza durante unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que Damián le puso la mano en el hombro y lo apartó con calma. La piel me ardía donde me habían tocado, y sentía la baba fría del segundo sobre el pezón cuando volví a bajarme la blusa.
***
Con la calle ya más vacía, Damián me llevó a un pequeño supermercado de barrio. Caminamos entre las estanterías hasta un pasillo apartado, donde no llegaba ni la cámara ni la vista del mostrador.
—Aquí —me dijo en voz baja—. Nadie nos ve.
Me subí la blusa otra vez, me bajé el sujetador y me toqué los pechos despacio, mirándolo a los ojos. Le agarré la mano y me la llevé al coño por encima de las bragas.
—Toca cómo estoy —le susurré.
Metió los dedos bajo la tela, los frotó en mi raja empapada y me los enseñó brillando de flujo bajo la luz blanca del fluorescente.
—Estás chorreando, joder —dijo, y se los chupó uno a uno.
—Dame una mamada rápida a las tetas —le pedí.
Se agachó y me lamió cada pezón con la punta de la lengua primero, después metiéndoselo entero en la boca y tirando de él con los dientes suave hasta que se me escapó otro gemido. Le sentí la polla dura contra el muslo cuando se volvió a poner de pie, marcada bajo el pantalón. Los dos conteníamos la risa por lo absurdo y lo excitante de la situación. Me bajé la ropa y le confesé algo que se me había metido en la cabeza esa noche.
—Me encantaría trabajar en un sitio así —le dije—. Y escaparme con un compañero al almacén cada vez que pudiera, y dejar que me follara contra los palets.
—¿Tanto te gusta? —preguntó, divertido.
—Es lo más erótico que he sentido nunca —respondí, y lo decía en serio.
Mientras lo decía, mis ojos se fueron hacia el chico de la caja. Era joven, no debía tener mucho más de veinte años, y estaba solo, distraído mirando el teléfono. Sentí que el corazón me golpeaba el pecho y que el coño me daba un latigazo. Damián siguió mi mirada y entendió enseguida lo que estaba pensando.
—No te atreves —me retó en voz baja.
Esa frase fue todo lo que necesité.
***
Caminé hasta el mostrador con un caramelo en la mano, como si fuera lo único que iba a comprar. El chico levantó la vista y me sonrió con esa amabilidad automática de quien lleva horas detrás de una caja. Le pagué despacio, alargando el momento.
—¿Tienes novia? —le pregunté, porque no se me ocurrió un comienzo mejor.
—No —contestó, un poco sorprendido—. ¿Por qué?
—¿Me guardas un secreto? —le dije, bajando la voz.
Vi en su cara que pensaba que iba a decirle que me gustaba. Lo que pasó fue mejor. Con la blusa todavía puesta, me solté el sujetador por debajo, lo dejé caer dentro de la manga y, cuando comprobé que no venía nadie, me levanté la blusa hasta el cuello delante de él, dejándole las dos tetas afuera, apoyadas casi encima del mostrador.
—Estoy muy caliente —le dije—. Tengo el coño empapado. Considéralo una propina.
Me quedé así unos segundos, más de lo que había pensado. Le agarré una mano y me la puse encima de un pecho. El chico tragó saliva tan fuerte que se le oyó, y me apretó la teta despacio, con los dedos temblando, como si tuviera miedo de que me arrepintiera. Le dejé que me pellizcara el pezón un par de veces y le vi por debajo del mostrador cómo se acomodaba la polla, hinchada hasta reventar contra el uniforme. Bajé la mirada un instante hacia ese bulto y me mordí el labio.
—Sácala —le susurré, sin creerme lo que estaba diciendo.
El chico miró hacia la puerta, luego hacia mí, y con dedos torpes se bajó la cremallera y se sacó la polla por encima del elástico del calzoncillo. La tenía tiesa, gruesa, roja en la punta, y una gota espesa de líquido pre le colgaba del capullo. Me relamí sin querer. Me incliné sobre el mostrador y le pasé la lengua por la punta, solo una vez, recogiendo esa gota salada. El chico dejó escapar un quejido tan agudo que me dio la risa. Le pasé el pulgar por el capullo, se lo esparcí y me aparté antes de meter la boca del todo. No quería acabarlo ahí. Solo quería llevármelo puesto en la cabeza el resto de la noche.
—Guárdala —le dije—. Y esta noche, cuando te la casques, acuérdate de mí.
Me bajé la ropa antes de que pudiera reaccionar del todo. El chico tenía la polla afuera todavía, mojada de mi saliva, y no era capaz ni de guardarla.
—Qué bonitas son —murmuró, refiriéndose a mis tetas.
—Espero que algún día te las folles —le contesté, y salí de la tienda con las piernas temblando y el coño tan mojado que sentía el flujo bajándome por la cara interna del muslo.
Afuera, Damián me esperaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una ceja levantada.
—¿Lo hiciste? —preguntó.
—Lo hice —dije, sin aliento—. Y me porté fatal. Le lamí la polla al pobre.
Damián soltó una carcajada y me agarró de la cintura. Me metió una mano por debajo de la falda ahí mismo, en plena calle, comprobó las bragas empapadas y se llevó los dedos a la boca.
—¿Y ahora dónde más? —insistió, provocándome.
Negué con la cabeza. Estaba tan caliente que apenas podía pensar. Tenía el coño palpitándome, los pezones doloridos y las bragas pegadas a la piel.
—Por hoy ya está bien —le dije—. Llévame a tu casa y fóllame. Es hora de darte todo tu premio.
***
Llegamos a su casa con las manos por todas partes antes siquiera de cerrar la puerta. En el ascensor ya me había bajado un tirante y me había metido la mano por debajo de la blusa, amasándome una teta con la palma entera. Yo le agarré la polla por encima del pantalón y se la apreté, dura como una piedra, húmeda ya en la punta a través de la tela. En cuanto entramos, me apoyó contra la pared del pasillo y me arrancó la blusa de un tirón.
—¿Me vas a follar o quieres terminar de chuparme las tetas primero? —le pregunté, mordiéndome el labio.
—Las dos cosas —contestó—. Y tú antes me vas a mamar la polla, guarra.
Me quedé empapada solo con oírlo. Me arrodillé ahí mismo, en el pasillo, y le bajé los pantalones y el calzoncillo de un tirón. La polla le saltó afuera dura, gruesa, con el capullo brillando. Se la agarré con las dos manos y le pasé la lengua por toda la longitud, de los cojones a la punta, chupándole con ganas y ensuciándome la barbilla de babas. Me la metí entera en la boca hasta que se me clavó en el fondo de la garganta y me hizo lagrimear. Él me agarró del pelo y empezó a follarme la boca despacio, moviéndome la cabeza al ritmo que quería. Yo le mamaba con hambre, con las tetas afuera balanceándose y una mano metida en mi propio coño por encima de las bragas, frotándome el clítoris al compás.
—Levántate —me gruñó al cabo de un rato—. Que si sigues así me corro en tu boca y quiero corrermeme dentro.
Me terminó de desnudar despacio, sin prisa, y empezó a besarme el cuello mientras yo le sacaba la ropa a tirones. Me llevó a la cama y se quedó un rato largo solo en mis pechos, lamiéndolos, mordiéndolos, chupándomelos como si quisiera vaciarme, como si quisiera borrar las miradas de todos los que me habían visto esa noche y dejar las suyas en su lugar. Me pasaba la lengua entera por cada pezón y después me lo apretaba entre los dientes, y yo arqueaba la espalda cada vez.
—No le des esto a nadie más —me dijo, apretándome un pezón entre los dedos—. Estas tetas son mías.
Después bajó. Me abrió las piernas de un empujón y se me hundió en el coño con la boca. Me chupó los labios, la raja entera, me clavó la lengua dentro y me la sacó llena de flujo. Cuando me encontró el clítoris, me lo lamió con la punta rápido, luego se lo metió en la boca y lo chupó como si fuera un pezón hasta que empecé a temblar. Le agarré la cabeza con las dos manos y le pegué la cara contra el coño mientras me corría por primera vez en la noche, apretándole los muslos contra las orejas, mojándole la barbilla entera.
—Fóllame ya —le pedí en cuanto pude hablar—. Métemela.
Se subió encima. Se agarró la polla y la pasó por mi raja empapada, restregándome el capullo contra el clítoris hinchado hasta hacerme gemir. Cuando por fin me la metió, entró de una sola embestida hasta el fondo. Arqueé la espalda y solté un gemido que llevaba toda la noche guardando. Empezó a follarme despacio, hasta el fondo cada vez, apoyado en los brazos para mirarme las tetas rebotar con cada empujón.
—Así, mira cómo te entra —me dijo—. Mira cómo la chupa tu coño.
Bajé la vista y vi su polla entrando y saliendo, brillante de mi flujo, y me estremecí. Me agarró de las caderas y me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me la volvió a meter por detrás. Me la clavó hasta los cojones, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me folló con ganas, con las tetas colgando y sacudiéndose contra el colchón. Le clavé la cara en la almohada para no despertar al edificio con los gemidos. Sentía cada centímetro de su polla dentro, el ruido húmedo cada vez que me la metía entera, sus cojones golpeándome el clítoris con cada envite.
—Me voy a correr otra vez —le avisé con la voz rota.
—Córrete en mi polla —me contestó, y me la clavó más rápido.
Me corrí apretándole la polla con el coño, temblando de arriba abajo, dejando escapar un gemido largo y sucio contra la almohada. Él aguantó unos segundos más, embistiéndome sin piedad, hasta que le sentí hincharse dentro de mí y descargar chorro tras chorro de semen caliente en el fondo del coño. Se quedó ahí, apretado contra mi culo, respirando fuerte, con los últimos espasmos vaciándose dentro.
Nos derrumbamos los dos, sudados, pegajosos, sin fuerzas. Me abrazó por detrás, todavía agitado, con la respiración en mi nuca y su polla resbalando fuera de mí, dejando un hilo caliente de corrida bajando por mi muslo.
—Eres la cosa más loca que conozco —murmuró contra mi pelo.
—¿Y eso es bueno o malo? —pregunté.
—Es buenísimo —contestó, y lo sentí sonreír.
***
Me quedé un rato más en su cama, en silencio, con su semen todavía escurriéndoseme entre las piernas, repasando todo lo que había hecho. No reconocía a la mujer que se había levantado la blusa en el cine, en la calle, delante de un cajero al que casi le hago una mamada. Y, sin embargo, esa mujer era yo. Llevaba años escondida, y bastó una noche y la persona adecuada para dejarla salir.
Cuando me levanté para irme, Damián se incorporó y me dio un beso en cada pecho, lento, casi con ternura, y otro más en el coño todavía inflamado.
—¿Repetimos? —preguntó.
No tuve que pensarlo. Me incliné, lo besé en la boca y le di mi respuesta sin palabras. Ya estaba imaginando dónde sería la próxima vez, y qué polla nueva iba a probar.