El maestro de obra no sabía que yo lo escuchaba
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Llevaba meses imaginándolo: un vestido negro, unos tacones brillando bajo las luces y yo parada en una esquina, a la vista de todos los que pasaran.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Lo vi entreabrir la puerta mientras yo estaba de rodillas. Podía haberme detenido. En cambio le guiñé un ojo y dejé que se quedara mirando.