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Relatos Ardientes

Mis fantasías a solas cuando nadie sospecha nada

Después de mucho tiempo sin escribir, volví a sentarme a contar algo que nunca le dije a nadie. No es una historia de amor ni un encuentro casual en un hotel. Es la historia de lo que hago cuando cierro la puerta y me quedo a solas conmigo misma, esa parte de mí que ninguna de mis amigas conoce y que mi familia jamás sospecharía.

Descubrí el placer por accidente, casi sin entender lo que pasaba. En el cajón del fondo del armario de mi padre había unas revistas que él escondía bastante mal, debajo de unas carpetas viejas que nunca movía. Las encontré una tarde de aburrimiento, y lo que empezó como simple curiosidad terminó siendo otra cosa.

Lo que más me llamaba la atención no eran los hombres. Eran ellas. Las mujeres de esas páginas, con la piel depilada y suave, los pechos llenos, los pezones que se veían tibios incluso impresos en papel. Pasaba las hojas despacio y algo se encendía en mi vientre, una tensión que no sabía nombrar pero que pedía atención.

Las páginas que más me gustaban eran las de dos mujeres juntas. Me quedaba mirándolas mucho más de lo necesario, imaginando texturas, imaginando cómo sería tocar y ser tocada de esa forma. Creo que ahí entendí, mucho antes de admitirlo, que me gustaban los dos.

***

Con los años llegó internet, y con internet se me abrió un mundo entero. Una laptop vieja, los auriculares puestos y la madrugada por delante. Páginas de fotos, de videos, de relatos escritos por desconocidos que contaban cosas que yo apenas me animaba a pensar.

Leía historias de mujeres entregándose a otras mujeres, de bocas y manos y lenguas, y también de hombres con vergas duras que las llenaban sin pudor. Me imaginaba en medio de todo eso. Me metía los dedos despacio, sintiendo cómo se humedecían, y me quedaba quieta un segundo solo para reconocer esa sensación de estar completamente mojada.

Lo que más me excitaba no era solo el placer físico. Era el contraste. Durante el día yo era la chica callada, la prudente, la que todos describían como inocente, incapaz de tener un pensamiento sucio. Nadie tenía idea de que esa misma chica, cada noche, se acariciaba el clítoris en la oscuridad mordiéndose los labios para no hacer ruido.

Esa doble vida me ponía a mil. Saber que me veían de una manera y que la realidad era completamente otra. A veces, en plena cena familiar, recordaba lo que había hecho la noche anterior y tenía que disimular la sonrisa.

La masturbación se me volvió un hábito, casi un ritual. Por momentos sentía algo de culpa, porque crecí escuchando que eso estaba mal, que era sucio, que una mujer no debía tocarse. Tardé en sacudirme esa idea. Hoy lo veo distinto: conocer mi propio cuerpo fue lo mejor que pude hacer por mí.

***

Nunca voy a olvidar la primera vez que tuve un squirt. Había visto videos de mujeres soltando chorros después de tocarse con intensidad, y me moría de curiosidad por saber si yo podía hacer lo mismo. Me parecía algo casi mágico, fuera de mi alcance.

Así que una madrugada decidí intentarlo en serio. Puse una toalla doblada sobre la cama, me desnudé del todo y seguí, paso a paso, las instrucciones de una página que explicaba la dirección y el ritmo exacto. Al principio me sentía torpe, casi ridícula, probando ángulos.

Y entonces pasó. En pocos minutos, una presión que crecía y crecía hasta que dejé de poder contenerla. Solté un chorro que me sorprendió a mí misma, el cuerpo entero temblando, los pechos mojados, las piernas sin fuerza. Me quedé tirada en la cama, respirando agitada, sintiéndome la mujer más perversa del mundo. Y me encantó esa sensación.

Desde esa noche quise repetirlo una y otra vez. Aprendí a leer mi cuerpo, a reconocer las señales, a empujar justo hasta el borde y dejarme caer.

***

Mi imaginación siempre fue mi mejor juguete, pero con el tiempo también me animé a experimentar con otras cosas. Una vez, después de leer un relato de unas amigas que se metían frutas durante un juego entre ellas, me dio una curiosidad imposible de ignorar.

Fui a la cocina, agarré unas uvas y unas fresas, y volví al cuarto. Me las fui metiendo despacio, una a una, sintiendo el frío contra mi calor. Después las sacaba bañadas en mis fluidos y me las comía mientras seguía tocándome. Sé que suena demasiado, pero en ese momento me sentí libre, dueña absoluta de mi placer, sin nadie que me juzgara.

Otro de mis descubrimientos fue, de todas las cosas posibles, un cepillo de dientes eléctrico. Estoy segura de que más de una mujer leyendo esto ya sabe perfectamente de qué hablo y está sonriendo. La vibración es algo maravilloso.

La primera vez que lo usé, lo hice por encima de unas medias negras finas, apoyándolo despacio sobre la tela. Cuando lo encendí y lo acomodé contra mi clítoris, casi me corro al instante. Tuve que respirar hondo y controlarme para que durara. Estuve un buen rato así, sentada con las piernas abiertas, dejando que esa vibración me recorriera mientras fantaseaba, hasta que el orgasmo me sacudió con tanta fuerza que casi me caigo de la silla.

***

Con el paso de los años me volví bastante más calenturienta. Ya en la universidad, varias veces me ponía lentes de sol solo para poder mirar tranquila sin que se notara. Detrás de esos cristales oscuros me daba el lujo de observar lo que quisiera.

Me quedaba viendo el bulto de algún chico que se marcaba sin querer bajo el pantalón, o me relamía la mirada con un buen escote, con unas piernas, con la curva de la espalda de alguna compañera. Coleccionaba esas imágenes como quien guarda souvenirs. Y esa misma noche, en mi cama, las usaba todas. Reconstruía cada detalle: la forma de una boca, el modo en que se movían unas caderas al caminar.

Esa costumbre de mirar y guardar nunca se me fue. Me gusta observar. Me gusta imaginar. Me gusta que una persona desconocida, sin saberlo, se convierta en el centro de mi fantasía durante horas.

***

Una de mis fantasías recurrentes nació de tanto leer y mirar a escondidas. Me imaginaba sola en casa, con todas las luces apagadas, sabiendo que del otro lado de la ventana alguien podía estar observándome sin que yo lo viera. La idea de ser mirada, de exhibirme sin saber bien para quién, me ponía el cuerpo en tensión de una forma que pocas cosas lograban.

Una noche decidí jugar con eso. Dejé las cortinas apenas entreabiertas y me quedé desnuda frente al espejo, tocándome despacio, imaginando una mirada anónima clavada en mi piel. No sé si había alguien afuera o no, y precisamente esa duda era lo que lo volvía irresistible. Me acaricié los pechos, bajé la mano entre las piernas y me dejé llevar pensando que cada movimiento mío era un pequeño espectáculo privado para un público invisible.

Cuando terminé, temblando, con la respiración entrecortada, me quedé un largo rato mirándome en el espejo. Me gustaba esa mujer que veía ahí: sin miedo, sin vergüenza, dueña de su propio deseo. Esa noche entendí que la fantasía a veces es más poderosa que cualquier encuentro real, porque no tiene límites más que los que una misma quiera ponerle.

Desde entonces aprendí a construir escenarios enteros dentro de mi cabeza. Inventaba situaciones, personajes, lugares. A veces era una desconocida que me seducía en un baño; otras, dos personas a la vez reclamándome con urgencia. Mi mente se volvió un teatro privado donde podía dirigir cada escena exactamente como quería, y eso me daba un poder enorme sobre mi propio placer.

***

Han pasado muchas cosas en todos estos años de explorarme. Aprendí que hay deseos que me encienden tanto que me cuesta aguantarme. Admito que, a veces, soy mucho más atrevida de lo que cualquiera imaginaría: he llegado a tocarme en lugares donde no debería, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar por el riesgo de que alguien se diera cuenta.

Por suerte, hoy tengo una pareja que me entiende como nadie. Sabe perfectamente lo que me gusta, conoce mi lado más perverso y, en lugar de asustarse, lo disfruta conmigo. Sabe que me derrito cuando me toca en público, cuando una mano se desliza por debajo de la mesa en un lugar lleno de gente, cuando el peligro de ser descubiertos lo vuelve todo más intenso.

No lo puedo evitar y ya dejé de intentarlo. Me encanta darme placer pensando tanto en mujeres como en hombres, sin etiquetas, sin culpas, dejándome llevar por lo que mi cuerpo me pide en cada momento.

Esa parte de mí, la que nadie sospecha, es probablemente la más honesta. La que no actúa, la que no disimula, la que no le rinde cuentas a nadie. Y aunque el mundo me siga viendo como la chica tranquila y prudente, yo sé muy bien quién soy cuando cierro la puerta.

En fin, este es mi pequeño relato. Espero que les haya prendido algo por dentro, que les haya despertado las ganas de explorarse sin vergüenza. Porque al final eso es lo que aprendí en todos estos años a solas: que el deseo, cuando una lo abraza sin miedo, es el mejor regalo que una puede hacerse.

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Comentarios (6)

NocturnaCBA

que relato tan caliente, me dejo sin palabras!!!

Curiosa_81

Me pregunto cuantas personas se sienten igual y nunca lo dicen jaja. Muy buen relato.

ValentinaR

Me encanto como esta escrito, se siente autentico. Espero que haya mas!

DiegoSur22

Tremendo. Me recordo a una epoca de mi vida en que pensaba que nadie imaginaría lo que pasaba por mi cabeza jajaja

MarcoR_74

excelente!!!

Luciana_BsAs

Por favor seguilo, quede con ganas de saber mas. Muy bien narrado.

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