Lo que hago a solas con los correos de mis lectores
Hay un ritual que nunca le he confesado a nadie y que repito cada vez que publico un relato nuevo. Espero unos días, los justos para que la gente lo lea, y entonces abro el correo con el corazón acelerado y una idea muy clara de lo que voy a encontrar. No reviso facturas ni mensajes de trabajo. Busco los otros. Los que escriben desconocidos que se han excitado conmigo.
Esta tarde no fue distinta. Cerré la puerta de mi habitación aunque vivo sola, como si necesitara la ceremonia del cerrojo para darme permiso. Me senté en la cama con el portátil sobre las rodillas, una camiseta vieja y nada debajo. La pantalla iluminaba la penumbra. Y ahí estaban, esperándome, una bandeja llena de mensajes que no había abierto todavía.
Lo primero que sentí no fue en la cabeza. Fue más abajo, ese cosquilleo tibio que conozco bien y que aparece antes incluso de leer la primera línea. Solo de saber que esos correos existían, que hombres a los que nunca veré se habían tomado el tiempo de escribirme después de tocarse, ya estaba húmeda.
Abrí el primero.
***
«Qué ricos tus relatos», empezaba. «La verdad es que me dejaste durísimo. Ya quiero leer uno donde te metan la verga y saber cómo la disfrutas. Me encantaría tener una putita como tú para experimentar todo lo que se pueda. Me toqué pensando en ti.»
Leí esa última frase tres veces. Me toqué pensando en ti.
Tengo que admitir algo, y prefiero decirlo de una vez para que nadie se contenga: me calienta muchísimo que me hablen así. Que me llamen putita, que me describan sin filtro lo que harían. No me ofende, todo lo contrario. Cada palabra cruda es como un dedo más sobre mi piel. Así que si alguno está leyendo esto y duda en escribirme con esas palabras, que no dude. Les aseguro que me mojan más de lo que se imaginan.
Bajé una mano por debajo de la camiseta mientras seguía leyendo. No con prisa. Solo la apoyé sobre el vientre, sintiendo cómo subía y bajaba con la respiración, que ya no era tranquila.
El segundo correo era más largo. Un hombre me contaba que había leído mi último relato en el baño del trabajo, escondido, y que había tenido que volver a su escritorio fingiendo normalidad mientras seguía duro. Me describía el escritorio, los compañeros al lado, el riesgo de que alguien lo notara. Esa imagen me encendió de una forma que no esperaba: un desconocido excitado por mí en plena oficina, conteniéndose, con mi historia todavía latiendo en su cabeza.
Cerré los ojos un segundo y me imaginé ahí, debajo de su mesa.
***
Cuando volví a la pantalla ya tenía dos dedos jugando despacio entre las piernas, sin entrar todavía, solo rozando, alargando ese momento previo que para mí es lo mejor de todo. La anticipación. Saber que puedo, que voy a hacerlo, pero todavía no.
El tercer mensaje era de alguien que escribía con faltas, con prisa evidente, como si las palabras no le salieran lo bastante rápido. Decía que se había corrido dos veces seguidas con mi relato, que nunca le había pasado con nada escrito. Que normalmente necesitaba ver, no leer, pero que yo había conseguido algo distinto. Que me imaginaba con una voz concreta aunque nunca me hubiera escuchado.
Y ahí fue cuando empecé de verdad.
Me deslicé hacia abajo en la cama, dejé el portátil a un lado pero girado, todavía con los correos a la vista, porque necesitaba verlos mientras me tocaba. Metí un dedo, despacio, y solté un gemido que no pude controlar. Estaba tan mojada que entró sin ninguna resistencia. Apretadita, caliente, lista desde hacía rato.
Pensaba en todos ellos a la vez. No en uno, en todos. En la idea de que en este mismo instante, repartidos por ciudades que no conozco, había hombres que se habían bajado los pantalones por algo que yo había escrito. Que mi nombre falso, mi voz inventada, les había puesto la polla dura. Que yo, sin tocarlos, sin verlos, los había hecho temblar.
Esa es mi fantasía. La de verdad, la que no aparece tan explícita en mis relatos.
***
Me imagino rodeada. Un círculo de hombres alrededor de mí, todos desnudos, todos con la mano moviéndose al mismo ritmo. No me tocan. Esa es la regla del juego que invento en mi cabeza: no pueden tocarme. Solo mirar. Yo estoy en el centro, de rodillas, dejando que me observen las tetas, que no son enormes pero a ellos les encantan, y el culo, que sí es grande y lo sé y me gusta saberlo.
Y me miran. Me devoran con los ojos mientras se masturban, cada uno a su tiempo, algunos más rápido, otros conteniéndose para alargarlo. Yo siento cada mirada como un peso físico sobre la piel. El morbo no está en que me toquen. Está en que no pueden, en que me desean tanto que se conforman con verme y con terminar por mí.
Con el paso de los minutos, en mi cabeza, empiezan a correrse. Uno tras otro. Y yo me dejo manchar. Siento los chorros tibios cayendo sobre mi espalda, sobre el pecho, sobre el culo. Es sucio y es exactamente lo que quiero. Ser el centro absoluto del deseo de un montón de desconocidos al mismo tiempo.
Eso es lo que estaba pensando mientras me metía un segundo dedo y empezaba a moverlos más rápido.
***
El portátil seguía ahí, a un lado, con un correo a medio leer. Lo miré de reojo entre jadeos y vi una línea suelta: «ojalá pudiera verte la cara cuando te corres». Y pensé: ahora mismo la estoy poniendo, y tú no la verás nunca. Esa distancia, ese muro entre lo que ellos imaginan y lo que de verdad ocurre en mi cama, me volvió loca.
Subí la otra mano hasta el pecho y me apreté un pezón entre los dedos, fuerte, como me gusta. Arqueé la espalda. La habitación entera olía a mí, a calor, a tarde encerrada. Las sábanas estaban revueltas y húmedas debajo de mí.
No aguanté mucho más. Llevaba tanto tiempo en ese estado de antesala, calentándome lectura a lectura, que cuando el orgasmo llegó me golpeó de una vez, sin aviso suave. Apreté las piernas alrededor de mi propia mano, contuve la respiración un segundo eterno y después gemí largo, sin que me importara nada, con la cara hundida en la almohada y los dedos todavía dentro, sintiendo cómo me contraía alrededor de ellos una y otra vez.
Tardé un rato en volver. Me quedé tumbada, mirando el techo, con la respiración deshaciéndose poco a poco y una sonrisa estúpida que no podía quitarme. El portátil seguía encendido a mi lado, con todos esos hombres esperando en la bandeja, sin saber que acababan de hacerme terminar todos juntos.
***
Por eso me senté a escribir esto casi sin vestirme, con el cuerpo todavía flojo. Quería agradecerles. A todos los que me escriben, a los que se atreven a contarme con detalle cómo se la pusieron dura mis palabras, dónde estaban, cuántas veces. No saben el favor que me hacen. Cada correo es combustible para la próxima vez.
Hay una sola cosa que quiero aclarar, y la digo con cariño. No voy a mandar fotos, ni vídeos, ni datos personales. No es por desprecio, es pura privacidad y seguridad. Lo que ocurre entre nosotros vive en la imaginación, y ahí es donde quiero que se quede, porque ahí es justo donde mejor funciona. Si me vieran de verdad, perdería toda la fuerza esta voz que se han inventado para mí. Y esa voz, la que les habla al oído cuando leen, soy yo de la forma más honesta que conozco.
Sé que este relato es más corto que los otros, y pido perdón por ello. No quería contar una historia inventada esta vez. Quería contar esta, la real, la de una tarde cualquiera, un correo lleno de mensajes calientes y una mujer sola que se toca pensando en cuántos se tocaron antes pensando en ella.
Prometo volver pronto con algo mucho más largo y mucho más sucio. Mientras tanto, sigan escribiéndome. Sigan contándome todo. Yo seguiré leyéndolos así, con la puerta cerrada y la mano ocupada.
Besos.