Mi amiga quiso perder el miedo al sexo anal
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
Entré solo al cine x, nervioso y caliente, y acabé siguiendo a una pareja madura hasta un coche donde pasó de todo.
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
Bajamos del escenario riéndonos, pero en cuanto cerraron la puerta del apartamento nadie tenía ganas de seguir fingiendo.
Pensé que aquella cena era una broma, hasta que vi a mi amante entrar del brazo de otra mujer y entendí que esa noche iba a mirar, tocar y aprender.
Pensé que iba a compartirla con un hombre una sola noche, pero cuando abrió la puerta y vi a la otra mujer, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Me bastó una sonrisa frente al mar para saber que esa noche no iba a dormir en calma.
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Lo reconocí al fondo de la fiesta y no imaginé que acabaríamos solos, con las manos temblando y la verga dura dentro de mi coche.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.