La chica que me enseñó lo que nunca imaginé sentir
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
Llevábamos dieciocho años casados y creí conocerla. Hasta la noche en que, con la voz temblándole, me admitió que ahora miraba a otras mujeres.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Habíamos rechazado a tres parejas. Cuando por fin encontramos la perfecta, nos pusieron una condición que no esperábamos ni en nuestros sueños más raros.
Cuando salí del baño con tacones, medias y baby doll rojo, su cara lo dijo todo: ya no era la «hija» de su mejor amigo, era otra cosa.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Llegó a mi despacho buscando el divorcio. Tres horas después, su confesión me tenía con la falda arrugada y sin saber distinguir si era abogada o cómplice.
Esa noche bajé al motel sabiendo que algo iba a cambiar. Lo que no sabía era que sería ella quien me enseñara lo que llevaba años fingiendo no querer.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.
Cuando me dio la mano para despedirnos, sentí un papel doblado contra mi palma. Decía: «Escríbeme cuando estés solo. Tengo más mezcal y quiero conocerte mejor».
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.