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Relatos Ardientes

Descubrí su engaño y mi cuerpo me traicionó

La copa de vino seguía sobre la mesa del salón, todavía llena hasta la mitad, todavía esperando a que volviéramos a brindar como hacíamos cada viernes. Pero esa noche ya no íbamos a brindar. Damián se había encerrado en el despacho hacía dos horas, después de una pelea por nada y por todo a la vez. Y yo me había quedado en el sofá, con los ojos secos de tanto llorar y un nudo en el pecho que no se deshacía.

Cogí la copa y me bebí lo que quedaba de un trago largo. El vino tibio me raspó la garganta, pero no apagó nada. Solo me dejó la boca seca y la cabeza más caliente.

Y entonces me acordé del móvil.

El otro móvil. El del trabajo. Ese que dejaba olvidado en la mesilla porque era un despistado de manual. Ese que nunca cambiaba de contraseña, ni para entrar al ordenador, ni para abrir la caja fuerte de la oficina, ni para nada.

Me levanté del sofá despacio, como si algo dentro de mí ya supiera lo que iba a encontrar y quisiera retrasarlo unos segundos más. Caminé hasta el dormitorio sin encender la luz del pasillo, descalza, con el pijama todavía oliendo al perfume que me había puesto para él esa misma tarde. La cama estaba deshecha de la mañana. Su lado todavía hundido.

Abrí el cajón. Ahí estaba.

Lo cogí con dedos que no me obedecían y tecleé 18052015. La fecha de nacimiento de nuestro hijo mayor. Desbloqueado al primer intento.

—Imbécil —susurré, y la palabra me salió rota—. La fecha de tu propio hijo. Ni siquiera te molestaste en cambiarla. Para ti la familia ya no significa nada.

Abrí WhatsApp con el corazón golpeándome las costillas. El primer chat estaba arriba del todo. Sin nombre falso, sin emoji absurdo, sin disfraz. Solo «Sara». Como si ya le diera igual. Como si quisiera que yo lo viera.

El último mensaje era una foto.

Sara aparecía de perfil, frente al espejo de un baño que no era el nuestro. La mano izquierda le tapaba apenas los pezones, hinchados y oscuros, mucho más grandes de lo que recordaba de aquella vez que coincidimos en una cena. La mano derecha le acariciaba con suavidad una barriga incipiente, redonda, todavía pequeña pero inconfundible. La piel le brillaba como si acabara de salir de la ducha. Sonreía con esa media sonrisa que algunas mujeres ponen cuando saben que están siendo miradas.

Debajo, su mensaje:

«¿Has visto qué linda barriga me has dejado, papi? Un hermanito para tus niños. Imagínate sus caritas cuando se enteren. Ay, amor, ¿no te pone saber que tu semen está creciendo dentro de mí? Ven ya. Quiero que me la metas despacito, hasta el fondo, como sabes hacerlo.»

El estómago se me cerró. La mano que sujetaba el móvil empezó a temblarme. Pero seguí bajando.

Más fotos. Sara en la playa, en un biquini blanco que apenas le tapaba nada, los pezones marcándose contra la tela mojada, el sol dorándole la piel hasta darle ese tono caramelo que siempre me había costado conseguir a mí. Sara desnuda en una cama de hotel, con las piernas abiertas y la mano entre los muslos. Sara en lencería negra, mordiéndose el labio, de pie en lo que parecía la cocina de su piso.

«¿Qué tal las vacaciones con la familia? Yo aquí muriéndome de ganas. Me acuerdo de cómo me mirabas en el coche cuando me quitaba el vestido. Ven pronto, papi.»

«Joder, qué guapa estás. Aquí harto de niños gritando y de Carolina con cara de mala leche. Ojalá estuviera ahí contigo, en esa playa, sin nadie más. Me la pones dura solo de verte así.»

Carolina. Yo. Cara de mala leche.

Eso es lo que soy ahora para él.

Algo se rompió dentro de mí. Y no fue el dolor de saber que se acostaba con otra. Eso lo había sospechado durante meses, lo había olido en las camisas, lo había leído en los silencios largos de los desayunos. Lo que se rompió fue darme cuenta de que hablaba de mí como de un estorbo. Que prefería esa playa, ese cuerpo, esa barriga redonda, todo lo que no era yo.

Bajé un poco más y encontré un vídeo.

Sara abierta de piernas en la cama, masturbándose despacio con dos dedos, la barriga subiendo y bajando con cada respiración agitada. Susurraba bajito, como si hablara para él y solo para él.

—Damián… ven… tócame aquí… tócame lo que me has hecho… córrete dentro otra vez… déjame más llenita…

Dejé caer el móvil sobre el edredón. Me quedé quieta unos segundos, sentada al borde de la cama, mirando la pared sin verla. Algo me ardía debajo de las costillas. Algo que no era exactamente rabia. Algo más oscuro, más sucio, más viejo.

Me llevé los dedos a la boca y me los mordí hasta que dolió. No sirvió. Esa cosa seguía ahí, latiendo entre las piernas, traicionera, imposible de ignorar.

***

Me quité los pantalones del pijama de un tirón. Las bragas también. Abrí el cajón pequeño de mi mesilla, ese que siempre cerraba con llave porque me daba vergüenza que la chica que limpiaba los lunes lo encontrara abierto. Saqué el vibrador. Lo encendí. El zumbido sordo llenó la habitación como un secreto sucio.

—Zorra —murmuré contra el techo—. Puta. Zorra.

Me tumbé bocarriba, abrí las piernas hasta que me dolieron los muslos y apreté el cabezal contra el clítoris. La succión fue inmediata, brutal, una boca hambrienta que no preguntaba si yo quería.

Y empecé a imaginármelo.

Me los imaginé en el piso de ella. Damián entrando por la puerta, dejando las llaves sobre el aparador, dirigiéndose directo al dormitorio sin saludarla siquiera. Me lo imaginé arrodillándose frente a Sara, levantándole la camiseta despacio, besándole esa barriga que no era mía, esa barriga que él había hecho. Susurrándole «es nuestro, es nuestro», esas dos palabras que durante años nos habían pertenecido a nosotros y a nadie más.

Se me clavaron las uñas en las sábanas. El vibrador no perdonaba. Me succionaba el clítoris sin piedad, enviándome oleadas de placer que se mezclaban con las lágrimas que ya me caían por las sienes hasta el pelo.

—Te la estás follando ahora, ¿verdad? —jadeé entre dientes—. Le estás diciendo que la quieres. Que quieres follártela con la barriga. Y yo aquí, sola. Pero mírame. Mírame. Me voy a correr. Me voy a correr pensando en tu puta barriga. En tu puta sonrisa. En cómo te llena.

El orgasmo llegó como una explosión sorda. No fue dulce. Fue violento, casi doloroso. El cuerpo se me arqueó, los muslos me temblaron, una humedad caliente me empapó los dedos y las sábanas mientras gritaba con la garganta rota.

—¡Zorra! ¡Puta! ¡Te lo estás llevando todo!

Me quedé temblando, el vibrador todavía vibrando contra mí, hasta que conseguí apartarlo con la mano floja. El móvil seguía encendido a mi lado, la pantalla iluminándome la cara con la foto de Sara de perfil, la mano en la barriga, esa sonrisa que no era inocente.

Respiré hondo. Entrecortada.

***

Volví a coger el teléfono. Subí más arriba en el chat, hacia mensajes más antiguos. Y entonces fue cuando lo encontré. Hacía dos semanas.

«Ey, este finde Carolina se va con su madre y yo me quedo solo con los críos. ¿Y si te vienes?»

«¿Estás loco? ¿Y los niños? Me van a ver.»

«No, qué va. Se duermen pronto y duermen bien. Te vienes. Nos encerramos en la habitación, pongo el pestillo y no entran. Quiero follarte en nuestra cama. Quiero que te subas encima y me cabalgues hasta que me corra dentro otra vez. Quiero que manches las sábanas con tu coño.»

«Ay, pero qué guarro eres. ¿Vas a estar follando mientras tienes a tus hijitos durmiendo al lado? ¿En la misma cama donde duerme tu mujercita? Joder, me pone, me pone muchísimo. Ven, que te voy a dejar un recuerdo que no se borra. Quiero que me la metas despacio, que me toques la barriga mientras me llenas.»

Solté un sollozo que se me escapó como un gemido. Me llevé la mano al pecho, como si pudiera arrancarme el dolor desde dentro.

Esa cama. La nuestra.

La que habíamos comprado juntos un sábado por la mañana en una tienda de la avenida, riéndonos porque ninguno de los dos tenía paciencia para entender la diferencia entre los muelles y las espumas. La que habíamos estrenado con risas, con promesas, con esa primera noche en la que apenas dormimos.

Y ahora Sara se había subido encima de él en esa misma cama. Con los niños durmiendo a tres metros, con el pestillo echado, con mis sábanas, con mi olor todavía en la almohada. Y él la había dejado. Más todavía: él la había invitado.

Cerré los ojos. El cuerpo me pesaba como si llevara la ropa mojada después de una tormenta. Pero esa cosa, esa cosa de debajo de las costillas, seguía latiendo. Más fuerte ahora.

Volví a encender el vibrador. Esta vez al máximo desde el principio.

—Puta —repetí, y la palabra me salió como una letanía, como un rezo al revés—. Puta, puta, puta.

Me imaginé la escena con todos los detalles que él jamás contaría. Damián cerrando la puerta de la habitación con cuidado, girando el pestillo, comprobando dos veces que estaba bien echado. Sara quitándose la camiseta despacio, con los pechos rebotando, con la barriga visible, sonriéndole en la penumbra de la lámpara que yo había elegido. Damián agarrándola por las caderas, tumbándola sobre mi lado de la cama, mi lado, donde yo dormía cada noche desde hacía once años. Metiéndosela despacio, susurrando «shhh, no hagas ruido, los niños duermen, los niños duermen».

Me imaginé el colchón hundiéndose bajo el peso de los dos. Las sábanas arrugándose. El olor a sexo impregnándolo todo, ese olor que tarda días en irse del todo. El cabecero golpeando suavemente contra la pared, ese cabecero blanco que yo había pintado dos veces hasta dar con el tono que quería.

Y me corrí otra vez.

Más fuerte que antes. Más rabioso. Grité «zorra» hasta que la voz se me quebró por dentro y me dejó solo un gemido sin forma. Las lágrimas me rodaban hasta el cuello. El cuerpo me temblaba sin control. La cama olía a mí, a un yo nuevo que esa noche estaba naciendo y que todavía no sabía qué cara iba a tener mañana.

Si tú follas en mi casa, yo me corro pensando en ello.

Lo pensé. Me lo dije a mí misma. Como si fuera un trato que cerrábamos él y yo sin que él lo supiera, sin que nunca llegara a saberlo.

***

Me incorporé despacio. Apagué el vibrador. Lo dejé sobre la mesilla, todavía caliente, todavía húmedo. Me limpié las mejillas con el dorso de la mano y me quedé mirándomelas, manchadas de rímel.

El móvil de Damián seguía encendido, esperando. La foto de Sara seguía ahí, sonriéndome.

No la borré. No bloqueé el chat. No le tiré el teléfono por la ventana. Ni siquiera me acerqué al despacho a buscarlo a él.

Cogí el móvil y le hice una captura a la conversación entera. A la foto del baño. Al vídeo. Al mensaje de los niños durmiendo. Me lo mandé a mi WhatsApp desde un número que tenía guardado de una amiga con la que ya no hablaba. Borré el rastro del envío. Apagué el teléfono y lo dejé en la mesilla, en la posición exacta en la que estaba.

Después me metí en la ducha. El agua salía casi hirviendo y me dejé estar bajo el chorro hasta que la piel se me puso roja. No lloré más. No tenía con qué.

Al salir, me sequé despacio y me puse un camisón limpio. Las sábanas estaban manchadas, así que las cambié yo misma, en silencio, doblando las viejas con cuidado, como si fueran un secreto. Las metí en el cesto del pasillo, debajo de las toallas, donde no las vería hasta el lunes.

Volví a la cama. Apagué la luz.

Damián entró en el dormitorio media hora más tarde, sin hacer ruido, creyéndome dormida. Se acostó del otro lado, dándome la espalda. Olía a colonia recién puesta y a otra cosa que prefería no nombrar.

No me moví. Respiré despacio, como respiran los que duermen de verdad.

No sabía qué iba a hacer mañana. No sabía si llamaría a un abogado, si esperaría a tener pruebas más frías, si me callaría seis meses por los niños, por la casa, por miedo, por costumbre. No sabía nada.

Pero esta noche, al menos esta noche, había sido mía. Aunque me doliera el alma. Aunque solo hubiera sido un grito desgarrador en la oscuridad de mi propia casa.

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Comentarios (7)

Tatianita97

excelente!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

Rodrigo_mza

Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas

Carla_BsAs

que forma de arrancar un relato... me dejo sin palabras. Sigue asi!

gaston

buenisimo, de los mejores que lei aca ultimamente

lector_ansioso

me recordo a una situacion parecida que vivi hace un tiempo, esas cosas que no te esperás pero igual pasan

NachoPe

el titulo ya te anticipa todo y aun asi te sorprende, muy bien logrado

patri88

jajaja la reaccion de la protagonista es demasiado pero la entiendo perfectamente 😅

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