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Relatos Ardientes

La noche del antifaz que me hizo otra persona

Hace dos noches fui a una fiesta de disfraces y todavía me tiembla algo por dentro cuando lo recuerdo. Lo escribo porque si no lo saco de adentro se me va a pudrir aquí.

El tema era de máscaras. Compré un vestido negro corto, unos tacones que me ponían dos dedos más alta de lo prudente y un antifaz de plumas oscuras que me cubría medio rostro y dejaba la boca libre. Frente al espejo de mi cuarto me peiné el cabello hacia atrás con gel, me pinté los labios de un rojo casi negro y me miré un minuto entero. La mujer del espejo no era yo. Era otra. Una que llevaba años pidiéndome permiso para salir.

—Esta noche soy ella —le dije al reflejo.

El taxi me dejó en una casa antigua de las afueras, con jardín y luces tenues colgadas entre los árboles. La música se oía desde la verja. Adentro había unas cuarenta personas amontonadas entre disfraces sin tema fijo: vampiresas, cardenales, soldados, una pareja de novios manchados de sangre falsa. Olía a perfume caro mezclado con cigarro y vodka.

—¿Vienes sola? —me preguntó el chico que abrió la puerta.

—Vengo conmigo —contesté.

Se rió y me dejó pasar.

Me serví un vodka con hielo. Luego otro. La música subía y la gente bailaba apretada en el salón. Yo me quedé en el borde, observando, sintiendo cómo el antifaz me iba volviendo opaca. Nadie sabía quién era. Yo tampoco quería saberlo.

Una mujer disfrazada de gata blanca me pidió fuego. Le di. Cuando se inclinó para encender el cigarro, su escote se abrió un dedo más de lo necesario y le vi las tetas casi enteras, sin sostén, con los pezones pequeños y oscuros apuntando hacia mí. Yo bajé los ojos a propósito y me quedé un segundo más de lo educado. Ella sonrió y se pasó la lengua por el labio de arriba. Hasta a ellas se me pone el coño duro esta noche, pensé, y sentí una corriente nueva subiéndome por debajo del vestido, mojándome la tanga de golpe.

Al cuarto vodka lo noté. Un tipo alto, vestido de cazador, con barba de tres días y una mirada que no se apartaba. Estaba apoyado en la pared del comedor, copa en mano, y cuando bebía me miraba por encima del vaso. Yo le sostuve la mirada. No bajé los ojos. Quería saber hasta dónde llegaba.

Él levantó la barbilla hacia el pasillo del fondo. Una sola vez. Suficiente.

Esperé tres canciones antes de moverme. Que no se notara. Que pareciera que iba al baño por casualidad. Caminé despacio entre la gente, con el coño ya encharcado bajo la tanga negra y los pezones tan duros que se marcaban a través del vestido. Pasé delante de un grupo de chicas que se reían junto a una mesa de bebidas. Una me clavó la mirada cuando le rocé la espalda al pasar. No me detuve. Él me había llamado primero.

El pasillo del fondo daba a dos puertas. Una estaba cerrada. La otra, entreabierta. Empujé.

Él estaba dentro, apoyado en el lavamanos, esperándome.

—Cierra —me dijo.

Cerré con seguro. Él dio un paso, me agarró por la nuca y me apretó la boca contra la suya. Sabía a whisky y a tabaco. No fue un beso amable. Fue uno de esos besos en los que un hombre te avisa lo que quiere sin decirlo, con la lengua metida hasta el fondo y los dientes clavados en mi labio inferior hasta hacerme gemir. Le dejé hacer. Sentí su mano libre subiéndome el vestido por la cadera, los dedos abriendo paso por encima de la tanga, presionando. Metió dos dedos por el borde de la tela, encontró lo mojada que estaba y soltó una risa baja.

—Estás chorreando, puta —me dijo al oído—. Ni te toqué y ya estás así.

—Sí —jadeé.

Me clavó los dos dedos de golpe, hasta los nudillos. Los sacó brillando y me los pasó por los labios. Los chupé sin pensarlo. Me sabía a mí misma, densa y salada.

—De rodillas —dijo.

Y ahí me arrodillé yo, sobre las baldosas frías de aquel baño ajeno, sin saber su nombre, sin saber el mío esa noche. Le abrí el pantalón, le bajé el bóxer y la polla le saltó a la cara: gruesa, venosa, con el glande morado y una gota espesa temblando en la punta. Le pasé la lengua por esa gota primero, para probarla. Salada, amarga, densa. Después le agarré la base con la mano y me la metí en la boca sin preámbulos, hasta donde me daba la garganta, y todavía sobraba. Se me llenaron los ojos de agua al primer empujón.

Él me sujetó por el pelo con las dos manos y me marcó el ritmo. No tuve que hacer mucho. Me usó la boca como si fuera un coño más. Entraba hasta el fondo, me tapaba la nariz contra su pelvis, me dejaba ahí dos segundos sin aire y me soltaba justo antes de que me atragantara. Yo sacaba la lengua entre embestida y embestida para lamerle los huevos cuando me daba tregua. Se me caía la baba por la barbilla y me manchaba el escote del vestido.

—Mírame mientras te la trago —gruñó, apretándome más el pelo.

Levanté los ojos. Él tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta y el cuello tenso como una cuerda. Me clavó la polla hasta el fondo una última vez y se vino con un gruñido bajo, chorros calientes reventándome contra el paladar y la garganta. Me obligó a tragar sin sacarla. Sentí bajarme cada gota, espesa, y cuando por fin me soltó y me la sacó de la boca todavía le colgaba un hilo de semen del glande. Se lo limpié con la lengua sin que me lo pidiera.

Me limpié las comisuras con el dorso de la mano. Él se subió el cierre, me dio una palmada suave en la mejilla y salió del baño antes de que yo pudiera ponerme de pie del todo.

Me miré en el espejo. El antifaz seguía perfecto. La boca, hinchada, con el carmín corrido en un rincón. Como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiera pasado.

Pero yo seguía caliente. Más todavía. Me metí una mano por debajo del vestido, aparté la tanga y me toqué. El coño me chorreaba por los muslos. Dos dedos entraron sin resistencia. Los saqué y me los olí. Me dieron ganas de encontrar a otro ya mismo.

***

Volví al salón decidida. Si uno había bastado con un gesto de barbilla, otro también podía. Los hombres son mucho más simples de lo que les gusta creer.

El segundo lo encontré en la cocina, sirviéndose un whisky doble. Era moreno, ancho de hombros, con una sonrisa de lobo y un disfraz de bombero que parecía hecho a medida. Me acerqué por detrás, lo bastante cerca como para que sintiera el calor de mi cuerpo, y le hablé al oído:

—¿Bailas?

Bailamos. Yo le pegué la cadera a la entrepierna desde el primer compás. Él me agarró por la cintura con las dos manos, sin disimulo, y me apretó contra él como si quisiera dejarme una marca. La tenía durísima. La sentí crecer contra el hueso de mi cadera, larga y gruesa, y me froté contra ella con el culo como si estuviera bailando encima de una polla desnuda. Yo me reí bajito.

—¿Quieres salir a fumar? —me preguntó al oído, ronco.

—Quiero —dije.

Pero un amigo suyo, bien borracho, se nos colgó del hombro:

—Yo también voy.

El bombero me miró con cara de disculpa. Le sonreí. No iba a renunciar tan fácil.

Salimos los tres al jardín. La luz de la luna llegaba apenas a través de las ramas de un sauce viejo. Olía a césped recién cortado, a humo de cigarro y al perfume dulzón de algún arbusto que florece de noche. Atravesamos el césped hasta una banca de hierro pintada de blanco, junto a una jardinera de hojas grandes y oscuras. El amigo se sentó. Sacó un cigarro. Le tembló el encendedor en la mano. Le dio dos caladas largas y se le cerraron los ojos. A la tercera, cabeceó. A la cuarta, se quedó dormido sentado, con la espalda apoyada en el respaldo y el cigarro consumiéndose entre los dedos.

El bombero le sacó el cigarro de la mano y lo aplastó en la tierra.

—Es un milagro —dijo.

—Aprovéchalo —dije yo.

Me agarró de la muñeca y me llevó detrás de la jardinera. Las hojas eran tan grandes que tapaban casi todo. Apenas se veía la luz de la casa filtrándose entre el verde. El aire olía a tierra húmeda, denso, vegetal.

Me empujó contra el muro de piedra. La piedra estaba fría a través del vestido. Él me bajó las tirillas de los hombros, me sacó las tetas del sostén con dos movimientos secos y se inclinó. No fue dulce. Mordió. Apretó. Chupó como si quisiera dejar la marca de los dientes para que la encontrara mañana. Me estrujó una teta entera con la mano mientras me clavaba los dientes en el otro pezón, tirando hasta que se me escapó un grito. Yo cerré los ojos. Sentí la piedra en la espalda y la lengua de un desconocido chupándome los pezones y se me escapó un quejido que no quise contener.

Levanté las manos para hundirle los dedos en el pelo, pero él me las bajó. Las pegó al muro, una a cada lado de mi cintura. Quédate así, decía sin decirlo. Y yo me quedé.

Se agachó frente a mí. Me subió el vestido hasta la cintura, me arrancó la tanga de un tirón —oí la tela rasgarse— y me abrió los muslos con los hombros. Enterró la cara en mi coño sin previo aviso. Me chupó los labios primero, largos y lentos, con la lengua plana. Después me clavó la lengua adentro, follándome con ella, mientras el pulgar me buscaba el clítoris y lo apretaba en círculos. Yo me arqueé contra la piedra y le agarré la cabeza con las dos manos, pidiendo más sin decirlo. Me la comió hasta que se me doblaron las rodillas y me vine contra su boca, con un temblor largo que me subió desde los pies. Él se levantó relamiéndose la barba, brillante hasta la barbilla.

—Sabes riquísimo, puta —dijo—. Ahora te toca a ti.

Se abrió el pantalón. Me bajó la mano hacia su entrepierna. La tenía fuera del pantalón ya, gruesa, palpitante, mojada en la punta.

—De rodillas —dijo.

Otra vez de rodillas. Pero esta vez sobre la tierra, con las medias rajadas a los dos minutos por las piedrecillas del suelo y las rodillas ardiéndome. Me la metí entera. Él me agarró por el pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería, no al mío. Me cacheteó la cara con la verga, me la pasó por los labios, me golpeó la mejilla con el glande dejándome un rastro de saliva y de fluido pegajoso. Me la metió de golpe hasta que tuve que respirar por la nariz para no atragantarme. Me apretaba la garganta desde dentro. Yo babeaba y babeaba y él me la sacaba solo para escupirme en la boca abierta y volver a meterla.

—Mírame —dijo.

Lo miré desde abajo, con el antifaz torcido y los ojos llorosos, un hilo de baba colgándome de la barbilla. Él sonrió. No era una sonrisa amable. Me la sacó y me la frotó por toda la cara, por el antifaz, por el pelo, marcándome como una perra.

—Levántate —ordenó.

Me puse de pie con piernas de gelatina. Me dio la vuelta. Me apoyó las manos contra la piedra. Me subió el vestido por encima de la cintura. La tanga ya no estaba, la había roto en el suelo.

—Esto es lo que querías —me dijo al oído, y sentí la punta gorda de su polla resbalándome entre los labios del coño, arriba y abajo, ensopándose con lo que yo tenía—. Lo vi en la cara cuando te arrimaste.

—Sí —admití.

Me la clavó de una embestida. Entera. Hasta el fondo. Se me escapó un grito que él me tapó con la mano en la boca. Empezó a follarme contra la piedra sin darme tiempo a acostumbrarme, con embestidas largas y hondas que me subían por el vientre. Me agarraba una teta desde atrás y con la otra mano me tapaba la boca. Yo apretaba las palmas contra la piedra y me mordía la palma que él me apretaba para no despertar al amigo dormido a tres metros. Cada embestida me subía las tetas y me raspaba los pezones contra el muro frío.

—Qué bien te la meto, ¿verdad? —me gruñó al oído—. Dime.

—Sí —jadeé contra su mano—. Sí, muy bien.

—Más apretada. Contráelo. Apriétame la verga.

Le apreté el coño alrededor todo lo que pude. Él soltó un gruñido y me embistió más rápido, más profundo, hasta que sentí sus huevos golpearme una y otra vez contra el clítoris. Me estaba viniendo otra vez y él lo notó.

—Vente, puta. Vente en mi polla.

Me vine con la boca contra su mano, mordiéndolo, temblando entera. El coño me palpitaba alrededor de él, exprimiéndolo. Él no paró.

Me sacó la polla brillando y me escupió en el culo. Me abrió las nalgas con los pulgares. Sentí la punta empujando en un sitio donde nunca había entrado nadie.

—Espera —dije—. Ahí no, espera.

—Aguantás bien —dijo, y empujó.

Despacio al principio. Luego no tan despacio. Yo apreté las palmas contra la piedra y me mordí el labio para no gritar. Dolía. Dolía de verdad. Sentí cómo me abría, milímetro a milímetro, hasta que el glande entró entero y solté un quejido largo. Pero también había otra cosa, una corriente que me subía por la espalda cada vez que él entraba más adentro y me obligaba a quedarme quieta, una mezcla de dolor y de otra cosa nueva, sucia, que me hacía apretarme contra él en lugar de escapar.

—No te muevas —gruñó.

No me moví.

—Dime qué eres.

—Tuya —susurré, porque eso era lo que yo quería decir. No lo que él quería oír. Daba igual.

—Más fuerte.

—Tuya.

Empezó a embestir de verdad. Me metió una mano por delante y me buscó el clítoris mientras me follaba por atrás. Yo me pegué a la piedra y dejé que pasara. El coño me chorreaba abajo, gotas resbalándome por la cara interna de los muslos. Cada empujón me sacaba un gemido corto que él acallaba con la mano. Esta no soy yo, pensé. Es ella. La del espejo. La del antifaz. Y al rato dejé de pensar también eso. Solo había la piedra, la polla clavada hasta adentro, los dedos apretándome el clítoris y aquella oscuridad vegetal.

Me vine otra vez, seca, casi sin aviso, con un temblor raro que me nació del culo y me subió hasta el cuello. Grité contra su mano. Él aceleró. A los pocos segundos se tensó, me apretó las caderas con las dos manos hasta hacer daño y se vino dentro con un gruñido sordo. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, cuatro, cinco espasmos largos, mientras él me mantenía clavada contra la piedra. Se quedó quieto un momento, respirando contra mi nuca. Después salió despacio, y noté un hilo caliente bajarme por la cara interna del muslo hasta la media.

Se subió el pantalón y se rió bajito mientras se acomodaba el cinturón.

—Eres un peligro con esa máscara —dijo.

—Lo sé —contesté.

Me bajé el vestido. Me sacudí la tierra de las palmas. Recogí lo que quedaba de la tanga y me la guardé arrugada en el puño. Volvimos juntos al borde del jardín sin tocarnos. Su amigo seguía dormido en la banca, con la cabeza caída sobre el hombro, ajeno a todo lo que había pasado a tres metros de él.

***

Volví al baño de la casa antes de irme. Me lavé la cara con agua fría sin tocar el maquillaje. Me limpié entre las piernas con papel, y salió manchado. Me arreglé el antifaz. Las plumas estaban un poco aplastadas por un lado y pegajosas por otro, pero seguían en su sitio. La mujer del espejo me miraba igual que cuando salí de mi cuarto, salvo por una cosa: ahora sabía cosas que la otra, la de la mañana, no sabía.

Pedí un taxi. Me senté en el asiento de atrás y miré la ciudad pasar por la ventana sin pensar en nada. En la cintura me dolía. En las rodillas también. Entre las nalgas me ardía cada vez que me acomodaba en el asiento. Tenía la espalda raspada por la piedra y un moretón que descubrí al día siguiente, en la cadera derecha, con la forma exacta de cinco dedos.

Llegué a casa, me quité los tacones en el recibidor, me metí en la ducha vestida y dejé que el agua caliente se llevara el rímel y la tierra y el rojo casi negro de la boca y el semen que se me había secado en la cara interna de los muslos. El antifaz lo dejé sobre la cama, mirando al techo, como si fuera la cara de otra persona durmiendo a mi lado.

Y aquí está la parte que no sé si me atrevo a decir en voz alta: no estoy arrepentida. Llevo dos noches sin dormir bien y cada vez que cierro los ojos vuelvo al jardín, a la piedra fría en las palmas, a la polla clavada hasta adentro, a la voz ronca al oído. Esto es lo que querías. Anoche me toqué pensándolo y me vine tres veces seguidas, con dos dedos metidos en el coño y el otro en el culo, imaginando que era él otra vez.

Sí. Era exactamente lo que quería. Solo que no lo sabía hasta que el antifaz me lo enseñó.

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Comentarios(9)

Maiki_lector

excelente!!! de los relatos que mas me gustaron aca en mucho tiempo. Seguí escribiendo!

lectora_silen

Quede con ganas de mas, necesito saber que paso despues en ese jardin. Por favor continua :)

PabloM_Cba

Esa sensacion de volverse otra persona con solo ponerse algo en la cara... lo captaste perfecto. Muy bueno.

NocheVieja88

tremendo relato, corto pero intenso

MarisolDC

Me recordo a una fiesta de disfraces que fui hace años. El anonimato te libera de verdad, y vos lo describis justo asi. Gracias por compartirlo.

Ramiro_Mza

Pero que paso en el jardin?? jajaja nos dejo con la miel en los labios, que maldad

Tomas_BR

Muy buen relato, me engancho desde el principio. Espero el siguiente!

CandorN88

Esa doble identidad que describis al ponerte el antifaz... se siente real. Muy bien escrito, de verdad.

lectora_baires

increible como en tan pocas lineas ya te atrapa. Ojala haya continuacion

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