El regalo que preparé con mis pies en Florencia
En los países europeos los servicios suelen costar mucho más que en Sudamérica, a diferencia de los bienes. Por eso pagar un masaje, una manicura o, en mi caso, una pedicura profesional, es un lujo de otra escala. Yo no fui con una agenda porno bajo el brazo —no soy tan caliente como parezco cuando escribo—, pero sí quería asegurarme de que mi novio disfrutara de mis pies los primeros días del viaje, antes de que la caminata los arruinara.
Me desperté esa mañana en el hotel del centro de Florencia todavía abrazada a Matías. La habitación estaba tibia, olía a él y mi boca todavía guardaba el gusto de lo que me había dejado antes de dormirnos. Estiré el brazo, agarré el celular y abrí la app del clima. «Trece grados de máxima, nublado, sensación térmica de diez», decía. Perfecto. Frío para caminar sin morirme, pero calor suficiente adentro de las zapatillas para que mis pies se cocinaran todo el día. Encerrados, transpirados, con olor pero sin mugre. En verano, yendo a todos lados en ojotas, no hay forma de conseguir eso.
Me levanté despacio para no despertarlo. Quería prepararle una sorpresa para la noche. Sabía lo loco que se pone con mis pies cuando llevan horas encerrados. Así que elegí con cuidado: las mismas zapatillas blancas de los días anteriores —sin lavar, obvio—, unas medias de algodón grueso que ya había usado en el vuelo, jeans ajustados y una campera liviana. Hoy mis pies iban a pasar el día entero marinados en su propio calor, acumulando ese olor que a él tanto le gusta y que a mí me cuesta generar: no transpiro demasiado, lo lamento por los fetichistas que estén leyendo esto.
Salimos temprano. Caminamos hasta el Duomo, subimos a la cúpula —ciento cincuenta escalones hicieron lo suyo—, después bajamos por Via dei Calzaiuoli hasta el Ponte Vecchio, donde sacamos fotos como dos turistas embobados. Luego Palazzo Vecchio, los Uffizi por fuera y terminamos en el Oltrarno comiendo pappardelle al jabalí. Fueron once kilómetros fáciles, todo el día parada, subiendo y bajando escaleras, con las piedras irregulares de Florencia aplastándome las plantas.
¿Le va a gustar esta noche el olor? ¿Seguirá teniendo esa misma devoción que cuando éramos más jóvenes? ¿Se le va a parar con solo olerlos?
A cada rato sentía mis pies hirviendo adentro de las zapatillas, en contraste con el frescor del aire. Notaba cómo las medias se iban humedeciendo de a poco y rezaba internamente para que agarraran aunque sea un rastro de olor. Me excitaba imaginar su cara cuando llegáramos al hotel y le ofreciera las plantas como ofrenda.
¿Me los va a chupar con la misma sed de siempre? ¿Va a seguir venerándolos aunque llevemos siete años juntos?
Esos pensamientos me acompañaron todo el día, mezclados con la ternura de estar con él otra vez y con esa calentura secreta que solo nosotros entendemos.
Cuando cayó la tarde ya estábamos muertos. Fuimos directo a una trattoria chiquita en el Oltrarno, una mesa al fondo, luces tenues, olor a ajo, albahaca y queso recién rallado flotando en el aire. Afuera estaba fresco, pero adentro todo era cálido e íntimo. Pedimos dos platos de pasta. Cuando trajeron el tinto, él levantó la copa y me miró con esa sonrisa que me derrite desde los veinte.
—Salud, mi amor —dijo, chocando suave su copa con la mía—. Por nosotros, por Florencia y por estas cinco semanas sin soltarnos.
—Salud, mi vida —respondí, y di un sorbo largo mirándolo por encima del borde—. No sabés lo que extrañé esto. Nos lo merecíamos.
Él se rio bajito, se inclinó sobre la mesa y me rozó la mano con la yema de los dedos.
—Estás hermosa. No paré de mirarte en todo el día. Cada vez que te agachabas a sacar una foto o te parabas delante de una estatua, pensaba en lo afortunado que soy.
Sonreí, sintiendo un cosquilleo en la panza. Mientras enrollaba los pappardelle en el tenedor, crucé las piernas debajo de la mesa y sentí el calor húmedo de mis pies todavía encerrados en las zapatillas.
—Hoy caminé demasiado —le dije—. No sabés las ganas que tengo de un masaje.
Levantó una ceja, dejó el tenedor a medio camino y me clavó la mirada. Ya estaba empezando a imaginar.
—¿Un masaje cómo? —preguntó, fingiendo inocencia, pero con esa voz ronca que pone cuando se excita.
—No sé… —dije, mordiéndome el labio—. Como los que me hacías cuando volvíamos de educación física, en cuarto año.
Se quedó callado un segundo, tragó saliva y siguió comiendo, pero mucho más lento. Yo continué, como si nada.
—No te llenes con la pasta, eh —le dije, guiñándole un ojo—. Todavía hay postre, y no es el tiramisú del menú. El postre de verdad está esperándonos en la habitación.
Él soltó una risita nerviosa, se pasó la mano por el pelo y me miró con esa mezcla de ternura y hambre que me encanta.
—¿Me estás diciendo que…?
—No te digo nada —contesté, con voz más baja—. Solo que me vendría bien un masaje a mis piecitos doloridos. Y que están un poco transpirados después de toda la caminata.
—Cami… —murmuró con los ojos brillosos—. No sé si voy a poder terminar esto sin pedir la cuenta ya.
Le acaricié la mano por encima de la mesa y le dije con todo el amor del mundo:
—Tranquilo, amor. Tenemos toda la noche.
Terminamos la cena despacio, entre miradas largas, alguna que otra rozadura debajo de la mesa y risitas cómplices. Cuando finalmente pagamos y salimos al fresco de la noche florentina, me tomó de la mano y me susurró al oído:
—Apurémonos. Quiero mi postre.
Sonreí, apretándole los dedos, sintiendo ya la humedad entre mis piernas de solo pensar en lo que venía. Porque aunque hayan pasado los años, aunque estemos separados por océanos, mis pies siguen siendo suyos. Como es suya mi boca y todo lo demás.
***
Llegamos al hotel casi corriendo, con esa mezcla de risas nerviosas y silencio pesado que solo pasa cuando los dos sabemos exactamente lo que se viene. Apenas cerré la puerta, me apoyé contra la pared y lo besé con hambre, pero despacio, porque quería alargar todo. Me saqué la campera, el jean, las zapatillas. Todo menos las medias. Quería que él terminara el trabajo.
Me senté en el borde de la cama, crucé las piernas y le dije con voz suave pero firme:
—Vení, amor. Sacámelas vos.
Se arrodilló delante de mí, como siempre cuando entramos en este juego. Me fue bajando la primera media muy despacio, con las manos temblando de nervios. Cuando terminó de sacarla, el olor salió de golpe: fuerte, cálido, concentrado después de once kilómetros encerrado en la tela. Él aspiró profundo, cerró los ojos y soltó un suspiro que me hizo mojarme entera.
—Dios, Cami. Esto es la perfección.
Le sonreí, le apoyé el pie todavía tibio contra la cara y le froté la planta contra la nariz, la boca, las mejillas. Con el otro pie le rocé la entrepierna por encima del pantalón, sintiendo cómo latía contra la tela.
—Mirame las uñas —le dije—. Me las pinté de negro antes de viajar, pensando en vos.
Me las miró con adoración, como un chico abriendo un regalo el seis de enero. Mis pies estaban al descubierto: piel suave, arco alto, dedos largos, uñas negras brillantes, plantas tibias y húmedas. Un olor intenso para lo que acostumbro yo. Se quedó hipnotizado.
—Masajeámelos lento —le pedí, recostándome apenas sobre la cama—. Quiero sentir tus manos adorándome.
Se puso a trabajar: pulgares apretando las plantas, dedos en los arcos, besos suaves en los empeines. Yo gemía bajito, con los ojos cerrados, disfrutando cada presión. Después de un rato largo, le volví a pasar un pie por la cara y le metí los dedos entre los labios para que los chupara. Él los lamió con devoción, saboreando el sudor salado, el gusto concentrado entre los dedos.
—Desnudate —le ordené con voz ronca—. Acostate boca arriba. Quiero hacerte algo que a vos te gusta.
Se sacó todo rápido y se tiró en la cama. Me senté a los pies del colchón, apoyé las plantas contra su verga y empecé a moverlas despacio. Primero solo rozando: las suelas calientes y húmedas subiendo y bajando por el tronco, apretando el glande entre los dedos gordos y los índices. Después más firme: lo envolví con ambos pies, formando un túnel perfecto, y empecé a masturbarlo con ritmo lento pero constante. Sentía cómo latía entre mis plantas, cómo el líquido preseminal se mezclaba con mi transpiración y volvía todo resbaladizo y pegajoso. El olor de mis pies se fusionaba con el suyo, llenando la habitación de un aroma sucio y adictivo.
Sabía que esto iba a durar poco. Él nunca aguanta mucho con este juego.
Le froté las plantas contra los huevos, apretándoselos despacito, y volví al tronco acelerando un poco. Le metí los dedos de un pie en la boca mientras con el otro seguía masturbándolo, obligándolo a chuparlos mientras gemía contra mi piel.
—Lamé entre los dedos, amor. Probá toda la transpiración que acumulé para vos hoy.
Obedecía, babeando, con los ojos cerrados. Apreté más fuerte con las plantas, deslizándolas arriba y abajo. Su verga estaba cada vez más dura, más hinchada. El glande rojo, brillante, goteando sin parar. Le pasé una suela por la cara mientras con la otra aceleraba el ritmo.
—Acabame en los piecitos —le susurré—. Llenalos con toda tu leche. Quiero sentirla caliente en las plantas, entre los dedos, en las uñas.
Se tensó, gimió fuerte y soltó todo. Chorros gruesos y calientes salieron disparados: uno en la planta derecha, otro entre los dedos, el último en la planta izquierda. Todo quedó espeso, blanco, caliente, mezclándose con el sudor acumulado del día. Mis pies quedaron brillantes, pegajosos, con el semen escurriendo despacio por los arcos y goteando sobre la sábana.
Me quedé mirándolo un rato, con los pies todavía apoyados sobre él. Le sonreí con ternura y morbo al mismo tiempo.
—Mirá lo que me hiciste —susurré, levantando un pie para que viera el desastre—. No sé cómo voy a limpiar todo esto.
Él respiraba agitado, con una sonrisa bobalicona de placer absoluto. Me acerqué gateando por la cama y le acaricié la cara con ternura.
—Amor —le dije, besándole la frente—. En unos días nos vamos a separar otra vez. Volvemos a los mensajes a las tres de la mañana, a extrañarnos como locos. Tengo una idea de regalito para que te acuerdes de mí cuando estés solo en tu cama.
Abrió los ojos, me miró con esa mezcla de amor y curiosidad que me derrite, y asintió despacio.
—¿Qué regalo, Cami?
—Agarrá el celular —le dije, con voz juguetona—. Prendé la cámara. Grabá esto. Lo vas a mirar cada vez que me extrañes.
Se estiró rápido, tomó el teléfono de la mesa de luz, puso modo video y me enfocó. La luz tenue de la habitación nos iluminaba justo lo necesario para que se viera todo: mis pies manchados, mis pechos apenas cubiertos por el pelo, mi cara sonrojada.
Me acomodé frente a la cámara, mirándola directo, y empecé a hacerle gestos sensuales. Me mordí el labio, me pasé la lengua despacio por la boca, me acaricié los pechos con las manos, bajé una mano hasta el pubis y me toqué un segundo, gimiendo bajito. Después levanté un pie, lo acerqué a la lente para que viera bien las uñas negras brillantes y la leche espesa escurriendo por la planta y entre los dedos.
—Esto es un regalito para vos, mi amor —le dije a la cámara con voz dulce y sensual a la vez.
Acerqué el pie a mi boca y empecé a chuparme el semen de la planta. Lamí despacio, saboreando el gusto salado y espeso mezclado con mi propio sudor. Me metí los dedos en la boca uno por uno, chupándolos como si fueran otra cosa, tragando todo lo que podía alcanzar. Las partes que no llegaba con la lengua las junté con los dedos: recogí la leche acumulada en el arco, la llevé hasta la boca y la chupé de mis propios dedos, mirándolo fijo a él y a la lente. Gemí mientras tragaba, dejando que se viera cómo un hilito se me corría por la comisura.
Cuando terminé, me acerqué a él gateando, con los labios todavía brillantes. Le di un beso suave y le hice una seña para que cortara.
Después nos tiramos los dos en la cama, abrazados, piel contra piel. Le acaricié el pelo, le besé el cuello, le susurré al oído cuánto lo amo, cuán feliz me hace ser tan suya. Él me apretaba contra el pecho, me besaba la frente, me decía que soy lo más lindo que le pasó en la vida, que no hay distancia que nos separe de verdad.
Nos quedamos así un rato largo, mimándonos en silencio, respirando juntos. Hasta que levanté la cabeza, lo miré a los ojos y le dije con voz suave pero decidida:
—Necesito sentir tu leche adentro, amor. Quiero que me hagas el amor por detrás en estas vacaciones. Quiero que me llenes, que me llenes por dentro antes de que nos separemos otra vez.
Sonrió, me besó profundo y murmuró contra mis labios:
—Toda mi leche es para vos.