Lo que hace mi novia cuando le digo que se toque
Era viernes, y los viernes Camila salía conmigo. Llevábamos casi un año juntos y la rutina se había vuelto ritual: yo arrancaba el coche en cuanto colgaba del trabajo, ella me esperaba en casa de sus padres lista desde una hora antes.
Cuando giré por la calle de los álamos y vi su silueta apoyada contra la columna del porche, supe que la noche iba a ser larga. Llevaba el vestido azul, ese que apenas le pasaba la mitad del muslo, con un escote profundo en uve y los tirantes finos sobre los hombros desnudos. Le había pedido ese vestido en una de esas conversaciones de madrugada, cuando los dos hablábamos sin filtros sobre lo que nos gustaba. Y le había pedido también que no se pusiera nada debajo.
—Hola, guapo —dijo asomándose a la ventanilla antes de subir.
Sonreía con la boca, pero los ojos ya estaban en otra parte.
—Sube. Estás preciosa.
Se acomodó en el asiento del copiloto y cruzó las piernas con esa lentitud calculada que ensayaba para mí. El vestido subió lo justo para confirmarme que había hecho los deberes. Tenía el pubis depilado, liso, brillante bajo la luz naranja del atardecer que entraba por el parabrisas.
—Justo como te gusta —murmuró.
—Justo como me gustas.
Salimos del barrio en silencio. Apenas tomé la avenida principal, le subí la mano por el muslo derecho sin tocarla del todo. Ella respiró hondo.
—Tócate, Camila. Quiero oírte mientras conduzco.
No tuve que repetirlo. Su mano bajó como si llevara horas esperando la orden, y los dedos se metieron debajo del vestido sin teatro. Sentí cómo se le entrecortaba la respiración cuando empezó a frotarse.
—Ya estaba mojada antes de que llegaras —dijo.
—Lo sé. Por eso te lo pido.
La miré de reojo en cada semáforo. Tenía las mejillas encendidas y se mordía el labio inferior con esa intensidad que solía dejarle una huella pequeña, una marca que le duraba un par de horas. Cuando los dedos se le metían adentro, hacía un ruido húmedo que el motor no terminaba de tapar.
—Más fuerte —le dije sin mirarla—. Quiero que te corras antes del cine.
—No voy a aguantar —susurró, casi como queja.
—No te pido que aguantes.
Apretó los muslos un segundo, los abrió de nuevo, y empezó a moverse contra su propia mano con un ritmo distinto, más urgente. La oí gemir bajito, conteniéndose porque cruzábamos un paso de cebra con dos peatones que se asomaron a mirar el coche. En cuanto pasamos, soltó un jadeo largo y se arqueó contra el asiento. La miré en el momento exacto: tenía los ojos cerrados, el vestido enredado en la cintura, los dedos brillantes hasta los nudillos.
—Buena chica.
—Eres un cabrón, Mateo.
Sonrió con la cabeza apoyada en el respaldo, todavía respirando rápido, mientras yo entraba al estacionamiento del centro comercial.
***
Compramos las entradas para una película que ninguno de los dos quería ver. Daba igual; lo importante era la sala, no la pantalla. Pedimos las dos últimas filas, casi vacías a esa hora, y nos sentamos en una esquina donde la pared lateral nos tapaba el costado.
Cuando se apagaron las luces, le pasé el brazo por detrás de los hombros y la atraje hacia mí. Ella se acomodó contra mi cuello con esa naturalidad de novia, como si no hubiera pasado nada en el coche, como si no estuviéramos a punto de empezar otra vez.
—Abre las piernas.
Lo hizo despacio, mirando al frente. El vestido se le subió solo cuando se dejó resbalar un poco en el asiento. Le metí la mano por debajo y le encontré el coño todavía caliente, todavía resbaladizo del orgasmo del coche. Le pasé dos dedos por los labios, los abrí con calma y le entré.
Apretó los dientes para no hacer ruido. Una pareja se sentó tres filas delante de nosotros y ella se tensó de golpe, agarrándome la muñeca por debajo de la chaqueta.
—No pares —dijo entre dientes—, pero no vayas tan rápido.
Le hice caso. Empecé despacio, marcándole el tiempo con el pulgar sobre el clítoris y los otros dos dedos buscando el punto preciso por dentro. Ella se tapó la boca con la mano libre, fingiendo que se apoyaba en ella, y miraba la pantalla con los ojos demasiado abiertos para que pareciera natural.
A los veinte minutos de película se le escapó el segundo orgasmo. Le tembló todo el cuerpo en silencio, una contracción larga que le duró varios segundos y que terminó con la cabeza enterrada contra mi hombro. Le saqué los dedos despacio. Los tenía empapados.
—Vámonos —susurró—. No aguanto sentada.
***
El camino rural lo conocíamos los dos desde el principio del noviazgo. Salía a la altura del kilómetro cuatro de la carretera vieja, un sendero de tierra entre eucaliptos que terminaba en un mirador sobre el valle. De día pasaba algún ciclista; a esa hora no había nadie. Aparqué entre dos árboles, donde el coche quedaba escondido del camino, y apagué el motor.
—Bájate los tirantes.
Lo hizo sin contestar. El vestido se le quedó arrugado en la cintura y los pechos quedaron al aire, expuestos a la luz fría del salpicadero. Tenía los pezones tan duros que dolía mirarlos. Salí del coche, di la vuelta y le abrí la puerta. La saqué tirando de su mano y la apoyé contra el capó, todavía caliente del trayecto.
—Date la vuelta.
Apoyó las manos sobre el metal y arqueó la espalda sin que se lo pidiera. Le subí lo que quedaba del vestido hasta la espalda y le abrí las piernas con la rodilla. Cuando le metí la polla de un empujón, gimió tan fuerte que el sonido rebotó contra los árboles.
La embestí sin freno, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo se aplastaban sus pechos contra el capó cada vez que la empujaba hacia delante. Después la giré, la subí al asiento trasero y dejé que se sentara encima. Cabalgaba con esa furia suya, la que solo le salía conmigo, los pechos rebotando y la boca abierta sin disimulo. Acabamos de lado en el asiento, mi mano sobre su clítoris y la polla buscándole el fondo, hasta que se corrió tres veces seguidas y yo me derramé dentro mientras le mordía el cuello.
***
Nos quedamos así, pegajosos y respirando alto, durante mucho rato. Camila se rio con la cara enterrada en mi pecho.
—Si nos viera la policía ahora, como aquella vez —dijo.
Lo decía riendo, pero a los dos nos volvía la imagen.
La primera vez nos pillaron al principio del verano anterior. Estábamos desnudos del todo, ella montada encima de mí con el vestido en el suelo del coche, cuando una luz azul nos golpeó la nuca a través del cristal trasero. Apenas tuvimos tiempo de cubrirnos. Yo me puse el pantalón al revés y ella se subió el vestido sin tirantes, los pechos asomando por arriba.
—Documentación.
El agente alumbró el interior con la linterna sin mirarnos a los ojos, intentando no reírse. Cuando me devolvió el carnet, se quedó leyendo el apellido un segundo más de la cuenta.
—¿Eres sobrino del comisario?
Asentí, queriendo morirme.
—Mucho cuidado, chicos. Si alguien os denuncia, no podemos hacer nada.
Se fueron sin multa. Nos vestimos a las prisas y salimos del camino casi llorando de risa, jurando que no íbamos a volver. Volvimos a las dos semanas. Y a las tres. La segunda vez nos encontraron empezando, ella todavía con la blusa puesta. La tercera, con la cabeza de Camila enterrada en mi entrepierna y la mano agarrándose al volante para no caerse.
—Otra vez vosotros —dijo el agente, y ya ni se molestó en bajarse del coche patrulla.
Después de aquello, durante un mes nos cruzábamos con la patrulla en la carretera vieja y los veíamos pasar de largo, frenando un poco al reconocer mi coche. Levantaban dos dedos de saludo desde el volante y seguían su ronda. Nunca se bajaron más.
Lo lógico habría sido buscarnos otro sitio. Pero el riesgo había dejado de ser un problema y se había vuelto otra cosa. Camila empezó a follar con más urgencia ahí que en cualquier hotel, gritando más alto sabiendo que podían volver, agarrándome del pelo cada vez que oíamos un motor lejano.
—No me imagino haciéndolo en una cama —me dijo una vez, todavía sin recuperar el aliento.
Yo tampoco.
***
Esa noche, después del último polvo, nos quedamos abrazados en el asiento trasero con el cristal abierto un dedo para que entrara aire. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho y los dedos jugando con el vello de mi barriga.
—Cuéntame algo que no me hayas contado —le pedí.
—¿De qué?
—De antes. De ti, antes de mí.
Se quedó callada un rato. Luego habló sin levantar la cabeza, como si fuera más fácil contarlo así.
—Tuve un novio antes de la prepa que me metía mano por debajo de la falda en el cine. Una vez me hizo correrme con dos dedos en una butaca de pasillo. Me morí de vergüenza al salir.
—¿Por eso te gusta tanto el cine?
—Probablemente.
Se rio bajito y siguió.
—Y una vez, en casa de mi prima, jugando cartas con una pandilla, el amigo de un chico me besó cuando los demás se metieron a un cuarto. Me manoseó entera contra la pared del pasillo. Yo lo dejé hacer un rato y luego me asusté y me fui. Fue lo más cerca que estuve de engañar a alguien.
—¿Te corriste?
—Casi.
Me apreté un poco más contra ella sin decir nada. Me había puesto duro otra vez, y ella se dio cuenta, y se rio.
—Te excita oírlo.
—Mucho.
—Eres raro.
—Soy tuyo.
Levantó la cara para mirarme y me besó despacio, sin lengua al principio, con esa ternura que le salía siempre después de hablar de su pasado.
—¿Y a ti? —preguntó—. ¿Qué es lo que más te pone?
Le contesté lo que ya sabía. Me ponía verla así. Vestida como esa noche. Con esos vestidos cortos sin nada debajo, en cualquier lugar donde la pudieran mirar y nadie supiera lo que llevaba puesto. Me ponía imaginarla en una cena familiar con una falda demasiado corta, sin bragas, cruzando las piernas y descruzándolas para mí. Me ponía verla tocarse, oírla pedirme cosas, saber que se mordía el labio cuando se acordaba de mí en mitad del día.
—Tira los calzones grandes —le dije con la boca contra su pelo—. Quédate solo con tangas. Y, conmigo, ni eso.
—¿Y si me ven el día menos pensado?
—Que vean.
Volvió a reírse, pero esta vez se le quedó la risa flotando entre los dos, como si se la estuviera pensando de verdad.
—Lo voy a hacer —dijo después de un rato—. Pero solo porque me gusta lo que se te pone la cara cuando lo cuentas.
Le bajé la mano por la barriga y le encontré el coño otra vez tibio, otra vez resbaladizo, otra vez listo. Ella separó las piernas sin dejar de mirarme.
—La noche apenas empieza —dije.
—Lo sé.