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Relatos Ardientes

La desconocida del chat encendió su cámara para mí

Era sábado por la tarde y llevaba horas dando vueltas por el departamento sin saber qué hacer conmigo mismo. Mis padres se habían ido de fin de semana a la costa con mi hermana, y yo había rechazado el plan con la excusa de un trabajo final que ni siquiera había abierto. La verdad era otra: tenía ganas, muchas ganas, y necesitaba un sábado a solas para encargarme de eso sin que nadie golpeara la puerta cada veinte minutos.

El problema era que ni el porno habitual ni los recuerdos de la chica del gimnasio que se ponía esos leggings grises me estaban funcionando. Algo me faltaba. Tal vez la sensación de que del otro lado había alguien real, alguien con voz, alguien que también me deseara aunque no me conociera.

Me acordé de un foro que un compañero de la facultad había mencionado entre risas en algún recreo. Un chat de adultos donde, decía él, las cosas a veces se ponían interesantes. Lo busqué, me hice una cuenta con un nombre falso y entré.

La lista de usuarios era un desfile de apodos sin gracia. Nicks ridículos, frases de autoayuda, gente con avatares borrosos. Iba a cerrar todo cuando un nombre me detuvo: Caro_solita.

No sé por qué fue ese y no otro. Tal vez por la palabra «solita», que sonaba a confesión más que a invitación. Tal vez porque algo en mí, en ese momento, también lo estaba.

Le escribí.

—Hola.

Tardó en responder. Lo suficiente como para que pensara que ya estaba con otro o que ni siquiera estaba conectada.

—Hola —llegó al final.

—¿Cómo va la tarde?

—Lenta. Aburrida. ¿Y la tuya?

—Igual. Por eso entré aquí.

Le dije que me llamaba Daniel, que tenía veintidós años, que vivía en un departamento al sur de la ciudad. Casi todo era cierto. Ella me dijo que era Carolina, treinta y ocho años, separada hacía dos, y que los sábados eran los días más largos de la semana cuando la hija se iba con el padre.

No empezamos hablando de sexo. Hablamos de cosas tontas: del calor que hacía afuera, del último libro que ella había abandonado a la mitad, de una serie que yo había visto. Pero había algo en cómo escribía, en cómo me preguntaba ciertas cosas, que me dejaba claro hacia dónde iba la conversación.

—¿Tienes Skype? —solté, casi temiendo la respuesta.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque no me gusta escribir tanto. Si quieres, hablamos por ahí.

Tardó otra vez. Después me pasó su usuario.

La encontré, la agregué, le mandé un mensaje corto: «Soy Daniel». Aceptó la solicitud al instante.

Las primeras palabras fueron por audio, las dos cámaras apagadas. Su voz me sorprendió. Era ronca, baja, con una pausa entre frase y frase que me hacía tragar saliva sin querer. La voz de una mujer que sabía exactamente qué efecto tenía y disfrutaba comprobándolo.

—Tienes voz de chico bueno —me dijo, riéndose suave—. ¿Eres chico bueno, Daniel?

—Depende del día.

—¿Y hoy?

—Hoy no tanto.

Se rió otra vez. Y la conversación se fue cargando de a poco, sin que ninguno de los dos forzara nada. Hablábamos de lo que nos gustaba, de qué sí y qué no, como dos personas que se conocen en un bar y tantean hasta dónde llega el otro.

En un momento, se me ocurrió algo y se lo solté antes de pensarlo:

—Me compré unos bóxer nuevos hace dos días. Todavía no los estrené.

—Muéstramelos —dijo, sin pestañear.

Se me secó la boca. Le contesté que solo si era por cámara, que las fotos no me gustaban porque uno nunca sabe dónde terminan. Aceptó al instante. Tan rápido que me pregunté si había estado esperando justamente ese empujón.

Cuando encendió su cámara, casi se me cae el celular de la mano.

Estaba acostada en una cama amplia, con las sábanas blancas revueltas detrás. Llevaba una camiseta de tirantes finos y, por lo poco que se veía, una falda corta debajo. Tenía el pelo suelto, castaño, cayéndole sobre un hombro. Ni rastro de la mujer común y corriente que yo me había imaginado. Carolina era guapa de un modo que se sentía: facciones suaves, boca grande, una mirada de las que no piden, exigen.

—Esperaba algo distinto —dije, sin poder disimular.

—¿Mejor o peor?

—Mejor. Mucho mejor.

Sonrió.

—Enséñame esos bóxer, Daniel.

Me levanté, dejé el celular apoyado en una pila de libros para que me agarrara de la cintura para abajo, y me bajé el pantalón. Quedé en bóxer negros, ajustados. Y, claro, no estaba precisamente disimulado. Lo que había debajo de la tela ya empujaba bastante más fuerte de lo prudente.

Hubo un silencio en la línea.

—¿Qué es eso? —preguntó al final, con un tono distinto.

—¿Qué cosa?

—Ese bulto. El que se te marca.

—Eso no es nada.

—Eso es bastante más que nada.

Me reí, todavía con las manos a los costados. Ella se quedó mirando la pantalla en silencio un buen rato. Yo no me animaba a moverme. Sentía cómo el corazón me latía en cada una de las venas, también ahí abajo.

—Daniel —dijo despacio—. ¿Quieres que sigamos?

—Sí.

—Entonces yo te voy a pedir cosas, y tú me las vas a hacer. Y después yo te voy a hacer cosas a ti. ¿Te parece?

—Me parece perfecto.

Empezó por lo más simple. Me pidió que volviera a sentarme. Que me apoyara en el respaldo de la silla. Que me pasara la mano por encima del bóxer, sin meterla todavía. Le hice caso. Carolina miraba con una concentración que me ponía más nervioso que cualquier cosa que hubiera dicho.

—Más despacio —pidió—. Quiero ver cómo te endurece la mano sola.

Obedecí. Pasé los dedos por el largo, presioné apenas, sentí cómo respondía debajo de la tela.

—Ahora yo —dijo—. Mira.

Se sentó en la cama, las piernas dobladas a un costado, y empezó a sacarse la camiseta. Lo hizo lento, sosteniéndome la mirada todo el tiempo. Cuando la prenda cayó al piso, se quedó solo con el sostén negro, simple, de algodón. Después también se lo desabrochó, me dio la espalda un segundo para sacárselo, y volvió a girar.

Tenía los pechos llenos, redondos, con los pezones oscuros y duros, como si llevara horas pensando en eso. Y probablemente las llevara.

—¿Te gustan? —preguntó.

—Sí.

—Dímelo bien.

—Me encantan. Quiero verte mientras los tocas.

Se mordió el labio. Se pasó las palmas por debajo, los levantó apenas, los apretó. Después atrapó los pezones entre dos dedos, los estiró suave, los giró. Ahogué un sonido en la garganta.

—Ahora sácate el bóxer, Daniel.

Lo hice. Lo bajé de un movimiento, lo dejé caer al piso. Quedé sentado, completamente expuesto, con el miembro duro contra el vientre. Una gota brillaba ya en la punta.

—Mira lo que tienes —dijo, casi en un susurro—. Sostenlo. No te muevas todavía. Solo sostenlo y muéstramelo.

Cerré la mano alrededor sin apretar y lo dejé ahí. Carolina respiró hondo del otro lado. La vi pasarse los dedos por el cuello, bajarlos por el pecho, demorarse en el ombligo, seguir hacia abajo y perderse debajo de la falda.

—Ahora muévela —ordenó—. Despacio. Como si fuera mi mano.

Empecé. Subía y bajaba lento, sin apretar mucho, con la vista clavada en cómo ella se acariciaba por encima de la tela.

—Imagínate que es mi boca —siguió—. Que estoy ahí, de rodillas frente a ti, y te lo lamo de abajo hacia arriba.

Apreté la base. Solté el aire de golpe. Me costaba seguirle el ritmo y mantener los ojos abiertos al mismo tiempo.

—Ahora yo —dijo ella.

Se levantó la falda, la dejó arremangada en la cintura, y me mostró que tenía debajo unas bragas negras, finas, con una mancha más oscura justo en el centro. La humedad era evidente.

—¿Ves cómo me pones? —preguntó.

—Te veo.

—Me las voy a quitar. Pero antes quiero pedirte una cosa.

—Lo que quieras.

—Cuando llegue, quiero que me digas exactamente qué te imaginas. Sin filtro. ¿Puedes?

—Puedo.

Se sacó las bragas por las piernas, despacio, sin levantarse, y las tiró fuera del cuadro. Después se acomodó otra vez, las rodillas un poco abiertas, una mano libre y la otra ya entre las piernas. La cámara captaba todo: la curva del muslo, la luz tibia de la lámpara, sus dedos buscando un ritmo lento.

—Dime —pidió.

—Te imagino encima de mí —respondí, sin reconocer del todo mi propia voz—. Me tienes agarrado contra el respaldo. Me sostienes la cara con una mano. Te mueves lento al principio, mirándome, y después más rápido, sin dejar de mirarme. No me dejas cerrar los ojos.

Carolina apretó más los dedos. La vi morderse el interior del labio.

—¿Y después?

—Después te giras. Te pones de espaldas a mí. Te agarras del respaldo. Yo te sujeto de la cintura y te muevo a mi ritmo. No me importa lo que pidas, porque sé que es lo que quieres.

—Más rápido —dijo ella, casi para sí misma, y no sé si me hablaba a mí o a su mano.

Aceleré. Las dos manos se movían al mismo tiempo, las dos respiraciones empezaron a perder la cadencia, la pantalla del celular apenas alcanzaba a mostrarnos enteros.

—Me vengo —avisó, con la voz quebrada.

—Yo también.

—Espérame —pidió—. Espérame un segundo más, Daniel. Quiero llegar contigo.

Apreté los dientes. Le hice caso, no sé cómo. Aflojé apenas el ritmo, me concentré en su cara, en la forma en que se le tensaba el cuello, en los nudillos blancos de la otra mano agarrando la sábana.

—Ya —susurró—. Ahora.

Volví al ritmo y la seguí. La vi cerrar los ojos, arquear la espalda, dejar escapar un sonido grave, profundo, que se oyó mucho más íntimo que cualquier palabra que me hubiera dicho. Yo me solté entre los dedos un segundo después, en silencio, sin poder separar la vista de la pantalla.

Nos quedamos así, los dos, respirando. Ella todavía con la mano entre las piernas, yo con todo el pecho subiendo y bajando. La habitación de cada uno se sentía, de pronto, demasiado callada.

—No te muevas —pidió—. Quédate así un minuto.

Lo hice. No habría podido moverme aunque quisiera.

Después se rió. Una risa baja, cansada, contenta.

—Esto —dijo— no se lo cuento a nadie.

—Yo tampoco.

—¿Mañana también te aburres?

—Si me agregas tú primero, sí.

Apagó la cámara con un guiño que no necesitaba palabras. Y yo me quedé ahí, sentado, con la luz de la pantalla iluminándome el cuarto, sabiendo que el resto del fin de semana iba a esperar a que la luz verde de su Skype volviera a aparecer.

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Comentarios (8)

Ferchu22

Tremendo!!! Me quede pegado hasta el final, que noche la de ese sabado jaja

MatiasG

Por favor seguí con esto, el final me dejo con ganas de mas. Segunda parte urgente!!!

NocturnaR

Muy bien escrito, se siente la tension desde el primer momento. Buenisimo ritmo.

Gabi_norte

jaja me recordo a algo que me paso hace tiempo por internet... esas noches no se olvidan

ClaritaR

excelente relato!!!

SebaMdq

Que atmosfera tan bien descripta, muy natural todo. Sigue escribiendo asi

nocheW

Me encanto como lo contaste, se lee de corrido. Gracias por compartirlo

Quejigo

Genail!!! Espero la continuacion

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