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Relatos Ardientes

Volví a masturbarme con la diva de mi adolescencia

Era una noche de domingo y al día siguiente no madrugaba. No tengo pareja desde hace años, así que mi vida sexual se reduce a pajas más o menos rutinarias. A los treinta y cuatro la libido sigue alta, demasiado para alguien que duerme solo, y recurro a la masturbación con una frecuencia que ya no me avergüenza, ni siempre exclusivamente en mi casa. Tengo carpetas en el ordenador clasificadas por categorías: rubias, morenas, castañas, pelirrojas, una titulada «MILFs» con cierta autoindulgencia, otra «teens» que prefiero no comentar, una dedicada a actrices que ya no son tan jóvenes y otra a compañeras de oficina que jamás sospecharían lo que guardo. Una noche normal hubiera abierto cualquiera de esas carpetas. Pero esa noche me dejé arrastrar por la nostalgia.

Me acordé de quien había sido la musa de mis pajas juveniles, la cantante colombiana Lucía Solano. Puede que no fuera la más guapa, ni la mejor cantante, pero solo ella tenía la capacidad de hacerme eyacular con un gemido grabado en su balada «Adiós a Sevilla», escrita tras dejar la ciudad donde había vivido tres años con su familia. Yo también pasé temporadas en Sevilla con mis padres, así que la coincidencia me unía a ella de un modo absurdo y privado. ¿Por qué me excita tanto?, pensaba a los catorce años. El videoclip era bastante normalito: imágenes de calles andaluzas, guitarras flamencas, ningún plano provocador. Tampoco mostraba demasiado, ni movía las caderas con gran intención. Pero al llegar al minuto uno con cuarenta y nueve y escuchar aquel gemido —entre suspiro y sollozo— solo deseaba explorar mi cuerpo. Un compañero de instituto, hijo de evangélicos, me dijo una vez que esa canción era satánica. Le tomé por loco, aunque el hecho de que solo quisiera correrme al llegar a esa parte exacta me hacía replantear su tesis.

Luego te das cuenta de que esa no era la única canción donde Lucía gemía. Te ponías «Te lo aviso, te lo digo» y jadeaba más, como una perra en celo. Por las noches yo sacaba el discman a la cama y me frotaba contra la almohada, moviendo la pelvis con cierto ritmo, hasta que ella decía aquello de «¡que me marcho! ¡Que me he ido! Ah, ah, ah, así está mejor», como si me lo estuviera diciendo al oído mientras yo la penetraba a cuatro patas. El videoclip mostraba a Lucía en su pico más alto de belleza, bailando con sensualidad consciente, con esas caderas suyas agitándose. Quiero que me entiendan: que estuviera buena era lo de menos, era su voz jadeando lo que me hacía venir. Lo otro era un plus.

No podemos olvidar de aquella etapa la canción «Estrella», que fue por la que muchos la conocimos. Lucía estaba aquí también en su mejor versión, y muchos se enamoraron de ella, sobre todo cuando hacía unos círculos sobre su top diciendo «estrella que mis pechos sean pequeños y no los confundas con dos lunas» con una sonrisa pícara. Y todos esos golpes de cadera, una y otra vez, una y otra vez.

Esa fue la etapa con la que Lucía empezó a hacerse conocida en España, aunque tenía trabajos anteriores en Colombia que llegaron después. El paso a un registro más abiertamente sexual fue el videoclip a dúo con un cantante andaluz, «El tormento». Era sensual, pero mantenía cierta elegancia, casi cinematográfica.

Fue con «La pantera» cuando Lucía decidió aprovecharse de jovencitos confusos como yo y empezó a bailar como stripper y a aullar dentro de una jaula, mostrando en algunas escenas una parte de sus glúteos. Ese videoclip era pornografía pura: ella inclinándose como invitándote a disfrutar de sus nalgas, gruñendo como un animal hambriento, mirando a cámara con ese gesto de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Perdí la cuenta de las pajas que me hice con ese videoclip.

Después sacó otros que me entusiasmaron menos, aunque también servían para el desahogo de turno. «Salvaje», por ejemplo, donde se ponía choni del todo y empezaba a soltar aquello de «ven, papi, vuélveme loca, márcame la espalda y muérdeme los labios». Más tarde, en el videoclip, Lucía imitaba a alguna supermodelo británica y aparecía bailando sobre una barra americana en ropa interior, como una stripper barata. No sé si fue ahí cuando empecé a despreciarla un poco. Lucía haciendo canciones malas en las que lo único llamativo era que salía en lencería, ni un solo gemido para que me corriera. Por aquellas fechas fue el mundial de fútbol y sacó «Tumba, tumba», que tampoco gemía nada, aunque era un espectáculo verla mover las caderas.

Fue también cuando empezó a salir con Castro, el futbolista, sus coqueteos con la derecha latinoamericana, sus problemas con Hacienda y demás aspectos que terminaron por matarme las ganas de escucharla. Solo «La motocicleta» me parecía animada, y la del dúo en inglés «Can't remember to leave you» me hacía eyacular como un mono, pero más por la otra cantante que aparecía en el videoclip que por Lucía.

Pero esa noche quise dejar a un lado mis ideales políticos y morales y centrarme en todos aquellos gloriosos momentos que Lucía me había hecho sentir en el pasado. Quizás necesitaba desinhibirme. Lucía tenía cosas buenas. Me sacaba doce años, así que ahora podríamos considerarla casi una MILF a sus cuarenta y seis. Imagina tener una madre así. Y a su vez, era bastante más bajita que yo —ella mide un metro cincuenta y cinco y yo un metro ochenta y dos—, por lo que en mi imaginación era muy manejable, sostenible en el aire si hacía falta. Lucía tenía lo mejor de una MILF y de una teen.

Por otro lado, sus canciones gimiendo y sus videoclips en el pico de su belleza los iba a conservar siempre. No es como cuando echas de menos follarte a tu ex. Aquí puedes volver siempre al material original, intacto, como una cápsula del tiempo, y generaciones posteriores, incluso después de que ella muera algún día, podrán usarlo para aliviarse. Imagínate a un chaval en 2090 escuchando por primera vez «Las del instinto», con esa voz suya que lo mismo alza el tono que te susurra al oído que quiere ser tu «presa casi perfecta». Todo ello mientras baila con sensualidad disfrazada de pin-up.

Decidí darle una oportunidad y busqué uno de sus videoclips más recientes, «Sin compromiso». Sinceramente, no estaba mal. Lucía aparecía en bikini sobre un yate haciendo movimientos pélvicos, después en la escalera de una discoteca agitando el culo apoyada en un extintor, como ofreciéndote sus nalgas para tu disfrute, o en un jacuzzi mostrando su espalda preciosa, que entran ganas de acariciarla y pasarle la lengua por encima. Era un videoclip muy fanservice, Lucía ofreciéndote su cuerpo mientras te decía que estaba sin compromiso y que se lo pasaba muy bien. Algo de empoderamiento adaptado a estos tiempos y un nuevo dardo a su expareja Castro. Y no gemía ni una sola vez.

***

Lo mejor que se me ocurrió fue ver de nuevo el videoclip, quitarle el sonido y poner de fondo alguna de sus canciones antiguas. Así, mientras escuchaba a Lucía cantar entre gemidos que iba a echar de menos Sevilla, o que «la noche se trague hasta el último poeta», yo contemplaba el cuerpo de una Lucía de belleza más madura. Cuando movía las nalgas me demostraba que todavía podía hacerme correr solo con mirarla. Bajé la luz de la habitación, dejé encendida la lamparita del escritorio y eché las cortinas, aunque vivo en un quinto piso y nadie me iba a ver. Me quedé en calzoncillos, con la espalda apoyada en la almohada y el portátil sobre las piernas, en esa postura ridícula y eficaz que solo se permite uno cuando vive solo. Sentí cómo todo el cuerpo se predisponía al ritual: la boca seca, la piel hipersensible, la cabeza pidiendo permiso para abandonar todo lo demás.

—Lucía, eres subnormal, pero te amo —le dije a la pantalla del ordenador.

—Vamos —murmuré después, con la mano ya cerrada y el ritmo encontrado—. Otra vez.

Al verla en el jacuzzi, con la espalda al aire, rodeada de chicas jóvenes, cual reina madre rodeada de doncellas, me imaginé que yo estaba allí con ella, follándomela como un cajón que no cierra. La canción de fondo había llegado al «¡que me marcho! ¡Que me he ido!» y mi mano aceleró sin que yo se lo pidiera, como si llevara veinte años entrenada para reaccionar a esa sílaba exacta. Sentí ese cosquilleo familiar subir desde los muslos, el pulso golpeándome en las sienes, la respiración volviéndose corta. En el momento exacto en que ella se gira en el videoclip y mira a la cámara, expulsé tal cantidad de semen que me mareé. Tuve que apoyar la espalda en el cabecero, las piernas todavía tensas, los dedos manchados, el corazón haciendo ese ruido sordo que casi nunca le hago hacer. Me quedé así un rato, con los ojos cerrados, escuchándola decir entre gemidos que se marchaba, que se había ido, ah, ah, ah, así está mejor. Como cuando tenía catorce años. Como si los veinte años intermedios no hubieran ocurrido, como si el ordenador fuese aquel discman, como si mi cuarto de soltero fuese el cuarto adolescente con pósters en las paredes y miedo a que entrase mi madre.

Me limpié el torso con una servilleta de papel que tenía al lado de la mesita de noche y me dormí con el ordenador encendido, todavía reproduciendo el bucle.

Al despertar al cabo de un rato, abrí los ojos en la oscuridad y solo me vino una idea a la cabeza: tengo que probar esto con Paloma Vega.

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Comentarios (7)

Miguelito77

jajaja me llevo directo a los 14. Esas cosas no se olvidan nunca!! Muy bueno

Lectora_Mza

Increible, se hace corto. Por favor mas de esta linea!!

NostalgicoPas

Me paso algo muy parecido con una actriz de novela que adoraba a esa edad... esas cosas te marcan para siempre. Muy bien escrito

Carlos84

La nostalgia mezclada con eso tiene un poder especial. Excelente!

SofiaKV

Corto pero efectivo, te deja con ganas de mas :)

Homersolo

Uno de los mejores que lei ultimamente. Que bueno encontrar relatos tan genuinos aca

RecuerdosBsAs

Ese tipo de domingos... jaja sabemos de lo que hablas. Muy verosimil, enhorabuena

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