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Relatos Ardientes

El secreto que la novicia escondía bajo el hábito

Renata despertó con la luz colándose entre los postigos de su ventana estrecha. Los primeros rayos teñían de oro las paredes encaladas de su celda, y ella se estiró bajo las sábanas, intentando que su mente no resbalara hacia los pensamientos de la noche anterior.

Había vuelto a ceder. A pesar de los rezos, a pesar de las penitencias, su cuerpo no obedecía las reglas que su alma se empeñaba en imponerle. En la penumbra, con su propia respiración como único testigo, sus manos habían recorrido territorios que su mente prohibía. Se había abierto los muslos bajo el camisón, se había metido dos dedos hasta el fondo del coño, y se había frotado el clítoris con la otra mano hasta que el jugo le corrió por el interior de las piernas. Había mordido la almohada para no gritar cuando la corrida la partió en dos, y aun así se le escapó un gemido gutural que rebotó en las paredes de piedra. Todavía le quedaba el olor a sexo en los dedos cuando se durmió.

Sacudió la cabeza para desterrar esos recuerdos. Hoy era un día nuevo y tenía labores que atender. Se levantó despacio. El camisón de algodón, gastado por el uso, dejaba entrever las líneas de su cuerpo: las caderas anchas, la plenitud de los pechos que se alzaban con cada respiración, la firmeza del trasero al moverse.

Se arrodilló junto a la cama. El algodón se tensó sobre sus formas mientras, con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada, recitaba la oración matutina. Pedía perdón por sus debilidades y fuerza para resistir. Pero mientras sus labios pronunciaban las palabras, una imagen la cruzó como un rayo: Lorenzo, con el pecho desnudo, el sudor deslizándose por su piel curtida, y ella imaginándose de rodillas frente a él, sacándole la polla del pantalón, metiéndosela entera en la boca. Su respiración se cortó y el rubor le subió a las mejillas. Sintió los pezones endurecerse contra el algodón y una punzada de humedad entre los muslos. Rezó con más fervor, como si las palabras pudieran apagar el incendio.

Se incorporó de golpe y caminó hasta el pequeño espejo junto a la puerta. Renata era hermosa, aunque rara vez se permitía mirarse. Su piel clara guardaba un brillo suave, salpicada de pecas en la nariz y las mejillas. Tenía los ojos verdes, grandes, llenos de un misterio que ni ella misma comprendía del todo. El cabello castaño, ondulado y largo, vivía oculto bajo el velo, pero en la intimidad de la celda caía libre y le enmarcaba el rostro.

Su figura era una mezcla de curvas que la volvían atractiva y, al mismo tiempo, la llenaban de inseguridad. Desde la adolescencia había notado las miradas prolongadas de los hombres, los comentarios velados que la dejaban expuesta. A veces aquello le daba una sensación fugaz de poder; otras, la culpa de creerse culpable de provocar esos deseos. Pero aquí, en el convento, nada de eso debía importar. O eso se suponía.

Se ajustó el hábito con movimientos precisos, cada pliegue cayendo con la misma perfección con que debía ocultar sus secretos. Porque bajo la tela austera, su piel iba abrazada por un portaligas de encaje negro, un contraste insolente con la sobriedad de afuera. Las correas finas se sujetaban a unas medias translúcidas que le acariciaban los muslos con un roce íntimo, tan sutil como una confesión no dicha. Más arriba, una tanga diminuta del mismo encaje apenas cubría el coño, y la costura central se le hundía entre los labios cada vez que caminaba, rozándole el clítoris con cada paso.

Cada vez que sentía el encaje contra su carne, un escalofrío la recorría y le recordaba que, más allá de la devoción, seguía siendo una mujer con un cuerpo que no podía ignorar. Era su acto de rebeldía, un secreto que la mantenía atada a algo visceral y humano, aunque la culpa se anclara en su pecho como un rosario que no podía dejar de apretar.

El día prometía calor, y eso significaba que Lorenzo llegaría con las provisiones. La sola idea le encendió un fuego que intentó sofocar con respiraciones lentas. Mientras caminaba hacia la puerta, las tiras del portaligas le rozaban los muslos a cada paso, descargas pequeñas que la hacían demasiado consciente de su piel. El calor se le concentró en el pecho y sus pezones se endurecieron bajo la tela, una respuesta involuntaria que mezclaba vergüenza y placer. Sintió la tanga humedecerse antes de haber salido siquiera de la celda.

Tomó aire y salió, obligándose a pensar en el huerto y la despensa. Pero incluso por los corredores, la idea de verlo, de sentir su presencia, seguía ardiendo en su mente.

***

En el camino al patio, los cantos matutinos de las otras hermanas llenaban los pasillos, pero para Renata eran un eco distante. Sus manos acomodaban el velo de forma instintiva mientras su mente vagaba: la manera en que la camisa de Lorenzo se pegaba a su piel cuando trabajaba, cómo sus brazos levantaban los sacos con una facilidad que parecía natural. Era un campesino tosco, sí, pero había algo en él que gritaba libertad y vida, dos cosas que ella no podía permitirse.

El patio resplandecía bajo el sol que subía despacio. Renata llegó justo a tiempo para verlo descargar la carreta. La camisa, desabotonada hasta la mitad, revelaba un pecho bronceado y trabajado por la vida dura. Los músculos de sus brazos se tensaban con cada saco, y una fina capa de sudor le brillaba en la piel.

Lorenzo se giró y la vio. Sonrió con esa mezcla de descaro y calor terrenal que lo volvía irresistible.

—Buenos días, señorita Renata. Siempre la más puntual —dijo, inclinando apenas la cabeza, con una chispa juguetona que enturbiaba la cortesía.

Renata tragó saliva. El calor de su rostro competía con el del sol. Bajó la mirada, pero no antes de notar el modo en que él la recorría con los ojos, despacio, como si fuera deliberado. Y también notó, sin poder evitarlo, el bulto marcado bajo el pantalón de lino, la forma inequívoca de una polla que se movía con cada paso.

—Buenos días, Lorenzo. ¿Cómo están los campos esta semana? —preguntó, intentando que la voz no le temblara al final. No lo consiguió.

Él sonrió más ampliamente, mostrando un hoyuelo en la mejilla. Dejó un saco en el suelo y se sacudió las manos sobre el pantalón de lino gastado.

—Trabajados, sí. Pero nunca tan bien como lo que usted cuida con sus manos. Parece que todo lo que toca florece.

Renata levantó la vista. Había algo en su tono que no era solo admiración: un roce verbal que bordeaba lo prohibido. Sintió que la piel se le encendía, como si cada palabra fuera una mano invisible recorriéndola.

—No diga esas cosas —respondió, buscando sonar severa. No funcionó.

—¿Por qué no? Es la verdad —replicó él, dándose la vuelta para tomar una caja de fruta.

Ella vio cómo los músculos de su espalda se movían bajo la tela húmeda y volvió a tragar saliva. Cuando Lorenzo se giró de nuevo, traía un racimo de uvas. Se acercó, acortando la distancia hasta que el olor de la tierra y el sudor le invadió los sentidos, y le ofreció el racimo como un regalo.

—¿Quiere probarlas? Están dulces esta semana.

Renata extendió la mano, pero él no soltó las uvas de inmediato. Sus dedos rozaron los de ella, y aquel contacto breve bastó para acelerarle la respiración. Sus ojos se encontraron y, por un instante, el convento entero se desvaneció: solo quedaron el sol y la tensión entre ambos. La tanga se le empapó del todo y sintió una gota deslizarse por el interior del muslo.

—Gracias —murmuró, retirando el racimo y desviando la mirada.

—¿Está bien, señorita? —preguntó él en voz baja, grave, como si la llamara a confesar algo que no podía decir.

—Estoy bien —mintió. Retrocedió un paso, pero no pudo evitar mirar por última vez el sudor que le bajaba por el pecho, siguiendo un camino que ella deseaba explorar con los dedos, con los labios, con la lengua hasta encontrar el borde del pantalón y más abajo.

***

Antes de que pudiera marcharse, Lorenzo volvió a acercarse con una seguridad que la dejó sin aire. Extendió la mano y, por un segundo, Renata pensó que la iba a tocar. En vez de eso, depositó en sus manos un paquete pequeño envuelto en papel marrón.

—Para usted, señorita Renata. Guárdelo bien —susurró, con una voz cargada de algo que no se atrevió a nombrar.

Sus dedos volvieron a rozarla al entregárselo. Ella sintió algo suave dentro del papel, pero no tuvo tiempo de mirar.

—Renata, ¿vienes? —llamó la hermana Inés desde la puerta de la cocina.

Renata apretó el paquete contra el pecho como un secreto precioso y la siguió con pasos apresurados. Lorenzo se alejó con la carreta, pero ella sentía su presencia clavada en la espalda como si todavía estuviera allí.

El resto del día transcurrió entre las tareas de siempre: la mantequilla, la despensa, los pasillos. Su mente, sin embargo, estaba lejos. Cada tanto su mano buscaba el bulto escondido en el doblez del hábito, preguntándose qué había dentro y por qué Lorenzo se lo había dado. Cada vez que se agachaba a recoger algo, la tanga empapada le recordaba lo mojada que la había dejado con solo una mirada.

***

Al caer la noche acudió a la capilla para su confesión con el padre Mateo. Era un hombre joven, de lentes redondos y una mirada perspicaz que parecía leer más allá de las palabras. Renata se arrodilló, las manos temblorosas, las palabras atascadas en la garganta.

—Padre, he pecado —susurró, sintiendo cómo la voz se le quebraba en la penumbra.

—Habla, hija. Este es un lugar seguro —respondió él, con una calma que la envolvía como un manto a la vez protector y revelador.

Renata cerró los ojos. Las imágenes que la perseguían desde la mañana se hicieron más vívidas.

—Es Lorenzo, padre. Su imagen no me deja. Cada vez que lo veo, algo dentro de mí arde. Hoy, mientras lo miraba en el patio, supe que estaba perdida. Su pecho desnudo, el sudor por su piel… No pude dejar de imaginarme de rodillas frente a él, padre. Sacándole la polla del pantalón. Metiéndomela en la boca hasta el fondo, chupándosela como una perra, mientras él me tiraba del pelo y me llenaba la garganta con su corrida.

Las palabras caían como un torrente, un flujo imparable de deseos guardados demasiado tiempo. Tras la rejilla, la figura del padre Mateo permanecía inmóvil, su silencio ensordecedor.

—Cuando estoy sola en mi celda —continuó, bajando la voz hasta un susurro—, no puedo evitarlo. Mis manos buscan apagar el fuego. Me imagino que me folla sin reservas, que me abre de piernas contra la pared, que me mete la verga hasta el fondo del coño. Anoche me toqué, padre. Me metí los dedos en el coño hasta que se me empaparon. Me froté el clítoris hasta que las piernas me temblaron y me corrí con tanta fuerza que tuve que morder la almohada para no gritar. Y después solo quedó la culpa.

Las lágrimas le corrían por las mejillas y no intentó detenerlas. Había desnudado su alma y esperaba algo. Perdón, tal vez. O al menos comprensión.

El padre Mateo guardó silencio un largo rato. Cuando habló, su voz fue baja, cargada de una gravedad que parecía llegarle directo al alma. Renata creyó oír, también, el crujido leve de la madera del confesionario, como si él se acomodara de una manera precisa.

—El cuerpo es un templo, Renata. Pero también es una prueba. Lo que sientes no es ajeno a tu fe, porque no puedes buscar a Dios sin antes enfrentarte a quien realmente eres. Dime, hija, ¿qué buscas en esos actos? ¿Solo alivio? ¿O la verdad de lo que deseas?

Cada pregunta desgarraba el fino velo con el que ella intentaba ocultarse. Renata no supo responder. Salió del confesionario con los pasos pesados, como si cargara el peso de cada palabra pronunciada, y con la tanga otra vez pegada al coño por la humedad.

***

Cerró la puerta de su celda y giró la llave hasta oír el clic que le aseguraba la privacidad. Encendió la vela de la mesilla y observó cómo la luz titilante proyectaba sombras largas en las paredes. Con manos cuidadosas, recuperó el paquete que Lorenzo le había dado. El papel áspero parecía un objeto prohibido, y sin embargo era imposible soltarlo. Deshizo los nudos de la cuerda, el papel se abrió y su aliento quedó atrapado en la garganta.

Dentro, envuelto en seda, había un conjunto de encaje negro. Un body ceñido y audaz, de tiras finas que dejaban poco a la imaginación, bordado con pequeños detalles florales y cortes estratégicos que revelaban una sensualidad descarada. La suavidad del tejido entre sus dedos parecía quemarla. Junto al body, una nota de letra tosca y desigual:

«Esto es para ti. Porque no aguanto más imaginándote escondida bajo ese hábito. Quiero verte, Renata. Toda tú. Desde el primer día no dejo de pensar en lo que hay debajo. Se me pone dura solo de pensar en tus tetas, en tu coño, en cómo gemirías conmigo dentro. No te escondas más.»

El calor le ascendió del vientre al pecho. Su mente se llenó de imágenes: Lorenzo, con su sonrisa ladeada, mirándola con deseo mientras la veía usar aquel regalo, la polla marcándose bajo el pantalón. El pensamiento era tan abrumador que tuvo que sentarse en el borde de la cama.

Miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie la interrumpiría. Despacio, empezó a desvestirse, retirando el hábito con movimientos metódicos, como si oficiara un ritual secreto. Se sacó la tanga empapada, y al despegársela del coño sintió el hilo de humedad que la unía a la tela, un hilo brillante a la luz de la vela. Quedó de pie frente al espejo, con el body en las manos, y se detuvo a observar su reflejo. El cuerpo que tantas veces había querido ocultar se veía desnudo bajo la luz de la vela, sus curvas resaltadas por las sombras. Los pezones rosados y duros, el vientre suave, y entre los muslos, el coño mojado con los labios hinchados, brillantes, cubiertos por una sombra de vello castaño recortado.

Con dedos temblorosos deslizó el body sobre su piel. El encaje la acarició, abrazándola con una suavidad que la hizo estremecerse. Ajustó las tiras sobre las caderas, delineando sus pechos y dejando su intimidad al descubierto con una audacia que jamás se habría permitido: el corte central del body dejaba el coño enteramente expuesto, y los aros de tela apenas rozaban sus pezones sin llegar a cubrirlos. La sensación era embriagadora, como si el encaje, lejos de cubrirla, la despojara de todo control.

Se tumbó en la cama y dejó que la vela iluminara su figura mientras su mente se llenaba de fantasías. Cerró los ojos y lo imaginó allí, de pie junto a la pared, observándola en silencio. Lorenzo, con el pecho desnudo y la mano ya trabajándose la polla lentamente, devorándola con la mirada. La imagen era tan vívida que sintió cómo su cuerpo respondía, un fuego encendiéndose entre las piernas y una humedad fresca deslizándose por la abertura del body.

—Ábrete de piernas, Renata —creyó oírlo susurrar en su fantasía—. Enséñame ese coño.

Y ella obedeció. Abrió los muslos despacio, como si ofreciera un espectáculo a esos ojos imaginarios, y sus dedos bajaron por el vientre hasta hundirse en la carne hinchada de su sexo. Se separó los labios con dos dedos y sintió el aire frío contra el clítoris expuesto. Empezó a acariciarse en círculos lentos, apretando ese botón duro y sensible entre el dedo índice y el corazón, mientras la otra mano subía a los pechos y se tironeaba de un pezón, retorciéndolo con una crueldad tierna que la hacía arquearse.

En su mente, él se acercaba y se arrodillaba entre sus piernas. Le mordía el interior de los muslos, subiendo lento, dejando marcas de dientes sobre la piel de leche. Cuando su boca llegaba al coño, no la besaba con suavidad: le clavaba la lengua entera de una sola vez, la hundía dentro, la retiraba, chupaba los labios enteros, se enterraba a lamerla con hambre. Renata metió dos dedos en el coño y los dobló buscando ese punto interno que la volvía loca, mientras su otra mano no dejaba de trabajarle el clítoris.

—Así, señorita —murmuraba Lorenzo en su cabeza, con la voz ronca, la boca brillante de sus jugos—. Mójate para mí. Mójame la cara.

Ella se llevó los dedos empapados a la boca y se chupó su propio sabor, imaginando que era la polla de él lo que le llenaba los labios. Gimió alrededor de sus dedos, cerró los ojos con más fuerza, y volvió a bajar la mano al coño, esta vez metiendo tres dedos, abriéndose por dentro, follándose despacio con un ritmo que empezó suave y fue creciendo.

Presa de esa visión, ella misma inclinó la cabeza y dejó que su boca buscara su propio pecho. Se atrapó un pezón entre los labios, succionó despacio, después con fuerza, imaginando que era él quien la mamaba. Un gemido se le escapó, ahogado contra su piel, pero no intentó callarlo. Le pasó la lengua al pezón, le mordió con delicadeza, y sintió cómo cada tirón repercutía directamente entre las piernas, apretando el coño alrededor de sus dedos.

En la fantasía, él se levantaba del suelo. Le enseñaba la polla dura, gruesa, con la punta brillante de humedad. Se la acercaba a la cara y ella abría la boca sin pensarlo, saboreando la sal de su piel, sintiendo cómo se le hinchaba en la lengua. Le agarraba las caderas con esas manos ásperas y le empujaba la cabeza hacia adelante, follándose la boca despacio primero, después con urgencia, la punta de la verga golpeándole el fondo de la garganta.

—Trágamela, Renata —le ordenaba en su fantasía—. Chúpame como te enseñó tu deseo.

Ella metía los dedos más adentro, imitando con la boca imaginaria los movimientos que hacía con la mano. Se los sacaba brillantes y volvía a hundirlos, curvándolos, buscando cada rincón del coño. Con la otra mano se golpeaba suavemente el clítoris con la palma abierta, palmadas cortas y ritmicas que la hacían temblar.

Después, en su cabeza, él la ponía de espaldas. La levantaba sin esfuerzo y la empujaba contra la madera de la puerta, separándole los muslos con urgencia, sujetándola exactamente donde quería. Le abría las nalgas con las dos manos y le pasaba la punta de la polla por el coño mojado, restregándosela entre los labios sin metérsela todavía, torturándola.

—Suplícamelo —le decía él al oído en la fantasía—. Dime que te la meta.

—Métemela —gimió Renata en voz baja contra la almohada, y no supo si la palabra había salido de su boca o de la de la imagen—. Fóllame, Lorenzo, por favor, fóllame ya.

Y entonces, sin aviso, él la tomaba. La primera embestida era brutal, entera, hasta el fondo, y le arrancaba un grito ahogado. Le seguían más, cada una más profunda y desesperada, el sonido de las caderas de él golpeando su culo llenando el cuarto. La agarraba del pelo, le tiraba la cabeza hacia atrás, le mordía el cuello, la marcaba. Con una mano le apretaba una teta, con la otra le abría más el coño para follársela mejor.

Renata movía los dedos dentro de sí con la misma intensidad que imaginaba en él, tres dedos entrando y saliendo del coño empapado, sincronizando cada gesto con el vaivén que su mente había creado. El cuerpo se le arqueaba solo sobre la cama, las caderas subían al encuentro de la mano, las nalgas se despegaban del colchón. La humedad ya se le corría por el interior de los muslos, por el pliegue del culo, y manchaba las sábanas debajo de ella.

—Voy a correrme dentro de ti —le decía Lorenzo en la fantasía, con la voz rota—. Voy a llenarte el coño de mi corrida, Renata, hasta que se te salga.

Ella cambió el ritmo. Sacó los dedos del coño y los llevó al clítoris, frotándolo en círculos rápidos y furiosos, mientras con la otra mano se pellizcaba el pezón con fuerza. Sentía el orgasmo trepándole desde los talones, subiendo por las pantorrillas, tensando cada músculo del vientre.

Mordió su propio brazo para atrapar el grito que amenazaba con romper la calma de la celda. Sus dedos se movían con una precisión desesperada, la humedad derramándose entre los muslos, y con un último movimiento su cuerpo se arqueó bruscamente. El orgasmo llegó como una ola implacable que arrasó todo pensamiento. Las piernas le temblaron, las caderas se sacudieron con vida propia, el coño se contrajo una y otra vez alrededor del vacío que hubiera querido llenar con él, y un grito ahogado se perdió contra la piel de su brazo.

Siguió frotándose el clítoris incluso después, alargando los espasmos, exprimiéndose cada última onda hasta que quedó tan sensible que tuvo que apartar la mano. Se quedó tendida, jadeando, con el body todavía puesto, los pezones duros, el coño abierto y palpitante, los dedos empapados de sus propios jugos.

La vela parpadeó. Las sombras danzaron en las paredes como testigos de su momento más crudo. Y el calor húmedo bajo su piel fue cediendo, poco a poco, al peso implacable de la culpa.

***

Su respiración aún era irregular cuando un golpe seco en la puerta rompió el silencio. El cuerpo se le sobresaltó y el corazón se le detuvo un instante. Con un movimiento torpe retiró las manos, todavía temblando, atrapada entre el eco del placer y el terror de ser descubierta.

—Hermana Renata, ¿está todo bien? —La voz de Inés sonó firme y preocupada al otro lado.

Renata se incorporó deprisa, ajustándose el body como si eso pudiera ocultar lo que había hecho. Sintió los muslos pegajosos, el coño todavía latiendo.

—Sí, hermana Inés. Todo está bien. Solo… solo me preparaba para dormir —respondió, intentando sonar tranquila.

El silencio del otro lado fue ensordecedor. Al fin, Inés contestó con una advertencia velada.

—Bien. Que tenga una buena noche. Recuerde que el descanso es importante para las labores de mañana.

Los pasos se alejaron, pero el peso de la culpa ya se había instalado. Renata se dejó caer en la cama, el pecho subiendo y bajando con fuerza, el encaje aún grabado en su piel. Sus manos, que minutos antes habían buscado el éxtasis, ahora temblaban de vergüenza.

Cerró los ojos. Pero las palabras de Lorenzo y las imágenes que había creado seguían pulsando en su interior como un eco imposible de acallar. Esta lucha, lo supo en ese instante, apenas comenzaba.

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Comentarios(7)

GaboLect

que buen relato!! hace tiempo que no leia algo que me enganche tanto desde la primera linea

SergioCba87

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas!!

SofíaMdq

Me encanto la tension que se va construyendo de a poco. Se nota que saben escribir bien

TomásBA

tremendo el concepto jajaja muy bueno

CuriosaRosario

hay algo en la combinacion entre el misterio y la tentacion que funciona perfectisimo en este tipo de relatos. Muy bien logrado

Luciana_mdp

Lo lei de un tiron y me quede con ganas de mas. Excelente!!

MarianoCba

El morbo que genera esa diferencia entre la apariencia y lo que se esconde es lo mejor del relato. Me hizo acordar a una historia que lei hace años que jugaba con el mismo contraste, pero esta la supera. Ojala publiquen mas de este estilo

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