La tarde que aprendí a desearme a mí misma
Mariela cerró la puerta de la calle con el pestillo y, por un momento, se quedó escuchando. El departamento entero estaba en silencio. Su compañera de piso no volvía hasta el lunes, el vecino de arriba se había ido de viaje y hasta el tráfico de la avenida parecía haberse apagado. Toda la tarde era suya, y por una vez no tenía a nadie a quien rendirle cuentas.
Hacía semanas que vivía con una tensión rara en el cuerpo. No era ansiedad exactamente, ni cansancio. Era algo más parecido al hambre, pero localizado en un lugar que llevaba demasiado tiempo ignorando. Entre el trabajo, las cuentas y las cenas apuradas de pie en la cocina, se había olvidado de que su coño también pedía cosas.
Esa tarde decidió escucharlo.
Bajó las persianas hasta dejar la habitación en una penumbra dorada. La luz se filtraba en líneas finas y caía sobre la cama deshecha, sobre la pila de ropa que aún no había guardado. Se sacó los zapatos, después las medias, y sintió el suelo de madera fresco bajo las plantas de los pies. Un escalofrío le subió por las piernas y se le clavó justo entre los muslos, ahí donde ya empezaba a sentirse pegajosa.
Sin apuro. Hoy nada de apuro.
Se acordó, sin querer, de la primera vez que descubrió lo que su propio cuerpo podía darle. Tenía diecinueve años y vivía todavía en casa de sus padres. Una noche de verano, dando vueltas en la cama sin poder dormir, se había acomodado boca abajo y había sentido la presión de la almohada contra el clítoris. Al principio fue casi un accidente, un movimiento mínimo de las caderas. Después fue una pregunta. Después fue algo que no pudo detener: se frotó el coño contra la tela hasta empaparla, mordiendo la funda mientras se corría por primera vez.
Aquella noche había tenido que morder la sábana para no gritar. Recordaba la sorpresa más que el placer: la sensación de haber descubierto un secreto que había estado ahí todo el tiempo, esperándola entre las piernas. Durante años, esa fue su manera más íntima de buscarse: la mano metida bajo la bombacha, dos dedos hundidos en el coño mientras el pulgar le apretaba el clítoris, y siempre a oscuras, siempre en silencio.
Ahora, sin embargo, no había paredes finas ni padres durmiendo al otro lado. Tenía la casa entera para ella y nadie que pudiera oírla gemir.
Se acostó de espaldas sobre la cama y se quedó así un rato, vestida todavía, con la blusa a medio desabrochar. Pasó las manos por su propio estómago, despacio, como si las manos fueran de otra persona. Subió hasta las tetas, sintiendo la tela del sostén bajo los dedos, y bajó otra vez hasta el borde de la falda. Se acarició por encima de la ropa, apretando el monte con la palma, y notó el calor que ya subía a través de la tela. No tenía prisa. Esa era la regla del día.
Se desabrochó la blusa botón por botón. Cada uno que cedía le aflojaba algo por dentro, como si se estuviera quitando de encima la semana entera. Cuando la abrió del todo, el aire fresco le tocó la piel y los pezones se le endurecieron antes de que llegara a tocarlos. Se pellizcó uno por encima del encaje, lo giró entre el pulgar y el índice, y se le escapó un jadeo bajo. El otro pezón lo dejó libre, tirando la copa hacia abajo, y se lo lamió el índice antes de frotárselo en círculos hasta ponerlo duro como una piedrita.
***
Se levantó para sacarse la falda y, al pasar frente al espejo del armario, se detuvo. No solía mirarse así, con calma, sin buscar defectos. Se observó en la penumbra: las curvas suaves de las caderas, la lencería de encaje negro que se había comprado meses atrás y casi nunca usaba, la manera en que la luz dibujaba sombras sobre su vientre y bajaba hasta el triángulo húmedo de la bombacha.
Por una vez, no pensó en lo que cambiaría de su cuerpo. Pensó en lo que ese cuerpo era capaz de sentir.
Se acercó al espejo y se tocó por encima del encaje. La tela estaba tibia y ya tenía una manchita oscura en el centro, donde el coño empezaba a chorrear. Apretó apenas con la palma de la mano, dejó escapar un suspiro corto y hundió el dedo del medio a través de la tela, buscando el bulto del clítoris. Le gustaba mirarse mientras lo hacía: ver su propia cara cambiar, los labios entreabriéndose, la respiración que empezaba a hacerse más profunda, la manera en que la mano se le movía sola entre las piernas. Corrió la bombacha a un lado y se metió dos dedos en el coño frente al espejo, despacio, mirándose entrar y salir, sintiendo cómo los dedos salían brillantes de flujo.
Volvió a la cama y agarró la almohada, la misma que usaba para dormir. Sonrió ante la coincidencia, ante ese gesto que la devolvía de golpe a los diecinueve años. La dobló por la mitad y la acomodó entre sus piernas, todavía con la ropa interior puesta.
Se acostó boca abajo, igual que aquella primera vez, y dejó caer el peso de sus caderas. El primer contacto le hizo cerrar los ojos y morderse el labio: el clítoris apretado contra la tela dura de la almohada, el coño abierto encima, todo el peso del cuerpo colaborando. Empezó a moverse despacio, en círculos pequeños, restregando el sexo contra la funda. La presión crecía con cada vaivén. El encaje de la bombacha se le empapaba y se le metía entre los labios, rozándole justo donde necesitaba, y cada empujón hacia adelante le mandaba una descarga que le subía por la espalda.
Esta vez no tuvo que morder nada. Dejó salir un gemido bajo, ronco, que llenó la habitación vacía y se quedó flotando en el aire. Escucharse a sí misma la encendió todavía más. Nunca, sola, se había permitido hacer ruido. Siempre había una pared, un horario, un alguien. Esa tarde no había nadie, y se dio permiso para decírselo en voz alta: —Así, puta, así —murmuró contra la sábana, cachondísima de escucharse.
Subió el ritmo, cabalgando la almohada con ganas, restregando el coño de adelante hacia atrás, y enseguida lo bajó otra vez. Había aprendido, con los años, a jugar con su propia ansiedad. A acercarse al borde y retirarse, a estirar el momento hasta que el deseo se volvía casi insoportable. Cada vez que sentía que estaba demasiado cerca, que el clítoris le empezaba a latir avisando la corrida, frenaba, respiraba hondo, y empezaba de nuevo desde más abajo.
***
Cuando ya no aguantó la espera, se dio vuelta y quedó otra vez de espaldas. Se sacó la bombacha por fin, con la respiración entrecortada, y la dejó caer al costado de la cama hecha un bollo empapado. Abrió las piernas de par en par y se miró un segundo el sexo abierto: los labios hinchados, el clítoris fuera de su capuchón, el flujo brillándole hasta el culo. Abrió el cajón de la mesa de luz. Adentro guardaba las pocas cosas que se había animado a comprar: un pequeño succionador que vibraba contra la piel y un consolador liso que casi nunca se atrevía a usar con tiempo.
Eligió primero el succionador. Lo encendió en el nivel más suave y lo apoyó apenas, lejos todavía del centro, en la cara interna del muslo, dejando que la vibración viajara por toda la zona antes de acercarse al coño. Era una tortura deliciosa. Movía la muñeca en círculos lentos, acercándose y alejándose del clítoris, leyendo las reacciones de su propio cuerpo como quien lee a otra persona. Cuando por fin le puso la boquilla justo encima del clítoris hinchado, el cuerpo entero le pegó un tirón y las caderas se le levantaron solas de la cama.
Con la mano libre se acariciaba las tetas, se pellizcaba fuerte los pezones hasta que dolía un poco, recorría la curva del cuello y se metía dos dedos en la boca para chuparlos. Después bajaba esos dedos mojados de saliva hasta el coño y se los hundía a fondo, sintiendo cómo las paredes internas los apretaban, cómo el flujo le corría por la mano y le bajaba por la raja del culo hasta manchar la sábana. Quería sentirlo todo a la vez, no solo un punto sino la piel entera despertándose. Tenía la sábana arrugada entre los dedos y las piernas abiertas sin pudor, dueña de cada centímetro de esa cama.
Subió la intensidad un nivel. El placer dejó de ser una promesa y se volvió una corriente constante que le subía desde el coño hasta el pecho. Arqueó la espalda, apretó los pies contra el colchón y se cogió a sí misma con tres dedos mientras el succionador le devoraba el clítoris. La respiración se le quebró en jadeos cortos y volvió a escucharse, ese sonido ronco, obsceno, que ya no le daba ninguna vergüenza. —Me voy a correr —dijo en voz alta, para nadie, solo para oírlo—. Me voy a correr toda.
Un poco más. Solo un poco más.
Pero se obligó a detenerse otra vez. Apagó el aparato y se quedó quieta, temblando, con el coño palpitando al descubierto y el corazón golpeándole en los oídos. Quería que durara. Quería conocer cada escalón antes de llegar arriba. Hacía años que no se regalaba una tarde así, sin reloj, sin culpa, sin la sensación de estar robándole tiempo a otra cosa.
Pasó las yemas de los dedos por su piel mojada, sintiéndose resbaladiza y caliente, se rozó apenas el clítoris hinchado y se los llevó a la boca para chuparse su propio flujo. Sabía a ella, a esa tarde, a permiso. Entendió por qué su cuerpo le había estado pidiendo atención durante semanas. No era solo deseo físico. Era una forma de volver a habitarse, de recordar que ese coño era suyo antes que de nadie.
***
Cuando retomó, ya no quiso frenar. Encendió de nuevo el succionador, esta vez en un nivel firme, y con la otra mano agarró el consolador liso. Se lo pasó primero por la boca, chupándolo como si fuera una polla de verdad, dejándolo bien mojado de saliva. Después se lo bajó al coño y lo restregó de arriba abajo, entre los labios hinchados, mojándolo con su propio flujo. Empujó despacio, sin forzar nada, y el cuerpo se le abrió con una facilidad que la sorprendió, tragando cada centímetro con un gemido largo hasta que sintió la punta bien adentro.
Las dos sensaciones juntas la desbordaron. La vibración constante del succionador aplastando el clítoris por fuera, la verga llena presionándole las paredes por dentro, y todo su cuerpo respondiendo al mismo tiempo. Empezó a cogerse con el juguete, sacándolo casi entero y volviéndolo a meter de un envión, marcando ella el ritmo, decidiendo ella cuándo más rápido y cuándo más hondo. El coño hacía un ruido húmedo, obsceno, cada vez que lo hundía. Se acomodó las piernas sobre los hombros para que entrara todavía más adentro, y se escuchó gemir como una perra en celo.
—Más adentro, más adentro, así, cógeme fuerte —se decía a sí misma, y la vergüenza había desaparecido hacía rato, quemada por el placer. Sacó el consolador un segundo, se lo metió en la boca para chuparse el sabor de su propio coño de la punta, y se lo volvió a hundir hasta el fondo.
El placer empezó a juntarse en un solo punto, denso, imposible de contener. Sintió cómo le subía por las piernas, cómo le tensaba el vientre, cómo le robaba el aire, cómo el coño se cerraba en espasmos alrededor del juguete. Esta vez no se detuvo. Esta vez se dejó caer hacia adelante con los ojos cerrados y la boca abierta, cabalgando la verga de plástico con las caderas fuera de control.
El orgasmo la atravesó en oleadas. Gritó —de verdad, fuerte, sin tapar nada— un grito largo, sucio, que rebotó en las paredes de la habitación vacía y le pareció lo más honesto que había hecho en mucho tiempo. Las piernas le temblaron, el coño le apretó el consolador con tanta fuerza que casi lo escupe, los dedos se le crisparon sobre la sábana. Sintió un chorro tibio bajarle por los muslos hasta el culo, empapando la sábana debajo. Durante unos segundos no existió nada más que ese latido enorme entre las piernas que la sacudía de adentro hacia afuera, ola tras ola, y el succionador seguía pegado al clítoris estirándole la corrida hasta que ya no aguantó y lo apartó de un manotazo entre risa y jadeo.
Después vino la calma. Esa calma blanda y tibia que solo llega cuando el cuerpo por fin se vacía de tensión. Apagó el aparato, lo dejó caer sobre la cama junto al consolador todavía brillante de flujo, y se quedó tendida boca arriba, con las piernas abiertas, respirando hondo, con una sonrisa floja que no podía controlar. Se pasó la mano por el coño hinchado, chorreante, y sintió el pequeño latido residual bajo los dedos.
La luz dorada seguía entrando en líneas finas entre las persianas. Afuera, alguien arrancó un auto, ladró un perro, la ciudad siguió girando como si nada. Adentro, Mariela se sentía nueva, cogida por ella misma, dueña por primera vez en mucho tiempo de cada centímetro de piel.
Se prometió, ahí mismo, que no iba a esperar semanas para la próxima vez. Que iba a aprender a escucharse antes de que el cuerpo tuviera que gritarle. Que el placer no era un premio que se ganaba al final de la lista de obligaciones, sino algo tan suyo como respirar.
Se quedó un rato más sin moverse, disfrutando del peso liviano de su propio cuerpo sobre las sábanas empapadas. Después se levantó despacio, abrió apenas la persiana y dejó que el último sol de la tarde le tocara la piel todavía caliente, los pezones aún duros, los muslos pegajosos. Sonrió otra vez.
La próxima vez, sin apuro tampoco.