Le confesé mi fantasía y mi novia la cumplió con su ex
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
Escuché sus pasos firmes en la cocina y bajé la mirada sin atreverme a sostenerla. Ya no era el hombre que fui: era lo que ella había decidido que yo fuera.
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Llevaba años fingiendo que me bastaba con ser una cosa o la otra. Esa noche, frente a la hoguera, una desconocida me dijo que yo era las dos.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Antes de meterme a la ducha, me acosté en la cama con mi vibrador morado y decidí que esa tarde nadie iba a decirme cuándo parar.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Esa noche dejé de ser la señora correcta de siempre. Escribí lo que de verdad quería, pulsé enviar y esperé a que tres desconocidos vinieran a buscarme.
Tres meses se hicieron nueve, y entre cascadas y orquídeas descubrí que mi cuerpo distinto no era una condena, sino el centro del deseo que la aldea celebraba.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
Cada noche se tocaba a escondidas y lloraba de culpa. Esa madrugada caminó hacia las dunas sin saber que el desierto guardaba un templo, y dentro de él, una figura que lo cambiaría todo.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Caminaba por el pasillo alfombrado con el corazón desbocado: al otro lado de esa puerta la esperaba el hombre que llevaba media vida imaginando.
Me asomé apenas un segundo por la rendija de la puerta. Fue lo que tardó en grabárseme para siempre, y en arruinarme cada noche que vino después.