Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
La empujé hacia esa fantasía durante meses, hasta que llegó el sábado y me di cuenta de que otro hombre iba a follársela en nuestra cama.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Lo vi alejarse en el ascensor y pensé que había hecho el ridículo; cuando sonó otra vez el timbre, seguía desnudo y más caliente que antes.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Cuando mi esposa vio la polla de aquel hombre, su cara cambió; en ese instante supe que nuestra fantasía ya no tenía vuelta atrás.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Cuando apagamos las luces de la Sala 4 y Marte nos tiñó de rojo, supe que ya no íbamos a sobrevivir solo con oxígeno.
Me puse las botas solo para el frío, pero en cuanto sentí el plástico apretándome las piernas supe que iba a acabar mojándolas por dentro otra vez.
Volvimos sudados, medio borrachos y demasiado excitados; cuando las puertas quedaron abiertas, nadie durmió como había planeado.