El día que descubrí mi fetiche más íntimo
Hola a todos. Soy una mujer y, si quieren llamarme de alguna forma, díganme Romina. Les escribo porque necesito contar esto en algún lado y porque, siendo honesta, busco que alguien me ayude a llevarlo más lejos.
Tengo gustos que mucha gente consideraría raros, aunque para mí no son nada del otro mundo. Me excita la idea de que me miren de más, que un desconocido me recorra con los ojos en plena calle, que alguien imagine cómo soy debajo de la ropa mientras espero el bus. Cosas básicas, casi inocentes comparadas con lo que leo por ahí. O eso creía hasta esta tarde.
Estaba sola en casa. El departamento en silencio, las cortinas cerradas, esa sensación de tener todo el tiempo del mundo. Me metí a la ducha sin apuro, dejé que el agua caliente cayera sobre mis hombros y empecé a tocarme casi sin pensarlo, como quien sigue una costumbre vieja.
Tengo un dildo pequeño que guardo justo para esos momentos. No es nada espectacular, pero hace su trabajo. Cerré los ojos y dejé que el agua me corriera por la espalda mientras lo movía despacio, sintiendo cómo cada centímetro me iba abriendo el cuerpo. En mi cabeza pasaban imágenes, fantasías que ni yo termino de entender, manos que no eran las mías, miradas que no pedían permiso.
Mi mano fue tomando ritmo. El vapor llenaba el baño, el espejo ya estaba completamente empañado, y yo me apretaba contra los azulejos buscando un punto de apoyo. Cuando el orgasmo me llegó tuve que morderme el labio para no gritar. Me quedé temblando bajo el chorro, con las piernas flojas, sonriendo sola como una idiota.
Y ahí podría haber terminado todo. Una tarde más, un orgasmo rico, a otra cosa. Pero al salir de la ducha pasó algo que no había planeado.
***
Sobre el lavabo había una botellita de plástico, de esas chiquitas con la boquilla angosta que vienen con jabón líquido para las manos. Estaba vacía, esperando a que la rellenara. No sé qué se me cruzó por la cabeza en ese momento. De verdad no lo sé. Solo la miré, miré la boquilla, y una idea estúpida y deliciosa se me instaló entre las piernas.
La llené de agua tibia. Me apoyé en el borde del lavabo, todavía mojada, todavía sensible por lo de recién, y me la metí despacio en el ano.
Apreté.
El agua entró en mí y fue una sensación que no había sentido nunca. Cálida, llenándome por dentro, una presión suave que me recorrió de abajo hacia arriba y me dejó sin aire por un segundo. Solté un suspiro largo. ¿Qué es esto? ¿Por qué se siente tan bien?
El problema es que la botella era diminuta. Apenas un par de tragos de agua, nada. La saqué, la volví a llenar y repetí. Una vez. Dos. Cuatro veces conté antes de rendirme. Cada vez la presión me duraba unos segundos y después se iba, dejándome con más ganas que antes.
Me quedé sentada en el borde de la tina, mojada, agitada, mirándome los pies. No entendía nada. Una hora antes ni se me habría ocurrido, y ahora solo podía pensar en cómo sentir eso de verdad, en serio, hasta el límite.
***
Sé que suena extraño. Yo misma me lo estuve cuestionando toda la tarde. Estuve buscando pros y contras de lo que hice, leyendo, tratando de entender si esto es normal o si me pasé de pervertida. Pero llegué a una conclusión muy simple: me gustó. Me gustó muchísimo. Y si algo me gusta tanto, lo voy a seguir haciendo.
Entré en foros, leí confesiones de otras personas, y encontré gente que cuenta lo mismo que sentí yo, solo que multiplicado por mil. Hay quienes usan una manguera y se llenan por completo, hasta no poder más, y describen esa sensación de plenitud como lo mejor que probaron en la vida. Lo leía y se me apretaba todo el cuerpo de imaginarlo.
Quiero hacerlo. De verdad quiero llegar a sentir eso. El problema es práctico, y por eso escribo: no tengo idea de cómo conectar una manguera a mi baño, qué necesito, qué cuidados hay que tener para no lastimarme. Sé que hay formas seguras de hacer esto y no quiero hacerlo a lo bruto. Si alguien sabe del tema, por favor, ayuden a esta pervertida a satisfacerse y disfrutar sin terminar en una clínica.
No me da vergüenza pedirlo. Pasé años conteniéndome, fingiendo ser más recatada de lo que soy, y estoy cansada de eso. Hoy descubrí algo nuevo sobre mí en el lugar menos pensado, frente al lavabo de mi propio baño, y no pienso ignorarlo.
***
Tengo veintisiete años, vivo en Medellín y, para que se hagan una idea, no soy la chica tímida que parezco en el trabajo. Frente a mi escritorio soy seria, formal, la que nunca llega tarde. Por dentro hace rato que dejé de serlo.
Hay una parte de mí que se enciende sola cuando imagino que alguien me descubre, que entra al baño justo cuando estoy así, jadeando, con el agua corriéndome por las piernas. No sé explicar por qué la idea de ser sorprendida me prende tanto. Quizás es eso: el morbo de lo que no se debería ver, de lo que una hace a escondidas y arde precisamente porque es secreto.
Esta semana me invitaron a un bar nuevo en el centro, uno que abrió hace poco y del que todo el mundo habla. Dicen que ahí pasan cosas, que la gente se suelta, que nadie juzga a nadie. Pienso ir. Pienso tomar hasta perder un poco la cabeza, hasta que la timidez se evapore del todo, y dejarme llevar por lo que venga.
Y, ya que estoy confesando, hay algo más que quiero probar por primera vez. Nunca tuve sexo anal con un hombre. Lo pensé mil veces, lo fantaseé en la ducha más de las que admitiría, pero nunca me animé. Después de lo de hoy, después de descubrir lo bien que me siente el cuerpo cuando lo abro de esa forma, ya no le tengo miedo. Le tengo ganas.
Me imagino la escena con un detalle casi obsesivo. Unas manos firmes en mis caderas, una voz baja diciéndome que me relaje, la misma presión cálida que descubrí hoy pero esta vez de verdad, llenándome de alguien y no de agua tibia en una botellita ridícula. Se me corta la respiración solo de escribirlo.
***
Así que aquí estoy, contándole a desconocidos lo más íntimo que me pasó en mucho tiempo, sin saber muy bien por qué lo hago salvo que necesitaba sacarlo. Tal vez porque escribirlo lo vuelve real. Tal vez porque alguno de ustedes ya pasó por esto y puede decirme cómo seguir.
Si saben de mangueras, de duchas vaginales, de cómo hacer todo esto bien y sin riesgos, escríbanme. Y si están en Medellín y tienen ganas de acompañarme a ese bar a ver hasta dónde llega la noche, también. No prometo nada, pero tampoco prometo portarme bien.
Hace unas horas era una mujer normal con un par de manías inofensivas. Ahora soy alguien que no deja de pensar en cuánto más puede sentir su propio cuerpo. Y créanme, recién estoy empezando a averiguarlo.
Después les cuento cómo me fue.