Ojalá te hubiera invitado a mi cama esta noche
Ayer nos cruzamos en la orilla, los dos desnudos, y sentí una descarga que me subió de los pezones al vientre como si alguien hubiera tirado de un cable invisible. La ignoré. Al fin y al cabo somos compañeros de trabajo en una isla en la que nadie lleva ropa, y aprender a mirar sin mirar es lo primero que te enseñan aquí. Llevo meses cruzándome contigo en la arena, en el comedor, en el muelle, fingiendo que tu cuerpo es un mueble más del paisaje.
Pero esta mañana, al llegar al puesto, te has acercado, me has mirado un segundo de más y me has dicho que ayer no pudiste apartar los ojos de mí. Solo eso. Una frase. Y mis bragas empezaron a humedecerse antes de que terminaras la última palabra.
Porque a mí también me gustó lo que vi.
El resto del día ha sido una tortura lenta y deliciosa. Cada vez que te cruzabas por la zona de hamacas, los pezones se me endurecían solos, y yo me los rozaba a escondidas con el dorso de la mano, fingiendo que me apartaba el pelo, imaginando que era tu palma la que pasaba por encima. Una clienta me preguntó algo sobre los horarios del ferry y le contesté sin enterarme de mi propia voz, con la cabeza puesta en otra parte, en una cocina, en una encimera, en tus manos.
Si supieras lo que estoy pensando ahora mismo, mientras te explico dónde están las duchas.
He sobrevivido a base de pequeños trucos. Cuando me sentaba en el taburete del mostrador, movía las caderas hasta que la costura del pantalón corto se metía entre mis labios y me rozaba justo donde lo necesitaba. Un movimiento mínimo, imperceptible para cualquiera. Pero yo lo sentía recorrerme entera, y tenía que morderme la cara interna de la mejilla para no cerrar los ojos delante de la gente.
Cada hora que pasaba era una vuelta más de tuerca. A media tarde ya estaba tan al límite que evitaba mirarte de frente, porque sabía que si te encontraba los ojos otra vez no respondía de mí.
***
Termino la jornada con el cuerpo encendido y el tanga empapado. No exagero: lo noto chorrear cuando me levanto del taburete, una humedad espesa que me acompaña todo el camino a casa. Los pechos los llevo turgentes, los pezones tan duros que el roce de la tela me resulta casi insoportable.
No puedo dejar de imaginar tus manos en mi cuerpo. No las imagino suaves, ni dulces; las imagino seguras, las imagino sabiendo exactamente qué hacer conmigo.
Entro en casa y ni siquiera enciendo todas las luces. Me desnudo en la cocina, dejo la ropa caer al suelo sin orden, y me apoyo en la encimera fría con las dos manos. Pienso en lo que habría pasado si en lugar de despedirme con una sonrisa te hubiera dicho: ven. Ven a mi casa. Ven ahora.
Quizá ahora mismo me estarías follando contra este mármol, con una mano en mi nuca y la otra clavada en mi cadera.
Me quedo así un momento, imaginándolo, y empiezo despacio. Con una mano me acaricio los pezones, uno y luego el otro, pellizcándolos apenas, y la otra mano baja por el vientre, pasa por debajo del ombligo y se detiene justo en el monte, sin tocar todavía. Quiero hacerme esperar. Quiero hacerte esperar a ti, aunque no estés.
Recuerdo cómo te quedaste mirando mi pecho ayer, ese pezón que llevo perforado y que tanto te gustó. Lo vi en tu cara. Vi cómo se te iban los ojos y cómo intentabas disimular. Si ahora pudieras estar aquí, mordiéndolo despacio, tirando con cuidado del aro con los dientes… el coño me palpita solo de pensarlo.
—Gracias a ti —digo en voz alta, a nadie— me voy a regalar esto.
Porque eso es lo que has hecho. Me has dejado caliente a propósito, estoy segura. Esa frase de la mañana no fue casual. La soltaste y te fuiste, sabiendo perfectamente el incendio que dejabas detrás.
***
Voy hacia el dormitorio con las piernas algo temblorosas. Ya siento toda mi energía concentrada entre las piernas, como si el resto del cuerpo se hubiera apagado para dejarle todo el sitio a esa zona que late. Me tiro en la cama de lado, luego boca arriba, y abro las piernas en la penumbra.
Me gusta tardar antes de ir a lo importante. Me gusta acariciarme los muslos por dentro, subir y bajar sin prisa, rozar apenas los labios con las yemas, sentir cómo el clítoris empieza a reclamar atención y resistirme un poco más. Quiero notar cómo mi propia lubricación quiere desbordarse, cómo se acumula sin que yo haga nada.
Paso solo la punta de los dedos por todo el sexo abierto, de arriba abajo: desde el clítoris, por los labios, la entrada, el perineo, hasta el otro borde. Un recorrido lento, completo, de reconocimiento. Aunque paso rápido, los dedos se humedecen enseguida.
Así que meto el primero, despacio, solo para que se moje bien. Lo saco y me lo llevo a la boca. Me saboreo. Pienso que así sabría tu lengua si bajaras ahora a probarme, y la idea me arranca un gemido que rebota en el techo vacío.
Vuelvo a meterlo, esta vez más adentro, recojo todo el jugo y lo subo hasta el clítoris, que ya está hinchado y exige. Mi cadera empuja hacia adelante sola, busca los dedos, los reclama, no quiere esperar más. Pero yo aún tengo paciencia.
Empiezo a hacer círculos. Lentos al principio, luego con más presión, y de vez en cuando un par de golpecitos secos que me hacen contener el aire. Cada tanto vuelvo a bajar la mano, acaricio los labios y la entrada otra vez, me relubrico, me pruebo de nuevo. Hay algo en hacerlo así, despacio, que me gusta más que correrme rápido. Es como prolongar una conversación que no quiero que termine.
***
Hoy pienso en ti, no en nadie más. Pienso en que ojalá te hubiera invitado, en que fueran tus dedos los que me penetraran en lugar de los míos. Esa mano que tengo tan vista del trabajo, la que sostiene el café por las mañanas, la que firma los partes, la que ayer se apoyó en la arena a un metro de la mía. Imagino que esa misma mano me va metiendo los dedos uno a uno, que va probando cuánto aguanto, que pega la cara a mi sexo y respira hondo antes de empezar a lamer.
Con una mano sigo acariciándome los labios; con la otra, recién chupada, busco más abajo. La llevo despacio hacia el culo, solo rozando, solo presionando un poco la entrada con la yema mojada. Desde que un compañero me confesó hace semanas que fantaseaba con tomarme por ahí, la idea se me quedó clavada y me pone más cachonda de lo que admitiría en voz alta. La mezclo contigo, ahora, en mi cabeza: imagino que eres tú quien me lo dice al oído, que eres tú quien me separa con cuidado mientras la otra mano me sigue trabajando el clítoris.
Y la fantasía se desboca. Te imagino encima, dentro, en todas partes a la vez, llenándome hasta que ya no quepa nada más de mí. Imagino tu voz pidiéndome que no me calle, que te diga lo que quiero. Y yo te lo digo, en mi cabeza, sin vergüenza: te digo que más, que más fuerte, que no pares.
***
Los círculos se vuelven más rápidos, más cerrados. Ya no puedo sostener la lentitud que tanto me gustaba; el cuerpo ha decidido por mí. Las caderas se levantan solas de la cama, persiguiendo mi propia mano, y noto cómo todo se tensa, cómo el placer se concentra en un punto diminuto y empieza a desbordar hacia las piernas, hacia el vientre, hacia los pezones que sigo pellizcando con la otra mano.
Pienso en tu cara de ayer, en cómo me mirabas sin disimulo cuando creías que yo no me daba cuenta. Pienso en la frase de esta mañana. Pienso en mañana, en que voy a verte otra vez, en que voy a sostenerte la mirada un segundo de más y a ver qué haces.
Y con esa imagen me dejo ir. El orgasmo me sube de golpe, me deja la espalda arqueada y un gemido largo atrapado en la garganta. Aprieto las piernas alrededor de mi propia mano, tiemblo, dejo que las réplicas me recorran una tras otra hasta que el cuerpo se rinde y se hunde otra vez en el colchón.
Me quedo quieta, jadeando, con la mano todavía entre las piernas y una sonrisa estúpida en la cara. La habitación huele a mí, a deseo, a una tarde entera de aguante.
***
Cuando recupero el aliento, alargo la mano hacia el móvil que descansa en la mesilla. Lo desbloqueo, abro nuestra conversación de trabajo —esa que solo tiene horarios, turnos, mensajes de logística— y me quedo mirando la última línea que me escribiste hace semanas por algo del inventario. Tan inocente. Tan lejos de lo que acaba de pasar en esta cama por tu culpa.
Escribo, borro, vuelvo a escribir. Al final solo dejo tres palabras en el cuadro de texto, sin enviarlas todavía: «Hoy pensé en ti.»
Dejo el dedo encima del botón. Pienso en lo que se desataría si pulso. Pienso en que mañana, cuando llegues al puesto y me digas otra de tus frases, ya no voy a quedarme callada.
Y entonces, antes de arrepentirme, lo envío.
Ojalá te hubiera invitado a venir. La próxima vez lo haré.