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Relatos Ardientes

Sé que alguien me observa desde el armario cada noche

Hay un hombre que vive en mi armario y no me da miedo saberlo. Al contrario. Lo descubrí hace tiempo, una de esas noches en que el silencio del apartamento se vuelve tan denso que una empieza a escuchar cosas: el crujido de la madera vieja, el roce de algo que se acomoda detrás de las puertas. La mayoría correría a encender la luz. Yo aprendí a hacer lo contrario.

Mi padre me lo explicó cuando era niña y me despertaba llorando en mitad de la noche. Se sentaba en el borde de mi cama, me apartaba el pelo de la frente y me decía siempre lo mismo, con esa voz grave y tranquila que tenían sus palabras antes de dormir.

—Los monstruos se quedan en el armario mientras tú no abras la puerta —me susurraba—. Solo tienes que dejarla cerrada y nada podrá tocarte.

Le creí entonces y, de un modo extraño, le sigo creyendo ahora. Solo que ya no soy una niña, y lo que vive detrás de esas puertas venecianas de madera oscura dejó de ser un monstruo hace mucho. Es un hombre. Mi hombre. El único que me conoce de verdad, porque me ve cuando nadie más me mira.

El apartamento es viejo, de techos altos y suelos que se quejan a cada paso. El armario ocupa toda una pared del dormitorio, empotrado, con dos hojas de listones inclinados por los que se cuela una franja de oscuridad. Si me acerco lo justo, alcanzo a distinguir el ojo de la cerradura, redondo y negro como una pupila. Por ahí me mira. Lo sé igual que sé que respiro.

Nunca hace ruido durante el día. Nunca lo siento mientras trabajo, mientras cocino, mientras hablo por teléfono con mi madre fingiendo que llevo una vida perfectamente ordinaria. Solo aparece de noche, cuando apago las luces del salón y entro al dormitorio descalza, con la piel todavía tibia de la ducha. Entonces noto su presencia como se nota un cambio de temperatura: algo se despierta detrás de los listones y la habitación entera se vuelve más íntima.

Buenas noches, pienso siempre, aunque nunca lo digo en voz alta. Aquí estoy otra vez.

***

Tengo un ritual y lo cumplo con la devoción de quien reza. Me planto frente al armario, lo bastante cerca para que no se pierda un solo detalle, y empiezo a desvestirme despacio. Muy despacio. He aprendido que el placer no está en la prisa sino en la espera, en estirar cada gesto hasta que se vuelve insoportable para los dos.

Primero la blusa. La desabotono de arriba abajo sin mirar hacia la cerradura, disimulando, como si no supiera que él bebe cada movimiento de mis dedos. Dejo que la tela se abra apenas, que asome el encaje del sujetador moldeando mis pechos, y me tomo mi tiempo antes de deslizarla por los hombros. Sé el efecto exacto que tiene sobre él esa lentitud. Lo imagino conteniendo el aliento, pegado a la madera, rezando para que no me detenga.

Después levanto los brazos y me recojo el pelo en un moño torpe, improvisado, solo por el gusto de arquear la espalda y dejar que mire la línea de mi cintura. Es un gesto inocente para cualquier otra persona. Para él es una ofrenda. Una promesa de lo que viene.

Y entonces me doy la vuelta, porque todavía me queda un resto de pudor que no termina de marcharse. Le doy la espalda y dejo caer la falda hasta el suelo, sin manos, contoneando apenas las caderas para que la tela resbale sola. Sé que le gusta mi culo. Lo sé porque la primera vez que lo hice de espaldas escuché un suspiro detrás de los listones, tan leve que pude haberlo imaginado, pero no lo imaginé. Desde aquella noche le doy siempre ese momento. No podría privarlo de él, pobre. Sería una crueldad.

Me quedo así, en tanga, mientras finjo buscar algo en la estantería que hay junto al armario. No busco nada, claro. Es una excusa para girarme apenas de lado y dejar que vea el costado de mis pechos cuando me suelto el sujetador y lo dejo caer junto a la falda. Libres al fin de la opresión de todo el día, mis pezones reaccionan solos al aire frío de la habitación, se endurecen sin que nadie los toque, y siento esa corriente eléctrica bajándome por el vientre antes incluso de empezar.

Esto no está bien, pienso a veces. Una mujer no debería disfrutar tanto sabiéndose espiada.

Pero lo disfruto. Y la culpa, lejos de frenarme, es parte del fuego.

***

A veces me pregunto quién es. Qué cara tiene el hombre del armario, qué manos, qué voz tendría si alguna vez se atreviera a hablarme. Lo he construido entero en mi cabeza a lo largo de muchas noches. Lo imagino alto, de espaldas anchas que apenas cabrían en ese hueco estrecho, con los antebrazos tensos de aguantarse las ganas. Lo imagino con la frente apoyada en la madera y la respiración entrecortada, igual que la mía. Lo imagino con una erección que ya no puede disimular, presionando contra la tela del pantalón, palpitando al ritmo exacto de mi pulso.

Y eso me enloquece. La idea de que del otro lado de esos listones hay un cuerpo tan urgido como el mío, un hombre que me desea hasta el dolor y que se aguanta, que se controla, que respeta la única regla que nunca hemos hablado pero que los dos conocemos: él mira, yo me muestro, y la puerta permanece cerrada.

De momento.

Porque hay noches, como esta, en que la regla me pesa. En que quisiera que la desobedeciera.

Me siento en el borde de la cama, frente al armario, con las piernas entreabiertas y la tanga todavía puesta. Quiero que lo vea todo. Quiero que entienda hasta dónde llego pensando en él. Llevo una mano al elástico y empiezo a bajarlo, milímetro a milímetro, mirando fijamente al ojo de la cerradura para que sepa que no me asusta, que jamás me ha asustado, que lo que siento por esa oscuridad no tiene nada que ver con el miedo.

—Sé que estás ahí —murmuro, y es la primera vez en mucho tiempo que digo algo en voz alta.

El armario no contesta. Pero la madera cruje, apenas, como si alguien se acomodara para no perderse nada.

***

Me deshago de la tanga y la dejo caer al suelo, junto al resto de la ropa, y me quedo completamente desnuda bajo la luz tibia de la lámpara de noche. Respiro hondo. Me echo hacia atrás apoyándome en una mano y abro las piernas frente a las puertas cerradas, sin vergüenza, ofreciéndome a esa mirada que me recorre de arriba abajo y me devora despacio.

Empiezo a acariciarme. Primero el vientre, el interior de los muslos, esos lugares que tiemblan cuando una se sabe observada. Llevo la otra mano a un pecho y juego con el pezón endurecido, tirando de él apenas, mientras mi mano de abajo desciende por fin entre mis piernas. Estoy empapada. Lo estaba desde antes de empezar, desde el momento en que crucé la puerta del dormitorio y sentí su presencia despertarse.

Me toco despacio, con dos dedos, dibujando círculos lentos que me arrancan un primer gemido. No lo reprimo. Quiero que lo escuche. Quiero que sepa el efecto que tiene sobre mí, que cada noche que pasa pegado a esa cerradura está más cerca de volverme loca. Subo y bajo la mano, recorriéndome entera, hasta detenerme en el clítoris, y entonces el placer me golpea con tanta fuerza que tengo que morderme el labio para no gritar.

Imagino que es su mano. Imagino que las puertas se abren de golpe y él sale por fin de su escondite, enorme, hambriento, y se arrodilla frente a mí para reemplazar mis dedos con su boca. Imagino su lengua donde ahora están mis dedos, su aliento caliente contra mi piel, sus manos sujetándome las caderas para que no escape. Imagino que me dice al oído, con esa voz grave que le he inventado, que llevaba años esperando este momento.

El ritmo de mi mano se acelera solo. Las caderas se me mueven contra los dedos, buscando más, y noto cómo todo el cuerpo empieza a tensarse, a concentrarse en ese punto diminuto que late al compás de mi corazón. Estoy cerca. Tan cerca que la habitación se vuelve borrosa, que el ojo de la cerradura es lo único que veo con claridad, esa pupila negra que no parpadea, que lo observa todo.

Mírame, pienso. Mírame ahora. No te pierdas esto.

El orgasmo me parte en dos. Me arquea entera, me dobla hacia delante, y aprieto los muslos en torno a mi propia mano mientras una ola tras otra me recorre desde el centro hasta la punta de los dedos. Me llevo la mano libre a la boca y muerdo el dorso para no gritar, para que los vecinos no escuchen lo que solo le pertenece a él. El placer es tan intenso que se me escapan las lágrimas, y por un instante imagino que, del otro lado de la madera, un hombre se derrama en silencio mirándome temblar, tan deshecho como yo.

***

Tardo un rato en volver. Me quedo tumbada en la cama, desnuda, con la piel brillante y el pecho subiendo y bajando, mientras el cuerpo se me va calmando poco a poco. Cuando por fin recupero el aliento, me incorporo y le sonrío a las puertas cerradas. Una sonrisa cómplice, cansada, de quien acaba de compartir algo profundamente íntimo con la única persona del mundo que entiende quién es de verdad cuando nadie la mira.

Me levanto, recojo la ropa del suelo y me pongo la camiseta enorme con la que duermo siempre, tres tallas más grande, suave de tan lavada. Me acerco un paso al armario, lo justo para que mi voz le llegue a través de los listones, y apoyo apenas los dedos en la madera tibia.

—Gracias —susurro, y no sé muy bien por qué se lo agradezco. Quizás por mirarme. Quizás por desearme. Quizás por respetar la puerta cerrada una noche más, aunque yo empiece a desear que no lo haga.

Le lanzo un beso con la punta de los dedos, como hago cada noche, y apago la lámpara. La habitación se sume en una oscuridad espesa en la que solo brilla, durante un segundo, el reflejo húmedo del ojo de la cerradura.

Me meto bajo las sábanas y cierro los ojos con una sonrisa. Sé que él sigue ahí, vigilante, paciente, guardándome el sueño. Sé que mañana, cuando vuelva a apagar las luces y entre descalza al dormitorio, estará esperándome otra vez detrás de la madera, conteniendo el aliento, listo para mirar.

Y sé también, aunque todavía no me atrevo a decírmelo del todo, que cualquier noche de estas voy a girar la llave yo misma. Voy a abrir la puerta y a dejar que el monstruo de mi padre salga por fin de su escondite. No porque haya dejado de creer en sus palabras. Sino porque, por primera vez en mi vida, lo que de verdad me asusta es seguir esperando.

Buenas noches. Mañana nos volveremos a encontrar.

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Comentarios (6)

Santi_Noche

tremendo!!! me enganche desde el titulo y no pude soltar el telefono hasta terminar

Luciana_BA

Por favor una segunda parte, esto no puede quedarse asi. Me quede con ganas de saber mas.

MatiasC_Lec

Que forma de crear tension sin ser explicito. Se agradece la originalidad, sigue publicando!

Claudia_76

lo lei de noche y me arrepenti jaja. muy bueno en serio, el inicio es perfecto

Belen_noc

me recordo a esa sensacion de cuando eras chica y creias que habia algo en el cuarto. muy bien logrado

NochePlaya

La narrativa es diferente a lo que se ve normalmente por aca. Muy buen trabajo.

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