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Relatos Ardientes

La apuesta del mirador terminó bajo mis mallas

Los dos miramos la hora al mismo tiempo. El sol todavía estaba alto, pero las obligaciones de la vida real empezaban a meter presión. ¿Había sido una cita o, como llevábamos repitiéndonos todo el día, solo un rato para conocernos mejor?

—Ojalá todo fuera más sencillo, pero ya toca recoger —dijo Lucía, mientras se incorporaba de la toalla y estiraba los brazos sobre su cuerpo delgado.

—Ya, he visto la hora —contesté, mirándola sin disimulo—. Tenemos que volver a esta playa alguna vez.

—Es discreta y parece segura. Me ha encantado hablar contigo aquí, sin miedo a que nadie nos viera.

—Exactamente eso.

Caminamos despacio hacia el aparcamiento, agarrados de la mano como si lleváramos años haciéndolo. Cuatro horas antes habíamos recorrido el mismo camino en sentido contrario, con los nervios apretándonos el estómago. Ahora, en cambio, había algo instalado entre nosotros que todavía no queríamos nombrar.

Subimos los escalones de madera y giramos por la rampa que llevaba al mirador. Lucía se detuvo allí, soltó la mochila en el suelo y caminó hasta el borde. El mar estaba en calma, casi liso, con el sol reflejándose en franjas largas sobre la superficie.

—Estoy haciendo una foto mental para no olvidarme de este día —dijo, sin girarse.

—Creo que te voy a copiar la idea —respondí, acercándome por detrás.

Le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la mejilla al lado de la suya. Ella cerró los ojos. El viento le movía el pelo y olía a sal, a crema solar, a ese perfume mínimo que se había puesto antes de salir.

Sentí cómo buscaba contacto con un movimiento pequeño de cadera, un roce casi accidental. Casi. Ya sabía que no lo era. Y yo tampoco podía hacer nada por disimular lo que empezaba a pasar debajo de mi bañador.

—Desde abajo no me había fijado —murmuré cerca de su oído—. Aquí casi no hay familias. Son todas parejas.

La atraje un poco más hacia mí. Sabía que lo notaba. Sabía, también, que le gustaba.

—Mira aquellos dos —dijo Lucía, señalando con la barbilla hacia la orilla—. Los del sombrero de paja y la gorra roja. ¿Crees que son pareja de verdad o algo como nosotros?

—Pareja nueva, diría yo. Poco tiempo juntos. Lo que está claro es que ella está muy cómoda.

—¿Por haberse quitado la parte de abajo del bikini? Si yo llevara un vestido también me la quitaría.

—¿Te gusta esa sensación?

—Me encanta. Y estoy segura de que a ti te encantaría la idea de tenerme… accesible.

Me quedé callado un minuto entero. Ella esperaba, sin moverse, sintiendo cada vez más claramente lo que tenía pegado a la espalda.

—¿Confías en mí? —le pregunté al fin.

—Me das miedo. Pero sí. Confío en lo que sea que se te haya ocurrido.

Miré hacia ambos lados. No había nadie en el mirador. La rampa subía por detrás y tapaba la vista desde el aparcamiento. Abajo, en la arena, los bañistas estaban demasiado lejos para distinguir nada.

Puse las manos en la cinturilla de sus mallas y empecé a bajarlas despacio. La licra negra se deslizó por sus caderas mientras ella soltaba una risa nerviosa, sin dejar de mirar el mar. La tela se arrugó en torno a sus rodillas.

Me agaché medio segundo, lo justo para alcanzar los nudos del bikini. Los había atado bien: el primero me costó un rato, el segundo salió más fácil. Deslicé la tela hacia delante, entre sus piernas, y la aparté. Ella separó las rodillas lo imprescindible para dejarme sacarla.

Se quedó expuesta apenas unos segundos. El aire del mar le tocó donde nunca lo había tocado en un lugar así, y la oí respirar hondo.

—¿Y ahora? —susurró.

No contesté. Volví a subirle las mallas con la misma lentitud con la que se las había bajado, colocándolas exactamente como estaban. La licra fue envolviéndola de nuevo mientras ella se quedaba inmóvil, tratando de no alterar el trabajo.

Cuando la cinturilla volvió a su sitio, agarré la parte de arriba con las dos manos y tiré hacia arriba, con firmeza. El cuerpo de Lucía se elevó unos centímetros. Sintió la licra tensarse contra su piel, apretándola donde antes había una capa de bikini de por medio.

—Ahora solo falta ajustarlas —dije, con la voz muy baja.

Pasé los dedos por delante, recorriendo el centro de la tela. La empujé hacia dentro con cuidado, de adelante hacia atrás, una vez, dos, tres. Noté cómo la licra se colaba entre sus labios. Ella cerró los ojos y se mordió la parte interna de la mejilla para no hacer ruido.

Terminé de ajustar y volví a subir las mallas con fuerza, todo lo arriba que daban. Un gemido bajo se le escapó sin querer. Entendí que estaba haciendo las cosas bien.

—Ya está. Mucho mejor así, ¿no? —dije.

Lucía se giró un poco hacia mí, con una sonrisa corta. Me agarró la muñeca y me llevó la mano de vuelta a su entrepierna, por encima de la tela.

—No del todo —murmuró—. El dedo puedes dejarlo ahí un rato.

Nos quedamos así, mirando el mar, sin hablar. Yo sentía, a través de la licra, cómo aquello iba volviéndose cada vez más cálido, cada vez más húmedo. Ella tenía los ojos entornados y el labio inferior entre los dientes. Sabía que se iba a casa con una mancha en una zona muy concreta, una mancha que no iba a poder explicar. Lo sabía, y le estaba gustando saberlo.

—¿Te propongo un juego? —dijo al cabo de cinco minutos.

—Claro. Dime.

—¿Ves a aquella pareja de ahí abajo? Están recogiendo. Van a subir por aquí.

Los vi. El hombre doblaba la sombrilla mientras la mujer sacudía la toalla contra el viento.

—Los veo.

—Tú me vas a quitar el dedo de donde está y me lo vas a volver a poner, exactamente igual, pero por dentro de las mallas. Y te dejo que lo metas un poco. Si consigues que me corra antes de que esa pareja llegue a nuestra altura, compramos condones y nos vamos a follar juntos.

—Madre mía. Me gusta. Me gusta mucho. ¿Y si no lo consigo?

—Lo volvemos a intentar mañana. Aquí, a la misma hora.

No hacía falta pensarlo. Metí la mano por la cintura de las mallas y bajé directamente hasta donde estaba la tela, aún apretada entre sus labios. Ella separó los pies, apenas unos centímetros, lo justo para facilitarme el trabajo. Apoyó las dos manos en la barandilla del mirador y fijó la mirada en el mar.

Estaba tan mojada que el dedo entró sin esfuerzo. Ni siquiera tuve que empujar: resbaló. Ella soltó el aire muy despacio, casi sin sonido, mientras yo notaba cómo la humedad me mojaba los nudillos y empezaba a calar la licra por dentro.

Empecé a moverlo con un ritmo corto, discreto, vigilando de reojo a la pareja que subía. La mujer del sombrero ya había guardado la sombrilla. El hombre cargaba la nevera y le pasaba un brazo por los hombros. Avanzaban hablando, despacio, sin prisa, y cada paso les acercaba un metro.

Lucía cerró los puños sobre la barandilla. Su respiración cambió de ritmo. Tenía la mandíbula tensa, los labios apretados, y yo sentía, por dentro, cómo algo empezaba a contraerse alrededor del dedo. Estaba a punto. Podría ser cuestión de treinta segundos. De un minuto.

No los tuvimos.

La pareja dobló la curva de la rampa antes de lo que habíamos calculado. Aparecieron a nuestra izquierda con la toalla enrollada bajo el brazo y la conversación interrumpida a media frase. Nos vieron. Sentí cómo a ellos les tardaba un segundo largo en entender lo que estaban viendo, y otro segundo en empezar a reírse.

Saqué la mano con la misma rapidez con la que se aparta alguien de un fuego. Lucía abrió los ojos, respiró hondo y clavó la vista al frente, con esa expresión de quien finge que no estaba pasando absolutamente nada. La mujer del sombrero nos miró de arriba abajo, con los labios apretados para no soltar la carcajada, y tiró de su compañero hacia el aparcamiento.

—Creo que no lo he conseguido —dije, cuando se alejaron lo suficiente.

—Depende de cómo lo mires —contestó ella.

Se giró hacia mí. Me rodeó el cuello con los brazos y pegó su cuerpo al mío. Sin el bikini de por medio, solo con la licra fina mojada, sentí perfectamente todo: la forma, el calor, lo empapado que estaba aquel trozo de tela. Ella también sentía perfectamente lo que me estaba pasando a mí.

—¿Y cómo lo miro? —le pregunté.

—Tengo más mallas en casa. Aún más finas que éstas. Mañana nos vemos aquí, a la misma hora. Te aseguro que mañana te lo voy a poner mucho más fácil para que ganes.

—¿Vas a venir? ¿No te vas a arrepentir esta noche?

—Considera esto —dijo, apretándose un poco más contra mí— como la prueba de que mañana quiero verte.

Me besó. Un beso largo, con los labios algo separados, mientras sus caderas se movían muy despacio contra las mías. Lo hizo a propósito. Me dejó así, con la tela de su bañador marcándose contra el mío, y la imagen del mirador quedándose en mi cabeza como una promesa.

Luego se apartó, recogió la mochila y caminó hacia el aparcamiento delante de mí. No se giró ni una vez. Vi cómo la licra le marcaba cada línea, y vi, también, la mancha en el sitio exacto donde había estado mi dedo. Una mancha oscura, clara como una firma, en un lugar que atraería todas las miradas.

Se subió a su coche y me saludó con dos dedos antes de arrancar. Yo me quedé un minuto más en el mirador, mirando el mar, con el sabor de su boca encima y la mano todavía oliendo a ella.

Mañana, a la misma hora, en el mismo sitio. Unas mallas más finas. Una apuesta que ya sabía cómo iba a terminar.

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Comentarios (7)

lauchita_73

que bueno!!! espero que haya segunda parte

ClaudioPampa

Me encanto como arranca, se siente la tension desde el primer parrafo. Muy bien narrado, segui asi!

Nena_curiosa

Por favor segui!! Quede con ganas de mas, como termino la apuesta??? jaja

gatita1028

jajaja me recorde de una situacion parecida, que nervios habrá tenido. Muy bueno el relato!

RosaLitoral

tremendo final, no me lo esperaba para nada. Muy bien

LucasDelV

La forma en que lo narrás te mete adentro de la historia, se siente que estás ahi. Increible

Mili_CF

Ella lo sabia desde el principio o fue sorpresa tambien para ella? Esas cosas quedan dando vueltas jaja. Muy lindo relato

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