La deseé en silencio hasta esa mañana en el cafetal
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.
Ocho años de carrera y ningún paciente me había mirado así. Esa tarde ella subió los pies al sillón, me sostuvo la mirada y todo lo que yo creía firme empezó a temblar.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Abrí el baúl sin saber que dentro me esperaba el secreto de otra mujer: su lencería, su diario y la prueba de que ella también amó a alguien que no debía.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Elegí el lugar más cercano al agua, dejé caer el bikini y, antes de tumbarme, busqué con la mirada a quien no había podido apartar los ojos de mí.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
Seguí un rastro de sangre hasta un claro donde algo me esperaba colgado entre los árboles. No imaginé que la criatura del bosque me elegiría a mí como su presa.
Bajé descalza a la capilla a medianoche para pedir perdón por mis sueños. No imaginé que algo me esperaba enroscado entre las sombras, listo para enseñarme lo que mi cuerpo callaba.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Estaba solo, el calor era insoportable y el agua corría tibia sobre mi piel. Entonces se me ocurrió algo que llevaba meses imaginando y que jamás había tenido el valor de hacer.