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Relatos Ardientes

La noche que le escribí al escritor anónimo

Hacía tres años que leía cada palabra suya sin dejar rastro. Ni un like, ni un comentario, ni el atrevimiento de mandarle un mensaje privado como hacían tantas otras debajo de sus publicaciones. Era su seguidora fantasma, la que llegaba siempre de madrugada, con el teléfono a media luz y el corazón más agitado de lo que estaba dispuesta a admitir.

Todo empezó una noche cualquiera, de esas en las que el algoritmo decide que te conoce mejor que vos misma. Apareció en mis sugerencias como una notificación silenciosa: un escritor anónimo de relatos eróticos, con apenas unos miles de seguidoras y un feed cuidadosamente construido. Se hacía llamar Noctámbulo, sin apellido ni foto propia. En el lugar de la cara ponía imágenes robadas de algún tablero de Pinterest: manos masculinas escribiendo sobre una libreta de cuero, una ventana con lluvia, un vaso de whisky junto a un cenicero. Nada concreto. Nada reconocible.

En las preguntas que le hacían sus seguidoras había dejado caer algunos detalles. Decía tener entre veintitantos y los treinta —nunca precisaba—, que era alto, que entrenaba en casa y en el gimnasio, que escribía de noche porque era el único momento en que el mundo dejaba de gritar. Nada más. Ni nombre real, ni ciudad, ni oficio. Esa ausencia de datos, lejos de molestarme, se convirtió en lo que más me atraía de él. Podía ser cualquiera. Podía ser mío.

Desde el primer relato que leí —algo sobre una mujer casada que se dejaba fotografiar por un desconocido— supe que iba a volver. Sus textos tenían un ritmo que no se parecía a nada de lo que había leído antes en redes. No era torpe, no era efectista. Escribía como quien sabe exactamente dónde colocar el silencio. Sus frases cortas golpeaban. Las largas te dejaban sin respiración. Y siempre, en algún lugar del relato, había un detalle pequeño —una cicatriz, un olor a jazmín, una cadena con una llave— que se te quedaba pegado al cuerpo durante días.

Yo leo mucho. Escribo también, aunque nunca publique nada. Por eso al principio pensé que mi fascinación era literaria. Que me gustaba su forma de construir. Mentira. Lo que me gustaba era imaginar las manos que tecleaban esas cosas. La voz que leía en voz baja cada frase antes de mandarla al mundo. La respiración de un hombre que se excitaba mientras escribía sobre el deseo de otros.

Nunca me atreví a interactuar. Era mi regla. Leer, cerrar la aplicación, fingir que no pasaba nada. Si le daba like, él lo sabría. Si comentaba, estaría firmando una confesión. Y yo no quería que supiera que existía. Mi fantasía dependía de seguir siendo invisible. De ser la lectora anónima que aparece en cada uno de sus relatos, la que se toca en su cama leyendo palabras que otro escribió para nadie en particular.

Aprendí su calendario de publicaciones sin proponérmelo. Subía relatos los martes y los viernes, cerca de la medianoche. Alguna historia suelta los domingos. De vez en cuando, cuando el insomnio lo pillaba, un texto breve a las cuatro de la mañana que dejaba ver más de lo que él mismo pretendía. Esos eran mis favoritos. Los escritos mal dormido, con alguna coma de más, con verbos que se repetían. En esos yo creía escucharlo de verdad.

Empecé a inventar cosas sobre él. Le puse una voz grave, un acento neutro con alguna ese arrastrada. Le puse un departamento con el suelo de madera que crujía al caminar. Un perro viejo que dormía a los pies del sillón. Una lámpara de pie junto a la ventana. Un cuaderno con tapas de cuero, aunque ya no escribía a mano. Una camisa oscura que se sacaba con un gesto cansado al final del día. No sabía nada de él, así que lo construí entero, ladrillo a ladrillo, para poder habitarlo cuando lo leía.

Una madrugada de febrero todo cambió. Llovía con fuerza y yo no podía dormir. Tenía el teléfono apoyado sobre la almohada, el brillo bajado al mínimo, y la puerta de mi cuarto cerrada porque mi compañera de piso se había quedado a ver una película en el salón. Él subió un relato nuevo a las tres y dos de la madrugada. El título era una línea corta: «Para la que lee y nunca escribe».

Sentí un escalofrío antes incluso de empezar a leer. Pensé que era una casualidad, que estaba proyectando, que a él no le pasaba nada conmigo porque él ni siquiera sabía que yo existía. Abrí el texto.

El relato era sobre un escritor que había notado, a lo largo de meses, la presencia de una lectora silenciosa. No comentaba, no reaccionaba, nunca dejaba rastro, pero él sabía que estaba ahí. La intuía en el ritmo del contador de visualizaciones. En la hora exacta a la que cada publicación sumaba una vista más. En el silencio demasiado perfecto que rodeaba a alguien que te está leyendo de verdad. El escritor del relato se preguntaba cómo sería esa mujer invisible. Si leía en la cama. Si se mordía el labio al llegar al párrafo en el que él, el narrador, describía el cuerpo de otra. Si se tocaba al final, cuando apagaba la pantalla.

Dejé de respirar en algún momento. Leí las últimas líneas tres veces. En la última, el escritor le dejaba a la lectora invisible una invitación: «Si alguna vez existís, escribime. No voy a preguntarte cómo te llamás».

Cerré el teléfono y lo dejé caer sobre la almohada.

No es a mí. Es un recurso literario. Él escribe para todas. Esto es marketing. No seas estúpida.

Pero las manos me temblaban, y había algo en la boca del estómago que no era miedo.

Tardé veintidós minutos en abrir el chat. Lo sé porque los conté. Escribí algo. Lo borré. Escribí otra cosa. Lo borré. Quería ser ingeniosa, sonar segura, no parecer una más. Al final me rendí y escribí solo: «Existo».

Lo envié antes de arrepentirme.

Los tres puntitos aparecieron casi de inmediato. Se mantuvieron durante un tiempo absurdamente largo. Yo miraba la pantalla como se mira una mecha encendida acercándose a un cartucho.

«Estaba esperando. Tardaste».

Tres palabras después de tres años. Me dejaron sin aire.

«¿Cómo sabías? —escribí—. ¿Cómo sabías que era yo?».

«No sabía que eras vos. Sabía que había alguien. Lo sentía».

Volví a dejar el teléfono. Me senté en la cama. La lluvia había arreciado, y contra los cristales sonaba como si alguien estuviera repiqueteando con las uñas. Respiré hondo. Volví a agarrar el teléfono.

Le escribí que llevaba tres años leyéndolo. Que me sabía de memoria tres de sus relatos. Que a veces me dormía con el suyo del hotel de carretera abierto en otra pestaña. Que no le había dado like nunca porque me daba vergüenza. Le conté que era tímida, que no sabía flirtear en redes, que nunca le había mandado ni una foto mía a nadie que no conociera en persona.

Le importó tan poco todo lo que no le conté —mi edad, mi nombre, mi ciudad, mi cara— como a mí me importaba tan poco saber la suya.

«¿Querés jugar?», me escribió.

Respondí que sí antes de pensarlo.

Me pidió que le contara una fantasía. Una que no le hubiera contado a nadie. Me dijo que no hacía falta que fuera perfecta, que no hacía falta que usara las palabras bonitas que él sí usaba en sus relatos. Que la escribiera tal cual me salía. Que él se ocuparía del resto.

Le escribí la única que tenía, la que llevaba años repitiéndose sola cuando apagaba la luz. Le conté que me imaginaba entrando de noche en una casa que no era mía. Que había un hombre escribiendo en una mesa junto a una ventana. Que yo no hacía ruido al entrar. Que el hombre no se daba vuelta, pero sabía que yo estaba ahí. Que seguía escribiendo mientras yo me acercaba por la espalda, mientras le apoyaba las manos en los hombros, mientras le leía por encima del cuello lo que él estaba tecleando. Que solo cuando terminaba la frase se giraba, sin apuro, y me miraba por primera vez. Le dije que esa era la parte en la que siempre me detenía. Que no sabía qué pasaba después porque nunca me atreví a imaginarlo.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, me escribió la escena. Me la escribió entera, en mensajes de tres líneas, con ese ritmo suyo que yo ya me sabía de memoria. Me escribió cómo el hombre de mi fantasía se levantaba de la silla, cómo me tomaba la muñeca sin fuerza, cómo me sentaba en el borde de la mesa encima de sus hojas escritas. Me escribió lo que le hacía con la boca al cuello, cómo le bajaba a mordiscos el hombro, cómo me iba abriendo el vestido con una sola mano. Me escribió el momento exacto en el que dejaba de ser él quien llevaba el ritmo. Me escribió despacio, como quien está disfrutando cada palabra antes de mandarla.

Yo leía con una mano y me tocaba con la otra. Había bajado el brillo del teléfono al mínimo y las palabras suyas parecían salir de la oscuridad. Mi respiración era la única cosa que sonaba más fuerte que la lluvia. En algún momento cerré los ojos, y las frases suyas me seguían llegando por dentro, como si alguien me las dictara al oído.

Me metí la mano bajo la remera y después bajo el elástico del pantalón. Estaba empapada antes de tocarme. Me encontré a mí misma mordiendo la almohada para no hacer ruido, con la pantalla iluminándome la cara y cada mensaje nuevo haciendo vibrar el teléfono junto a mi mejilla. Él escribía, yo leía, mi mano se movía al ritmo que él marcaba. Cuando me describió cómo el hombre de mi fantasía me sujetaba por la cintura contra la mesa, yo abrí las piernas en mi cama como si el hombre de verdad estuviera ahí.

Terminé antes de que llegara su último mensaje. Me quedé con la cara hundida en la almohada, temblando todavía, mientras el teléfono vibraba una vez más a mi lado. Cuando lo miré, había escrito una sola línea.

«Vos también terminaste, ¿no?».

No respondí. No hizo falta. Él ya sabía.

Siempre supo.

Desde esa noche pasaron cinco meses. A veces nos escribimos. A veces desaparece durante semanas y yo vuelvo a ser su seguidora fantasma, la que lee y no comenta. Él sigue sin saber cómo me llamo. Yo sigo sin saber cómo es su cara. Hay relatos nuevos cada martes y cada viernes, como siempre, y alguno a las cuatro de la mañana cuando el insomnio lo pilla. En esos, ahora, me parece escuchar mi propio nombre entre líneas, aunque sé que es imposible, porque mi nombre nunca se lo dije.

Una vez le pregunté si alguna vez nos íbamos a encontrar en persona. Tardó en contestar, como siempre que le hago una pregunta que importa. Al final me respondió algo muy suyo.

«Si nos vemos, se acaba. Lo sabés, ¿no?».

Lo sabía. Por eso sigo leyéndolo de madrugada, con la luz baja y la puerta cerrada. Por eso todavía no le he dicho cómo me llamo. Por eso, cuando sube un relato nuevo, sigo esperando veintidós minutos antes de escribirle. Porque sé que el día que le mande un mensaje sin contar los minutos, el día que deje de temblar antes de darle enviar, esto se habrá terminado. Y no estoy lista. Todavía no.

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Comentarios (7)

Clara_Noche

Tremendo relato, me quede pegada hasta el ultimo parrafo. Espero que haya continuacion!!

mauro_bsas

increible lo bien que esta escrito, se siente muy real. Muy bueno

LunaEscondida22

tres años leyendo en silencio jajaja yo me desespero si no contestan en un dia. Me encanto mucho

PatriciaLectora

Esa sensacion de leer sin animarse a decir nada... me representa demasiado. Muy lindo de verdad

Tomi_87

No me esperaba ese giro al final, quede sorprendido. Gracias por compartirlo

Ferchu_rba

Por favor que haya una segunda parte!! quede con ganas de mas. Saludos desde rosario

NickR82

Que bien escrito esta, se nota la emocion genuina en cada linea. Bravo

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