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Relatos Ardientes

El juego prohibido que inventamos en la cala

Llevaban casi cuatro horas en aquella cala y el sol empezaba a bajar hacia el horizonte con esa lentitud deliberada que tiene el verano cuando sabe que no lo dejarás marchar. Claudia sacudió la arena de sus piernas, recogió la toalla con desgana y miró el móvil con esa expresión que Ramiro ya conocía bien: la del mundo real reclamando su turno.

—Supongo que toca volver —dijo ella, sin entusiasmo.

—Sí. —Ramiro dobló la toalla despacio, como si el gesto pudiera detener el tiempo—. Aunque preferiría quedarme hasta que oscureciera.

—Yo también.

La cala era pequeña y discreta, escondida entre dos salientes de roca y accesible solo por un sendero angosto que pocos se molestaban en recorrer. Por eso la habían elegido. No había chiringuitos, ni sombrillas de alquiler, ni familias con niños. Solo parejas y algún solitario que buscaba, como ellos, un rincón sin testigos. Un lugar donde el tiempo funcionara de otra manera.

Se conocían desde hacía tres meses. Lo que empezó como una conversación casual se había convertido en algo más difícil de clasificar. No eran pareja, se repetían el uno al otro. Solo se encontraban de vez en cuando para hablar, para estar juntos, para sentir ese calor específico que generaba la presencia del otro. Aunque ambos sabían que esa definición era demasiado cómoda para ser del todo honesta.

Caminaron cogidos de la mano por la orilla hasta llegar a la escalera de madera que ascendía desde la playa hacia el aparcamiento. Subieron los peldaños despacio, rozándose el hombro en cada escalón. Arriba, antes de continuar, Claudia se detuvo junto a una pequeña terraza de piedra que hacía las veces de mirador. Dejó la mochila en el suelo, apoyó las manos en la barandilla y miró el mar.

—Necesito un momento —dijo.

—Tómatelo.

El agua estaba quieta. Una franja de luz naranja se extendía desde el sol hasta la orilla, y el sonido de las olas llegaba amortiguado desde abajo como un rumor constante. Claudia cerró los ojos. Sentía el salitre en los labios y la brisa moviendo su pelo húmedo. Quería guardar ese instante en algún lugar donde no se estropeara.

Ramiro se acercó por detrás. La rodeó con los brazos a la altura de la cintura y apoyó la barbilla en su hombro. Ella no dijo nada, pero lo buscó con un pequeño gesto de cadera, ese movimiento casi imperceptible que él ya había aprendido a leer.

Quería saber si lo notaría.

Lo notó.

—Desde aquí se ve mucho mejor —murmuró Ramiro, aunque no estaba mirando el mar.

—Hay una pareja allá abajo —dijo Claudia, señalando con la barbilla hacia la playa—. La chica del sombrero de rafia y el chico con la camiseta verde. ¿Llevarán mucho tiempo juntos, crees?

—No lo sé. Pero ella parece muy cómoda.

—Se ha quitado la parte de abajo del bañador. Yo haría lo mismo si llevara vestido.

—¿Te gusta esa sensación?

Claudia tardó un segundo en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque disfrutó de la pausa, del peso de la pregunta en el aire cálido.

—Me encanta. Y apuesto a que a ti te encantaría tenerme así. Accesible.

Ramiro guardó silencio un momento. El brazo que rodeaba la cintura de Claudia se tensó levemente.

—¿Confías en mí?

—Eso es exactamente lo que diría alguien en quien no debería confiar —dijo ella, con media sonrisa.

—¿Y aun así?

—Sí —respondió Claudia—. Confío en ti.

Ramiro miró hacia los dos lados del mirador. El camino que llevaba al aparcamiento estaba vacío. Más abajo, en la playa, la pareja de la camiseta verde todavía recogía sus cosas sin ninguna prisa. Nadie más a la vista.

Con cuidado, empezó a bajar las mallas de Claudia.

Ella lo dejó hacer. Sintió los dedos de él deslizarse sobre sus caderas mientras la tela se iba arrugando hacia abajo, hasta quedar a la altura de las rodillas. Después vinieron los nudos del bikini. Estaban algo apretados por la sal y el agua, pero Ramiro los deshizo con paciencia, primero uno y luego el otro, y tiró de la tela hacia delante para sacarla entre sus piernas.

La brisa llegó directa, sin aviso. Claudia sintió el aire en su piel desnuda y soltó el aliento despacio, como si hubiera estado conteniéndolo sin saberlo.

—¿Y ahora? —preguntó en voz muy baja.

Ramiro no respondió con palabras. En cambio, empezó a subir de nuevo las mallas, pasándolas sobre sus caderas con movimientos lentos y deliberados. Cuando llegó a la cintura, las agarró con las dos manos y tiró hacia arriba con fuerza, levantándola ligeramente del suelo. Claudia sintió la presión de la tela en su zona más sensible y apretó los labios para no hacer ningún sonido.

—Faltan los ajustes —dijo Ramiro, con la voz rozándole la oreja.

Pasó los dedos por su entrepierna, empujando la lycra hacia dentro con movimientos precisos, de delante a atrás, una y otra vez. La tela empezó a hundirse entre sus labios. Claudia entreabrió las piernas para darle espacio, sin dejar de mirar el horizonte con los ojos entrecerrados.

Si alguien miraba desde el camino, no vería gran cosa. Solo a dos personas de pie frente al mar. Eso pensó. Y eso la excitó todavía más.

Cuando Ramiro volvió a tirar de las mallas hacia arriba por segunda vez, el sonido que salió de la garganta de Claudia fue pequeño pero inconfundible. Un sonido que no había planeado hacer.

—Ya está —dijo él—. ¿Mejor?

—Casi —respondió ella. Tomó la mano de Ramiro y la guió de vuelta a su entrepierna—. El dedo puedes dejarlo ahí un rato.

***

Estuvieron así cinco minutos largos, mirando el mar. Él desde un costado, observando el perfil de ella, la curva de su cuello, la manera en que su respiración se había vuelto más lenta pero más profunda. Ella de frente al horizonte, con los ojos entreabiertos, sintiendo la presión constante del dedo de Ramiro y la humedad que empezaba a acumularse contra la tela.

El sol seguía bajando. Las sombras de la barandilla se alargaban sobre las piedras del mirador. En la playa de abajo, alguien recogía una sombrilla azul. Todo parecía moverse en cámara lenta.

—Tengo una propuesta —dijo Claudia al cabo de un rato.

—Te escucho.

—Aquella pareja de la playa. ¿La ves? Están recogiendo sus cosas.

Ramiro miró hacia abajo. La chica del sombrero y el chico de la camiseta verde doblaban su toalla sin prisa.

—Los veo.

—Vienen hacia aquí. Tienen que pasar por este mirador para llegar al aparcamiento. —Claudia hizo una pausa—. Quita el dedo de donde lo tienes y vuelve a ponerlo, pero por dentro de las mallas.

Ramiro tardó un segundo.

—¿Por dentro.

—Por dentro. Y mételo un poco. Solo un poco. —Una pausa—. Si consigues que me corra antes de que esa pareja llegue a nuestra altura, nos vamos a un hotel y follamos toda la noche.

Silencio. Solo el mar.

—¿Y si no lo consigo? —preguntó Ramiro.

—Mañana, misma playa, misma hora. Y te prometo que lo pondré mucho más fácil.

Ramiro no necesitó que se lo repitieran. Introdujo la mano por la cinturilla de las mallas y buscó el camino sin dudar. Claudia abrió las piernas un poco más, apoyándose con discreción en la barandilla de piedra.

Estaba húmeda. Mucho más de lo que Ramiro esperaba, aunque debería haberlo calculado mejor: cuatro horas juntos en una cala apartada, el juego con las mallas, los cinco minutos de presión constante desde fuera. La excitación llevaba rato acumulándose, y cuando él la tocó por fin, sin tela de por medio, Claudia cerró los ojos y apretó los dientes.

El dedo entró sin resistencia.

Ella no se movió. Se quedó quieta, con la vista fija en el horizonte aunque ya no veía nada, concentrada en esa sensación que se extendía desde su centro hacia las piernas. Ramiro marcaba un ritmo constante, atento a cada cambio en su respiración, en la tensión de sus hombros, en la manera en que sus dedos apretaban la barandilla cada vez con más fuerza.

Iba a conseguirlo. Lo notaba en su propio cuerpo, en cómo cada músculo empezaba a anticipar lo que venía.

Y entonces aparecieron.

La pareja llegó por el camino de la izquierda antes de lo calculado. El chico de la camiseta verde reía por algo que le había dicho la chica del sombrero, y los dos levantaron la vista al mismo tiempo al llegar al mirador. Se detuvieron una fracción de segundo. Lo suficiente.

Ramiro sacó la mano de golpe.

Claudia parpadeó. Tardó un instante en volver al mundo. Cuando lo hizo, vio que la pareja los miraba con una sonrisa entre divertida y desconcertada, sin saber muy bien si quedarse o seguir caminando. Optaron por lo segundo, pero sin ninguna prisa, con ese paso de quien ha visto algo que no debería y no lo lamenta demasiado.

—Creo que no lo he conseguido —dijo Ramiro.

Sonaba resignado, pero había algo diferente en sus ojos. Admiración, quizás. O asombro. O las dos cosas a la vez.

Claudia se giró hacia él. Lo miró un momento sin decir nada, con esa expresión que él todavía no sabía descifrar del todo. Luego dio un paso, le rodeó el cuello con los brazos y pegó su cuerpo al de él. La tela fina de las mallas, sin nada debajo, no dejaba muchas dudas sobre el estado en que se encontraba Ramiro.

—Depende de cómo lo analices —dijo ella.

—¿Y cómo se analiza?

Claudia acercó la boca a su oído.

—Tengo más mallas en casa. Más finas todavía. Mañana volvemos aquí y, te lo aseguro, esta vez no fallo el cálculo de distancias. Ganarás la apuesta. Y después de ganarla, te voy a dejar hacer todo lo que llevas semanas pensando.

—¿Me lo prometes?

—Considera esto una prueba —dijo ella, y lo besó.

No fue un beso largo, pero sí fue real: con las manos de él apretando su cintura, el sabor a sal en sus labios, y el rumor del mar llegando desde abajo mientras la pareja del sombrero y la camiseta verde se alejaba hacia el aparcamiento sin mirar atrás. O eso fingían, al menos.

***

Cuando se separaron, Ramiro tenía la vista un poco perdida.

—No voy a poder dormir esta noche —dijo.

—Bien. —Claudia recogió su mochila del suelo y se colgó un asa al hombro—. Para que tengas algo en lo que pensar.

Caminaron juntos hasta los coches. Se despidieron sin dramatismo, con otro beso breve y la certeza compartida de que el día siguiente llegaría demasiado tarde. No hacían falta más palabras. Ya las habían dicho todas.

De camino a casa, Claudia condujo con una mano en el volante y la ventanilla abierta. El aire de la tarde le daba en la cara y notaba todavía, contra la tela de las mallas, el rastro húmedo de lo que casi había sido. La sensación que se había quedado a medio terminar, suspendida, esperando.

No le molestaba. Al contrario.

Había algo especialmente intenso en quedarse en ese filo, en ese punto donde el cuerpo ya sabe lo que quiere y todavía no lo tiene. Era casi mejor que el final. Casi.

Mañana, pensó. Mañana sí.

Y sonrió sola, con el viento en la cara y la playa ya lejos, mientras el sol terminaba de hundirse en el mar.

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Comentarios (7)

GatoNocturno77

que tension!!! me atrapo desde el principio, no pude dejar de leer

CamilaLect

Se me hizo corto, quiero saber como termino la apuesta. Muy bien llevado todo

MarcosBaires

La situacion en la cala le da un morbo increible, ese riesgo de que los vean... perfecto para este tipo de relatos. Muy bien escrito

Lara_verano

Excelente!!! esperando la segunda parte ya mismo, quede con ganas de mas

tinta_y_morbo

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace tiempo, esos momentos robados tienen algo muy especial. Buenisimo relato

elena_curiosa

Que bien escrito, se siente la emocion del momento. Esa apuesta de que se trataria??? jaja espero que sigas pronto

sergio_lect

tremendo jaja, la categoria fantasias tiene cada joya

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