Mi mujer volvió antes de tiempo y me descubrió
Los jueves eran sagrados. Elena cenaba con sus amigas en el centro y volvía a las dos o tres de la madrugada, a veces más tarde. Marisol, la chica que nos hacía la casa desde hacía tres años, libraba los jueves y no regresaba hasta el viernes al mediodía. Ese era mi territorio.
Me llamo Ricardo, tengo cincuenta y ocho años, una barriga que ya no disimulo con fajas y una entrada en la frente que se come el pelo desde hace una década. Hice dinero en la construcción, lo suficiente para vivir en esta casa de dos plantas en la urbanización más cara de las afueras. Elena sigue siendo una mujer espectacular: morena, con curvas que cualquier hombre de su edad envidiaría a su marido. Pero hacía años que nuestra vida íntima se había reducido a roces distraídos antes de dormir. Y yo tenía mi propio asunto, uno que solo salía a la luz los jueves.
Esa noche, apenas escuché el motor del coche de Elena alejarse por la avenida, subí las escaleras de dos en dos. El corazón me latía en las sienes como si fuera un adolescente entrando a robar al aula de dibujo. El cuarto de Marisol estaba al fondo del pasillo, con una puerta que chirriaba si la abrías despacio y una ventana que daba al jardín trasero.
Fui directo al cajón de la cómoda. Sus bragas estaban dobladas con cuidado, por colores. Saqué unas blancas, de algodón, de las sencillas que usaba bajo el uniforme. Me las llevé a la cara y respiré hondo. Todavía guardaban algo de ella, del día anterior. Me desnudé sin prisa, doblando mi ropa sobre la silla como si la prolija fuera yo. El sujetador no me cerraba ni de broma por la espalda; me lo dejé cruzado a medias. Las bragas apenas contenían mi miembro, ya medio duro de solo pensar en lo que vendría.
Me miré en el espejo del armario. Ridículo. Patético. Exactamente como me gustaba verme.
Del fondo del mismo cajón saqué la verdadera razón de mis jueves: un consolador grueso, oscuro, con una ventosa pesada. Marisol lo escondía bajo un pañuelo, y yo sabía por experiencia que lo usaba casi a diario. Lo olí también. Después lo pegué al lateral del armario, a la altura de mi cadera, apretando la ventosa hasta asegurarme de que no se soltaría a mitad de faena. Me unté el trasero con una crema hidratante que encontré en la mesita de noche.
Entonces hice lo que hacía todos los jueves, lo que convertía esa noche en algo especial. Me até los tobillos con una de sus medias de nylon, bien apretados. Con la otra me rodeé las muñecas por delante, dejando los nudos flojos para poder liberarme sin ayuda, pero firmes como para sentirme atrapado. Me agaché un poco y empecé a buscar el consolador con el culo, a ciegas, moviendo las caderas hasta que la punta ancha encontró el sitio.
—Ahí… justo ahí —susurré para nadie.
Empujé hacia atrás. El consolador se abrió paso despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí la base tocarme la piel. Solté un gemido grave, largo, de esos que se escapan sin que uno pueda contenerlos. Empecé a moverme. Al principio con movimientos cortos, tímidos, para acostumbrarme. Después más profundo, cada vez más rápido. Mi miembro, pequeño, sobresalía por encima del elástico de la braga blanca. Con las manos atadas por delante podía alcanzarlo y agarrármelo. Me masturbé al ritmo del vaivén.
En mi cabeza, Marisol era quien me embestía. Me insultaba en voz baja, me llamaba viejo asqueroso, maricón, cerdo. Me tiraba del pelo. Me exigía que le pidiera permiso para correrme.
Estaba tan metido en mi fantasía que no escuché el coche volver. No escuché la puerta de la calle abrirse. Solo registré, demasiado tarde, los pasos rápidos en la escalera.
—¿Ricardo? ¿Estás arriba?
La voz de Elena, a escasos metros.
Me quedé petrificado, con el consolador enterrado hasta el fondo y las manos todavía agarradas a mi propia carne. Intenté incorporarme, pero las medias en los tobillos me lo impidieron. Intenté liberar las muñecas, pero los nudos, por flojos que fueran, necesitaban tiempo.
No hubo tiempo.
Elena abrió la puerta del cuarto de Marisol sin tocar. Había visto la luz encendida desde el pasillo. Se quedó en el umbral con las llaves todavía en la mano y un bolso que había vuelto a buscar. En la otra mano traía el móvil, el que había olvidado sobre la mesa del vestíbulo.
Sus ojos me barrieron de arriba abajo. Las bragas blancas manchadas por delante. El sujetador flojo. El consolador negro hundido en mi trasero. La cara encendida, los labios entreabiertos, las manos intentando cubrirme sin conseguirlo.
Durante unos segundos solo se oyó mi respiración y el zumbido lejano del aire acondicionado. Pensé que iba a gritar, a correr, a llamar a su hermano, a pedir el divorcio esa misma noche.
Hizo algo peor. Sonrió.
Fue una sonrisa lenta, oscura, que le nació en la comisura del labio y le llegó a los ojos. Una sonrisa que yo no había visto nunca en treinta años de matrimonio.
—Vaya, vaya —dijo muy despacio, cerrando la puerta a su espalda—. Así que esto es lo que haces los jueves.
Tragué saliva. No pude responder.
Elena caminó hacia mí con sus tacones resonando en la tarima. Se plantó a medio metro, me levantó la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla.
—Sigue —ordenó—. No pares por mí. Quiero ver cómo te follas con el juguete de la empleada.
***
Obedecí. No había otra opción y, la verdad, tampoco quería otra. Empecé a empujar las caderas hacia atrás otra vez, más lento al principio, consciente de su mirada. Ella se sentó en el borde de la cama de Marisol, cruzó las piernas y apoyó los antebrazos en las rodillas, como si estuviera a punto de ver una película.
—Más rápido —dijo—. Y no se te ocurra dejar de tocarte esa cosa pequeña que tienes.
Aceleré. El consolador entraba y salía con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Mis gemidos se volvieron más agudos, más descontrolados. Elena sacó el móvil del bolso y apuntó la cámara hacia mí.
—Mírame, cariño. Sonríe. Esto lo vamos a revisar juntos muchas veces.
Después hizo algo que no esperaba. Se subió la falda negra que llevaba hasta la cintura, se abrió de piernas y me enseñó que no llevaba ropa interior. Se metió dos dedos despacio, sin dejar de mirarme.
—Esto me está poniendo a mil, Ricardo. No tienes ni idea. Llevo años aburrida de ti, años pensando que eras un pobre diablo, y resulta que eres mucho más interesante de lo que creía.
Me clavé el consolador hasta el fondo. Solté un grito ronco.
—Sigue hablando —supliqué, y me odié por haberlo pedido—. Por favor.
—Ah, ¿te gusta? —rio—. ¿Te gusta que te diga lo patético que eres? Mi marido, el gran empresario, atado con las medias de la muchacha, usando sus bragas, con un consolador dentro del culo. Si los socios del club te vieran así.
Sus dedos entraban y salían cada vez más rápido. Al rato los sacó, brillantes, y los acercó a mi boca.
—Chupa. Chupa bien.
Lamí con los ojos cerrados. Sabía a ella y me pareció que no la había probado nunca así.
Entonces Elena cogió el móvil y marcó un número. Tardaron dos tonos en contestar.
—Andrés, amor, ven ahora. No, no es ninguna emergencia. Bueno, sí, una muy buena. Tienes que ver esto con tus propios ojos. ¿Recuerdas lo que te conté del jueves? Pues mejor. Mucho mejor. Te espero en casa. La puerta estará abierta.
Colgó y me miró con los ojos brillantes.
—Tengo un amigo, Ricardo. Llevo dos años viéndolo. Tiene sesenta y dos, pero una resistencia que te dejaría impresionado. Vive a quince minutos. Vamos a esperarlo juntos, ¿te parece?
No dije nada. No podía. La idea de que otro hombre me viera así me tenía temblando, y mi miembro, contra toda lógica, ya no podía más.
—Todo este tiempo —murmuró ella, acariciándome la mejilla—. Todo este tiempo, cada uno con su secreto. Y mira dónde hemos venido a encontrarnos.
***
Andrés llegó en doce minutos. Era alto, con el pelo completamente blanco y una barriga firme de hombre que aún levanta pesas los domingos. Entró al cuarto como si esa casa fuera suya, y quizás lo era más que mía. Elena se levantó, lo besó en la boca frente a mí y después señaló mi cuerpo con un gesto casual.
—Mira lo que me encontré al volver por el móvil.
Andrés me estudió en silencio unos segundos. No se rio. Fue peor que si se hubiera reído. Se quitó la chaqueta, la dejó doblada sobre una silla y se aflojó el cinturón.
—¿Así que eres tú el que no le da a Elena lo que necesita?
—Sí, señor —dije sin pensar.
Las palabras me salieron solas. Elena se mordió el labio. Andrés asintió, satisfecho.
—Así me gusta. Con respeto.
Se acercó y me pasó la mano abierta por la espalda, por la cadera, por el muslo. No con brusquedad. Con una calma que me daba más miedo que cualquier golpe. Elena volvió a sentarse, esta vez desnuda del todo salvo por los tacones, y se abrió de piernas sobre el edredón de Marisol.
—Ven aquí primero —le pidió a Andrés—. Házmelo mientras él mira.
Andrés se desvistió sin prisa y se metió entre sus piernas. Elena recibió la primera embestida con un gemido que yo no le había arrancado nunca en treinta años. Me quedé quieto, con el consolador clavado, mirándolos.
—No te detengas, Ricardo —ordenó Elena entre jadeos—. Sigue moviéndote. Sigue tocándote. Quiero que termines cuando yo termine.
Empecé a moverme otra vez. Me follé en paralelo a su ritmo, mirando cómo Andrés la agarraba de las caderas, cómo ella le clavaba las uñas en la espalda, cómo los dos se decían cosas al oído que yo no alcanzaba a escuchar. Lloré un poco. No de pena, no exactamente. De algo que no sabía nombrar y que me recorría por dentro como una corriente.
Elena se corrió primero, con un grito contenido contra el hombro de Andrés. Él terminó un minuto después, hundido en ella. Se quedaron abrazados un momento, respirando. Después Andrés se levantó, me miró, se me acercó y me pasó una mano por la nuca.
—Ahora tú, Ricardo. Termina.
Bastó con dos movimientos más. Me corrí dentro de las bragas de Marisol, encima de mi propia mano, con un gemido largo y roto. Caí de rodillas sobre la alfombra, las medias todavía atándome los tobillos, el consolador saliéndose de mí con un ruido obsceno.
Elena se sentó en el borde de la cama y me acarició el pelo, como quien consuela a un niño que acaba de confesar algo grave.
—Bienvenido a los jueves de verdad —dijo en voz baja—. Mañana, cuando Marisol vuelva, tendremos que hablar con ella los tres. Va a ser una conversación interesante, ¿no te parece?
Andrés soltó una risa ronca mientras se abrochaba de nuevo el cinturón.
—Larga noche todavía. Y largos años por delante.
Asentí sin decir nada. El consolador estaba en el suelo, las bragas empapadas, mi matrimonio convertido en otra cosa que aún no sabía nombrar. Solo sabía una cosa: el jueves siguiente, y todos los que vinieran, ya no iba a estar solo.