El vecino nuevo y lo que Marina descubrió esa noche
Las quejas por el ruido terminaron en una cena. Y la cena, en algo que Daniel jamás imaginó que llegaría a ver con sus propios ojos, dentro de su propia casa.
Las quejas por el ruido terminaron en una cena. Y la cena, en algo que Daniel jamás imaginó que llegaría a ver con sus propios ojos, dentro de su propia casa.
Llevo años fingiendo en la cama. Esa noche, mientras él pedía otra copa, crucé una mirada con el hombre de la barra y supe que no volvería sola del baño.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
El cuerpo todavía me ardía del fin de semana con él. No imaginaba que esa misma noche oiría, tras una puerta, la conversación que iba a romperme entera.
Durante años fingí no entender por qué se demoraba al pasar frente a aquel local. La tarde que la seguí adentro comprendí que mi madre ya había dejado de ser solo de mi padre.
Ninguna lo dijo en voz alta, pero ambas lo sabían: cada gesto bajo el sol era un desafío, una invitación que nadie en la playa logró ignorar esa tarde.
Cuando volvimos a la habitación ya no podíamos esperar. Entonces sonó la puerta: el regalo que le tenía preparado acababa de llegar, y tú no sabías nada.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
Dijeron que la noche estaba empezando y que su piso quedaba a dos calles. Ninguno de los dos dijimos que no, y eso lo cambió todo entre nosotros.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
La falda venía rota, los labios hinchados y olía a un hombre que no era yo. Lo peor no fue verla así: fue lo que me ordenó hacer después.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Al principio solo era una travesura bajo el agua caliente. Después necesitaba más, y un día, con dos desconocidos en la puerta, di la vuelta de tuerca que lo cambió todo.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.