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Relatos Ardientes

La apuesta más alta de la noche era mi esposa

Dos semanas antes del cumpleaños de Valentina, Marcos la abrazó por la espalda en la oscuridad del cuarto y le preguntó qué quería de verdad. No un restaurante. No joyas. Algo diferente.

Valentina tardó un momento.

—Quiero una noche que recuerde cuando sea vieja —dijo—. Algo nuestro. Con la gente de siempre. Pero sin límites.

Marcos la apretó más fuerte, y ella sintió la polla dura de él contra el culo a través de la tela del pijama.

—¿Y si lo convertimos en un casino privado? Apuestas, juegos… y tú como el premio mayor. El coño de mi mujer subastado al mejor postor.

Valentina se giró para mirarlo. La única luz era la del teléfono en la mesita, y él vio exactamente la expresión que quería ver: esa mezcla de curiosidad y deseo que conocía mejor que cualquier otra cosa en el mundo.

—¿Quiénes? —preguntó, y le metió la mano dentro del pantalón para agarrarle la verga entera de un tirón.

Marcos empezó a enumerar mientras ella lo masturbaba despacio en la oscuridad. Sebastián, su director en la empresa, que llevaba años mirando a Valentina con esa sonrisa de quien sabe perfectamente lo que hace. Sofía y Diego, el matrimonio de siempre: ella activa y entusiasta, él con esa extraña felicidad de quien disfruta más mirando que participando. Ernesto, un amigo antiguo que había tenido algo breve con Valentina antes de que se casaran y nunca lo había olvidado del todo. Y Nicolás, amigo de Marcos desde la carrera, joven, discreto, y al que Valentina había mirado más de una vez de esa manera.

—Tres solteros, una pareja, nosotros dos —resumió Marcos, con la respiración pesada—. Dos mujeres para jugar. Unas reglas claras. Y tu coño como el cierre de la noche.

Valentina se mordió el labio inferior, le apretó los huevos con la mano libre y se pasó la lengua por los dientes.

—Organízalo —dijo—. Y esta noche vas a follarme pensando en cómo van a hacerlo ellos.

***

Sebastián ofreció su finca sin dudarlo. El lugar era perfecto: una casa de campo con piscina, jardín cerrado y una sala amplia que él mismo preparó con mesa de blackjack, ruleta casera y barra completa. Había habitaciones de sobra si la noche se extendía, cosa que todos esperaban que pasara.

Llegaron el sábado poco antes de las ocho. Los hombres venían con traje; Valentina llevaba un vestido rojo con abertura lateral alta y los hombros descubiertos, y debajo nada: ni sujetador ni bragas, como Marcos le había pedido en el coche. Sofía eligió uno negro ajustado con la espalda al aire. Cuando Valentina entró en la sala y vio las mesas iluminadas, sonrió de una forma que Marcos conocía bien: no era sorpresa, era reconocimiento.

—Bienvenidos al casino privado de Valentina —dijo Sebastián desde la barra, copa en mano, con ese tono de quien conduce reuniones importantes—. Reglas simples: jugamos en rondas. Quien gane elige a una de las croupières para un favor. Los favores van de menor a mayor: un beso, una caricia, quitarse una prenda, baile sensual, oral. Al final, subasta. El que acumule más fichas decide cómo pasar la última hora con Valentina.

Diego se instaló en un sillón lateral con su copa. Sofía se colocó junto a la mesa de ruleta. Valentina tomó una ficha, la hizo girar entre los dedos, y dijo:

—¿Empezamos?

***

La primera ronda fue de blackjack. Nicolás ganó sin esfuerzo, miró a Valentina y pidió que se sentara en sus piernas mientras lo besaba. Valentina se acercó sin prisa, se instaló sobre él a horcajadas y lo besó despacio, con lengua, una mano en su nuca. Nicolás le acarició los muslos por debajo del vestido, subiendo hasta descubrir que no llevaba nada debajo, y se le escapó un gemido dentro de la boca de ella cuando sus dedos rozaron los labios mojados del coño. Valentina se restregó contra el bulto duro que le crecía en el pantalón, notando cada centímetro de la polla de Nicolás endurecida bajo la tela, y sonrió contra sus labios cuando él le clavó dos dedos y los sacó brillantes. La mesa entera observaba en silencio. Marcos, de pie detrás de la barra, se lamió los labios.

La segunda ronda fue ruleta. Ernesto eligió el número y ganó. Quería ver a Sofía quitarse el vestido delante de todos. Sofía lo hizo de espaldas primero, con movimientos lentos que hacían el proceso más largo de lo necesario, hasta quedarse en ropa interior negra. Se giró, se llevó las manos a las tetas y las apretó por encima del encaje del sujetador, sacando los pezones ya duros por encima de la tela. Diego la miraba desde su sillón con los ojos muy abiertos y una sonrisa que no se iba, y con una mano que se pasaba disimuladamente por la entrepierna.

La tercera ronda fue póker. La ganó Sebastián.

—Valentina —dijo, con la misma voz que usaba para presidir reuniones—. Quiero un baile. Y que termines de rodillas frente a mí, con mi polla en tu boca hasta el fondo.

Valentina se levantó de su sitio, rodeó la mesa rozando a cada uno por el hombro, y cuando llegó a Sebastián empezó a moverse con lentitud calculada. Se dio la vuelta, se agachó frente a él subiendo el borde del vestido hasta enseñar el culo entero, y le restregó las nalgas contra la polla dura que él tenía atrapada dentro del pantalón. Sebastián le puso las manos en las caderas y la sostuvo así unos segundos, apretándole la carne con los dedos, respirando por la nariz. Cuando ella se arrodilló frente a él, le abrió el cinturón sin apuro, bajó la cremallera y sacó la polla gruesa y venosa de Sebastián de un tirón. Se la metió entera en la boca hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta, tragó, y la sacó despacio dejando un hilo de saliva colgando del labio. Se la volvió a meter. La chupó de arriba a abajo, sacándose la polla para lamerle los huevos con la lengua plana, ronroneándole, y volviéndola a engullir. La mano de Sebastián reposaba en su cabeza con una suavidad que contrastaba con todo lo demás, guiándola apenas, disfrutando cada centímetro que su boca le recorría. Le duró más de un minuto largo, sin apartar la vista de los ojos de él. Marcos observaba desde el otro lado de la mesa, con la mano metida en el bolsillo del pantalón. Cuando Sebastián notó que se iba a correr, apartó a Valentina del pelo con delicadeza y se guardó la polla brillante y palpitante dentro del pantalón otra vez. Nadie en la sala respiraba fuerte.

En la cuarta ronda, Ernesto ganó de nuevo y pidió algo distinto: que Valentina se sentara en el regazo de Diego mientras lo besaba. Diego tensó el cuerpo un segundo antes de que ella se instalara sobre él. Sofía miraba desde su silla con una copa en la mano y una sonrisa lenta. Valentina le dio a Diego un beso largo y despacio, mordiéndole el labio inferior, metiéndole la lengua hasta la garganta, mientras le agarraba la mano y se la colocaba directamente sobre una teta por dentro del escote del vestido. Diego, con las manos ya en la cintura de ella y otra en el pecho, empezó a temblar imperceptiblemente. Cuando Valentina se levantó, con los pezones marcados por la tela del vestido, Diego se terminó el vino de un trago y se removió en el sillón para acomodarse el bulto.

Las rondas siguieron. Las fichas cambiaban de mano. La ropa escaseaba. Valentina ya llevaba solo la parte de arriba del vestido, con las tetas al aire, y unas medias oscuras que le llegaban a mitad del muslo. Sofía estaba en tanga, sin sujetador, con Diego pasándole la lengua por un pezón cada vez que se acercaba al sillón. Los hombres tenían las camisas abiertas o directamente en el respaldo de sus sillas, algunos con la bragueta abierta y la polla dura al aire. Nicolás se había dejado hacer una paja lenta por Valentina durante la última ronda mientras él pretendía repartir cartas. La sala olía a perfume, a alcohol, a semen y a coño mojado.

***

A medianoche, Sebastián anunció la subasta.

Contaron las fichas sobre la mesa. Empate entre Nicolás, Ernesto y Sebastián, separados por una ficha cada uno. Marcos se apoyó en el borde de la mesa.

—Como organizador —dijo—, propongo que los tres se follen a Valentina en la habitación. Juntos. Los tres agujeros. Yo entro al final.

Valentina lo miró desde el otro lado de la sala. Su expresión no era de duda.

—Es exactamente lo que quería —dijo. Y se levantó, dejando caer al suelo lo que le quedaba del vestido.

Subieron a la habitación principal. Valentina se quitó las medias despacio delante de ellos y se sentó desnuda en el centro de la cama, con la espalda recta, el coño ya reluciente entre los muslos entreabiertos, y los tres hombres de pie frente a ella sacándose la ropa. Nadie tenía prisa. Cuando estuvieron los tres desnudos, con las tres pollas duras apuntándole, Valentina soltó una risa baja y les hizo un gesto con el dedo para que se acercaran.

Nicolás empezó: se sentó a su lado y la besó despacio mientras le agarraba una teta y le pellizcaba el pezón hasta que ella jadeó dentro de la boca de él. Ernesto se arrodilló entre sus piernas y le abrió los muslos con las dos manos. Bajó la boca sobre el coño de Valentina y la enterró ahí, chupándole el clítoris con los labios, metiéndole la lengua entera adentro, sacándola brillante y volviendo a chupar. Valentina cerró los ojos y arqueó la espalda, agarrándose al pelo de Ernesto. Sebastián se quedó de pie un momento más, con la polla en la mano, mirando cómo el otro se le comía el coño a su mujer, antes de acercarse por el otro lado. Le puso la polla en los labios y Valentina abrió la boca sin dejar de gemir, tragándosela hasta el fondo, dejando que él la follara la garganta al mismo ritmo que Ernesto le chupaba el coño.

La primera corrida de Valentina llegó ahí, con la polla de Sebastián en la boca y la lengua de Ernesto machacándole el clítoris. Se corrió con un grito ahogado, empujando la cara de Ernesto contra su coño hasta que las piernas le temblaron y se le doblaron solas.

No la dejaron descansar. Ernesto se levantó con la boca brillante y la puso a cuatro patas en el centro de la cama. Le agarró el culo con las dos manos, le abrió las nalgas y se metió la polla dura hasta el fondo del coño de un solo empujón. Valentina gritó contra las sábanas. Nicolás se acomodó frente a ella y le pasó su polla por los labios; ella se la metió en la boca sin dejar de gemir cada vez que Ernesto empujaba desde atrás. Sebastián se subió a la cama por el lateral y se puso a horcajadas sobre el muslo de ella, para que Valentina pudiera masturbarle la polla con la mano libre.

Ernesto la sujetó por la cintura y la penetró desde atrás con embestidas duras, marcando el ritmo, mientras Nicolás le follaba la boca por delante y Sebastián le agarraba un pecho apretándolo hasta que el pezón se le puso morado. Valentina puso una mano en la nuca de Nicolás y otra en la polla de Sebastián, cerrando los ojos y concentrándose solo en las tres pollas y las tres bocas y las tres manos sobre ella.

Lo que siguió duró más de una hora. Hubo posiciones que Valentina pedía en voz baja, con la voz ronca y jadeante: «quédate quieto, quiero moverme yo», «que me la meta él ahora», «sujétame las muñecas», «suéltame las muñecas», «los dos a la vez, quiero los dos a la vez». Se puso a horcajadas sobre Sebastián con la polla de él enterrada en el coño hasta el fondo y arqueó la espalda para que Ernesto se acomodara detrás y le fuera abriendo el culo despacio con dos dedos primero, luego con tres, y por fin con la polla entera empujando hasta que ella soltó un gemido largo, agudo y feliz. Con las dos pollas dentro se quedó quieta unos segundos, respirando por la boca, y luego empezó a moverse ella sola arriba y abajo mientras Nicolás se le acercaba de rodillas por delante y le metía la polla en la boca otra vez. Los tres agujeros llenos, exactamente como Marcos había prometido. Se corrió la segunda vez con las tres pollas dentro, temblando entera, gritando alrededor de la que tenía en la boca, apretándoles a los otros dos con las paredes de coño y culo hasta que Nicolás no aguantó más y le vació la boca hasta la garganta. Ella tragó todo sin sacársela.

La tercera vez fue cuando Marcos entró a la habitación, se acercó a la cama y ella lo buscó entre los demás con una urgencia diferente a todo lo anterior. Ernesto se había corrido dentro del culo de Valentina y se había apartado. Sebastián se estaba corriendo entre las tetas de ella justo cuando Marcos llegó al borde de la cama, todavía vestido. Valentina se limpió el semen de Sebastián de la barbilla con el dorso de la mano, alargó los brazos hacia su marido y le pidió que se la follara ella sola, sin nadie más, mientras los otros los miraban desde el borde. Marcos se desnudó despacio, se subió encima y se la folló mirándola a los ojos, largo, hondo, con las manos entrelazadas con las de ella por encima de la cabeza. Valentina se corrió por tercera vez con la polla de su marido dentro, con el coño lleno del semen de otro, y con Marcos vaciándose dentro de ella también hasta la última gota.

Abajo, Sofía y Diego habían cerrado la puerta del salón. A través del techo llegaban voces apagadas, gemidos, el crujido rítmico de la cama en el piso de arriba. Sofía se movía sobre Diego en el sofá, con la polla de él clavada en el coño hasta el fondo, y él le susurraba su nombre en voz muy baja mientras le apretaba el culo con las dos manos y le mordía un pezón cada vez que ella bajaba.

***

El domingo amaneció despacio. Valentina y Sofía bajaron tarde, con batas y el pelo suelto, y encontraron a los hombres en la terraza con café, fruta y los restos del desayuno. El ambiente era el de siempre después de una noche así: calma específica, conversación baja, cuerpos que se tocaban sin que nadie lo comentara. Diego le llenó el café a Sofía y le pasó el brazo por los hombros. Nicolás le ofreció un trozo de melón a Valentina directamente a la boca, y ella lo chupó del tenedor mirándolo fijo hasta que él sonrió.

Después del desayuno, Sebastián abrió la piscina. El agua estaba tibia. Los juegos tardaron exactamente diez minutos en volverse otra cosa: manos bajo el agua, bocas que encontraban hombros y cuellos, risas que se cortaban a mitad de frase. Valentina se dejó llevar por cada uno sin orden concreto, dejando que le abrieran la parte de arriba del bikini bajo el agua y se lo colgaran del cuello mientras la manoseaban. Sebastián la sostuvo por la cintura desde atrás mientras el agua les llegaba al pecho y le besó el cuello con esa calma suya de siempre; ella sintió la polla de él endureciéndose otra vez contra el culo y se restregó despacio, sin prisa, mientras Sebastián le pasaba una mano por debajo del bikini y le metía dos dedos en el coño bajo el agua. Ernesto la apoyó contra la pared de la piscina y la besó largo, con la lengua entera, mientras le sacaba las tetas del bikini y le mordía los pezones mojados. Nicolás la cargó por los muslos y ella le envolvió los hombros con los brazos, apartándose el hilo del bikini a un lado para que él le metiera la polla dura dentro ahí mismo, contra la pared, mientras el agua chapoteaba entre los dos y ella gemía bajito contra su cuello.

Diego miraba desde el borde, con los pies dentro del agua, con esa expresión suya de hombre que no necesita más, y con Sofía arrodillada a su lado en el bordillo chupándole la polla despacio como si tuvieran todo el domingo por delante.

Cuando salieron del agua, Sebastián encendió la ducha exterior. Valentina y Sofía se metieron juntas bajo el chorro, se enjabonaron entre risas lentas, se pasaron las manos por las tetas la una a la otra hasta quedárselas resbaladizas, y se besaron con lengua mientras los hombres las observaban desde fuera sin moverse, algunos ya empalmados de nuevo. Sofía le metió dos dedos entre las nalgas a Valentina bajo el jabón y ella se rió contra su boca.

—Gracias por tu casa —le dijo Valentina a Sebastián cuando se estaba secando el pelo con una toalla, todavía desnuda.

Él la miró con esa calma que tenía siempre, incluso en esto.

—Las puertas están abiertas cuando quieran volver. Las dos.

***

Se fueron después de comer. Marcos conducía. Valentina apoyó la cabeza en la ventanilla y miró pasar los árboles de la carretera sin decir nada durante un rato. El cuerpo le dolía de una forma agradable y concreta: el coño hinchado, el culo dolorido, los pezones sensibles bajo la tela del vestido. Tenía marcas en los muslos y el cuello y las tetas que durarían dos o tres días.

—¿Fue lo que querías? —preguntó Marcos.

Valentina tardó un segundo.

—Fue más —dijo—. Y esta noche te la voy a chupar contándotelo todo, con cada detalle.

Marcos le puso una mano en la rodilla. Ella la cubrió con la suya y se la subió despacio hasta el muslo, y no la soltó en todo el trayecto.

El lunes en la empresa, Sebastián pasó a su lado en el pasillo y le entregó una caja pequeña envuelta en papel negro. Dentro: un vibrador con control remoto y una nota con su letra apretada: «Para las reuniones largas.»

Valentina lo leyó en el baño, se levantó la falda, se bajó las bragas y se lo metió ahí mismo, tardando un momento en dejar de sonreír.

El martes, durante una junta de presupuestos de cuarenta minutos, lo usó por primera vez. Sebastián estaba sentado al otro lado de la mesa, con el teléfono boca abajo sobre sus papeles. Cada diez minutos, el aparato vibraba contra su clítoris durante un segundo, luego durante tres, luego durante diez. Valentina apretaba los dedos alrededor del bolígrafo, cruzaba las piernas apretando los muslos, anotaba cifras en el cuaderno con la letra cada vez más temblorosa y seguía mirando la pantalla del proyector con expresión concentrada. Cuando se corrió, con la ráfaga larga que Sebastián le mandó en el minuto treinta y cinco, se mordió el interior de la mejilla hasta sacarse sangre y no despegó los ojos del gráfico de barras.

Nadie en la sala notó nada.

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Comentarios(8)

DiegoRos

tremendo relato!!! de los mejores que lei en esta categoria

Klaus_BsAs

La idea del casino como escenario es genial, le da una tension que no te suelta. Muy bien logrado

Fede1993

Necesito la segunda parte ya, quede con demasiadas ganas de saber como termino todo

CarmenSol45

El titulo te atrapa desde el principio y el desarrollo no defrauda. Sigue publicando asi!

Nico_MZA

jajaja el final me mato, no me lo esperaba para nada

Nocturna44

Me gusto mucho el ambiente que lograste crear, se siente la tension en cada parrafo. Espero leer mas historias tuyas pronto

Tony46

Me recordo a una apuesta que hice una vez, aunque mucho menos extrema jaja. Muy bueno

casadosumiso

Excelente, la narrativa fluye muy bien y no se hace larga. 10 puntos

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