La desconocida del chat que hizo realidad mi fantasía
Era un jueves sin compromisos y sin nadie en casa.
Mis padres habían salido temprano, antes de que yo me despertara. Me encontré solo con el café aún caliente en la cafetera y toda la tarde por delante. Afuera hacía calor. Esa clase de calor pegajoso de media estación que te obliga a quedarte quieto y que, en mi caso, no hacía más que alimentar un deseo que llevaba días instalado sin intención de marcharse.
Lo intenté de varias formas. Puse música. Me tumbé en la cama. Intenté dormir una siesta que no llegó. Busqué vídeos en el teléfono y los cerré a los dos minutos. Me levanté, bebí agua, volví a sentarme. El problema no era aburrimiento. El problema era que necesitaba a alguien del otro lado. Algo real. Una presencia.
Recordé que un compañero de la facultad me había mencionado una plataforma. De esas que no se nombran en voz alta pero que todo el mundo conoce: un chat de adultos con cámara opcional, sin registro obligatorio, sin rastros que limpiar. Me dije que era una tontería mientras buscaba el enlace, me creé una cuenta falsa en tres minutos y entré.
La lista de usuarios activos era larga. Nombres sin sentido, la mayoría. Números al final, emojis de fuego repetidos hasta el agotamiento. Fui bajando la lista sin que nada me detuviera, hasta que llegué a uno que me hizo parar: Valeria_sola.
No sabría explicar por qué ese y no otro. Tal vez el nombre. Tal vez el «sola», que decía algo sin decirlo todo.
Le escribí.
—Hola.
—Hola —respondió en menos de un minuto.
—Matías. Diecinueve.
—Valeria. Treinta y cinco. ¿Buscas algo concreto o solo estás mirando?
Era directa. Sin rodeos, sin esa actuación de fingir que estaba ahí por accidente. Me gustó.
—Lo mismo que tú, imagino —escribí.
Una pausa breve.
—Imaginas bien.
Empezamos a hablar. Más de lo que esperaba. Me preguntó qué estudiaba, de dónde era, si vivía solo. Yo le pregunté qué hacía sola un jueves por la tarde. Dijo que trabajaba desde casa y que los jueves eran sus peores días: demasiado tiempo libre, demasiado silencio en el piso.
La entendí perfectamente.
Pasados veinte minutos, el tono había cambiado sin que ninguno de los dos lo hubiera declarado. Las preguntas se volvieron más cortas, las respuestas más cargadas. Cuando le dije que acababa de comprarme ropa interior nueva esa semana, el silencio que siguió duró exactamente el tiempo necesario para entender qué venía después.
—¿Es eso una insinuación? —preguntó.
—Depende de si quieres verla.
—¿Solo por cámara?
—Solo por cámara. Lo que pasa en la pantalla no sale de ahí.
—De acuerdo —dijo, y el tiempo entre su respuesta y la propuesta de videollamada fue de unos quince segundos.
***
Me conecté primero. Dejé mi cámara apagada y esperé. El icono verde apareció en su perfil. Su cámara también estaba apagada.
Pero su voz sí estaba.
—¿Me escuchas? —preguntó.
Era una voz grave, con algo de ronco, de esas que no anticipas hasta que las escuchas y luego no puedes olvidarlas. Segura. Sin afectación.
—Perfectamente —dije.
—Bien.
Seguimos hablando. Ella guiaba la conversación con una habilidad que no fingía experiencia: la tenía. Sabía cuándo hacer una pregunta y cuándo quedarse callada. Sabía también cuándo aprovechar el silencio para que la tensión se acumulara sola, sin forzarla.
Cuando mencioné de nuevo la ropa interior, no fingió sorpresa.
—Muéstramela —dijo.
—¿Segura?
—Te lo pedí yo.
Me puse de pie frente al escritorio donde tenía el portátil. Boxer gris, ajustado. Y llevaba un rato pensando en la voz de Valeria, así que lo que se marcaba a través de la tela era evidente. No había forma de disimularlo. Tampoco intención.
Encendí la cámara.
Ella tardó en hablar.
—Vaya —dijo finalmente.
—¿Bien o mal?
—¿Tú qué crees?
Escuché algo parecido a una risa contenida antes de que continuara.
—¿Qué es eso que se marca?
—Culpa tuya —dije.
—No te pongas creído.
Pero en su voz no había reproche.
***
El juego que siguió fue de distancias calculadas. Ella pedía, yo mostraba. Yo pedía, ella dudaba. Cuando le pedí por primera vez que encendiera su cámara, dijo que no estaba segura.
—Me da vergüenza —dijo.
—¿Después de todo lo que acabas de decir?
—Una cosa es hablar.
Decidí no insistir. Me recosté en la silla, ajusté el boxer y crucé los brazos. Si ella no mostraba nada, yo tampoco.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó de inmediato.
—Esperando.
Hubo una pausa larga. Más larga que las anteriores.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero sin que se vea mi cara.
—Nunca te pediría nada que no quisieras dar.
La cámara de Valeria se encendió.
***
Estaba recostada sobre una cama con la ropa de cama arrugada bajo ella. La luz llegaba desde una ventana lateral, cálida, de tarde. Llevaba una camiseta de tirantes oscura, ajustada, y nada más que yo pudiera ver desde ese ángulo.
Treinta y cinco años que se notaban de la mejor manera posible.
—¿Y bien? —preguntó.
—Bien —dije, con la voz más calmada de lo que me sentía.
Sonrió sin que yo le viera la cara. Lo noté en el movimiento de sus hombros.
—Quiero que te quites el boxer —dijo.
—¿Ya?
—¿Tienes algún problema?
Me lo bajé. Quedé frente a la cámara completamente expuesto. Ya estaba completamente duro, con la punta brillante por la tensión acumulada de toda la tarde.
—Dios —murmuró ella.
—¿Bien o mal?
—Muy bien —dijo, y su voz había bajado un tono—. Ahora tócala. Despacio. Quiero verlo.
La tomé con la mano derecha. Empecé con movimientos lentos, de arriba abajo, sin apuro. Ella me miraba desde la pantalla sin decir nada.
—Imagina que soy yo —dijo—. Que son mis dedos los que te recorren.
—Lo estoy haciendo.
—¿Sí?
—Sí.
—Entonces hazlo más despacio todavía.
Obedecí. Ella metió la mano por debajo del encuadre. No alcanzaba a ver qué hacía, pero la tensión en su hombro y el movimiento sutil en su antebrazo no dejaban dudas sobre lo que estaba pasando al otro lado de la pantalla.
—Quiero verte —dije.
—Todavía no.
—Valeria.
—He dicho que no.
Sonrió al decirlo. En esa sonrisa estaba todo: el control que ejercía de forma deliberada, el placer de mantener la tensión, la certeza de que ninguno de los dos iba a interrumpir esto ahora.
—Tócate los pechos —le pedí—. Quiero ver.
Subió las manos despacio. Los acarició desde abajo hacia arriba. Pasó los pulgares por los pezones, que ya se marcaban a través de la tela oscura con una evidencia que me secó la boca.
—Quítatela —dije.
Esta vez no dudó.
***
La camiseta cayó al suelo sin drama.
Me quedé mirando la pantalla en silencio durante un momento completo. Un cuerpo sin disculpas, generoso, con los pechos grandes y firmes y los pezones oscuros completamente erectos. Pedían algo más que una mirada.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Solo mirando.
—Llevas mucho tiempo mirando —dijo.
—Es que merece la pena.
Acarició los pechos con las dos manos, lentamente. Los tomó desde abajo, los levantó, pasó los dedos sobre los pezones con una presión que fue aumentando poco a poco. Se le erizó la piel de los brazos.
—Baja la mano —le pedí.
Lo hizo. Por el vientre, despacio, trazando una línea recta hacia abajo. Llevaba una falda corta, negra, que llegaba a la mitad del muslo. Cuando sus dedos llegaron al borde de la tela, se detuvieron.
—¿Sigo? —preguntó, pero ya sabía la respuesta.
—Sube la falda —dije—. Solo súbela.
La subió hasta la cadera. Vi los muslos: anchos, blancos, con esa suavidad que solo tienen ciertos cuerpos y que hace que las manos tiemblen antes de llegar. Llevaba ropa interior negra, pequeña, completamente empapada. La tela se pegaba con una claridad que me cortó la respiración.
—¿Quieres que me la quite? —preguntó.
—Haz lo que quieras —dije, aunque los dos sabíamos que eso no era una respuesta neutral.
Sin previo aviso, hizo a un lado la tela.
Me lo mostró todo.
Depilada con cuidado. Los labios rosados, húmedos, brillantes bajo la luz de la tarde. No tenía palabras. No necesitaba ninguna.
—Tócate —pedí finalmente.
Empezó despacio. Círculos suaves en el exterior, sin prisa. Luego metió un dedo, lo sacó lentamente, lo volvió a meter. Después dos. El sonido llegó por el micrófono con una claridad que me recorrió de arriba abajo.
—Imagina que estás aquí —dijo entre respiraciones—. Que eres tú.
—Estoy imaginándolo.
—Más rápido, Matías.
***
Los dos aumentamos el ritmo al mismo tiempo.
Su mano se movía sin pausa, los dedos desaparecían y volvían con un movimiento que ya no tenía nada de suave. Se había recostado más hacia atrás sobre la almohada. Los ojos cerrados, la boca entreabierta, la respiración llegando en fragmentos cortos que se interrumpían antes de completarse.
—No pares —dijo—. Así. Exactamente así.
Yo tampoco pensaba parar.
La vi tensarse. El cuerpo se le arqueó hacia atrás y los dedos se hundieron más adentro. La respiración se cortó un segundo completo antes de soltarse en un sonido largo, profundo, que llenó toda la llamada y rebotó contra las paredes de mi cuarto vacío.
Yo llegué casi al mismo tiempo.
Fue una descarga que empezó en la base y subió sin aviso, sin margen para prepararse. Me dobló hacia adelante con la mano todavía en movimiento, y la intensidad fue tal que perdí el rastro de todo lo demás durante unos segundos. Solo el calor. Solo el sonido de su respiración llegando por los altavoces.
Cuando volví, los dos respirábamos despacio. La pantalla mostraba a Valeria recostada, con el cuerpo relajado, los dedos todavía apoyados en el interior de su muslo.
Silencio.
***
—Eso estuvo —dijo finalmente.
—Sí —respondí.
No era necesario añadir nada más.
Nos quedamos en la pantalla un momento más, sin hablar, hasta que ella se incorporó para buscar la camiseta tirada en la cama. Se la puso despacio, sin mirar a la cámara.
—¿Me escribes luego? —pregunté.
—Tal vez el jueves que viene —dijo—. Ya te dije que los jueves son mis peores días.
Apagó la cámara.
Me quedé solo en el cuarto, con la tarde todavía larga fuera de la ventana y el cuerpo completamente en calma. Sin la tensión de antes. Sin la inquietud que me había tenido dando vueltas toda la mañana.
Solo el silencio, que ahora sonaba diferente.
Guardé el usuario. Por si acaso.