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Relatos Ardientes

La desconocida del chat que hizo realidad mi fantasía

4.3(3)

Era un jueves sin compromisos y sin nadie en casa.

Mis padres habían salido temprano, antes de que yo me despertara. Me encontré solo con el café aún caliente en la cafetera y toda la tarde por delante. Afuera hacía calor. Esa clase de calor pegajoso de media estación que te obliga a quedarte quieto y que, en mi caso, no hacía más que alimentar un deseo que llevaba días instalado sin intención de marcharse.

Lo intenté de varias formas. Puse música. Me tumbé en la cama. Intenté dormir una siesta que no llegó. Busqué vídeos en el teléfono y los cerré a los dos minutos, porque ninguna de esas tías anónimas me servía. Me levanté, bebí agua, volví a sentarme. La polla se me endurecía sola cada dos por tres y me la tenía que acomodar dentro del boxer para poder pensar. El problema no era aburrimiento. El problema era que necesitaba a alguien del otro lado. Algo real. Una presencia.

Recordé que un compañero de la facultad me había mencionado una plataforma. De esas que no se nombran en voz alta pero que todo el mundo conoce: un chat de adultos con cámara opcional, sin registro obligatorio, sin rastros que limpiar. Me dije que era una tontería mientras buscaba el enlace, me creé una cuenta falsa en tres minutos y entré.

La lista de usuarios activos era larga. Nombres sin sentido, la mayoría. Números al final, emojis de fuego repetidos hasta el agotamiento. Fui bajando la lista sin que nada me detuviera, hasta que llegué a uno que me hizo parar: Valeria_sola.

No sabría explicar por qué ese y no otro. Tal vez el nombre. Tal vez el «sola», que decía algo sin decirlo todo.

Le escribí.

—Hola.

—Hola —respondió en menos de un minuto.

—Matías. Diecinueve.

—Valeria. Treinta y cinco. ¿Buscas algo concreto o solo estás mirando?

Era directa. Sin rodeos, sin esa actuación de fingir que estaba ahí por accidente. Me gustó.

—Lo mismo que tú, imagino —escribí.

Una pausa breve.

—Imaginas bien.

Empezamos a hablar. Más de lo que esperaba. Me preguntó qué estudiaba, de dónde era, si vivía solo. Yo le pregunté qué hacía sola un jueves por la tarde. Dijo que trabajaba desde casa y que los jueves eran sus peores días: demasiado tiempo libre, demasiado silencio en el piso.

La entendí perfectamente.

Pasados veinte minutos, el tono había cambiado sin que ninguno de los dos lo hubiera declarado. Las preguntas se volvieron más cortas, las respuestas más cargadas. Cuando le dije que acababa de comprarme ropa interior nueva esa semana, el silencio que siguió duró exactamente el tiempo necesario para entender qué venía después.

—¿Es eso una insinuación? —preguntó.

—Depende de si quieres verla.

—¿Solo por cámara?

—Solo por cámara. Lo que pasa en la pantalla no sale de ahí.

—De acuerdo —dijo, y el tiempo entre su respuesta y la propuesta de videollamada fue de unos quince segundos.

***

Me conecté primero. Dejé mi cámara apagada y esperé. El icono verde apareció en su perfil. Su cámara también estaba apagada.

Pero su voz sí estaba.

—¿Me escuchas? —preguntó.

Era una voz grave, con algo de ronco, de esas que no anticipas hasta que las escuchas y luego no puedes olvidarlas. Segura. Sin afectación. Una voz que se te metía directa entre las piernas.

—Perfectamente —dije.

—Bien.

Seguimos hablando. Ella guiaba la conversación con una habilidad que no fingía experiencia: la tenía. Sabía cuándo hacer una pregunta y cuándo quedarse callada. Sabía también cuándo aprovechar el silencio para que la tensión se acumulara sola, sin forzarla.

Cuando mencioné de nuevo la ropa interior, no fingió sorpresa.

—Muéstramela —dijo.

—¿Segura?

—Te lo pedí yo.

Me puse de pie frente al escritorio donde tenía el portátil. Boxer gris, ajustado. Y llevaba un rato pensando en la voz de Valeria, así que la polla ya me hacía un bulto obsceno contra la tela. Se marcaba entera, desde la base hasta la punta, y la punta empujaba hacia arriba con una mancha de humedad que oscurecía el gris. No había forma de disimularlo. Tampoco intención.

Encendí la cámara.

Ella tardó en hablar.

—Vaya —dijo finalmente.

—¿Bien o mal?

—¿Tú qué crees?

Escuché algo parecido a una risa contenida antes de que continuara.

—Esa polla se te va a romper el boxer.

—Culpa tuya —dije.

—No te pongas creído.

Pero en su voz no había reproche. Había el arrastre bajo, ronco, de alguien a quien se le está mojando el coño mientras habla.

***

El juego que siguió fue de distancias calculadas. Ella pedía, yo mostraba. Yo pedía, ella dudaba. Cuando le pedí por primera vez que encendiera su cámara, dijo que no estaba segura.

—Me da vergüenza —dijo.

—¿Después de todo lo que acabas de decir?

—Una cosa es hablar.

Decidí no insistir. Me recosté en la silla, ajusté el boxer y crucé los brazos. Si ella no mostraba nada, yo tampoco.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó de inmediato.

—Esperando.

Hubo una pausa larga. Más larga que las anteriores.

—De acuerdo —dijo al fin—. Pero sin que se vea mi cara.

—Nunca te pediría nada que no quisieras dar.

La cámara de Valeria se encendió.

***

Estaba recostada sobre una cama con la ropa de cama arrugada bajo ella. La luz llegaba desde una ventana lateral, cálida, de tarde. Llevaba una camiseta de tirantes oscura, ajustada, y nada más que yo pudiera ver desde ese ángulo.

Treinta y cinco años que se notaban de la mejor manera posible. Los pechos le llenaban la camiseta hasta el borde, redondos, pesados, y los pezones se marcaban como dos puntos duros a través de la tela oscura. Se le había subido la camiseta un dedo por encima del ombligo y ahí se le veía la piel blanca del vientre, esa curva suave que baja hacia la cadera y que me hizo tragar sin darme cuenta.

—¿Y bien? —preguntó.

—Bien —dije, con la voz más calmada de lo que me sentía.

Sonrió sin que yo le viera la cara. Lo noté en el movimiento de sus hombros.

—Quiero que te quites el boxer —dijo.

—¿Ya?

—¿Tienes algún problema?

Me lo bajé de un tirón. La polla saltó hacia afuera dura, apuntando al techo, la vena gruesa marcada a lo largo de todo el tronco y la punta hinchada, roja, con un hilo de líquido preseminal colgando desde el glande. Quedé frente a la cámara completamente expuesto, con las pelotas apretadas contra el cuerpo y la polla latiéndome sola cada pocos segundos.

—Dios —murmuró ella—. Es enorme.

—¿Bien o mal?

—Muy bien —dijo, y su voz había bajado un tono—. La tienes preciosa. Ahora agárrala. Despacio. Quiero verte cómo te la trabajas.

La tomé con la mano derecha, cerrando el puño entero alrededor del tronco. Empecé con movimientos lentos, bajando el prepucio hasta el final y volviendo a subirlo, cubriendo el glande y descubriéndolo otra vez. Con el pulgar extendí el preseminal sobre la punta para lubricarla y me la resbalé más fácil.

Ella me miraba desde la pantalla sin decir nada.

—Imagina que soy yo —dijo—. Que es mi mano la que te la aprieta. Que es mi boca la que se la va a comer entera.

—Joder.

—¿Te gustaría eso? ¿Que te la chupara?

—Sí.

—Dilo bien. Dime qué querrías que te hiciera.

—Que me la metieras hasta la garganta —dije, con la voz más ronca de lo que reconocí como mía—. Que me chuparas las pelotas. Que me dejaras acabar dentro de tu boca.

La escuché soltar el aire despacio, como si se le hubiera cortado un momento la respiración. En la pantalla vi cómo metía la mano por debajo del encuadre. No alcanzaba a ver qué hacía, pero la tensión en su hombro y el movimiento sutil en su antebrazo no dejaban dudas: se estaba tocando el coño y se lo estaba tocando bien.

—Más despacio con la mano —me dijo—. No te vayas a correr todavía.

Obedecí. Aflojé el ritmo. La polla se me quedó latiendo en la mano, palpitando entera, con la punta cada vez más brillante.

—Quiero verte —dije.

—Todavía no.

—Valeria.

—He dicho que no.

Sonrió al decirlo. En esa sonrisa estaba todo: el control que ejercía de forma deliberada, el placer de mantener la tensión, la certeza de que ninguno de los dos iba a interrumpir esto ahora.

—Tócate las tetas —le pedí—. Sácatelas de la camiseta. Quiero vértelas.

Subió las manos despacio. Se las acarició primero por encima de la tela, apretándolas desde abajo, aplastándolas contra el pecho. Pasó los pulgares por los pezones, que ya se marcaban con una evidencia que me secó la boca, y los pellizcó a través de la tela hasta que la escuché gemir bajito.

—Quítatela —dije—. Ya.

Esta vez no dudó.

***

La camiseta cayó al suelo sin drama.

Me quedé mirando la pantalla en silencio durante un momento completo. Unas tetas grandes, generosas, sin disculpas, que le caían un poco a los lados por el peso propio pero que se le levantaban firmes en cuanto respiraba hondo. Los pezones oscuros, gruesos, completamente erectos, apuntando hacia arriba como si pidieran una boca. Pedían algo más que una mirada.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada. Solo mirando.

—Llevas mucho tiempo mirando —dijo.

—Es que merecen la pena.

Se agarró las tetas con las dos manos, las levantó, las juntó al centro. Se pasó la lengua por un pezón, primero uno, después el otro, chupándoselos ella misma con la boca abierta. La saliva le brillaba sobre la piel y los pezones se le pusieron duros como piedras, todavía más gruesos de lo que ya estaban.

—Me los estás chupando tú —dijo—. En mi cabeza me los estás chupando tú.

—Los quiero en la boca —dije—. Los dos. A la vez.

—Sigue tocándote esa polla, Matías. No la sueltes.

No la solté. Me la seguía trabajando despacio, con el puño cerrado, apretando más en la subida y aflojando en la bajada, tal como me gustaba. La punta ya me chorreaba.

—Baja la mano —le pedí—. Baja al coño.

Lo hizo. Por el vientre, despacio, trazando una línea recta hacia abajo. Llevaba una falda corta, negra, que llegaba a la mitad del muslo. Cuando sus dedos llegaron al borde de la tela, se detuvieron.

—¿Sigo? —preguntó, pero ya sabía la respuesta.

—Sube la falda —dije—. Enséñamelo todo.

La subió hasta la cadera. Vi los muslos: anchos, blancos, con esa suavidad que solo tienen ciertos cuerpos y que hace que las manos tiemblen antes de llegar. Llevaba unas bragas negras, pequeñas, completamente empapadas. La tela se pegaba con una claridad que me cortó la respiración: se le marcaban los labios del coño a través del algodón mojado, y una mancha oscura le bajaba hasta el pliegue del muslo.

—Estás chorreando —dije.

—Llevo así desde que te vi la polla.

—Quítate las bragas.

—Haz lo que quieras —dije yo también, aunque los dos sabíamos que eso no era una respuesta neutral.

Sin previo aviso, hizo a un lado la tela con dos dedos.

Me lo mostró todo.

Depilada con cuidado, solo una franja fina de vello encima. Los labios rosados, gordos, hinchados, brillantes bajo la luz de la tarde. Se le veía la entrada abierta, roja, mojada, y más abajo el clítoris asomando entre los pliegues como una perlita dura. No tenía palabras. No necesitaba ninguna.

—Tócate —pedí finalmente—. Ábrete todo. Quiero verlo bien.

Se pasó dos dedos de arriba abajo por toda la ranura, recogiendo la humedad, y después se los llevó al clítoris. Círculos suaves en el exterior, sin prisa. Se le abrieron los labios solos con la presión, mostrándome el interior rosado y brillante. Luego se metió un dedo, lo sacó lentamente, lo volvió a meter hasta el nudillo. Después dos. Los movía dentro con calma, entrando y saliendo, y el coño se los tragaba con un sonido húmedo, obsceno, que llegó por el micrófono con una claridad que me recorrió de arriba abajo.

—Escucha —dijo, y acercó la mano al micro. Los chapoteos se oyeron como si me los estuviera haciendo a mí en la oreja.

—Joder, Valeria.

—Así de mojada me tienes —dijo entre respiraciones—. Imagina que estás aquí. Que eres tú el que me la mete.

—Estoy imaginándolo.

—Cuéntamelo. Cómo me follarías.

—Te pondría boca arriba —dije, apretando la polla más fuerte—. Te abriría de piernas y te lamería el coño entero hasta que te corrieras en mi boca. Después te la metería despacio, hasta el fondo. Te partiría en dos.

—Sí. Sigue.

—Te embestiría lento primero, para que la sintieras bien. Después te la metería a lo bestia. Hasta las pelotas. Cada vez.

—Más rápido, Matías. La mano. Más rápido.

***

Los dos aumentamos el ritmo al mismo tiempo.

Su mano se movía sin pausa entre las piernas, los dedos desaparecían dentro del coño y volvían con un movimiento que ya no tenía nada de suave. Se los sacaba y con la mano libre se frotaba el clítoris en círculos rápidos, sin descansar. Se había recostado más hacia atrás sobre la almohada, las piernas completamente abiertas, las tetas subiéndole y bajándole con cada respiración. Los ojos cerrados, la boca entreabierta, la respiración llegando en fragmentos cortos que se interrumpían antes de completarse.

—No pares —dijo—. Así. Exactamente así.

Yo tampoco pensaba parar. Me trabajaba la polla con el puño cerrado, rápido, apretándola en la punta a cada subida. Las pelotas se me habían pegado al cuerpo y la sentía a punto ya, palpitándome entera en la mano.

—Dime que te vas a correr —dije—. Dímelo.

—Me voy a correr, Matías. Ya. Ya. No pares.

La vi tensarse. Los muslos se le apretaron alrededor de la mano, el cuerpo se le arqueó hacia atrás sobre la cama, las tetas se le levantaron en el aire y los dedos se le hundieron más adentro. La respiración se cortó un segundo completo antes de soltarse en un sonido largo, profundo, casi un aullido, que llenó toda la llamada y rebotó contra las paredes de mi cuarto vacío. Vi cómo el coño se le contraía alrededor de los dedos, apretándolos rítmicamente, y cómo un chorro de humedad le corría por la mano abajo y le mojaba la sábana bajo el culo.

Yo llegué casi al mismo tiempo.

Fue una descarga que empezó en la base de las pelotas y me subió sin aviso, sin margen para prepararse. Sentí cómo se me apretaba todo por dentro y de golpe la polla escupió el primer chorro, un lechazo espeso que salió disparado y me cayó sobre el pecho y el estómago. Después otro. Y otro. Cuatro o cinco chorros seguidos, calientes, gruesos, que me manchaban la mano, el vientre, la parte de arriba del muslo. La intensidad me dobló hacia adelante con la mano todavía en movimiento, sacándome hasta la última gota, y perdí el rastro de todo lo demás durante unos segundos. Solo el calor. Solo el sonido de su respiración llegando por los altavoces.

—Dios mío —la escuché susurrar—. Cuánto has tirado.

—Toda la tarde acumulada —dije, con la voz rota.

—Lo veo. Te has puesto perdido.

Me pasé el dedo por el vientre, recogí un poco del semen y lo mostré a la cámara sin pensarlo demasiado. Ella se rió bajito, con una risa suave, satisfecha.

—Si estuviera ahí te lo lamería —dijo—. Entero.

—No me digas eso ahora o me pongo dura otra vez.

Cuando volví del todo, los dos respirábamos despacio. La pantalla mostraba a Valeria recostada, con el cuerpo relajado, las piernas todavía separadas, los dedos apoyados en el interior de su muslo mojado. Se llevó los dedos a la boca sin pensarlo y se los chupó uno por uno, mirándome a través de la cámara.

Silencio.

***

—Eso estuvo —dijo finalmente.

—Sí —respondí.

No era necesario añadir nada más.

Nos quedamos en la pantalla un momento más, sin hablar, hasta que ella se incorporó para buscar la camiseta tirada en la cama. Se la puso despacio, sin mirar a la cámara. Vi cómo las tetas desaparecían debajo de la tela oscura y sentí una punzada breve, como de despedida.

—¿Me escribes luego? —pregunté.

—Tal vez el jueves que viene —dijo—. Ya te dije que los jueves son mis peores días.

Apagó la cámara.

Me quedé solo en el cuarto, con la tarde todavía larga fuera de la ventana y el cuerpo completamente en calma. El semen se me estaba secando sobre la piel y me daba pereza levantarme a limpiarme. Sin la tensión de antes. Sin la inquietud que me había tenido dando vueltas toda la mañana.

Solo el silencio, que ahora sonaba diferente.

Guardé el usuario. Por si acaso.

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4.3(3)

Comentarios(10)

Chepe92

excelente relato!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Facundo

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ellos

Nico_BA

me recordo a algo parecido que me paso hace unos años por msn jaja, aunque no tan emocionante

Lucas_RD

y despues como quedo todo?? no dice si siguieron en contacto, quede con la duda

seba70

bien escrito, le da el suspenso justo desde el arranque. Felicitaciones

Marko

increible!!!

Sandra1282

Me gusto como lo narraste, se siente autentico sin ser burdo. Sigue escribiendo por favor!

Lector2984

jajaja 'Valeria_sola' ya adelantaba todo desde el nombre, tremendo arranque

ArielRel

Muy bien logrado, le da tension al relato desde el inicio. Esperando mas relatos tuyos, saludos

felipemdz22

el final se hizo cortisimo, dale que queremos mas :)

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