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Relatos Ardientes

La noche que acepté ser compartida bajo las máscaras

3.3 (3)

Llevábamos tres años hablando de eso en la cama.

No como una fantasía vaga, de esas que se dicen por decir y se olvidan cuando pasa la excitación. Lo hablábamos en serio, con nombres, con escenarios, con detalles que se iban refinando cada vez: yo con otros, él mirando desde algún rincón, los dos acordando reglas que parecían razonables hasta que la oscuridad las volvía imposibles.

Mateo siempre terminaba igual.

—Quiero verte libre —decía—. Quiero ver cómo te miran cuando no saben que eres mía.

Y yo entendía lo que no decía: que también quería que al final yo volviera. Que esa tensión entre el morbo y los celos era exactamente lo que nos encendía a los dos.

La invitación llegó en un sobre negro sin remitente, deslizado por debajo de la puerta de nuestro apartamento una tarde de octubre. Adentro, una tarjeta de cartón grueso con una sola línea impresa en relieve dorado: «Morfeo. Hacienda San Jerónimo, Querétaro. Sábado, 23:00. Solo máscaras venecianas.»

No había número de teléfono. No había firma. Solo esa palabra y una dirección que tardé en encontrar en el mapa: una hacienda del siglo XVIII en las sierras, a dos horas de la ciudad.

—¿Cómo nos encontraron? —pregunté.

Mateo sonrió de ese modo que tiene cuando sabe algo que no va a contarme de golpe.

—Alguien del trabajo mencionó que existía este tipo de clubs —dijo—. Di nuestros nombres hace meses. No esperaba que respondieran.

Pasé una semana entera eligiendo qué ponerme. Al final me quedé con un vestido negro que había comprado para una boda y nunca había usado: ajustado, largo hasta la mitad del muslo, con un escote que invitaba a mirar y una abertura lateral en la cadera izquierda. Sin ropa interior. Eso fue decisión de último minuto, parada frente al espejo con la máscara dorada ya en la mano.

Mateo se quedó en silencio cuando me vio.

—No te voy a poder soltar —dijo, con la voz más baja de lo habitual.

—Esa es la idea —respondí.

Llegamos a la hacienda pasada la medianoche. El camino de acceso era una avenida larga flanqueada por árboles altos con teas encendidas en los troncos. La fachada de cantera rosada brillaba bajo esa luz anaranjada, sus arcos coloniales proyectando sombras que se movían con el viento como figuras que bailaran para nosotros.

Un hombre de traje negro y máscara de cuero nos esperaba en el portón principal.

—La contraseña —dijo, sin saludar, sin moverse.

—Morfeo —dijimos los dos al mismo tiempo.

Nos hizo pasar.

El interior olía a madera vieja, incienso y algo más difícil de nombrar: un calor húmedo que no venía del clima sino de los cuerpos reunidos en aquellos salones. Nos guiaron por un corredor estrecho con arcos bajos, el suelo de barro vidriado frío bajo mis tacones, hasta llegar a un salón central donde ya había unas treinta personas.

Todos con máscaras. Todos en ropa de gala. Todos con esa tensión particular de quien sabe que algo va a pasar pero no exactamente cuándo.

Un hombre con máscara de plata nos reunió al centro junto a los demás, su voz midiendo cada sílaba.

—Bienvenidos. Esta noche el único nombre que existe es el que cada uno quiera inventarse. Nada de aquí sale de estos muros. El que rompa el pacto, rompe también su membresía. ¿Entendido?

Asentimos en silencio. Nos colocaron una cinta de seda roja en la muñeca, señal de que habíamos jurado.

Mateo apretó la mía antes de que me la anudaran.

—Estás preciosa —susurró.

La música arrancó despacio: violines y un piano que marcaban un ritmo lento, ideal para moverse sin destino fijo. Las velas de los candelabros parpadeaban con la corriente de tanta gente caminando, y el humo artificial de alguna máquina oculta cubría el suelo como si flotáramos sobre él.

Bailamos un rato juntos. Mateo me tenía pegada a él, su mano en mi espalda baja, sus dedos rozando el borde de la abertura del vestido. Sentía su tensión: no era miedo, era anticipación. La misma que yo tenía, con el estómago apretado y las piernas ligeramente flojas.

Un hombre con máscara de leopardo se acercó con paso lento. Era alto, de hombros anchos, con un esmoquin que le quedaba perfectamente.

—¿Me permites? —preguntó, dirigiéndose a Mateo, no a mí.

Mateo me miró. Yo asentí.

Me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. Bailaba bien: con esa seguridad que no necesita demostrar nada. Sus manos eran firmes en mi cintura, y cuando giré contra él, su cuerpo recibió el mío sin dudar.

—Tu marido te mira desde allá —dijo, su boca cerca de mi oreja—. No ha quitado los ojos de ti desde que entré.

Giré la cabeza apenas lo suficiente para confirmarlo. Mateo estaba apoyado en la pared, copa en mano, con la máscara plateada brillando bajo las velas. Quieto. Observando.

Eso me afectó más que cualquier cosa que el desconocido pudiera hacer.

Una mujer con vestido plateado se unió a nosotros. Tomó mi otra mano con una naturalidad que no dejaba espacio para la duda, y los tres bailamos en un círculo lento mientras el humo artificial nos envolvía los pies. El hombre del leopardo rozó mi cuello con los labios. La mujer dijo algo al oído que no alcancé a escuchar bien porque en ese momento Mateo se alejó hacia otra sala y supe que eso era el comienzo de algo sin marcha atrás.

***

La separación llegó una hora después.

El hombre de la máscara de plata golpeó dos veces contra el suelo con un bastón de madera y anunció que comenzaba la fase privada. Las parejas se separarían. Los hombres al piso superior. Las mujeres, en los salones del ala derecha.

Mateo me besó en la comisura de los labios antes de irse.

—Vuelvo a buscarte —dijo.

No supe si era una promesa o una advertencia.

Me llevaron a una sala de techos bajos con vigas de madera oscura, cojines de terciopelo burdeos en el suelo y velas distribuidas en nichos de piedra. El olor allí era distinto: más cerrado, más animal. Había cuatro mujeres más, todas enmascaradas, todas en esa misma tensión expectante que yo traía en el pecho.

Los hombres llegaron poco después. No eran los mismos que habían estado con nosotras en el salón central. Eran otros. Desconocidos entre los desconocidos.

El del leopardo entró el primero.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso, sin hablar. Su mano encontró mi muslo a través de la abertura del vestido. Sus dedos subieron despacio, con una calma que me resultó más desconcertante que cualquier urgencia.

Me tomé un momento para controlar la respiración.

—Relájate —dijo, como si leyera el pensamiento—. Nadie aquí quiere nada que tú no quieras dar.

Eso me tranquilizó. Y al tranquilizarme, me abrí.

La mujer del vestido plateado se colocó detrás de mí, sus manos bajando por mis hombros con una lentitud deliberada, sus labios en mi nuca con una suavidad que envió un escalofrío directo al vientre. Un segundo hombre se arrodilló frente a mí, sus manos separando mis rodillas sin brusquedad.

—¿Sí? —preguntó, mirándome desde abajo.

—Sí —respondí.

Lo que siguió fue una construcción lenta. Manos y bocas trabajando juntas, como si se hubieran coordinado antes, aunque sospecho que no. La mujer besaba mi cuello mientras me bajaba el escote con los dedos. El hombre de rodillas levantó la tela del vestido y empezó con la lengua desde la cara interna de mi muslo, subiendo despacio, deteniéndose justo donde más esperaba que no se detuviera, lamiéndome con una precisión que me hizo agarrarme a los cojines.

El del leopardo me besó en la boca. Sabía a whisky y a algo más suave.

Pensé en Mateo.

No de manera culposa. Lo pensé porque supe que era él quien hacía posible todo esto, que si yo podía abrirme así era porque al fondo de todo estaba él, esperando. Y esa certeza me encendió más que cualquier mano que me tocara en ese momento.

Gemí contra la boca del enmascarado.

El segundo hombre se puso de pie y me tomó por la cadera. Me giré para recibirlo. La mujer mantenía los labios en mi espalda, y el leopardo presionaba su cuerpo contra el mío desde adelante. Tres cuerpos, tres ritmos distintos que encontraron uno común en menos de un minuto.

El ritual se prolongó un tiempo que perdí la cuenta de medir.

Hubo un momento en que mi espalda se arqueó sola y la habitación se volvió borrosa. Grité algo que no supe qué era. Las manos me sostuvieron.

Cuando terminó, me quedé tendida en los cojines con la respiración entrecortada y una claridad extraña que no esperaba encontrar allí. Como si algo que llevaba apretado dentro se hubiera soltado finalmente.

***

Mateo me estaba esperando en el corredor.

No sé cuánto tiempo llevaba ahí. Tenía la corbata aflojada y los ojos que lo dicen todo aunque la máscara tape la mitad de la cara.

Me abracé a él sin decir nada.

Sus brazos me rodearon fuerte, su boca en mi cabeza, su respiración irregular pegada a mi pelo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien —dije.

Encontramos una sala pequeña al fondo del corredor, con una ventana que daba al jardín y un sillón ancho donde caímos los dos juntos.

—Cuéntame —pedí.

Tardó en empezar. Cuando lo hizo, hablaba despacio, eligiendo las palabras.

—Nos llevaron a la galería del piso de arriba —dijo—. Hay una balaustrada desde donde se ve parte del ala derecha. No directo a donde estabas tú, pero sí a otra sala. Pude escuchar el resto.

—¿Y?

—Y fue exactamente lo que habíamos imaginado. Con la diferencia de que al imaginarlo podía controlarlo. Al verlo real, aunque fuera desde lejos, no pude. Tuve que agarrarme a la barandilla.

—¿De celos?

—De todo. De celos, de excitación, de no saber qué hacer con las dos cosas al mismo tiempo. En algún momento me masturbé despacio ahí, en las sombras. Me contuve. Quería guardarlo todo para reclamarte después.

Me giré para mirarlo de frente, con la máscara ya quitada.

—¿Y ahora?

—Ahora te quiero para mí —dijo, y lo dijo sin drama, con esa convicción tranquila que es la suya.

Nos besamos primero con calma, luego con todo lo que se había acumulado en esas horas. La máscara dorada se cayó al suelo en algún momento y ninguno fue a buscarla. Sus manos me recorrieron con una urgencia distinta a la de los desconocidos: más ansiosa, más conocida, más hambrienta de algo que solo él sabe cómo encontrar.

—Eres mía —murmuró contra mi cuello—. Siempre vuelves.

—Siempre —confirmé.

Lo que siguió fue intenso y breve y completamente nuestro. Sin máscaras, sin ritual, sin reglas. Solo él reclamándome y yo dejándome reclamar con la misma urgencia.

***

En el auto de regreso, ya clareando el amanecer, las sierras de Querétaro anaranjadas en el horizonte, hablamos durante dos horas sin parar.

Hablamos de lo que habíamos sentido, de lo que nos había sorprendido, de los momentos en que el morbo y los celos se habían mezclado de maneras que no esperábamos. Mateo admitió que en algún punto había querido bajar de la galería, y que resistir ese impulso había sido la parte más intensa de toda la noche para él.

Yo le conté la claridad extraña que sentí al terminar, esa sensación de haberse vaciado de algo que no sabía que cargaba. También le conté que en el momento en que más me perdí pensé en él, y que eso, lejos de arruinarlo, lo hizo más intenso.

—¿Repetimos? —pregunté, en algún momento.

Tardó un segundo exacto.

—Si es contigo —dijo—, repito todo.

Llegamos al hotel con el sol ya bien arriba. Dormimos cuatro horas seguidas, enredados, con el olor de esa noche todavía en la piel y la complicidad de haber cruzado algo juntos que ninguno de los dos sabía cómo nombrar pero que nos había cambiado.

Cuando desperté, Mateo me miraba.

—Buenos días —dijo, y esas dos palabras sonaron diferentes a todas las otras veces. Más reales. Más nuestras.

No hablamos más de eso hasta la semana siguiente, cuando llegó otro sobre negro por debajo de la puerta.

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3.3 (3)

Comentarios (7)

Leon2026

excelente!!! me dejaste con ganas de mas

Marcos_B

Por favor que haya segunda parte, quede con la intriga de saber que paso con Mateo despues de todo

Curioso77

Muy bien ambientado, la hacienda colonial le da un toque que no se ve seguido en estos relatos. Sigue asi!

ViajeroNocturno

jajaja la parte del guia enmascarado es perfecta, tremendo arranque

Tatianita97

y Mateo savia lo que iba a pasar o lo agarraron de sorpresa? quede picada con eso

MarisolB

buenisimo!!!

rodorico

De los mejores que lei ultimamente. Tiene suspenso, tiene ambiente, y la narracion te atrapa desde el principio. Gracias por compartirlo.

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