Un lunes de deseo que no me dejó respirar
He decidido escribir esto porque necesito que quede en algún sitio. No para que nadie lo lea. Solo para que exista fuera de mi cabeza.
La protagonista se llama Clara. Un nombre que elegí al azar, aunque quizás no lo es tanto. En sus palabras puede que encuentres algo tuyo. O algo mío. No lo sé todavía.
Lunes
Las 7:00 de la mañana. La luz se cuela entre las lamas de las persianas y me devuelve al mundo de golpe. A mi lado, Andrés sigue dormido con la espalda vuelta hacia mí, la respiración lenta y profunda. Lo observo unos segundos. Conozco esa espalda mejor que ninguna otra cosa en el mundo. Y sin embargo, lo que siento ahora al mirarla no es ternura.
Es otra cosa. Algo que me nace justo debajo del ombligo y desciende lento, insistente, sin pedir permiso.
Anoche se quedó dormido a mitad de una caricia. No fue rechazo, fue cansancio. Lo sé. Pero mi cuerpo no distingue entre una cosa y la otra, y lleva horas en espera. El calor entre mis piernas es una certeza física, tan concreta como el colchón bajo mi espalda o el sonido de la calle empezando a despertar.
Podría despertarlo.
La idea me provoca una sonrisa que no llega a cuajar. Sé cómo termina eso casi siempre: algo breve, algo que resuelve lo suyo y me deja a mí más tensa que antes. El tipo de alivio que sabe a poco y deja el eco del hambre resonando durante horas. Así que me levanto sin tocarlo, sin decir nada, antes de que esa posibilidad se convierta en otra decepción silenciosa.
Las 7:20. La ducha.
El agua caliente me cae por los hombros y me baja por el cuerpo. Me enjabono despacio. Mis manos pasan sobre los pechos y los pezones se endurecen de inmediato, como si llevaran horas esperando que alguien les prestara atención. Cierro los ojos.
La imagen de Andrés se disuelve.
Aparece Roberto, el electricista que vino la semana pasada a cambiar el cuadro de la luz. Cuarenta y pocos años, manos grandes, esa camiseta ajustada que no disimulaba nada. Me había preguntado si podía usar el baño y yo le había dicho que sí desde la cocina, sin mirarlo demasiado. O eso quiero creer.
En la ducha lo miro. En mi fantasía me mira. Apoyo una mano en los azulejos y con la otra llevo los dedos adonde los necesito. No busco nada elaborado, solo apagar lo suficiente como para poder funcionar. Tres minutos. Un orgasmo corto y eficaz, como tomarse una pastilla. Salgo, me seco, me miro un segundo al espejo antes de apartar la vista.
Misma rutina de siempre.
Las 7:50. La cocina.
El café huele a promesa y las tostadas crujen cuando las rompo. Escucho los ruidos del dormitorio: Andrés que se despierta, el agua de su ducha, los cajones abriéndose y cerrándose. Los niños aún duermen. Esta media hora me pertenece por completo.
Me siento a la mesa y no pienso en nada durante un momento. Solo el café. Solo el sabor amargo y caliente, la taza entre las manos. La puerta de la calle se cierra cuando Andrés sale. La casa queda en silencio.
Entonces, sin que yo lo convoque, regresa Sergio.
El monitor de pilates del sábado. Treinta y tantos años, voz tranquila, esa manera precisa que tiene de corregir las posturas — las manos firmes en las caderas, los dedos que ajustan sin dudar — que podría parecer completamente profesional si no fuera porque yo tardé demasiado en apartar los ojos cuando terminó la clase.
Me sonrojo sola en la cocina. Noto el calor en las mejillas y, más abajo, algo que se reactiva con una facilidad que me inquieta. Muerdo la tostada como si eso ayudara. No ayuda.
Me llevo la mano al cuello casi por inercia. Lo imagino aquí. Apoyado en la encimera, los brazos cruzados, mirándome con esa calma que no era indiferencia. En mi fantasía no hace nada más que eso: mirar. Y es suficiente para que el aire de la cocina se vuelva denso.
Me levanto bruscamente. Subo las escaleras. El baño de invitados, el que nadie usa entre semana. Bajo los leggings y me apoyo contra el lavabo. Esta vez me tomo más tiempo. Me imagino sus manos, la precisión de sus dedos, lo que haría si no hubiera límites ni distancias ni realidad interponiéndose. El orgasmo llega más hondo que el de la ducha y me deja con las piernas un poco temblorosas. Me arreglo la ropa frente al espejo. Bajo las escaleras. La tostada está fría.
***
Las 11:00. Las tareas de la casa.
Paso la mopa, doblo ropa, recojo lo que se quedó donde no debía. La mente debería vaciarse con el movimiento repetitivo. No lo hace. Me agacho a recoger algo del suelo y, sin transición ninguna, aparece el vecino del tercero: su saludo del martes pasado, esa fracción de segundo en que pareció que iba a decir algo más antes de entrar en el ascensor. Paso un trapo por la estantería y mi cabeza proyecta una escena de la serie que vimos anoche, un momento que duró diez segundos en pantalla pero que lleva horas instalado detrás de mis ojos.
No hay descanso. Es un torbellino constante: imágenes, fragmentos, suposiciones, pequeñas historias que mi cabeza construye a partir de casi nada. Lo que debería ser una mañana productiva se convierte en una sucesión de desvíos involuntarios.
Me dejo caer en el sofá un momento. Solo un momento. Cierro los ojos.
La mano baja sola.
La tercera vez del día es casi mecánica, más parecida a rascarse una picazón que a cualquier otra cosa. Sin fantasía precisa, sin escena elaborada. Solo la sensación, el alivio mínimo, la promesa de seguir funcionando durante las próximas horas.
Me quedo un rato mirando el techo. Esto no puede ser normal. Y luego pienso que igual sí lo es, y yo simplemente nunca lo he escuchado en ningún sitio porque nadie lo dice en voz alta.
Me levanto. Hay que terminar la colada.
Las 12:45. El supermercado.
Lo que debería ser una hora sin importancia se convierte en un ejercicio de contención. El chico que apila latas en la sección de conservas me pide disculpas cuando su carrito roza el mío y sonríe por pura educación. Mi cabeza amplifica el gesto, le añade cosas que no estaban, construye una versión alterada de un segundo que no significó nada. El hombre de la carnicería me pregunta si prefiero el corte fino o el grueso y yo tardo demasiado en responder.
Es automático. No lo busco. O al menos no conscientemente, aunque hay un rincón de mí que prefiero no examinar demasiado de cerca.
Salgo con las bolsas y el corazón acelerado, como si hubiera vivido algo que en realidad no ha ocurrido. Me siento en el coche antes de arrancar. Manos en el volante. Respiración lenta. Me siento ridícula y también agotada, que es la peor combinación posible: avergonzada de algo que solo ha sucedido dentro de mi cabeza.
Nadie ha visto nada. Nadie sabe nada. Y aun así, la culpa pesa igual.
***
Las 18:15. Los niños ya están en casa.
Los cuadernos abiertos en la mesa de la cocina, el guiso burbujeando despacio en el fuego. Compruebo los deberes, explico un problema de fracciones dos veces, pregunto cómo estuvo el colegio, escucho la respuesta con atención real.
Soy su madre. Estoy aquí. Eso no es mentira.
Pero el deseo no se ha ido en ningún momento del día. Se ha replegado, se ha hecho más pequeño mientras los niños están delante, pero sigue ahí. Un motor en segundo plano que continúa girando aunque nadie lo escuche. Cuando les sirvo los platos, cuando recojo el vaso que casi se cae, cuando los mando a lavarse los dientes y apago la luz de su cuarto con suavidad… todo eso ocurre en la superficie. Debajo, cuento el tiempo que falta. No con impaciencia cruel, no deseando que pasen más rápido de lo que deben. Solo consciente de que, cuando la casa vuelva al silencio, esa corriente dejará de fingir que no existe.
Las 22:40. El sofá.
Andrés tiene mi mano entre la suya. Una serie cualquiera en la televisión. El volumen bajo, la luz tenue. Es una escena bonita, de esas que desde fuera parecen exactamente lo que debería parecer una pareja un lunes por la noche.
No puedo concentrarme en nada de lo que pasa en la pantalla.
La urgencia regresa con una intensidad que no esperaba. Se me sube por el pecho, me aprieta la garganta. Muevo la pierna sin querer. Andrés comenta algo de la trama y yo asiento, respondo algo coherente, sonrío en el momento adecuado. Por fuera somos dos personas tranquilas compartiendo una noche ordinaria. Por dentro soy un pulso acelerado esperando no volver a escuchar un «ahora no» que me deje otra vez sola con esto.
Quiero tirarlo al suelo ahora mismo.
La fantasía es brusca, casi violenta en lo intensa que es. Lo imagino aquí, en el sofá, la serie en pausa, la distancia entre nosotros desapareciendo. Me imagino tomando lo que llevo todo el día necesitando sin pedir permiso, sin esperar.
Pero también imagino la otra escena. Su cara de sorpresa. La sonrisa cansada. El «ahora no, cariño» dicho con toda la suavidad del mundo, que es exactamente la versión que más duele. No porque sea crueldad — no lo es — sino porque me deja completamente sola con algo que no tiene salida.
Aprieto los dedos alrededor de mi propia rodilla.
—Voy a por agua —digo.
Subo las escaleras. El dormitorio está en penumbra. Cierro con llave, cosa que no hago nunca. Me tumbo en la cama con la ropa puesta, sin quitarme ni los calcetines, y no pienso en Roberto ni en Sergio ni en ningún desconocido del supermercado.
Pienso en Andrés.
En él de hace cinco años. En la versión que me miraba de una manera que ahora casi no recuerdo cómo era exactamente, pero que sé que existía. En lo que había entre nosotros cuando el deseo no necesitaba disculparse ni buscar un momento mejor. Y esa mezcla de deseo y añoranza y rabia y amor hace que el orgasmo sea el más intenso de los cuatro, el que me arquea en la cama y me obliga a ahogar el sonido contra la almohada.
Me quedo inmóvil durante un minuto.
Bajo al salón. La serie sigue. Andrés levanta la vista.
—¿Todo bien?
—Sí —digo. Me siento a su lado. Le doy la mano.
***
Son casi la una de la mañana. Él duerme. Yo escribo.
El fuego no ha desaparecido. Se ha calmado lo suficiente como para dejarme pensar con claridad, pero sigue ahí, dormitando, listo para mañana. Para pasado. Para siempre, probablemente.
No sé si esto tiene nombre. Lo he buscado a veces con frases vagas que luego borro del historial, como si las palabras pudieran incriminarme de algo. Lo que encuentro siempre parece demasiado clínico o demasiado dramático para describir lo que siento, que no es sufrimiento exactamente. Es más bien un ruido constante que nunca se apaga del todo. Un acompañante al que nadie ha invitado y que, sin embargo, lleva años instalado en el cuarto de al lado.
Lo que sí sé es que hoy me he masturbado cuatro veces y que ninguna de las cuatro ha resuelto nada de verdad. Solo han pospuesto la siguiente.
Lo que también sé es que amo a Andrés. Que no quiero a nadie más que a él en mi vida real, en la vida que ocurre fuera de mi cabeza. Que si Roberto el electricista o Sergio del pilates aparecieran de verdad en mi puerta, yo cerraría esa puerta sin dudarlo.
Pero dentro de mi cabeza no hay puertas.
Y eso, todavía no sé si es un problema o simplemente lo que soy. Mañana volverá a empezar. Ya lo sé. Y lo curioso — lo que más me inquieta de todo — es que una parte de mí no quiere que pare.