Lo que nunca conté de mis noches en el videojuego
La primera vez que entré al mundo virtual fue por aburrimiento. Tenía diecinueve años recién cumplidos, vivía con mis padres en un departamento pequeño del tercer piso, y mi vida social se reducía a ir al instituto terciario, estudiar para los parciales y volver a casa con la sensación de que me faltaba algo que todavía no sabía nombrar.
El juego se llamaba algo así como Nexus Life, una especie de simulador social donde creabas un avatar y te movías por espacios virtuales: bares con música ambiente, parques artificiales, playas con puesta de sol programada para las seis de la tarde. La gente usaba auriculares con micrófono y hablaba en tiempo real, así que la barrera entre lo virtual y lo real se volvía muy delgada muy rápido.
No entré buscando sexo. Eso lo aclaro porque siempre me lo preguntan cuando cuento esta historia. Entré buscando conversación. Buscaba a alguien con quien hablar de algo más que de parciales y materias, alguien con quien reírme o debatir o simplemente escuchar música aunque fuera a través de unos auriculares baratos y una pantalla compartida.
Lo que no calculé era que ese mundo estaba lleno de hombres solos con exactamente las mismas ganas que yo. Tipos con la polla en la mano frente a la pantalla, esperando que una voz de mujer les diera permiso para correrse. Tardé en entenderlo. Después me acostumbré. Después empecé a aprovecharlo.
***
Los primeros meses fueron casi inocentes. Hice amigos, participé en grupos de debate, exploré salas temáticas. Aprendí a leer los silencios entre las palabras, a distinguir quién buscaba amistad genuina y quién la usaba como trampolín para algo más. Aprendí también que yo misma buscaba ese algo más, aunque me costara admitirlo en voz alta.
No quería una pareja. Tenía cosas más urgentes que resolver: terminar la carrera técnica, construirme algo propio antes de construir algo con otra persona. Pero el cuerpo no entiende de cronogramas. Y la soledad tampoco espera. Había noches en que me metía en la cama y sentía el coño mojado sin razón aparente, apretando los muslos, con las tetas duras contra la remera, buscando una voz que me hablara sucio hasta hacerme correr.
Fue ahí, en ese espacio ambiguo entre los planes y el deseo, cuando apareció Mateo.
No era el más atractivo del grupo. Su avatar era alto y flaco, con el pelo siempre a medio peinar, y tardaba más de lo normal en responder porque, según me explicó una noche, pesaba mucho cada cosa antes de decirla. Era músico frustrado, trabajaba en la ferretería de un familiar y leía libros de filosofía que yo no entendía. Pero tenía algo en la voz que enganchaba. Una especie de gravedad tranquila que hacía que sus palabras pesaran de verdad.
Nuestra amistad duró tres semanas antes de volverse otra cosa.
Fue en la sala de jazz virtual. Los dos escuchábamos en silencio cuando él preguntó:
—¿Puedo hacerte una pregunta rara?
—Depende de qué tan rara —respondí.
—¿Alguna vez pensaste qué harías si no tuvieras que rendir cuentas a nadie?
Tardé en responder. No porque no supiera, sino porque sí lo sabía demasiado bien.
—Todo el tiempo —dije al final.
Esa noche hablamos hasta las cuatro de la mañana. Cuando me fui a dormir, tenía el corazón acelerado, los pies fríos y una mano metida entre las piernas antes de darme cuenta.
Antes de que la cosa avanzara más, lo puse sobre la mesa. Le expliqué lo que podía ofrecerle: algo sin exclusividad, sin planes, sin hablar del futuro como si tuviéramos uno en común. Él lo aceptó con más serenidad de la que esperaba.
Y entonces empezó algo que todavía no sé cómo llamar del todo.
***
Lo que siguió con Mateo fue intenso y breve. Nunca nos conocimos en persona —él vivía a cientos de kilómetros y yo no tenía forma de viajar—, pero durante tres semanas llenamos esa distancia con mensajes de voz, conversaciones que duraban hasta que amanecía, y noches en que cada uno estaba solo en su cuarto y sin embargo no estábamos solos para nada.
Una noche en particular me quedó grabada. Yo estaba en la cama con los auriculares puestos y la lámpara apagada. Mateo me hablaba de una canción que estaba componiendo, nota por nota, y en algún punto la descripción de la música cambió de tono sin que ninguno dijera nada explícito. Su voz se volvió más lenta, más baja.
—¿Qué estás haciendo ahora mismo? —me preguntó.
—Escucharte —respondí.
—¿Solo eso?
Hubo un silencio. Y después:
—¿Y si te dijera que llevo una hora pensando en cómo sería tenerte cerca?
No respondí enseguida. Me quedé con eso flotando en el aire oscuro de mi cuarto, sintiendo cómo me afectaba más de lo que esperaba.
—Seguí —dije al final.
—Estoy con la mano en la pija, ¿sabés? —dijo, y la voz le tembló apenas—. Desde que empezamos a hablar. Y no puedo dejar de imaginarte con las piernas abiertas para mí.
Se me cortó la respiración. Bajé la mano por debajo de la sábana y me metí dos dedos dentro del short. Ya estaba mojada, empapada, el coño latiéndome con cada palabra suya.
—Contame cómo me imaginás —le pedí, en un susurro.
—Boca arriba. Con la remera subida hasta el cuello y las tetas al aire. Los pezones duros. Una mano en la concha, tocándote para mí, mientras me escuchás.
—¿Así como estoy ahora? —dije.
Mateo soltó un jadeo del otro lado que me atravesó entera.
—¿Te estás tocando?
—Hace rato.
—Mostrame. Contame qué te hacés.
Le describí todo. Que tenía el dedo del medio hundido hasta el fondo, moviéndolo despacio, sacándolo brillando y volviéndolo a meter. Que con la otra mano me apretaba el pezón izquierdo, tirándolo, retorciéndolo hasta que dolía un poquito. Que el ruido de mi coño mojado se escuchaba en el silencio del cuarto y me daba vergüenza y me calentaba al mismo tiempo.
—Poné dos dedos —me dijo él, con la voz cada vez más ronca—. Bien adentro. Y con el pulgar dale al clítoris. Despacio. No quiero que te vengas todavía.
Obedecí. Metí dos dedos, después tres, sintiendo cómo el coño me apretaba, y empecé a masajearme el clítoris con círculos lentos, mordiéndome el labio para no gemir demasiado fuerte.
—Yo te estaría lamiendo —siguió él—. Con la lengua entera, de abajo hacia arriba, chupándote los labios y después el clítoris, hasta que me pidieras que te la metiera.
—Te la pediría —dije, casi sin voz—. Ya te la estoy pidiendo. Metémela, Mateo.
—¿Cómo la querés?
—Toda. De una. Sin cuidado.
Escuché el ruido húmedo de su mano moviéndose más rápido del otro lado. Se estaba pajeando duro, con la respiración entrecortada, gimiendo bajito cada dos o tres palabras.
—Estoy adentro —dijo—. Estoy cogiéndote fuerte, mordiéndote el cuello, agarrándote las tetas. ¿Lo sentís?
—Lo siento —mentí, y no era mentira, porque mis tres dedos entrando y saliendo eran él, eran su pija, eran todo lo que hacía falta.
—Date vuelta —me ordenó—. Ponete en cuatro. Quiero cogerte por atrás.
Me di vuelta en la cama, apoyé la cara contra la almohada y subí el culo. Volví a meter los dedos por detrás, con el ángulo cambiado, y solté un gemido largo que quedó ahogado en la almohada.
—Así —dijo él, jadeando—. Así te quiero. Con el culo en pompa, la concha empapada, esperando que te la meta hasta el fondo. Te la voy a meter tan adentro que no vas a poder cerrar las piernas mañana.
Me estaba masturbando como no me había masturbado nunca. Cada palabra suya era una embestida. Cada jadeo suyo me apretaba el coño alrededor de los dedos. Sentí el orgasmo subiendo, empezando en las piernas, en los pies, arrastrándose hasta el vientre.
—Me voy a venir —le avisé.
—Vení conmigo. Vení para mí. Quiero escucharte.
Y me vine. Con la boca abierta contra la almohada, el cuerpo temblando, los dedos empapados, gimiendo el nombre de un tipo que no había visto en mi vida. Del otro lado lo escuché correrse casi al mismo tiempo, con un gruñido bajo, y después el silencio de dos respiraciones que se acomodaban.
—Dios —dijo él, después de un rato largo.
—Sí —respondí, con la voz destruida.
Fue la primera vez que entendí que lo virtual y lo físico no son tan distintos. El deseo no necesita cuerpo presente para ser real. Un tipo a cientos de kilómetros me acababa de coger mejor que cualquiera de los pocos que me habían tocado en persona.
A la cuarta semana Mateo empezó a hacer preguntas que yo no quería responder. Sobre si veía a otras personas, sobre qué era para mí lo nuestro, sobre si alguna vez cambiaría de idea. Le respondí con honestidad, que era lo que merecía. Y él se tomó mal esa honestidad.
Desapareció de a poco, que es la forma más dolorosa de desaparecer.
***
Después de Mateo hubo otros. No voy a contarlos todos porque algunos no merecen más de un párrafo. Pero uno en particular sí.
Diego era todo lo contrario: hablaba mucho, reía fuerte y no pensaba las cosas dos veces. Tenía tatuajes por los brazos —me los describió en detalle una noche porque yo le pregunté, y lo hizo tan bien que casi podía verlos— y trabajaba de noche en un depósito de logística. Se conectaba al juego a las once con un café en la mano y energía para tres personas.
Diego entendió las reglas desde el primer momento. No las aceptó por resignación sino porque eran exactamente lo que él también buscaba. Eso hacía todo más sencillo y también, de una forma que me sorprendió, más honesto. No había nada que disimular ni nada que fingir.
Con él el sexo era distinto. Con Mateo era lento, denso, cargado de silencios y demoras. Con Diego era directo, cochino, sin poesía. La segunda noche que hablamos privado ya me estaba diciendo cómo me quería coger, sin rodeos, sin previa.
—Quiero que te saques todo —me dijo, ni bien puse los auriculares—. Todo. No quiero que tengas nada puesto mientras hablamos.
Me reí, pero le hice caso. Me saqué la remera, el corpiño, la bombacha. Me metí en la cama desnuda, con la respiración ya acelerada.
—Ya está —le dije.
—¿Ya estás mojada?
—Un poco.
—Tocate. Y contame cómo sos abajo.
Le describí mi coño con más detalle del que le había descrito nada a nadie. Le conté que tenía los labios chicos, rosados, que me depilaba dejando una tira arriba, que el clítoris se me hinchaba fácil cuando me tocaban bien.
—Te la voy a chupar toda —me dijo—. Voy a empezar por las tetas, mordiéndotelas hasta dejarte marcas, después voy a bajar despacio, lamiéndote la panza, hasta llegar abajo. Y ahí no te voy a soltar hasta que me empapes toda la cara.
—Seguí.
—Y después te doy vuelta. Te pongo boca abajo, te levanto el culo, y te meto la pija de un saque. Nada de despacio. Nada de cuidado. Te la clavo hasta las bolas.
Mientras hablaba yo me estaba paja con dos dedos, apretándome las tetas con la otra mano. Del otro lado escuchaba el ruido inconfundible de una mano subiendo y bajando por una pija dura, húmeda, con lubricante o con saliva, no me importaba.
—Chupámela —me pidió, en algún momento—. Quiero que me la mames.
—Estoy con la boca abierta —le mentí, aunque me metí dos dedos en la boca y los chupé para que él escuchara el ruido—. La estoy tragando entera. Hasta la garganta.
—Puta madre —gimió—. Te la voy a acabar en la cara. Toda en la boca. ¿Querés?
—Quiero. Dame todo.
Nos vinimos casi juntos, jadeando, insultando, con las respiraciones tan rotas que costaba entender las palabras. Cuando terminamos, él se rió.
—Sos una guarra hermosa —dijo.
—Vos también —le respondí.
Con él aprendí que la ausencia de expectativas puede ser una forma de libertad. Había algo limpio en saber que lo nuestro era exactamente lo que era: dos personas que se gustaban, que se cogían por auriculares tres veces por semana, que se contaban cosas y se reían y después cada uno a lo suyo. Sin culpa, sin promesas que nadie pudiera romper.
Duró cuatro meses. Terminó sin drama, un día en que él me dijo que había conocido a alguien en su trabajo y que quería intentar algo serio. Le dije que me alegraba por él. Y lo decía completamente en serio.
***
El tercero fue diferente. Distinto en formas que todavía me cuesta describir con exactitud.
Se llamaba Sebastián. Lo conocí en una sala de debate sobre cine, y lo primero que me llamó la atención fue que no intentó caerme bien. No hizo las cosas que hacen los hombres cuando quieren impresionar. Opinó sobre una película con convicción, yo rebatí su argumento, y él se río y dijo:
—Tenés razón. Me equivoqué.
Eso fue lo que me atrapó.
Tardamos semanas en pasarnos a conversaciones privadas. Y cuando lo hicimos, la tensión era distinta a la que había tenido con los otros. Más lenta, más densa, como cuando sabés que algo va a pasar pero no querés apurarlo porque el momento previo también es parte de lo bueno.
Una noche, después de una conversación que empezó hablando de libros y terminó con cosas que ninguno de los dos había contado antes a nadie, él dijo:
—Creo que me gustás.
—Ya lo sabía —le respondí.
—¿Y?
—Y me alegra.
Lo que siguió fue una de esas noches en que el tiempo hace algo raro. Sebastián tenía una voz grave que bajaba todavía más cuando hablaba despacio, y esa noche habló muy despacio.
—Cerrá los ojos —me dijo—. Y no los abras hasta que yo te diga.
Cerré los ojos. Ya estaba desnuda debajo de la sábana, esperándolo, con los pezones erizados y las piernas apretadas.
—Imaginate que estoy ahí —empezó—. Sentado al borde de la cama. Y te miro. Nada más que eso. Te miro un rato largo antes de tocarte.
—Tocame ya.
—No. Todavía no. Primero quiero que abras las piernas para mí. Despacio.
Las abrí. La sábana se corrió sola. El aire fresco me tocó el coño mojado y sentí un latido fuerte entre las piernas.
—Ya está —susurré.
—Ahora subite las manos a las tetas. Apretátelas. Fuerte. Como te las apretaría yo.
Obedecí. Me agarré las tetas con las dos manos, las apreté hasta que dolió, me pellizqué los pezones y tiré de ellos. Solté un gemido corto.
—Bien —dijo él—. Ahora una mano baja. Muy despacio. Por la panza. Sin llegar al coño todavía. Quedate ahí un momento, en el vientre, sintiendo cómo latís.
Estaba temblando. Nunca nadie me había hablado así. Con esa autoridad calmada, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerme desear cada centímetro.
—Ahora sí —siguió—. Un dedo. Solo uno. Deslizalo entre los labios. Sin meterlo. Solo pasealo por afuera, arriba y abajo, hasta que te empapes toda la mano.
Lo hice. Estaba tan mojada que el dedo se deslizaba solo. Empecé a jadear, apretando los muslos alrededor de mi propia mano.
—Sebastián, por favor.
—¿Por favor qué?
—Dejame meterlo.
—Todavía no. Primero el clítoris. Con dos dedos. Círculos lentos. Y no te apures.
Estuve así diez minutos, quince, no sé cuántos, mientras él me guiaba con la voz. Me hizo subir hasta el borde tres veces y otras tres me hizo parar antes de venirme, con la orden justo antes del final. Yo estaba llorando de placer, con la mano empapada, los muslos temblando, rogándole.
—Por favor, Sebastián. Dejame venirme. Te lo pido.
—Ahora sí —dijo, y la voz se le quebró un poquito, la primera muestra de que él tampoco estaba tan entero—. Meté tres dedos. Bien adentro. Y con la otra mano no pares de tocarte el clítoris. Y cuando te vengas quiero que digas mi nombre. Fuerte. Que no te importe si te escuchan.
Metí tres dedos de un saque. Fue como si me abriera en dos. El coño me apretó tan fuerte que me faltó el aire. Con la otra mano me machaqué el clítoris y en menos de veinte segundos me vine con un grito que se me escapó de la garganta antes de que pudiera controlarlo.
—Sebastián —jadeé, temblando entera—. Sebastián, Sebastián.
Del otro lado lo escuché acabarse con un gruñido bajo, largo, y después su respiración pesada mientras se recuperaba. No dijo nada durante casi un minuto.
—Bien —dijo por fin.
—Sí —respondí. No tenía nada más que agregar.
Después me quedé mirando el techo un rato largo, con el semen de mis propios dedos secándose en el vientre y una lágrima corriéndome desde la sien hasta la almohada. No de tristeza. De algo que no sé nombrar todavía.
***
Con Sebastián duró seis meses. Y en ese tiempo hubo momentos en que me sorprendí pensando en él sin razón aparente, en mitad del día, revisando el teléfono para ver si había algún mensaje suyo, esperando las once de la noche con más entusiasmo del que era prudente.
Eso era una señal. Y yo sabía leer las señales.
Hablamos antes de que la cosa llegara más lejos de lo que podía manejar.
—Estás sintiendo algo —dijo él. No fue una pregunta.
—Estoy sintiendo cosas —respondí—. Pero no voy a hacer nada con eso.
—¿Por qué no?
—Porque tengo cosas que terminar primero. Y porque no sería justo para ninguno de los dos.
No discutió. Me preguntó si quería seguir igual. Le dije que sí, y seguimos, pero algo cambió después de esa conversación. Las noches se volvieron menos frecuentes, y los dos lo entendimos sin necesidad de decirlo.
Un día simplemente dejamos de conectarnos. Sin pelea. Sin explicaciones. Así terminan algunas cosas.
***
Hay algo que nadie te dice cuando entrás en este tipo de dinámica: que vas a aprender muchísimo sobre vos misma. No solo sobre el deseo, aunque eso también, sino sobre cómo funcionás, qué querés, cuánto podés dar antes de que empiece a costarte demasiado.
Yo aprendí que puedo separar el deseo del afecto con bastante precisión, pero que cuando los dos aparecen juntos en la misma persona, la precisión se complica. Aprendí que poner las reglas sobre la mesa desde el principio no es crueldad sino respeto, aunque al otro le cueste entenderlo en el momento. Aprendí que hay personas que te cambian aunque estén a cientos de kilómetros y aunque nunca las hayas tocado con las manos. Aprendí también que mi coño podía correrse tantas veces como yo quisiera si tenía la voz justa hablándome al oído.
No sé si eso hace que todo haya valido la pena. Creo que sí. O al menos creo que no arrepentirme de nada es una forma válida de responder esa pregunta.
Terminé la carrera técnica, como había planeado. Empecé a trabajar. Mi vida se fue ordenando de la forma en que se ordena cuando le prestás atención. Y el juego quedó atrás, como quedan atrás los capítulos que ya cumplieron su función.
Pero a veces, cuando estoy sola una noche sin nada en particular que hacer, me pregunto si en alguna sala virtual hay alguien como yo de hace unos años: alguien que entró buscando conversación y todavía no sabe bien qué está buscando en realidad. Espero que lo encuentre. O que aprenda, como aprendí yo, que a veces el proceso de buscar ya es la respuesta.