Lo que nunca conté de mis noches en el videojuego
La primera vez que entré al mundo virtual fue por aburrimiento. Tenía diecisiete años recién cumplidos, vivía con mis padres en un departamento pequeño del tercer piso, y mi vida social se reducía a ir al colegio, estudiar para los exámenes y volver a casa con la sensación de que me faltaba algo que todavía no sabía nombrar.
El juego se llamaba algo así como Nexus Life, una especie de simulador social donde creabas un avatar y te movías por espacios virtuales: bares con música ambiente, parques artificiales, playas con puesta de sol programada para las seis de la tarde. La gente usaba auriculares con micrófono y hablaba en tiempo real, así que la barrera entre lo virtual y lo real se volvía muy delgada muy rápido.
No entré buscando sexo. Eso lo aclaro porque siempre me lo preguntan cuando cuento esta historia. Entré buscando conversación. Buscaba a alguien con quien hablar de algo más que de parciales y materias, alguien con quien reírme o debatir o simplemente escuchar música aunque fuera a través de unos auriculares baratos y una pantalla compartida.
Lo que no calculé era que ese mundo estaba lleno de hombres solos con exactamente las mismas ganas que yo.
***
Los primeros meses fueron casi inocentes. Hice amigos, participé en grupos de debate, exploré salas temáticas. Aprendí a leer los silencios entre las palabras, a distinguir quién buscaba amistad genuina y quién la usaba como trampolín para algo más. Aprendí también que yo misma buscaba ese algo más, aunque me costara admitirlo en voz alta.
No quería una pareja. Tenía cosas más urgentes que resolver: terminar el colegio, empezar la carrera técnica, construirme algo propio antes de construir algo con otra persona. Pero el cuerpo no entiende de cronogramas. Y la soledad tampoco espera.
Fue ahí, en ese espacio ambiguo entre los planes y el deseo, cuando apareció Mateo.
No era el más atractivo del grupo. Su avatar era alto y flaco, con el pelo siempre a medio peinar, y tardaba más de lo normal en responder porque, según me explicó una noche, pesaba mucho cada cosa antes de decirla. Era músico frustrado, trabajaba en la ferretería de un familiar y leía libros de filosofía que yo no entendía. Pero tenía algo en la voz que enganchaba. Una especie de gravedad tranquila que hacía que sus palabras pesaran de verdad.
Nuestra amistad duró tres semanas antes de volverse otra cosa.
Fue en la sala de jazz virtual. Los dos escuchábamos en silencio cuando él preguntó:
—¿Puedo hacerte una pregunta rara?
—Depende de qué tan rara —respondí.
—¿Alguna vez pensaste qué harías si no tuvieras que rendir cuentas a nadie?
Tardé en responder. No porque no supiera, sino porque sí lo sabía demasiado bien.
—Todo el tiempo —dije al final.
Esa noche hablamos hasta las cuatro de la mañana. Cuando me fui a dormir, tenía el corazón acelerado y los pies fríos.
Antes de que la cosa avanzara más, lo puse sobre la mesa. Le expliqué lo que podía ofrecerle: algo sin exclusividad, sin planes, sin hablar del futuro como si tuviéramos uno en común. Él lo aceptó con más serenidad de la que esperaba.
Y entonces empezó algo que todavía no sé cómo llamar del todo.
***
Lo que siguió con Mateo fue intenso y breve. Nunca nos conocimos en persona —él vivía a cientos de kilómetros y yo no tenía forma de viajar—, pero durante tres semanas llenamos esa distancia con mensajes de voz, conversaciones que duraban hasta que amanecía, y noches en que cada uno estaba solo en su cuarto y sin embargo no estábamos solos para nada.
Una noche en particular me quedó grabada. Yo estaba en la cama con los auriculares puestos y la lámpara apagada. Mateo me hablaba de una canción que estaba componiendo, nota por nota, y en algún punto la descripción de la música cambió de tono sin que ninguno dijera nada explícito. Su voz se volvió más lenta, más baja.
—¿Qué estás haciendo ahora mismo? —me preguntó.
—Escucharte —respondí.
—¿Solo eso?
Hubo un silencio. Y después:
—¿Y si te dijera que llevo una hora pensando en cómo sería tenerte cerca?
No respondí enseguida. Me quedé con eso flotando en el aire oscuro de mi cuarto, sintiendo cómo me afectaba más de lo que esperaba.
—Seguí —dije al final.
Lo que siguió fue una hora que no se cuenta bien con palabras. Me describió cosas con una precisión que me desconcertó, y yo respondí primero con palabras y después sin ellas. En algún momento mi mano se movió sola, sin que yo tomara ninguna decisión consciente, y entendí que la distancia física puede volverse irrelevante de maneras que nadie te explica.
Fue la primera vez que entendí que lo virtual y lo físico no son tan distintos. El deseo no necesita cuerpo presente para ser real.
A la cuarta semana Mateo empezó a hacer preguntas que yo no quería responder. Sobre si veía a otras personas, sobre qué era para mí lo nuestro, sobre si alguna vez cambiaría de idea. Le respondí con honestidad, que era lo que merecía. Y él se tomó mal esa honestidad.
Desapareció de a poco, que es la forma más dolorosa de desaparecer.
***
Después de Mateo hubo otros. No voy a contarlos todos porque algunos no merecen más de un párrafo. Pero uno en particular sí.
Diego era todo lo contrario: hablaba mucho, reía fuerte y no pensaba las cosas dos veces. Tenía tatuajes por los brazos —me los describió en detalle una noche porque yo le pregunté, y lo hizo tan bien que casi podía verlos— y trabajaba de noche en un depósito de logística. Se conectaba al juego a las once con un café en la mano y energía para tres personas.
Diego entendió las reglas desde el primer momento. No las aceptó por resignación sino porque eran exactamente lo que él también buscaba. Eso hacía todo más sencillo y también, de una forma que me sorprendió, más honesto. No había nada que disimular ni nada que fingir.
Con él aprendí que la ausencia de expectativas puede ser una forma de libertad. Había algo limpio en saber que lo nuestro era exactamente lo que era: dos personas que se gustaban, que compartían algunas noches, que se contaban cosas y se reían y después cada uno a lo suyo. Sin culpa, sin promesas que nadie pudiera romper.
Duró cuatro meses. Terminó sin drama, un día en que él me dijo que había conocido a alguien en su trabajo y que quería intentar algo serio. Le dije que me alegraba por él. Y lo decía completamente en serio.
***
El tercero fue diferente. Distinto en formas que todavía me cuesta describir con exactitud.
Se llamaba Sebastián. Lo conocí en una sala de debate sobre cine, y lo primero que me llamó la atención fue que no intentó caerme bien. No hizo las cosas que hacen los hombres cuando quieren impresionar. Opinó sobre una película con convicción, yo rebatí su argumento, y él se río y dijo:
—Tenés razón. Me equivoqué.
Eso fue lo que me atrapó.
Tardamos semanas en pasarnos a conversaciones privadas. Y cuando lo hicimos, la tensión era distinta a la que había tenido con los otros. Más lenta, más densa, como cuando sabés que algo va a pasar pero no querés apurarlo porque el momento previo también es parte de lo bueno.
Una noche, después de una conversación que empezó hablando de libros y terminó con cosas que ninguno de los dos había contado antes a nadie, él dijo:
—Creo que me gustás.
—Ya lo sabía —le respondí.
—¿Y?
—Y me alegra.
Lo que siguió fue una de esas noches en que el tiempo hace algo raro. Sebastián tenía una voz grave que bajaba todavía más cuando hablaba despacio, y esa noche habló muy despacio. Empezó describiéndome cómo me imaginaba, qué pensaba cuando pensaba en mí, con qué detalle lo había hecho. Y la descripción fue volviéndose más específica, más física, hasta que ya no era solo una descripción.
Yo estaba en mi cuarto con la puerta cerrada y los auriculares pegados a las orejas. Le respondí con la misma precisión que él usaba, y en algún momento de esa conversación el cuerpo dejó de ser solo palabras. Las manos hacen lo que hacen cuando la cabeza les da permiso, y esa noche mi cabeza le dio permiso a todo.
Cuando terminó, nos quedamos un rato en silencio.
—Bien —dijo él.
—Sí —respondí. No tenía nada más que agregar.
Después me quedé mirando el techo un rato largo. No de tristeza. De algo que no sé nombrar todavía.
***
Con Sebastián duró seis meses. Y en ese tiempo hubo momentos en que me sorprendí pensando en él sin razón aparente, en mitad del día, revisando el teléfono para ver si había algún mensaje suyo, esperando las once de la noche con más entusiasmo del que era prudente.
Eso era una señal. Y yo sabía leer las señales.
Hablamos antes de que la cosa llegara más lejos de lo que podía manejar.
—Estás sintiendo algo —dijo él. No fue una pregunta.
—Estoy sintiendo cosas —respondí—. Pero no voy a hacer nada con eso.
—¿Por qué no?
—Porque tengo cosas que terminar primero. Y porque no sería justo para ninguno de los dos.
No discutió. Me preguntó si quería seguir igual. Le dije que sí, y seguimos, pero algo cambió después de esa conversación. Las noches se volvieron menos frecuentes, y los dos lo entendimos sin necesidad de decirlo.
Un día simplemente dejamos de conectarnos. Sin pelea. Sin explicaciones. Así terminan algunas cosas.
***
Hay algo que nadie te dice cuando entrás en este tipo de dinámica: que vas a aprender muchísimo sobre vos misma. No solo sobre el deseo, aunque eso también, sino sobre cómo funcionás, qué querés, cuánto podés dar antes de que empiece a costarte demasiado.
Yo aprendí que puedo separar el deseo del afecto con bastante precisión, pero que cuando los dos aparecen juntos en la misma persona, la precisión se complica. Aprendí que poner las reglas sobre la mesa desde el principio no es crueldad sino respeto, aunque al otro le cueste entenderlo en el momento. Aprendí que hay personas que te cambian aunque estén a cientos de kilómetros y aunque nunca las hayas tocado con las manos.
No sé si eso hace que todo haya valido la pena. Creo que sí. O al menos creo que no arrepentirme de nada es una forma válida de responder esa pregunta.
Terminé la carrera técnica, como había planeado. Empecé a trabajar. Mi vida se fue ordenando de la forma en que se ordena cuando le prestás atención. Y el juego quedó atrás, como quedan atrás los capítulos que ya cumplieron su función.
Pero a veces, cuando estoy sola una noche sin nada en particular que hacer, me pregunto si en alguna sala virtual hay alguien como yo de hace unos años: alguien que entró buscando conversación y todavía no sabe bien qué está buscando en realidad. Espero que lo encuentre. O que aprenda, como aprendí yo, que a veces el proceso de buscar ya es la respuesta.