El video olvidado que me hizo perder la cabeza sola
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Frente al espejo, con el encaje rojo ciñéndome la cintura, supe que esa noche dejaría de esconderme. Solo faltaba que él abriera la puerta y me viera de verdad.
Cada jueves por la noche llamaba a la puerta del párroco con la cabeza baja. Nadie en el pueblo imaginaba lo que ocurría cuando el cerrojo del portón quedaba echado.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
Cuando el espejo me devolvió una cara que no era la mía, entendí que en esta casa yo ya no mandaba nada. Solo obedecía y deseaba complacerla.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Pedí trabajo de camarero en un club de carretera. Tres semanas después servía copas con tanga, tacones y un nombre nuevo: Adriana.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Se apoyó en el borde del escritorio, se abrió la chaqueta y dijo con voz ronca: «Ahora puedes salir de dudas». Y supe que esa tarde no terminaría en la oficina.
Me sostuvo la mirada en la barra durante diez segundos y supe que iba a seguirlo hasta los baños. Aquella mañana dejé de ser la esposa perfecta.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
Esa mañana se miró las manos y no las reconoció: eran las mismas que habían firmado un compromiso y las mismas que habían traicionado todo por él.
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada, pero esa noche supe que era él, y lo que tenía que confesarme sobre mi mujer y el viejo del cuarto no podía esperar al amanecer.
Cuando bajó al súper a por cervezas, su tío me arrinconó contra la pared recién pintada y supe que el piso no lo iba a estrenar mi novio.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.