Lo que encontré en el otro teléfono de mi marido
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Se apoyó en el borde del escritorio, se abrió la chaqueta y dijo con voz ronca: «Ahora puedes salir de dudas». Y supe que esa tarde no terminaría en la oficina.
Me sostuvo la mirada en la barra durante diez segundos y supe que iba a seguirlo hasta los baños. Aquella mañana dejé de ser la esposa perfecta.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
Esa mañana se miró las manos y no las reconoció: eran las mismas que habían firmado un compromiso y las mismas que habían traicionado todo por él.
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada, pero esa noche supe que era él, y lo que tenía que confesarme sobre mi mujer y el viejo del cuarto no podía esperar al amanecer.
Cuando bajó al súper a por cervezas, su tío me arrinconó contra la pared recién pintada y supe que el piso no lo iba a estrenar mi novio.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
La caja llevaba años en el fondo del armario. Puse el primer disco sin imaginar que lo que vería esa tarde iba a quedarse conmigo para siempre.
Cerré la puerta del baño, abrí el grifo y me prometí que sería rápido. Mentira. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesta a llegar conmigo misma.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Hace meses que duermo solo. Pero cuando el insomnio aprieta, vuelvo a tenerla encima de mí, gimiendo mi nombre como antes de que todo se rompiera.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.