El show de mi esposa terminó en una orgía sin control
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Solo iba a mirar. Eso me dije al entrar al estudio. Pero la cámara seguía disparando y, sin darme cuenta, ya estaba desnuda entre los dos.
Creía que bastaba con desnudarme delante de extraños para perder la vergüenza. Entonces aquella pareja se tumbó a mi lado y me miró como si ya supiera lo que yo aún no me atrevía a pedir.
Mi marido me entregó a ese hombre y se dedicó a grabar mientras yo aguantaba más de una hora con él dentro. No le interesaba mi sexo: solo mi culo.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
La secretaria me desabotonó la blusa antes de entrar al despacho. Supe enseguida que esa reunión con el director no se parecería a ninguna otra.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Esperaba gritos, quizás el final de todo. En cambio, él le tendió una copa de vino y le pidió que se lo contara todo, sin omitir un solo detalle.
Lo encontré medio desnudo en la penumbra de la cocina y su mirada recorrió mi camisón. En ese instante supe que ya no habría vuelta atrás.
Cuando la puerta del camerino se abrió, supe que no era mi asistente. Era él, y traía esa mirada que me obligaba a elegir entre el deseo y la culpa.
Cuando cruzó el umbral del taller esa noche, supo que saldría siendo otra mujer. No iba a resistirse. Iba a entregarse, porque de ello dependía la vida del hombre que amaba.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
Cuando el motor se apagó en medio de la nada, Daniela supo que esa noche dependerían por completo de los dos hombres que dormían en aquellos camiones.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.