La fantasía prohibida que cambió nuestra casa
Primero me grabaron masturbándome; después, mi madre descubrió que el pecado en esa casa no era el deseo, sino quién fingía no tenerlo.
Primero me grabaron masturbándome; después, mi madre descubrió que el pecado en esa casa no era el deseo, sino quién fingía no tenerlo.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Llega a las diez y media, se apoya en la marquesina y cruza las piernas. Ella no lo sabe, pero en mi cabeza ya hemos hecho todo lo que jamás nos atreveríamos.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?
Cerré la laptop, me metí bajo el agua sin pensar en nada y, cuando la esponja rozó mis pechos, supe que esa ducha no iba a ser como las demás.
Llevaba un año sin escribirle. Esa tarde abrí el correo, escribí su nombre y, antes de pensarlo, ya le contaba exactamente lo que quería que me hiciera.
Llueve, no hay nadie en casa y la serie que puse para dormir terminó en otra cosa. Entonces recordé dónde guardaba mi juguete rojo.
Se imaginó a oscuras, con la bata abierta y unas manos desconocidas recorriéndola sin pedir permiso. Y por primera vez no quiso que pararan.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Reservé un turno para soltar la tensión de la semana. No imaginé que las manos de aquella chica iban a despertar algo que nunca me había animado a buscar.
Me dejó sola con el plomero para que arreglara la cocina. Lo que no sabía era que mi suegro lo había planeado todo desde el principio.
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
Eran más de las diez, la casa en silencio y yo decidida a no rendirme otra vez. Esta noche quería llegar hasta el final, costara lo que costara.