El agujero en la pared que le regalé de aniversario
Llevábamos cinco años casados cuando decidí romper el único límite que nos quedaba.
No fue una decisión impulsiva. Hacía meses que los dos lo rondábamos, de forma oblicua, en esas conversaciones de madrugada que suceden después del sexo, cuando la guardia baja y uno dice cosas que de día se dejan sin terminar. Habíamos hablado de tríos en abstracto, de fantasías que sabíamos que no íbamos a actuar nunca, o eso creíamos. Y sin embargo, ahí estaba yo, tres semanas antes de nuestro aniversario, sentado frente a Germán, el dueño del único sex shop decente del barrio, negociando los detalles de un regalo que ninguna guía de regalos menciona.
Nuestro ritual en aquel local era ya conocido. Habíamos entrado por primera vez un año antes, con esa vergüenza fingida que tiene la gente cuando entra en un sitio y sabe exactamente lo que quiere pero necesita actuar como si hubiera llegado por accidente. Mónica eligió un vibrador pequeño, después uno más grande, luego otro juguete que describió como «práctico» con una seriedad que me hizo reír durante días. Habíamos usado esas compras bien. Habíamos hecho cosas en aquellas cabinas que no le cuento a nadie. Pero esto era otra cosa.
Germán aceptó sin inmutarse. Era un hombre de cincuenta y tantos, eficiente y discreto, con la actitud de quien ha visto ya todo lo que hay que ver y nada le sorprende. Me explicó cómo funcionaría, me dio las condiciones: él permanecería al otro lado, no habría contacto visual, no habría palabras, sólo lo esencial. Me dijo que era una práctica más común de lo que la gente imagina. Le pagué la mitad por adelantado y salí de allí con el corazón a ciento veinte.
La noche del aniversario, Mónica llegó al restaurante con un vestido negro que yo no le había visto antes. Escotado, ajustado, con unos tacones que la ponían a mi altura exacta. Cenamos bien, bebimos lo suficiente para estar desinhibidos pero no lo suficiente para nublar nada. Ella sabía que le tenía preparado algo, pero no sabía qué. Me preguntó dos veces durante la cena. Le dije ambas veces que era una sorpresa.
—¿Un regalo normal o uno tuyo? —preguntó la segunda vez, con ese tono que tiene cuando ya se le está encendiendo algo por dentro.
—De los míos —dije.
Sonrió en su copa.
***
El sex shop cerraba a las once. Llegamos a las diez y media, justo cuando Germán empezaba a bajar las persianas exteriores a medias. Nos esperaba. Cuando Mónica vio el local, me miró de reojo pero no dijo nada. Sólo noté que apretó levemente mis dedos.
Entramos. Germán nos guió por el pasillo trasero sin mediar palabra, como si fuéramos a ver un piso de alquiler. Nos llevó a una habitación pequeña, sin ventanas, con un sofá de cuero oscuro, una silla, una pantalla apagada en la pared y la calefacción al máximo. La luz era rojiza, cálida, casi de burdel de película.
—Cuando estén listos —dijo Germán antes de cerrar la puerta—, ya saben qué hacer.
Mónica miró a su alrededor. Miró la pantalla, el sofá, la silla. Después me miró a mí.
—¿Qué es esto? —dijo, pero no con miedo. Con curiosidad.
—Ven —dije, y la llevé hacia la pared del fondo.
Había un agujero, discreto, bien acabado, protegido en los bordes con un reborde de goma negra. Y en ese agujero, saliendo de la oscuridad del otro lado, había una polla. Grande, oscura, aún en reposo, con un lazo rojo atado en la base como si fuera el moño de un paquete de regalo.
Mónica se llevó las manos a la boca.
No dijo nada durante unos segundos. Sólo miraba. Yo la miraba a ella.
—Feliz aniversario —dije—. Es tuya. Haz con ella lo que quieras. La única condición es que yo esté presente. El hombre del otro lado no te verá, no lo verás, no habrá palabras. Sólo eso.
—Estás loco —dijo, sin apartar la mirada del agujero.
—Ya lo sé.
Se giró hacia mí. Sus ojos tenían esa expresión que conozco bien, la mezcla de incredulidad y excitación que no puede fingirse. Me besó, rápido, casi nerviosa. Después volvió a mirar.
—¿Puedo tocarlo?
—Puedes hacer lo que quieras.
Se acercó despacio, como quien se aproxima a algo que podría moverse. Se agachó un poco para quedar a su altura. Extendió la mano y rozó el glande con las yemas de los dedos, apenas, como probando la temperatura del agua.
Lo soltó.
Lo volvió a coger, esta vez con más decisión, cerrando los dedos alrededor del cuerpo.
Soltó una carcajada pequeña, nerviosa, que me llegó directo al pecho. Me miró riéndose, con aquella polla enorme en la mano, sin saber muy bien qué hacer con la situación. Pero claro que sabía. Lo supe cuando empezó a moverla.
***
El cambio fue gradual y fue inevitable. Bajo el movimiento de su mano, aquella polla fue cobrando volumen. No creció mucho en longitud —ya era considerable en reposo—, sino en grosor y en firmeza. Mónica dejó de reírse. Su cara cambió de expresión: la boca ligeramente abierta, los ojos fijos. Había entrado en ese estado de concentración que le conozco bien.
Con la mano izquierda, sin apartar la derecha de lo que tenía, se tocó el pecho por encima del vestido. El gesto era casi inconsciente.
Después me miró.
—¿Estás seguro de esto?
Era su forma de preguntarme si yo quería que parara. Si yo decía que no, aquello terminaba ahí, sin consecuencias. Lo sabíamos los dos.
Tenía miedo. Tenía celos de una polla sin cara, sin nombre, sin historia. Y estaba más excitado de lo que había estado en años.
Asentí.
Ella miró el lazo, cogió un extremo y lo desató. Lo dejó caer al suelo. Siguió.
Tardó otro minuto en acercársela a la cara. Primero la acarició contra su mejilla, con los ojos cerrados, notando la textura, el calor, el peso. Se desabrochó dos botones del escote sin pensarlo, como si el calor de la habitación se hubiera vuelto insoportable. Metió la mano libre por dentro y se acarició un pecho.
No era mi polla la que estaba recibiendo toda esa atención. Pero el espectáculo era mío y sólo mío.
Cuando se la llevó a los labios, lo hizo despacio. Sólo la punta al principio, la lengua explorando el borde, los ojos levantados hacia mí. Esa mirada la conozco de memoria y sin embargo aquí me descolocó, porque lo que tenía en la boca no era lo de siempre. Me cabreó y me revolvió el estómago de deseo al mismo tiempo.
Abrió la boca más. La empujó hacia dentro. Tuvo que hacer un esfuerzo evidente.
Se quitó el vestido. Debajo no llevaba sujetador, como casi siempre. Se arrodilló en el suelo, usó una manta doblada que había en el sofá para protegerse las rodillas, y se entregó.
***
Lo que siguió duró mucho. No llevé la cuenta.
Mónica se tomó aquello con la seriedad y la dedicación que le conozco cuando algo le gusta de verdad. Alternaba la boca con las manos, lamía de arriba abajo, jugaba con los testículos depilados con dedos precisos. A veces se paraba, apretaba, estudiaba. A veces se metía todo lo que podía hasta que los ojos se le llenaban de agua, y lo sacaba jadeando, la barbilla brillante, y sonreía.
Se bajó la ropa interior sin levantarse. Se quedó de rodillas, desnuda excepto por las medias negras.
Yo me había sacado la polla unos minutos antes, sin hacer ruido. Me masturbaba de pie, a cierta distancia, sin intervenir. Había algo sagrado en aquella escena que no quería romper.
Pero cuando la vi tocarse entre las piernas con una mano mientras con la otra seguía con lo que estaba haciendo, supe que era el momento.
Me arrodillé detrás de ella. Le acaricié las caderas, los muslos, el vientre. Ella siguió sin detenerse, aunque noté que se tensó un segundo al sentirme. Poco a poco inclinó el cuerpo hacia adelante, cambiando el ángulo. Separé sus rodillas un poco más y puse mi cabeza entre sus piernas, boca arriba.
Desde esa posición podía verlo todo: su espalda arqueada, sus pechos moviéndose con cada cabezada, la polla oscura entrando y saliendo de su boca abierta. Le pasé la lengua por dentro y ella soltó un sonido amortiguado que hizo temblar todo lo que tenía encima.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. El tiempo en esas habitaciones no funciona igual.
Llegó a su primer orgasmo con aquella polla entre los labios, sin soltarla, los muslos apretados contra mis orejas, el cuerpo entero sacudiéndose. Escuché algo al otro lado de la pared que sonó a esfuerzo contenido. Mónica ni se movió. Siguió.
***
Me levanté, me quité los pantalones y me puse detrás de ella. La penetré de un golpe. Estaba completamente mojada. Arqueó la espalda hacia mí sin soltar lo que tenía en la boca, y el sonido que hizo fue de alivio y de quiero más al mismo tiempo.
La follé despacio al principio, después más fuerte. Ella se movía entre los dos estímulos con una coordinación instintiva, cediendo hacia adelante cuando yo empujaba, tomando aire cuando podía. Pensé en lo obvio, lo que habría pensado cualquiera en mi lugar. No dije nada.
Fue ella quien lo resolvió.
—Va a correrse —dijo, sacando la polla un momento y girando apenas la cabeza hacia mí.
Me aparté. Era su regalo. La liturgia era suya.
Me puse de pie, a un lado, y la miré terminar. Abrió la boca y apoyó la lengua plana debajo del glande. Lo sujetó con ambas manos y lo movió con calma, sin apresurarse. El primer chorro fue lento, casi cauteloso. Después el cuerpo del otro cedió de una vez y Mónica cerró los ojos mientras recibía aquello, resbalando por su boca, por su barbilla, dibujando líneas sobre sus pechos. Siguió sujetándolo, bajando el ritmo hasta que el cuerpo al otro lado dejó de temblar. Apretó el glande suavemente y lamió la última gota con la precisión de alguien que no quiere desperdiciar nada.
Lo soltó.
El silencio de la habitación fue absoluto durante unos segundos.
***
Mónica se giró hacia mí todavía arrodillada, la cara brillante, los pechos húmedos, sonriendo con ese gesto de quien acaba de hacer algo que no creyó que haría nunca. Me dijo «gracias» en voz baja. Y después me tiró de la ropa.
No necesité que me lo pidiera dos veces.
Me metió en la boca con una urgencia que no era frecuente en ella, de rodillas en el suelo, los muslos abiertos mientras se tocaba con una mano a velocidad máxima. Acabé en su garganta treinta segundos antes de que ella llegara al segundo orgasmo. No se separó. No escupió nada.
Nos quedamos en el suelo un buen rato, ella apoyada en mi pecho, yo con la espalda contra el sofá. El olor de la habitación era pesado, denso, completamente nuestro. Respiramos.
Miré el agujero en la pared. Estaba vacío. El otro había desaparecido sin hacer ruido, como si nunca hubiera existido.
—El año que viene —dijo Mónica—, me toca a mí elegir el regalo.
Cerré los ojos.
—Claro —dije.