Sus mensajes la rompieron de dos maneras distintas
Natalia se hundió en el sofá con la copa de vino que había servido antes de que todo estallara. Afuera, los coches pasaban indiferentes. Adentro, solo el silencio denso de una casa que de repente le resultaba ajena, como si al abrir la puerta hubiera entrado en el piso de otra persona.
Bebió de un trago largo. El vino era bueno, Marcos siempre compraba buen vino, siempre tenía buen gusto para todo. Para el vino, para los restaurantes, para escoger una amante que además de joven resultaba estar embarazada de cuatro meses.
Se había enterado esa tarde por su cuñada Elena, que nunca supo guardar un secreto y que había bebido dos copas de más en la comida familiar. «Es que lo de Daniela, con la barriga ya tan evidente...», había dicho, y luego la mirada de horror al darse cuenta, y el silencio que llegó demasiado tarde para borrar nada. Natalia había terminado el postre sin decir una sola palabra. Había conducido de vuelta a casa con las manos apretadas en el volante y la cabeza haciendo y deshaciendo el mismo nudo sin llegar nunca a deshacerlo del todo.
Llegó. Entró. Se sirvió el vino.
Y entonces lo vio: el teléfono del trabajo de Marcos, encima de la mesilla del dormitorio, boca arriba. Lo había olvidado esa mañana, como siempre olvidaba ese teléfono, como olvidaba también el cargador y las llaves y cualquier cosa que no tuviera que ver con Daniela. Natalia lo cogió con dedos que todavía no le temblaban. Tecleó el PIN que él no había cambiado jamás: el año de la boda.
Primer intento. Desbloqueado.
—Claro —dijo en voz alta, a nadie—. Claro que sí.
Abrió WhatsApp. El chat con Daniela estaba arriba del todo, sin disimulo, sin nombre en clave, sin carpeta oculta. Solo «Daniela», como si Marcos ya no se molestara en fingir, como si Natalia hubiera dejado de importar lo suficiente como para merecer el esfuerzo de esconderlo.
El último mensaje era una foto.
Daniela de costado. La mano izquierda cubriéndole apenas el pecho, los pezones marcados entre los dedos. La otra mano apoyada con cuidado sobre una barriga que ya se notaba de verdad: redonda, brillante con aceite o crema, esa clase de barriga que la gente toca sin pedir permiso. La sonrisa era directa y no tenía ninguna inocencia.
Debajo, el texto: «¿Ves qué bonita me estás poniendo, amor? Ya cuatro meses. Qué bien te portaste conmigo. Ven pronto, que te echo de menos. Quiero que me pongas la mano aquí y que me digas que es nuestro».
Natalia tuvo que apoyar la espalda contra el marco de la puerta. El estómago se le contrajo de una forma que no era solo náuseas. Había algo más profundo, más oscuro y más vergonzoso que las náuseas: un calor que no le había pedido permiso para instalarse.
Siguió bajando.
***
Había fotos de julio, de la playa. Daniela en bikini blanco diminuto, el escote tan pronunciado que los pechos parecían a punto de escaparse. El sol le doraba la piel, los pezones se marcaban contra la tela mojada. Eran del mismo fin de semana en que Natalia y Marcos habían estado en casa de los suegros con los niños, mientras él miraba el partido con el cuñado y decía que le dolía la cabeza para no tener que bañarse.
—Me matas —había escrito Marcos—. Estoy aquí muriéndome mientras tú pareces sacada de una revista.
—¿Y tu familia? ¿Lo pasáis bien? —respondía Daniela.
—Bien, lo que se dice bien, no. Te echo de menos. Ojalá fuera esto contigo, sin nadie más.
—Ven pronto, papi. Aquí sigo, esperándote con ganas.
—Ya lo sé. Por eso me vuelves loco.
Natalia notó que la mandíbula le dolía de apretarla. Siguió bajando.
Un vídeo. Once segundos. Pulsó play casi sin querer, como quien toca una quemadura para confirmar que todavía duele.
Daniela tumbada, la cámara apuntando desde arriba. Las piernas entreabiertas, la mano moviéndose entre ellas muy despacio, la barriga apenas visible subiendo y bajando con la respiración agitada. La voz bajísima, casi un susurro: «Marcos… pienso en ti… quiero que vengas y me toques aquí… donde ya sabes que me pones loca».
Natalia apagó el vídeo.
Se quedó de pie en el centro del dormitorio con el teléfono encendido en la mano y esa voz rebotando dentro de la cabeza. Le palpitaban las sienes. Notaba también, con una claridad que le daba vergüenza, el calor húmedo entre las piernas.
Se quitó el pantalón del pijama. Las bragas. Los dejó caer al suelo sin doblarlos.
Abrió la mesilla y sacó el vibrador que guardaba desde hacía dos años, el que usaba cuando Marcos viajaba por trabajo —o cuando decía que viajaba, se corrigió ahora—. Lo encendió. El zumbido llenó la habitación como una confesión que nadie había pedido en voz alta.
Se tumbó boca arriba en la cama. Su cama. La que habían elegido juntos en aquella tienda de muebles del barrio, un sábado de otoño con los niños colgándose del brazo y discutiendo si el cabecero era demasiado alto. La cama en la que llevaban once años durmiendo juntos, cada uno en su lado, con el vacío que a veces se instala entre dos personas sin que ninguno sepa cuándo empezó exactamente.
***
—Zorra —susurró, y no supo bien a quién se lo decía.
Colocó el vibrador contra el clítoris y apretó los dientes. El placer fue inmediato y desproporcionado, casi insultante en su intensidad. Los dedos de la mano libre se cerraron sobre las sábanas.
Se imaginó a Marcos llegando esa noche al piso de Daniela. El ascensor, el timbre, ella abriendo con esa sonrisa de la foto, un camisón corto, la barriga perceptible bajo la tela. Él entrando, pasándole la mano por encima despacio, con ese cuidado que reserva la gente para las cosas que le importan de verdad. «Es nuestro», diciéndole. «Es nuestro».
Subió la intensidad.
Se imaginó a Daniela quitándose el camisón. Los pechos cayendo hacia adelante, pesados y reales. Marcos inclinándose para besarle el cuello, recorriendo con la boca lo que le había prometido a Natalia en otro tiempo, en otra vida que ya parecía pertenecer a otra persona. La imagen era nítida y obscena e imposible de apagar. No lo intentó.
—Lo estás haciendo ahora —jadeó entre dientes—. Ahora mismo mientras yo estoy aquí sola.
Las lágrimas le rodaban por las sienes hacia la almohada. No las limpió.
Más abajo, en el historial, había un mensaje de tres semanas atrás que le había saltado como una bofetada la primera vez que lo leyó:
—Este fin de semana Natalia se va a casa de su madre —había escrito Marcos—. Me quedo con los niños. Los acuesto a las nueve y se quedan planchados.
—¿Me estás invitando a tu casa? —preguntaba Daniela.
—A la habitación. Pongo el pestillo y no nos oye nadie. Quiero que te quedes la noche entera, Dani. Una noche completa.
—Marcos… en tu cama. En la misma cama donde duermes con ella todos los días.
—Sí. Quiero eso. Quiero que sea nuestro sitio aunque sea una vez. Quiero tenerte ahí.
—Dios. Me pone mucho. Vale. Voy.
***
Natalia gritó.
No fue un grito de una sola cosa. Tenía rabia y tenía placer y tenía vergüenza y algo más oscuro que los tres juntos, algo sin nombre en ningún diccionario decente. El orgasmo llegó como una ola que se rompe mal: brusco, desigual, más largo de lo que esperaba. El cuerpo se arqueó, los muslos se cerraron sobre la mano, los dedos se aferraron a las sábanas como si el suelo se hubiera movido bajo ella.
Luego cayó de golpe y se quedó quieta.
El vibrador seguía zumbando contra los dedos. La foto de Daniela iluminada en la pantalla del teléfono, apoyado de costado en la almohada: la mano en la barriga, la sonrisa satisfecha, los ojos mirando directo a cámara.
Natalia la miró durante un momento largo.
—Te lo está dando todo —dijo en voz baja. No como insulto. Solo como un hecho que acababa de aceptar.
Cerró los ojos. Debajo de la rabia, debajo del asco hacia él y hacia sí misma, había algo que no se iba: la imagen de Marcos cerrando el pestillo de esa misma puerta, apagando la luz, diciéndole a Daniela «aquí estamos solos» mientras sus hijos dormían al otro lado del pasillo. La obscenidad doméstica de esa escena. La intimidad prestada sin pedirle permiso a nadie.
Se imaginó el colchón hundiéndose bajo los dos. El crujido que ella conocía de memoria, el mismo de cada mañana cuando él se levantaba antes que ella para ducharse. El cabecero contra la pared, ese cabecero que habían discutido si era demasiado alto. La voz de Daniela diciéndole «más despacio, que los niños», y él riéndose bajito, poniéndole la mano sobre la boca. La barriga entre ellos, redonda y tibia, como un secreto que ya no pertenecía a nadie más que a ellos dos.
Volvió a encender el vibrador.
Esta vez no lloró. Esta vez cerró los ojos y dejó que la escena llegara hasta el final: Marcos susurrándole a Daniela «quédate esta noche», ella asintiendo, los dos quedándose dormidos en la cama de Natalia como si fuera suya desde siempre, como si once años no significaran nada.
El orgasmo fue corto y seco y casi mecánico. Pero llegó.
Se quedó quieta durante un rato que no midió, mirando el techo.
***
Después se incorporó. Recogió la ropa del suelo, se la puso. Fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se miró en el espejo más tiempo del necesario. Luego fue a la cocina, se sirvió lo que quedaba de la botella, volvió al sofá.
Afuera los coches seguían pasando.
Dejó el teléfono de Marcos exactamente donde lo había encontrado: en la mesilla, boca arriba, iluminado con la foto de Daniela y su barriga de cuatro meses.
Mañana habría decisiones. Llamadas. Abogados. Conversaciones con los niños que todavía no sabía cómo empezar. Mañana el mundo iba a ser completamente distinto y ella tendría que aprender a moverse en él sola, reconstruir algo desde cero, inventarse una versión de sí misma que no pasara por Marcos.
Pero esta noche, al menos, había sido suya.
Aunque doliera de una manera que no tenía nombre.
Aunque el deseo y la rabia resultaran ser, al final, exactamente la misma cosa.