El disfraz de mi mejor amiga lo cambió todo
La invitación llegó un martes por la noche, mientras Lucía y yo cenábamos pasta recalentada en el sofá. Compartíamos piso desde el segundo año de carrera, y a esas alturas yo conocía cada uno de sus gestos: el modo en que se mordía el labio cuando dudaba, el suspiro corto que soltaba antes de una broma pesada, la forma en que su pelo castaño se le pegaba al cuello cuando salía de la ducha. La conocía como se conoce a alguien con quien duermes a dos paredes de distancia durante tres años, sin atreverte a pensar en algo más.
—Marina, mira esto —dijo, girando el móvil hacia mí.
El cartel digital brillaba sobre fondo púrpura. «Fiesta de disfraces. Sábado 22 h. Mitos y leyendas. Ven dispuesto a perder la vergüenza». Una máscara veneciana se disolvía en purpurina sobre el GIF.
—¿Quién la organiza? —pregunté, dejando el plato a un lado.
—Diego, el de Bellas Artes. El del pelo verde. Dicen que es la fiesta del año.
Sonreí. Llevábamos meses sin salir como antes, atrapadas entre exámenes y trabajos a destajo. La sola idea de meterme dentro de un disfraz y dejar de ser yo durante una noche me aceleró el pulso.
—Tenemos que ir —dije.
—Eso quería oír. Pero hagamos algo divertido —Lucía dejó el móvil y se inclinó hacia mí con esa sonrisa que siempre presagiaba problemas—. Apuesta. Quien lleve el disfraz más atrevido gana.
—¿Y qué se lleva la ganadora?
—El honor. El derecho a presumir un mes entero. Y a burlarse de la otra hasta el final del semestre.
Le di la mano sin pensarlo. Conocía sus apuestas. Y, sin embargo, esa noche, mirándola a los ojos bajo la luz amarilla del salón, no podía adivinar lo que estaba a punto de pasar.
***
Los días siguientes fueron un desfile de secretos. Aparecieron cajas en el salón que ninguna abría delante de la otra. Lucía hablaba por teléfono en el balcón, en voz baja, y volvía con paquetes que escondía bajo la cama. Yo me encerraba en mi habitación con la máquina de coser de segunda mano que había comprado en un mercadillo, transformando una falda gris escolar en algo que ningún profesor toleraría jamás.
Llevaba semanas pensando en el disfraz. Quería algo que jugara con la inocencia y la corrupción al mismo tiempo. Quería ser la chica que no debería estar ahí.
El sábado por la tarde, el sol entraba sesgado por las persianas. Me encerré a vestirme con el corazón latiéndome en la garganta.
Primero, una blusa blanca de seda casi transparente, con cuello y puños de encaje. Luego, la minifalda gris de tablas que había acortado hasta el escándalo, con una abertura lateral que subía casi hasta la cadera. Medias blancas hasta el muslo, sostenidas por un liguero negro de encaje que apenas asomaba. Tacones de aguja de charol negro con una hebilla en forma de lazo. Dos coletas altas, una a cada lado de la cabeza. Delineador grueso, brillo de fresa, gafas redondas sin cristales. Cuando me miré en el espejo de cuerpo entero, sentí un escalofrío. Era una colegiala expulsada de todos los conventos del mundo. Estaba segura de que ganaba.
Abrí la puerta con un gesto teatral.
—¡Lucía, ríndete antes de salir! La reina del descaro ha llegado y...
La frase se me deshizo en la lengua.
Lucía estaba en el marco de su habitación. Y estaba desnuda. Completamente desnuda. No llevaba ni un retazo de tela, ni un adorno estratégico. Solo su piel dorada por el último sol del verano, su cabello castaño cayéndole en olas salvajes sobre los hombros, un mechón sobre un pezón y el otro asomando con una osadía que me cortó el aire.
A su espalda, un carcaj de cuero oscuro con grabados celtas, sujeto por una correa que cruzaba su pecho, pasaba entre sus senos y rodeaba su torso. En la mano derecha sostenía un arco largo de madera de tejo, apoyado en el suelo como un cetro. El cuero rústico contra la suavidad de su piel era una imagen que se me quedó tatuada antes de poder procesarla. El surco que descendía desde su ombligo hasta el pubis depilado no dejaba nada a la imaginación.
No. No, no, no. Esto no estaba previsto.
—¿Qué tal? —dijo, ladeando la cabeza con esa sonrisa lenta que conocía demasiado bien—. He pensado que, si vamos de mitos, voy de la mejor. Diana, la cazadora. Diosa de la luna y de la naturaleza.
Tragué saliva. Sentí cómo se me subía el rubor por el cuello, por la garganta, por las mejillas. No era solo la apuesta perdida lo que me incendiaba. Era ella. Era el modo en que la luz del salón le caía sobre el vientre plano. Era haber dormido tres años a quince metros de ese cuerpo sin haberlo visto nunca así. Era darme cuenta, justo en ese instante, de que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no me importaba.
—Lucía... —conseguí decir—. Estás...
—¿He ganado? —preguntó, dando un paso adelante.
—Has ganado. Por goleada. Has ganado todo.
Soltó una carcajada baja y se acercó. Me rodeó con la mirada, con esa apreciación tranquila que me hizo apretar las piernas bajo la falda diminuta.
—Pues tú estás letal, no te creas —su dedo trazó la abertura lateral de la falda, sin llegar a tocar la piel—. Esa abertura es un crimen.
El roce que no llegó me dejó la piel ardiendo bajo la tela. Tuve que apartar la mirada para poder respirar.
—La diosa va a tener que dejar que la conduzca —dije, sacando las llaves del coche con dedos que no me obedecían del todo—. Porque dudo que un carcaj cuente como bolsillo.
—Trato.
***
El viaje fue una tortura nueva. Lucía se sentó a mi lado, completamente desnuda sobre el cuero del asiento, con el arco apoyado entre las piernas. Cada vez que cambiaba de marcha la tenía a centímetros, su muslo iluminado por las farolas naranjas, su pelo deslizándose hacia atrás. Me concentré en la carretera con una disciplina que no sabía que tenía.
—¿Y si nos para la policía? —dije, intentando bromear.
—Le diré que soy una manifestación de la naturaleza —respondió ella sin mirarme—. Y tú, con esa falda, los distraes mientras yo me escapo por el campo.
Reí con la boca seca.
La fábrica abandonada vibraba antes de que llegáramos a la puerta. Música electrónica grave saliendo por las ventanas rotas, focos de neón arañando el cielo, una cola serpenteando por el patio interior.
Bajé del coche y di la vuelta para abrirle la puerta a Lucía. No era un gesto que hubiera hecho nunca en tres años. Lo hice esa noche.
El silencio que cayó sobre la cola al verla aparecer fue casi audible. Una chica disfrazada de vampiro dejó caer su copa. Un chico con capa de superhéroe se golpeó el pecho con el codo de su amigo. Lucía no bajó la mirada. Caminó a mi lado con la cabeza alta, el carcaj rebotando contra su espalda, el arco oscilando en su mano. Los focos del exterior la barrían como si le siguieran el rastro.
Yo me sentía a su lado como una nota a pie de página de un libro mucho más grande. Pero también me sentía orgullosa. Brutalmente orgullosa.
***
Dentro, el caos se duplicó. Luces estroboscópicas, humo denso, máscaras de zorro y coronas de laurel y alas pintadas. La gente se apartaba a nuestro paso. La música golpeaba los huesos. Diego, un faraón improvisado del pelo verde, nos vio desde el escenario elevado y se quedó con el micrófono en la mano sin decir nada durante varios segundos.
Conseguimos dos gin-tonics y nos refugiamos junto a una columna de ladrillo visto. Lucía se apoyó contra la pared, sorbiendo despacio, con el aire de quien no había hecho nada extraordinario.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído, para hacerme oír por encima de los bajos.
Asintió, y al volver a mirarla la pillé observándome. No la pillé un segundo, ni dos. Llevaba un rato mirándome.
—¿Qué? —dije.
—Nada. Que me gusta cómo te queda esa falda.
Sentí la frase en la nuca, en los muslos, en el centro mismo del cuerpo.
—Lucía...
—Bebe —me cortó, sonriendo—. La noche es larga.
Bailamos. Bailamos hasta que se me olvidó que llevaba tacones, hasta que Lucía dejó el arco apoyado contra una columna porque le estorbaba para moverse. Una multitud se cerró alrededor de nosotras sin invadirnos, un círculo de admiración respetuosa. Yo me movía con la falda revoloteando alrededor de los muslos, las coletas saltando, los brazos alzados. Lucía bailaba despacio, con una gracia animal, su cuerpo desnudo bañándose en luces fucsia y verde ácido.
En un momento, alguien me empujó por error y caí contra ella. Sus manos me sujetaron por la cintura, firmes, calientes. No me soltó enseguida. Me sostuvo contra ella un segundo más de la cuenta, los pechos contra mi blusa de seda, la respiración cerca de mi oreja.
—Cuidado, colegiala —murmuró.
Asentí porque no me salía la voz.
Cuando Diego anunció el premio al mejor disfraz, fue ella, evidentemente. La multitud rugió «¡Diana! ¡Diana!» y Lucía subió al escenario con una serenidad que no entendía cómo lograba. Yo aplaudí hasta que me ardieron las palmas. Cuando ella levantó su copa hacia mí desde arriba, brindando solo para mí, supe que el suelo me daba vueltas y no era por el alcohol.
***
Volvimos al piso a las cuatro. La ciudad dormía bajo una luz naranja y solitaria. En el coche apenas hablamos. Yo conducía agarrando el volante con las dos manos, mirando al frente, sintiéndola respirar a mi lado. Cada semáforo en rojo era una pequeña tortura. Cada acelerón, una excusa para no pensar.
Subimos las escaleras en silencio. Cuando cerré la puerta del piso, el clic del cerrojo me sonó a punto final.
Lucía dejó el arco y el carcaj apoyados contra la pared, como un guerrero después de una batalla. Se quitó las correas de cuero despacio, y por primera vez en toda la noche su desnudez dejó de ser un disfraz para volverse otra cosa, algo más íntimo, algo más peligroso.
Yo me deshice las coletas frente al espejo del recibidor. Cuando me giré, ella estaba mirándome desde el centro del salón.
—Marina —dijo en voz baja.
—¿Sí?
—Llevo toda la noche pensando una cosa.
Me acerqué un paso. Solo uno. El tacón sonó muy fuerte contra la madera.
—¿Qué cosa?
Me cogió por las caderas con las dos manos y me atrajo hacia ella sin esfuerzo. Mi falda diminuta rozó la piel desnuda de sus muslos. Mi blusa de seda se aplastó contra sus pechos. Pude sentir el pezón endurecido bajo la tela transparente.
—Que hace mucho que dejaste de ser solo mi compañera de piso —susurró.
La besé yo. No supe quién decidió, pero supe quién se inclinó primero. Su boca sabía a gin-tonic y a brillo de fresa, a tres años aplazados. Me agarré a sus hombros, sentí el contraste entre la piel cálida de sus omóplatos y el aire frío del salón, y dejé que sus dedos me subieran la falda hasta las caderas.
—Has perdido la apuesta —murmuró contra mi cuello, mientras me tumbaba despacio sobre el sofá.
—No —contesté, abriendo las piernas para que se acomodara entre ellas—. He ganado lo que en realidad quería ganar.
El liguero cedió bajo sus dedos sin resistencia. Mi blusa se abrió botón a botón, sin prisa, mientras ella me iba descubriendo como si fuese la primera vez que veía un cuerpo. Encima de mí, su piel desnuda recogía la luz tenue de la lámpara que habíamos olvidado apagar al salir. Diana había dejado el arco en la entrada, pero seguía siendo cazadora.
Y yo, esa madrugada, debajo de ella, dejé de huir.