El cajón secreto de mi madre cambió todo aquella tarde
Mi madre llevaba cuatro meses sin salir de su habitación. La muerte de mi padre la había vaciado por dentro, y aunque mi hermano y yo intentábamos sacarla del pozo, ella respondía siempre lo mismo: que estaba cansada, que más tarde, que mañana. Mañana nunca llegaba.
Aquella tarde de septiembre subí con un té de manzanilla y la encontré, otra vez, mirando el techo. Tenía cuarenta y seis años y todavía era una mujer espectacular: piel clara, melena castaña que le llegaba a los hombros, un cuerpo de curvas que la edad había vuelto más generosas. El luto le había apagado los ojos, pero no el resto.
—Mami, levántate —le dije sentándome al borde de la cama—. Llevas días sin abrir las cortinas.
—Déjame, Lucía. Hoy no.
—Mateo viene a cenar. Le prometí que te vería.
Mi hermano, dos años menor que yo, estudiaba en la capital y solo bajaba los fines de semana. Era el único que conseguía sacarle una sonrisa a mamá, y desde la muerte de papá la llamaba todas las noches sin falta.
—No tengo ropa decente —murmuró ella.
—Eso lo arreglo yo.
Me levanté y abrí el cajón superior de su cómoda, el de la lencería. Mamá siempre había sido coqueta. Antes de que papá enfermara, los veía mirarse en la cocina como si fueran novios recién estrenados. Ese cajón seguía oliendo a su perfume de jazmín, y debajo de los pares de medias y los conjuntos de encaje encontré algo que me detuvo en seco.
Era un consolador. De silicona color piel, grueso, con venas marcadas y una base ancha. No estaba escondido del todo, solo tapado con un pañuelo de seda. Lo levanté con cuidado, como si fuera frágil.
—Mamá —dije sin volverme.
El silencio detrás de mí se hizo denso. Cuando giré, la encontré incorporada en la cama, con las mejillas encendidas y la mirada baja. Mordía su labio inferior, ese gesto tan suyo que conservaba intacto pese al duelo.
—Devuélvelo a su sitio, hija.
—No me imaginaba… —empecé, y no terminé la frase.
—Tu padre y yo lo usábamos. A él le gustaba mirar.
Lo dijo sin dramatismo, como si llevara meses guardándose esa confesión y necesitara soltarla. Me senté otra vez al borde de la cama, con el consolador en el regazo. Mamá me miraba con una mezcla de pudor y curiosidad que nunca le había visto.
—¿Lo sigues usando?
—Hace seis meses que no.
—¿Por qué?
—Porque no es lo mismo sin él. Y porque me sentía culpable de tener ganas mientras él se moría.
Ahí estaba la grieta por donde podía colarme.
—Mami, papá lleva cuatro meses muerto. Está bien tener ganas.
—No, hija. Hay deseos que no se pueden tener.
Lo dijo con una rara firmeza, como si estuviera hablando de algo concreto. La miré a los ojos y por primera vez en meses ella no apartó la mirada.
—¿Qué deseos, mamá?
—Cosas que me cruzan la cabeza por las noches. Imágenes. No quiero hablar de eso.
Le puse la mano en la rodilla por encima del edredón. Estaba caliente.
—A mí me las puedes contar. Soy tu hija. ¿En quién vas a confiar si no es en mí?
Mamá tragó saliva. Vi cómo le subía el pulso por el cuello.
—Sueño con tu hermano —dijo por fin, casi inaudible.
Me quedé quieta. No por sorpresa, sino por cuidado: cualquier reacción mía la habría hecho replegarse otra vez en su silencio.
—¿Qué sueñas?
—Que entra por esa puerta. Que se mete en la cama. Que… —cerró los ojos—. Que vuelve a entrar por donde nació. Por eso me siento sucia, Lucía. Por eso no me levanto. Porque me despierto mojada y con asco de mí misma.
Apreté el consolador entre mis manos. Algo se me abrió dentro, una rendija de calor que no esperaba. Hacía meses que yo también pensaba en mi hermano. En cómo se me quedaba mirando cuando volvía de correr, sudada y sin sostén bajo la camiseta. En las llamadas larguísimas en las que nos contábamos cosas que ningún hermano debería contarse.
—Mami, escúchame.
—No.
—Escúchame. ¿Qué pasaría si te dijera que él también sueña contigo?
Abrió los ojos despacio.
—Eso no es verdad, hija. No me digas eso.
—Me lo contó el mes pasado. Estábamos los dos en la cocina, había bebido un poco y se le soltó la lengua. Me dijo que le costaba dormir pensando en ti. Que cuando le abrías la puerta en bata, no podía mirarte sin imaginarte debajo de él.
Mi madre se llevó la mano a la boca. Los ojos se le llenaron de algo que no era pena por primera vez en mucho tiempo.
—¿Por qué me cuentas esto, Lucía?
—Porque te quiero. Porque estoy harta de verte muerta en vida. Y porque hay cosas que solo se curan haciéndolas.
Le tendí el consolador. Ella lo cogió con la mano que le temblaba un poco.
—Quiero que te metas debajo de las sábanas y te toques. Y quiero llamar a Mateo.
—Hija, no.
—No tienes que hacer nada que no quieras. Solo abre la puerta. Si no te gusta, paramos. Si te gusta, yo estaré aquí. Nadie sale de esta habitación con culpa, ¿de acuerdo?
Mamá no respondió, pero deslizó el consolador bajo el edredón. Cerró los ojos. Vi cómo su brazo se movía despacio, encontrando el ritmo. La respiración se le entrecortó.
Saqué el móvil del bolsillo y le escribí a Mateo dos palabras: «Ven ya».
***
Mi hermano apareció diez minutos después. Lo recibí en el pasillo, le expliqué la situación en susurros mientras él me miraba sin terminar de creérselo.
—¿Está segura? —preguntó con la voz ronca.
—Pregúntaselo tú. Si dice que no, te vas. No hay drama.
—¿Y tú?
—Yo me quedo si ella quiere que me quede.
Empujé la puerta. Mamá había dejado el consolador sobre la mesilla y estaba sentada con la espalda contra el cabezal, con el camisón ajustado contra el pecho. Tenía las mejillas coloradas y las pupilas dilatadas. No parecía la misma mujer que llevaba meses derritiéndose en aquella cama.
—Mateo —dijo ella, y se le quebró la voz al pronunciarlo.
—Mami.
Mi hermano se acercó despacio, midiendo cada paso. Se sentó en el mismo sitio en el que yo había estado un rato antes. Le tomó la mano.
—¿Quieres que me vaya?
Mamá negó con la cabeza.
—¿Quieres que me quede?
Asintió.
—Dilo, mami. Necesito que lo digas.
—Quédate. Pero prométeme que después no vas a mirarme distinto.
—Te voy a mirar igual que siempre. Solo que con esto guardado entre nosotros tres.
Yo me había quedado de pie junto a la puerta. Mamá levantó la vista hacia mí.
—¿Tú te vas a quedar, Lucía?
—Solo si me lo pides.
—Te lo pido. No quiero estar sola en esto.
Crucé el cuarto y me senté en la butaca del rincón, la que mi padre usaba para leer. Era el sitio perfecto para no estorbar y verlo todo. Mamá me sonrió por primera vez en meses, una sonrisa pequeña y agradecida, y luego volvió la cabeza hacia mi hermano.
Mateo se inclinó y la besó en la frente. Después en la mejilla. Después en la comisura de la boca. Mamá tardó dos segundos en abrir los labios y devolverle el beso, y cuando lo hizo, se aferró a su nuca con las dos manos, como si llevara cuatro meses ahogándose y por fin alguien la sacara a la superficie.
—Mami —murmuró él contra su boca—, llevo demasiado tiempo queriendo esto.
—Yo también, mi vida. Yo también.
Le bajó el camisón despacio. Las tetas de mi madre cayeron pesadas, llenas, con los pezones oscuros y duros. Mateo las miró un momento sin tocar, como si fueran un altar, y luego bajó la cabeza y se las besó una por una. Mamá soltó un gemido que era más de alivio que de placer.
Yo crucé las piernas en la butaca. No estaba ahí para tocarme. Estaba ahí para vigilar que mi madre estuviera a salvo, y la palabra «a salvo» ya tenía otro significado.
—Mírame, mami —le pidió Mateo cuando se subió encima de ella—. Quiero que me mires todo el rato.
—Te miro, hijo.
Entró en ella muy despacio. Vi cómo a mamá se le abría la boca sin hacer ruido, cómo se aferraba a los hombros de mi hermano, cómo cerraba los ojos un segundo y los abría enseguida porque él se lo había pedido. Mateo se quedó quieto dentro un momento largo. Le acariciaba la cara.
—¿Estás bien?
—Estoy en casa —dijo ella, y se le escaparon las lágrimas, pero esta vez las lágrimas eran otra cosa.
Empezó a moverse. Despacio al principio, midiendo a mi madre, atento a cada ruido que ella hacía. Mamá le rodeó la cintura con las piernas y empezó a salir a su encuentro en cada embestida. Las tetas le rebotaban suavemente al ritmo. La habitación se llenó del sonido húmedo de los cuerpos y de la respiración cortada de los dos.
—Más fuerte, mi amor —pidió ella al cabo de un rato.
Mateo obedeció. Mamá soltó un grito ronco, gutural, el tipo de sonido que llevaba meses guardando bajo la almohada. Yo me mordí los labios desde la butaca.
—Vente dentro —dijo mamá de pronto, con los ojos vidriosos—. Quiero sentirte ahí.
—Mami, no… puedes…
—Estoy operada hace años, mi cielo. Vente. Quédate dentro.
Mi hermano apretó los dientes y aceleró. Vi cómo a mamá se le tensaba todo el cuerpo, cómo arqueaba la espalda, cómo se quedaba muda en el clímax con la boca abierta sin dejar salir el sonido. Mateo se dejó caer sobre ella unos segundos después, vaciándose con un gemido que sonó casi como un sollozo.
Se quedaron un rato así, abrazados, sin separarse. Yo me levanté en silencio para irme, pero mamá estiró la mano hacia mí.
—Quédate, hija. No te vayas todavía.
Me senté en el borde de la cama, junto a ellos. Mamá me cogió la mano con una de las suyas y con la otra le acariciaba el pelo a mi hermano. Olía a sudor y a sexo y a algo nuevo, a algo vivo.
—Voy a hacerte un café —le dije.
—Después —respondió ella—. Ahora quédate. Quédate con nosotros.
Y por primera vez en cuatro meses, mi madre cerró los ojos sonriendo.