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Relatos Ardientes

La fantasía que tengo con él cuando estoy sola

Estoy sola otra vez. La casa entera respira el silencio de las tres de la mañana y yo no puedo dormir, porque mi cuerpo tiene su propia agenda y esta noche pide a gritos algo que no le voy a poder dar.

Llevo dos semanas sin verlo. Sebastián. Solo pronunciar su nombre dentro de mi cabeza me eriza la piel del cuello, y eso ya no es justo, porque no debería tener tanto poder sobre mí alguien que ni siquiera está en la misma ciudad. Pero lo tiene. Lo tiene desde aquella tarde en su departamento, cuando me sostuvo contra la pared del pasillo y me hizo entender, con la boca abierta sobre la mía, que iba a aprender a vivir extrañándolo.

Me destapo. La sábana me roza los pezones y siento el primer tirón en la boca del estómago, ese aviso del cuerpo cuando ya decidió antes que la cabeza. Estoy desnuda, claro. Hace meses que duermo así, desde la primera noche que pasé con él y me hizo prometerle que no me pondría nada antes de meterme en la cama. Una promesa tonta, porque él no estaba para verlo. Y aún así, la cumplo.

—Esta noche no —digo en voz alta, como si negociara con alguien—. Esta noche no voy a hacerlo.

Pero ya tengo una mano apoyada en el muslo y la otra cerrada en un puño contra la almohada, y sé perfectamente cómo va a terminar todo esto. Lo sé desde que me metí en la cama, desde que apagué la luz, desde que abrí los ojos a las dos y media en la oscuridad y reconocí, sin necesidad de mirarme, que estaba mojada.

Cierro los ojos. Lo busco. No me cuesta encontrarlo, porque siempre está cerca, esperando que lo invoque. Lo veo entrando al dormitorio, bajando el cierre del pantalón sin mirarme, sentándose en el borde del colchón con esa calma suya que me vuelve loca. Sebastián nunca tiene prisa. Ese es su truco. Sabe que cada minuto que tarda en tocarme me deshace un poco más por dentro, y se aprovecha.

—Date vuelta —me diría, sin levantar la voz.

Y yo me daría vuelta, porque con él me convierto en alguien que obedece sin discutir, alguien que ni siquiera reconozco cuando me cruzo conmigo en el espejo del baño. Me pondría boca abajo, con los brazos cruzados bajo la cara, y esperaría. Sentiría su mano subiendo lenta por la parte interna de mi muslo, sin tocarme todavía donde más quiero, dibujando círculos cada vez más cerca y nunca lo bastante. Sebastián juega así. Sabe que soy paciente con todo en la vida menos con esto.

Abro los ojos. Estoy temblando. Me toco con la punta de los dedos, apenas, y el simple roce me arranca un suspiro. Llevo el pulgar a la boca, lo humedezco, lo bajo de nuevo. Hago círculos lentos. Aprieto los muslos. Si tan solo estuviera aquí, pienso, y el pensamiento me arde en el pecho como una brasa.

Pero no está. Lleva dos semanas sin estar, y mi cuerpo no entiende de calendarios ni de distancias. Mi cuerpo solo sabe que algo le falta, y que lo que le falta es exactamente lo que tengo guardado en el cajón de la mesa de luz desde el verano pasado, cuando lo compré medio en broma, medio en serio, en una de esas noches en las que una termina haciendo cosas que después no le cuenta a nadie.

Estiro la mano. Abro el cajón. El aire de la habitación huele a jazmín del perfume que dejé en la cómoda y a algo más, algo mío, algo que no tiene nombre limpio y que esta noche no me molesta reconocer. Saco el juguete. Es de silicona, color carne, con venas marcadas y una base ancha que hace ventosa. Lo elegí pensando en él. Lo elegí pensando exactamente en este momento, aunque no me lo confesara entonces.

—Hola —le susurro, y me río de mí misma. Es ridículo. Es ridículo y no me importa.

Me siento en la cama con la espalda contra el respaldo, abro las piernas, lo acerco. No tengo apuro. Una de las cosas que me enseñó Sebastián fue justamente eso: no tener apuro. Antes de él, yo me masturbaba con prisa, casi con culpa, como si estuviera robándole el rato a algo más importante. Ahora lo entiendo distinto. Ahora sé que el placer es lo importante y todo lo demás puede esperar.

Me llevo el juguete a la boca. Lo lamo lento, con la lengua plana, como me gustaría hacerlo si fuera él. Me imagino su mano enredándose en mi pelo, presionando suave la nuca, marcándome el ritmo. Sebastián me decía que tenía la lengua más obediente del mundo, y la primera vez que lo hizo me ardió la cara de vergüenza y de orgullo a la vez. Ahora ya no me da vergüenza nada.

Bajo el juguete. Lo paso por encima de los pezones, primero uno, después el otro. Tengo los pezones duros desde hace rato y el roce de la silicona tibia los hace más duros todavía. Suspiro. Me muerdo el labio inferior. Pienso en su boca cerrándose alrededor del pecho izquierdo, ese que él decía que era su preferido por algún motivo que nunca terminó de explicarme.

—Más despacio —pido en voz baja, hablándole a un fantasma.

El fantasma obedece. El fantasma siempre obedece. Esa es la única ventaja de hacerlo sola.

Bajo la mano. Me toco con dos dedos. Estoy empapada, mucho más de lo que esperaba, y el simple contacto me hace cerrar los ojos. Hago círculos. Subo y bajo. Encuentro el ritmo, lo pierdo, lo encuentro otra vez. Mi respiración se vuelve corta. Siento el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas, y de pronto me parece que tengo la cama demasiado pequeña para todo lo que estoy sintiendo.

Acerco el juguete. Lo paso por toda la entrada, sin meterlo todavía, dejando que se humedezca con lo mío, dejando que la espera me destruya por dentro. Mírame, pienso, mirándolo a él en mi cabeza. Mírame y dime si no soy tuya.

—Ahora —digo en voz alta, casi sin querer.

Empujo. Lo dejo entrar despacio, centímetro a centímetro, y se me escapa un gemido que no controlé. Me cubro la boca con la mano libre, no porque haya nadie escuchando, sino por costumbre. Vivo sola desde hace dos años y todavía me cubro la boca cuando gimo. Algunas cosas no se desaprenden tan fácil.

Lo saco. Lo meto otra vez. Lo saco. Lo meto. El dormitorio se llena de un ruido húmedo y bajo que me resulta obsceno y hermoso al mismo tiempo.

Pienso en él, claro. Pienso en él hablándome al oído, diciéndome cosas que no podría escribir nunca en ningún lado, palabras que solo me dice a mí porque sabe lo que me hacen. Pienso en su mano apretándome la cadera, en sus dientes en mi hombro, en el peso de su cuerpo encima del mío.

El ritmo se acelera solo. No lo decido yo. Lo decide algo más antiguo, algo que vive en la base de la columna y que ahora se está despertando con todas sus ganas. Mi mano libre vuelve al clítoris. Hago círculos rápidos, justo como me gusta, justo donde sé que tengo el botón que abre todas las puertas. Un dedo, dos, presión, círculos otra vez. Me arqueo. Se me caen unas gotas de sudor por la frente. Tengo el pelo pegado a las sienes.

—Sebastián —digo, y la palabra me sale rota, casi como un sollozo.

Y entonces es como si él estuviera. Como si lo escuchara responderme al oído, cerrándome la mano sobre la suya, ayudándome a marcar el ritmo, recordándome que respire, que afloje los hombros, que no me apure. Lo siento. Lo siento tanto que abro los ojos esperando encontrarlo y por un segundo me sorprende verlo no estar.

Cierro los ojos otra vez. No quiero que se vaya.

El orgasmo me sube por dentro como una marea que llevaba horas creciendo a escondidas. Primero es un cosquilleo en los muslos, después un calor que me sube por el vientre, después el corazón que se me dispara, y de pronto ya no soy yo.

Me convulsiono. Me retuerzo. Aprieto el juguete entre los muslos y me dejo ir. Gimo fuerte, esta vez sin taparme la boca, esta vez sin acordarme de los vecinos ni de las paredes finas ni de nada. Solo soy esto: un cuerpo abriéndose en una cama vacía, llamando un nombre que nadie escucha.

***

Cuando termina, me quedo quieta. Tengo los ojos cerrados y la respiración entrecortada y una capa fina de sudor que me cubre la piel entera. El juguete sigue dentro. No me animo a sacarlo todavía. Si lo saco, vuelvo a la realidad, y la realidad esta noche no me apetece.

Me quedo así varios minutos. Escucho el ruido lejano de un auto que pasa por la avenida. Escucho mi propio pulso en los oídos, que va bajando despacio. Escucho, sobre todo, el silencio de la otra mitad de la cama, ese silencio que tiene textura propia cuando una duerme sola.

Saco el juguete. Lo dejo a un lado, sobre la sábana. Lo limpiaré después. Ahora no me muevo. Ahora me quedo boca arriba, mirando el techo, sintiendo cómo el cuerpo me palpita todavía en una docena de lugares distintos. Estoy bien. Estoy tranquila. Y sin embargo, debajo de la calma, hay algo que ya empieza a doler otra vez, algo que se parece sospechosamente a las ganas.

—Ojalá hubieras sido tú —digo bajito, hablándole a la oscuridad.

Porque eso es lo que quiero, en el fondo. No quiero el juguete. Lo uso porque no tengo otra opción, porque mi cuerpo no aguanta dos semanas sin tener algo dentro, porque estoy aprendiendo a sobrevivir las distancias como una puede. Pero lo que quiero, lo que quiero de verdad, es despertarme mañana caminando raro, con la marca de sus dientes en el hombro y el rastro de él derramándose por la cara interna del muslo cada vez que me siento.

Quiero su olor en mis sábanas. Quiero su voz en el oído cuando me dé vuelta de madrugada. Quiero la huella de su mano en la cintura, ese moretón pequeño que me deja a veces sin querer y que después yo me miro en el espejo del baño con una sonrisa que tampoco sé explicarme.

Pero esta noche no. Esta noche tengo un juguete tibio sobre la sábana y un cuerpo cansado y una habitación que huele a mí. Y eso, aunque no sea lo que quiero, es algo que también aprendí a aceptar.

Me levanto. Me pongo de pie con las piernas todavía temblando un poco. Camino al baño. Abro el grifo de la ducha y dejo que el agua se caliente. Me miro en el espejo: tengo las mejillas rojas, los ojos brillantes, el pelo revuelto, el cuello con dos manchas de saliva donde minutos antes había mordido la almohada para no gritar más fuerte.

Me sonrío. Una sonrisa medio triste, medio cómplice, una sonrisa que tengo solamente cuando estoy sola y cuando termina algo.

—Hasta mañana, Sebastián —le digo a la mujer del espejo, porque al fin y al cabo, esta noche, él vivió ahí dentro de ella.

Me meto en la ducha. Cierro los ojos bajo el agua tibia. Y me prometo, como me prometo cada vez, que la próxima vez será él quien esté esperándome al salir.

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Comentarios (7)

SolePcias

Increible relato!!! me llego de verdad, muy bien contado

lalectora_tucuman

Me vi tan reflejada en esto jajaja. Esas noches que describe las conocemos de sobra. Muy bien escrito, sin vueltas y con mucho sentimiento

Rodrigo_nc

buenisimo, quede con ganas de mas. por favor seguí

DiegoRvj

excelente!!! que pluma

CristinaM

Lo de que el cuerpo no entiende de calendarios es lo mejor que lei en mucho tiempo. Tremendo detalle

PatoRosario

Leido de un tiron, no pude parar. Espero el proximo relato

NachoQuilmes

muy bueno aunque se hizo cortisimo, queria que siguiera :)

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