Trío y sumisión en la fiesta secreta de una boda
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
La empujé hacia esa fantasía durante meses, hasta que llegó el sábado y me di cuenta de que otro hombre iba a follársela en nuestra cama.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
Todo empezó con una copa frente al mar y una pregunta inocente; terminó con cuatro adultos cruzando fantasías que ya no podían seguir callando.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Tres meses limpia, nueve hombres bajo llave y un único objetivo: la noche en que todos serían míos sin reglas, sin prisa y sin miedo a nada.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Bajó la voz y me lo dijo al oído mientras bailaba: esta noche quiero que me veas con tus dos amigos. Y yo, en lugar de frenarla, le seguí el juego.
Tres mujeres, una casa enorme y una piscina al sol. Bastó una mirada entre ellas para que la tarde dejara de ser inocente y se convirtiera en otra cosa.
Damián se deslizó en la cama equivocada esa madrugada, y supo que ninguna de las dos parejas volvería a mirarse igual después de esa noche.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Cuando Diego me extendió la mano para bailar, supe que mi esposo solo iba a mirar. Y que yo, por una vez, dejaría de ser la señora decente que todos creían.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.
Idénticas hasta en el último gesto, esa noche cada una sedujo al novio de su hermana. Ellos jamás lo notaron, y el morbo de la farsa las cambió para siempre.
Solté lo del trío para callarlo, convencida de que retrocedería. En vez de eso, Adrián convirtió mi farol en una misión, y yo empecé a temblar cada vez que lo mencionaba.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.