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Relatos Ardientes

Mi fantasía a solas en lo más espeso del bosque

Es uno de esos días de verano en los que el calor se pega a la piel y no hay sombra que lo apague del todo. Decido salir a caminar a solas por un parque que queda cerca de casa, uno de esos sitios que casi nadie pisa entre semana. Hay árboles altos, matorrales que se cierran sobre el sendero, flores que crecen donde quieren. La maleza está tan tupida que basta dar tres pasos fuera del camino para desaparecer, para que nadie pueda encontrarte aunque te busque.

Me interno entre los troncos, hacia la parte más densa, donde el sendero se borra y solo manda el bosque. No se oye un coche, ni una voz, ni un teléfono. Solo el roce del viento entre las hojas y, de fondo, el zumbido perezoso de algún insecto. Ese silencio me afloja por dentro. Me suelta. Y, sin proponérmelo, empiezo a pensar en otra cosa.

Si nadie me ve, nadie sabe.

La idea se me mete en la cabeza despacio y ya no me deja. Pienso en quitarme la ropa ahí mismo, en pleno bosque. Pienso en caminar desnudo entre los helechos, en parar en mitad del sendero y quedarme quieto, sintiéndolo todo. Quiero notar la tierra fría y húmeda bajo los pies, las ramitas, las hojas muertas, los restos del suelo pegándose a la piel. Quiero ese contraste justo cuando la polla empieza a hincharse y a pedir atención.

El corazón se me acelera solo de imaginarlo. Miro alrededor una vez más. Nada. Nadie. Entonces, en mi cabeza, empiezo.

Me desabrocho, me bajo todo, me quito la camiseta por encima de la cabeza. El aire caliente me toca cada centímetro de cuerpo y me pone la piel de gallina a pesar del bochorno. La polla ya está tiesa, palpitando, apuntando hacia delante como si supiera mejor que yo lo que quiero. Doy un paso descalzo sobre la tierra y siento el barro frío trepar entre los dedos. Es asqueroso y es perfecto a la vez.

Me dejo caer de rodillas y luego me tumbo. La tierra húmeda me recibe el pecho, el vientre, los muslos. Me restriego contra ella, despacio, sintiendo cómo las hojas se me adhieren a la piel sudada, cómo una rama pequeña me rasca el costado. Hundo las caderas, busco apretar la polla contra el suelo blando, enterrarla en la tierra, fundirme con todo esto. Ser uno con la naturaleza, sin más. No pienso en nada que no sea esa sensación bruta.

Me giro y me apoyo sobre el pecho, dejo los hombros abajo y elevo las caderas. El culo queda abierto al aire libre, expuesto, y noto cómo los huevos y la polla cuelgan y se balancean con cada movimiento. Bajo. Subo. Vuelvo a bajar. Me muevo contra algo que no está, contra algo primigenio, salvaje y húmedo que solo existe en mi cabeza pero que se siente más real que la tierra que tengo debajo.

Quiero más. Quiero sentir el ano húmedo, abierto, vivo. Me incorporo y me siento sobre los talones, con las nalgas separadas, y entonces lo veo: un tronco caído un poco más allá, cubierto de musgo verde y brillante, cargado de rocío incluso a esta hora. Lo miro y se me hace la boca agua. Quiero sentarme encima. Quiero notar ese musgo frío contra el agujero y frotarme despacio hasta empaparme con la humedad que guarda.

Me arrastro hasta él. La corteza está fresca, casi resbaladiza, y el musgo cede bajo mi peso como una esponja. Me siento, abro las piernas y me dejo caer hasta que el agujero queda apoyado contra esa superficie blanda y mojada. El frío me recorre la espalda entero. Empiezo a moverme en círculos, lento, sintiendo el rocío resbalar entre las nalgas, calándome de esa humedad verde y limpia mientras por delante la polla se sacude sola, dura como una piedra, marcando el pulso de la sangre.

Cierro los ojos y me concentro en cada detalle. El olor a tierra mojada y a hojas en descomposición, dulzón y terroso, me llena los pulmones. El sol que se filtra entre las copas me calienta la espalda en franjas tibias, mientras el musgo me sigue refrescando por abajo. Hay algo obsceno y limpio a la vez en estar así, ofrecido al bosque, sin que nadie me lo haya pedido.

Esto es lo que soy cuando nadie mira.

Estoy a punto. Estoy tan caliente que casi no me lo creo, y todavía no me he tocado. Ni una sola vez. Solo el roce de la naturaleza me tiene al borde.

Y entonces, de pronto, un crujido. Cerca.

Se me hiela la sangre. Me quedo congelado encima del tronco, completamente desnudo, embarrado, con hojas pegadas a la espalda y la polla a punto de reventar, y la ropa tirada Dios sabe dónde, demasiado lejos para alcanzarla a tiempo. Las pulsaciones se me disparan. ¿Y si hay alguien? ¿Y si me han visto?

Me deslizo del tronco y me meto entre la maleza, agachado, conteniendo la respiración. Las ramas me arañan los muslos, una hoja me hace cosquillas en la cara y no me muevo. Escucho. Espero. Y lo más raro de todo es que, en lugar de cortarme, eso me pone todavía más cachondo.

Porque ahí escondido, agazapado, sucio y desnudo, me siento como una hembra en celo. Acechando entre los arbustos por si algún macho sediento se acerca a olfatear. Esperando que me descubran con el culo en pompa y no haya vuelta atrás. La fantasía me devora entero.

No aparece nadie. El bosque vuelve a su silencio y el crujido queda en nada, una rama que cayó, un pájaro, lo que sea. Pero yo ya no quiero salir del escondite. Me quedo ahí, entre las hojas, y por fin me llevo la mano a la polla.

Empiezo despacio. En silencio. Con el culo abierto y la polla embadurnada de tierra, me la trabajo lento, midiendo cada subida. Se siente increíble el contraste: el frío de la naturaleza calado en la piel y el calor de mi propio deseo subiendo desde dentro, peleándose, mezclándose. La cojo más fuerte. El precum empieza a brotar y me empapa los dedos, y eso me sirve para deslizar la mano más rápido, en un ritmo cada vez más frenético.

Vuelvo a levantar las caderas mientras me masturbo, ofreciendo el culo a un macho que no existe, imaginando que aparece entre los árboles y me ensarta sin preguntar. Ya tengo el agujero abierto, dilatado, palpitando. Solo necesito que alguien me lo rellene. La idea me retuerce por dentro y la mano sube y baja sola, desbocada.

En el culo sigo notando cómo la tierra y las hojas se me pegan, y no hace más que calentarme. Cada vez más. Cada vez más cachondo. Más. Quiero más.

Me giro buscando algo, lo que sea, algo con forma que pueda llenarme. Y para mi suerte aparece, medio enterrada en el suelo, una piedra con la punta saliente, lisa por el agua de mil lluvias. Ansioso, me coloco encima. No es una polla, claro que no, pero logro encajar la puntita en el culo, lo justo para que entre un poco en el ano ya abierto. Y entonces sí. El frío de la piedra contra mi calor por dentro me arranca un jadeo que ahogo entre dientes.

Empiezo a mecerme sobre ella, un sube y baja corto, besando la punta una y otra vez, dejando que la naturaleza me posea a su manera. El esfínter se aprieta y se abre, se aprieta y se abre, y la mano por delante no para. Tierra, piedra, rocío, precum, barro: todo me rodea, todo forma parte de mí.

No voy a aguantar más. La presión de la piedra rozándome por dentro, la mano resbalando empapada, el barro abrazándome el cuerpo entero. Es demasiado.

Tenso el abdomen, las piernas, el cuello. Aprieto los dientes. Y exploto. Lanzo hacia el cielo una primera ráfaga densa, potente, y la veo subir contra las copas de los árboles y caer otra vez. Echo la cabeza atrás y abro la boca para recibir lo que pueda, como si fuera un elixir que la propia tierra me devuelve. La segunda ráfaga, igual de fuerte, me cae sobre el pecho y los huevos, caliente, espesa, deslizándose por la piel sucia hacia el suelo que un instante antes me poseía.

Me quedo quieto, con la visión borrosa y el cuerpo aflojándose poco a poco. Bajo la mirada y veo la punta de la polla, brillante, mojada, todavía escupiendo lo último de mí.

***

El boli se me cae de la mano derecha y rebota contra el suelo.

Vuelvo de golpe. No hay bosque profundo, no hay tronco con musgo, no hay piedra. Estoy sentado en un banco de madera, vestido, con la libreta abierta sobre el muslo y el sol de la tarde colándose entre las ramas de los plátanos que rodean el paseo. Esto es lo que ha pasado de verdad: yo, un banco, mi libreta y mis fantasías corriendo más rápido de lo que mi mano podía escribirlas.

Porque mientras inventaba todo eso, me había sacado la polla con los pantalones todavía puestos y había empezado a masturbarme en silencio, despacio, atento por si algún paseante aparecía por el sendero. La emoción de que alguien pasara de repente, de que me pillara con la mano dentro y la libreta en la otra, era la mitad del juego.

Me miro. La mano izquierda, húmeda, sigue sosteniendo la polla, ahora más relajada, vencida. Me tomo mi tiempo para escurrir las últimas gotas y observo cómo caen al suelo de tierra, junto a la pata del banco, imaginando todavía que estoy allá lejos, en lo más espeso, fundido con todo, en pleno éxtasis de mi sueño.

Recojo el boli del suelo con la derecha y respiro hondo. Cierro la libreta sobre este relato inventado que me ha alimentado la imaginación lo justo para correrme en mitad de un parque escondido a las afueras de Robledal, sin que nadie sospechara nada. Espero que a ti te ponga igual de cachondo que a mí reviviéndolo, palabra por palabra.

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