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Relatos Ardientes

Lo que hice en el autobús durante el apagón

El sol de las dos de la tarde caía a plomo sobre una ciudad que había dejado de funcionar. No era de noche, pero parecía el fin del mundo. El apagón había llegado de golpe, sin aviso, y de pronto los semáforos eran adornos muertos, las persianas metálicas de los comercios bajaban una tras otra, y la gente salía a la calle con esa cara de no saber adónde ir. Miré alrededor desde la acera y entendí que aquella tarde no iba a ser como las demás.

Los teléfonos no servían. El mío era un trozo de plástico tibio en el fondo del bolso, igual que el de todos. Sin mapas, sin mensajes, sin distracción. Solo quedábamos las personas, el calor y un silencio raro, espeso, interrumpido por bocinazos lejanos y por el llanto de algún niño cansado.

Mientras los demás corrían como hormigas a las que les han pisado el hormiguero, yo caminé despacio hacia la parada. No tenía prisa. Reconozco que el caos me producía una especie de calma perversa, como si por una vez nadie pudiera exigirme nada. El calor me lamía la nuca y la espalda, y notaba el vestido fino pegándose a mis muslos a cada paso. Llevaba el pelo recogido y, aun así, los mechones sueltos se me adherían a la frente húmeda.

En la parada se amontonaba una pequeña multitud. Una madre intentaba abanicar a su hijo con un folleto arrugado. Dos hombres de traje, empapados de sudor, miraban el horizonte como si de allí fuera a venir la solución. Una señora resoplaba apoyada en su carrito de la compra. Todos esperábamos lo único que parecía seguir vivo en la ciudad: los autobuses.

Cuando por fin apareció el mío, doblando la esquina como una promesa de aire acondicionado que en realidad nunca llegaba, la gente se abalanzó sobre las puertas. Yo esperé. Dejé pasar a la madre con el niño, a la señora del carrito, a los ejecutivos sudados. Subí la última, con una tranquilidad casi desafiante, y encontré un asiento junto al pasillo, en la parte de atrás.

El autobús iba lleno, cuerpo contra cuerpo, y el calor humano se sumaba al de la tarde. Sentí cómo me subía desde las piernas hasta la garganta. Me acomodé la falda del vestido, crucé las piernas y dejé que el vaivén del vehículo me meciera. Cerré un momento los ojos.

Y entonces lo vi subir.

Mientras todos los demás parecían descompuestos por el calor y la incertidumbre, él avanzaba con un paso lento y seguro, como si nada de aquello fuera con él. Llevaba una camisa de un azul muy oscuro, con las mangas dobladas hasta el codo, y unos pantalones que le sentaban como si se los hubieran cosido encima. Bajo la luz del mediodía, su piel tenía un brillo apenas húmedo, y las canas en las sienes no le quitaban ni un año, al contrario: le daban esa autoridad serena que tienen los hombres que ya no necesitan demostrar nada.

En la muñeca llevaba un reloj de los que no se ven todos los días. Clásico, sobrio, de esos que cuestan un silencio. Sus ojos, oscuros y tranquilos, recorrieron el pasillo del autobús. Pasaron por la madre, por los ejecutivos, por la señora del carrito. No se detuvieron en mí. Todavía no.

El autobús arrancó con una sacudida y él se sujetó a la barra metálica que tenía justo enfrente de mi asiento. Quedó de pie, a un palmo de mí, con la mano grande aferrada al pasamanos a la altura de mis ojos. Podía ver las venas marcadas en el dorso, los dedos largos, los nudillos firmes. No pude evitar imaginarme esa mano en otro sitio.

Fuera, la ciudad seguía paralizada, pero yo ya no veía el caos por la ventanilla. Solo lo sentía a él: su presencia, el calor que desprendía su cuerpo tan cerca del mío, un aroma limpio y profundo a algo amaderado. Y, sobre todo, el roce. Cada vez que el conductor frenaba o tomaba una curva, el muslo de aquel hombre rozaba mi rodilla. Una, dos, tres veces. Casual. O no tanto.

Me ardía la piel. Y entre las piernas, lo que había empezado como calor era ya, sin disimulo, humedad. Sentí la ropa interior pegada, empapada, y un latido sordo, insistente, justo en el centro de mí.

No deberías. Aquí no. Hay gente.

Pero la voz de la sensatez sonaba muy débil esa tarde. Quizá era el apagón, la sensación de que el mundo se había detenido y de que, por un rato, nadie estaba mirando a nadie. Quizá era él. El caso es que no me pude resistir.

Apoyé el bolso sobre el regazo, como hacen todas las mujeres en un autobús lleno, y bajo esa cobertura inocente dejé que mis dedos resbalaran despacio bajo la falda del vestido. Rozaron primero la cara interna de los muslos, tibios y tensos. Después siguieron subiendo, milímetro a milímetro, hasta llegar al borde de la tela mojada. La aparté con un solo gesto.

El primer contacto directo me arrancó un escalofrío. Estaba tan caliente que casi dolía. Apreté los labios para no hacer ruido y dejé que la yema del dedo dibujara un círculo lento. El placer me subió por la columna como una corriente. A mi alrededor, la gente miraba al frente, miraba el móvil muerto, miraba el techo. Nadie me miraba a mí. Y eso lo hacía todo más intenso.

Cerré los ojos y dejé que él entrara en mi cabeza.

Imaginé que era su mano, la que ahora se aferraba al pasamanos, la que se deslizaba entre mis piernas con la seguridad de quien sabe exactamente lo que hace. Imaginé que se inclinaba sobre mí, que me susurraba al oído algo grave y sucio mientras dos de sus dedos se hundían en mí, despacio, sin prisa, follándome ahí mismo, en el asiento, rodeada de desconocidos que no se enteraban de nada.

Moví el dedo en pequeños círculos, deteniéndome cada vez que el autobús frenaba, por miedo a que alguien notara el temblor en mi brazo. Con la otra mano, fingiendo recolocarme el escote, apreté uno de mis pechos por encima de la tela. El pezón estaba duro, sensible, y el roce me hizo apretar los muslos alrededor de mi propia mano.

La fantasía crecía y yo la dejaba crecer. Lo imaginé arrodillado en el suelo del autobús, entre mis piernas abiertas, mirándome desde abajo con un hambre que no se molestaba en disimular. Lo imaginé apartando la ropa con los dientes, hundiendo la cara en mí, su lengua trazando líneas lentas y luego rápidas, su boca cerrándose sobre el punto exacto donde mis dedos trabajaban en ese momento.

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que noté el sabor metálico. Mi respiración se había vuelto corta, entrecortada, y rezaba para que el ruido del motor la tapara. Las piernas me temblaban. El calor de la tarde, el calor de los cuerpos apretados y mi propio calor se habían fundido en una sola cosa que me empujaba hacia el borde.

Estaba a punto. Lo notaba en la tensión de los muslos, en la electricidad que me recorría hasta la punta de los dedos de los pies, en ese vacío delicioso que se abre justo antes de caer. Mis dedos se movían más rápido, desesperados, resbalando con facilidad, mientras en mi cabeza él gruñía contra mí, me sujetaba las caderas con sus manos firmes y no me dejaba escapar.

Y entonces sonó el timbre de parada.

El zumbido áspero me cayó encima como un jarro de agua fría. Abrí los ojos de golpe, jadeando, con los dedos empapados todavía atrapados bajo la falda y el cuerpo entero al borde de algo que no había llegado a alcanzar. Tardé un segundo entero en volver al autobús, a la gente, al sudor.

Lo busqué con la mirada. Y lo vi. Estaba soltando el pasamanos. Se dirigía hacia las puertas, que se abrían con un siseo. Bajó a la acera. No miró atrás.

Me quedé clavada en el asiento, latiendo por dentro, sin haber terminado, incapaz de terminar así. El cuerpo me pedía a gritos lo que la fantasía me había prometido y la realidad me acababa de quitar. Y la necesidad, esa necesidad terca y ardiente, me dominó por completo.

Me levanté sin pensarlo. Me alisé el vestido con manos temblorosas, recompuse la cara lo mejor que pude y bajé en aquella misma parada, dos segundos antes de que las puertas se cerraran. La acera ardía bajo mis sandalias. Sentía la humedad entre los muslos a cada paso y un olor tenue a deseo que subía desde mis propias manos.

Lo seguí.

Caminó media manzana sin volverse, con ese mismo paso tranquilo, y dobló una esquina. Cuando yo la doblé también, frené en seco. Allí estaba, sentado en la terraza de un café vacío y a oscuras, el único cliente de un local sin luz que de algún modo seguía abierto. Sobre la mesa había dos refrescos fríos, las botellas sudando gotas igual que sudaba yo. Dos. Como si me esperara.

Levantó la vista. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo sin ninguna prisa, y supe que veía todo: la humedad de la falda, el rubor de mis mejillas, la forma alterada en que me movía, el temblor que no conseguía esconder. No dijo una palabra.

Con un gesto lento de la mano, separó la silla que tenía al lado y me invitó a sentarme junto a él.

Y mientras cruzaba los últimos metros hacia esa mesa, entendí que la sed que los dos teníamos esa tarde no se calmaba con nada frío. Era una sed mucho más profunda, mucho más húmeda. Y, por primera vez en todo el día, agradecí que la ciudad entera se hubiera quedado a oscuras.

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