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Relatos Ardientes

Me encerré a tocarme en pleno turno de trabajo

Hola, me llamo Yana y este es el primer relato que me animo a contar. Soy ucraniana, de una ciudad cerca de Járkov, y llevo poco más de un año aprendiendo español desde que pasé unas semanas en la costa de Valencia. Reconozco que me he apoyado en el corrector del móvil para que ciertas frases tengan sentido, así que espero que me perdonen alguna torpeza con el idioma. Como tantas chicas de mi país, llevo tiempo pensando en mudarme a España: me pareció un lugar tranquilo, luminoso, donde una respira distinto. Algún día volveré.

He leído suficientes historias en esta página como para saber que lo primero es describirse una misma. Soy delgada y bastante alta, con el pelo castaño claro que casi siempre llevo recogido en el trabajo. Mi cuerpo, dicen, es lo que despierta curiosidad: tengo el pecho firme, los pezones grandes y tan sensibles que se endurecen con solo pensar en algo, la cintura estrecha y un trasero redondo y atlético que no es exagerado, pero que se ganó más de una mirada cuando paseaba por el paseo marítimo. Tengo novio, sí, pero ya he aprendido que las historias con los novios suelen ser aburridas, así que él no será siempre el protagonista de lo que cuente.

Esto que voy a relatar me pasó cuando tenía veintiséis años y trabajaba de dependienta en una perfumería del centro, uno de esos locales pequeños donde el aire huele tan dulce que al final del día ya ni lo notas. Era un trabajo monótono, sobre todo a media mañana, cuando no entraba nadie y yo me quedaba detrás del mostrador mirando la calle vacía. Aquel día empecé a chatear por el móvil con un chico que había conocido la semana anterior en una fiesta.

No fue como imaginan las fiestas españolas; las de mi tierra son otra cosa. Solo nos conocimos, charlamos un rato y nos seguimos en redes, aunque yo sabía perfectamente que él se moría por mí. Había visto sus fotos: el abdomen marcado, esa sonrisa de medio lado, y reconozco que me quedé enganchada a su cuerpo. Hasta entonces, lo único que conocía de los hombres eran las fotos que me habían enviado mis dos novios anteriores.

La conversación fue subiendo de temperatura poco a poco, sin que ninguno lo dijera abiertamente. Él me preguntaba si aquella noche me había marchado con otro chico, y yo, haciéndome la inocente, le contestaba que solo me había ido con mis amigas. Los hombres desconfían unos de otros: él se imaginaba que alguien me había llevado a la cama, y creo que justo por eso el respeto que me había mostrado en la fiesta se transformó, en cuanto empezamos a escribirnos, en un deseo que ya no disimulaba.

Yo respondía con calma aparente, colocando frasquitos en los estantes con una mano y sosteniendo el móvil con la otra, pero por dentro era otra cosa. Cada vez que la pantalla se encendía con su nombre, algo se me apretaba en el bajo vientre. Releía sus mensajes dos y tres veces, buscando dobles sentidos donde quizá no los había, alimentando yo sola una historia que todavía no había pasado.

Le hice saber que me gustaban sus fotos como hacemos las chicas, de forma indirecta, dándole un «me gusta» a cada mensaje. Él fue más directo y me preguntó si me gustaba su abdomen.

—Mucho —escribí, y borré tres veces la palabra antes de mandarla.

—¿Solo el abdomen? —respondió enseguida.

Noté que la conversación iba a cambiar de tono de un momento a otro. Miré hacia el mostrador: mi compañera Renata acababa de volver del descanso y se colocaba detrás de la caja. Le dije que iba a revisar el inventario del almacén, esa habitación diminuta del fondo donde se amontonaban las cajas de muestras, y me encerré allí con el corazón ya golpeándome el pecho.

***

El móvil vibró en mi mano. Era una foto suya, de cintura para abajo, y lo que vi me dejó sin aire: un miembro grueso, marcado por las venas, de unos diecinueve centímetros. Me alegré de haberme encerrado a tiempo. Se me secó la boca y a la vez sentí que se me derretía por dentro; me quedé hipnotizada mirando la pantalla, con la imaginación volando, sintiéndome deseada por aquel hombre al que apenas conocía.

Las braguitas ya las tenía húmedas. Empecé a desabrocharme la parte de arriba del uniforme, ese chaleco horrible de color burdeos que nos hacían llevar, y me lo abrí sin terminar de quitármelo, dejando los pechos al aire en aquel cuartito. Tenía los pezones enormes y duros, casi me dolían. Me apoyé contra una estantería metálica fría y, mientras sostenía el teléfono con una mano, metí la otra por debajo del pantalón y empecé a frotarme el clítoris con un solo dedo, despacio, sin dejar de mirar la foto.

—Mándame otra —le escribí, con los dedos temblando.

En secreto deseaba mucho más que una foto. Deseaba tenerlo dentro, ahí mismo, sobre las cajas de perfume.

El calor me subía y yo sabía que a esa hora casi nadie entraba en la tienda. Me decidí: me bajé el pantalón del todo. Primero me acaricié por encima de las braguitas rosas, pero ya no aguantaba, así que me las quité y hundí el dedo entero. Arrastré una silla, me senté y abrí las piernas. Confieso que le envié un par de fotos mías mientras seguía tocándome en mitad de mi jornada, escondida a pocos metros de los clientes.

De vez en cuando subía la mano hasta los pezones y me los apretaba, los hacía girar en círculos, tiraba de ellos hacia fuera con fuerza como si quisiera que crecieran todavía más. El placer se acumulaba en oleadas. Entonces, sin avisar, él me mandó un vídeo: era uno viejo, se notaba, de él terminando, pero cumplió de sobra su función. Me puso aún más cachonda en aquel almacén minúsculo donde el aire dulce de los perfumes se mezclaba con mi propia respiración.

Lo reproduje una y otra vez, con el sonido al mínimo para que no me oyera Renata, pegando el oído a la pantalla. Cada repetición me arrancaba un escalofrío nuevo. Me imaginaba que era yo quien lo provocaba, que aquel hombre se deshacía así por mi culpa, por una foto mía, por una palabra. Nunca me había sentido tan poderosa y tan vulnerable al mismo tiempo.

Cerré los ojos un instante y dejé que la fantasía me arrastrara del todo. Me lo imaginé entrando en silencio en el almacén, cerrando con pestillo, sin decir nada, levantándome de la silla y apoyándome contra la estantería fría. Sentí casi de verdad sus manos en mis caderas, su aliento en mi nuca, el peso de su cuerpo empujándome contra el metal. Abrí los ojos y seguía sola, jadeando, con el dedo moviéndose cada vez más deprisa.

Sentía que había pasado una eternidad, aunque no debían de ser más que unos minutos. No me importaba. Seguía poseída, con las piernas abiertas, frotándome cada vez más rápido, esperando inconscientemente que alguien con un cuerpo así apareciera por la puerta a tomarme sin compasión. Los dedos me entraban y salían, la boca se me quedaba abierta de pura excitación, como si esperase, también sin pensarlo, que aquel hombre llegara de verdad.

***

Cuando por fin terminé, estaba agotada, con las piernas flojas y la frente perlada de sudor. Miré el móvil: él ya no respondía. Imaginé que también había acabado y se había quedado dormido, satisfecho, igual que yo. Me vestí a toda prisa, me abroché el chaleco sobre los pechos todavía sensibles y volví al mostrador como si nada hubiera pasado.

Pero mi turno no había terminado. Tuve que pasar el resto de la jornada con los pezones duros rozando la tela y las braguitas empapadas de toda la humedad de mi cuerpo. Y, lo confieso, decidí no lavarme las manos después de tocarme: trabajé el resto del día con mi propio sabor en los dedos, sintiéndolo cada vez que me acercaba la mano a la cara para colocarme un mechón.

Entraron varias clientas a comprar colonias y cremas, señoras que olían frasquitos y preguntaban precios, y ninguna sospechó que detrás de aquella puerta del fondo yo había estado desnuda hacía apenas unos minutos. Tal vez, si alguien hubiera entrado en aquel momento, se habría llevado la sorpresa de su vida. Tampoco notaron que en mis manos, mientras les daba el cambio, seguían mis propios fluidos.

Renata me miró un par de veces con una media sonrisa, como si intuyera algo, pero no dijo nada. ¿Lo habrá notado?, pensé, y la sola idea de que sospechara me devolvió un cosquilleo entre las piernas que tuve que disimular apretando los muslos detrás del mostrador.

El resto del turno transcurrió sin sobresaltos. Cerramos la tienda, me despedí de mi compañera y volví a casa caminando despacio, todavía con el cuerpo encendido por lo que había hecho en pleno trabajo, en un lugar público, mientras la vida seguía su curso a unos metros de mí.

Esta es mi primera historia real. Espero escribir muchas más y mejorar por el camino. Prometo que intentaré contar siempre cosas que de verdad me pasaron, aunque me dé un poco de vergüenza confesarlas. Y quién sabe, quizá la próxima vez no me quede solo con las fotos.

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