Mi ritual de deseo cada mañana bajo la ducha
Últimamente me pasa casi todas las mañanas, y no termino de entender por qué. No sé si es la primavera, que entra por la ventana entreabierta y trae ese olor a tierra mojada, o si es que llevo semanas repasando en mi cabeza encuentros que tuve hace tiempo. Sea lo que sea, me despierto excitado. Muy excitado. Antes incluso de abrir los ojos, antes de pensar en el día que tengo por delante, mi cuerpo ya ha decidido por mí.
Son las cinco de la mañana. A esa hora todavía es de noche y la casa está en ese silencio espeso que solo existe antes del amanecer. Ya habré pospuesto dos de las tres alarmas que programo «por si acaso», esas que pongo sabiendo que voy a ignorarlas. Siempre he sido de los que cuesta arrancar de la cama, pero también de los que les gusta madrugar. Me gusta tener la mañana entera para mí, antes de que el mundo se ponga ruidoso.
Me levanto y voy directo al baño, como cada día. El suelo está frío bajo mis pies descalzos y eso me termina de despertar. Me quito el pijama sin encender la luz grande, solo con la lamparita del pasillo: primero la camiseta, que dejo colgada del pomo, y después dejo caer el pantalón hasta los tobillos para quedarme completamente desnudo. Y ahí está, como casi siempre últimamente, mi miembro en una semierección perezosa, despierto antes que yo, listo para una batalla que no tiene contrincante. Porque a esa hora no hay nadie. Y aunque lo hubiera, me digo, no son horas para eso.
Me detengo un segundo frente al espejo. La luz tenue me dibuja apenas las sombras del torso y, sin querer, me reconozco con cierta satisfacción. No está mal, Daniel. Se notan las horas de gimnasio. Los abdominales siguen ahí, marcados, y los hombros han ganado anchura este último año. De joven no hacía deporte, comía cualquier cosa a cualquier hora y no me miraba dos veces al espejo. El gusto por cuidarme vino después, ya pasados los treinta, y me sorprendió cuánto me gustaba el resultado. No es vanidad, o no solo. Es que me agrada verme así.
Y luego está lo que cuelga más abajo, que siempre ha sido grande. Eso no vino del gimnasio, eso vino de fábrica. No es algo que yo ande comparando en los vestuarios, no soy de mirar a los demás, pero ellas lo repiten lo suficiente como para que termine creyéndomelo. Y qué narices, reconozco que me gusta. Me gusta tenerla así y me gusta más todavía que me lo digan al oído, con esa voz que pone una mujer cuando está sorprendida y excitada a la vez.
***
Abro el grifo y espero a que el agua se temple. Cuando el vapor empieza a empañar el espejo, me meto bajo el chorro y dejo que me caiga encima sin hacer nada más. Es mi momento favorito del día, esos primeros segundos en que el agua caliente me recorre la nuca, baja por la espalda y me afloja todos los nudos que cargo sin darme cuenta. Echo la cabeza hacia atrás, mojo el pelo, me giro despacio para que el calor me alcance por todos lados.
Tanteo la repisa hasta dar con la pastilla de jabón. Cierro el grifo un momento para no malgastar el agua y empiezo a frotarme. Tengo mi orden, siempre el mismo: arranco por los pectorales, bajo por los abdominales contándolos casi sin querer, sigo por los brazos y termino en las piernas. Después dejo el jabón en la repisa y, con las manos llenas de espuma, hago círculos lentos alrededor del tronco hasta que la espuma me cubre entero. Luego recorro los brazos y los muslos en líneas largas, de arriba abajo, sin prisa.
Y entonces llega el momento en que voy al grano. Acerco las manos enjabonadas a la pelvis y empiezo a masajearme como si no fueran mis manos, como si fueran las de otra persona. Es un truco viejo: si me concentro, si cierro los ojos lo suficiente, puedo convencerme de que es la palma de alguien más la que me recorre. Y casi siempre, en cuanto lo hago, me viene un recuerdo. Esta mañana es uno en particular, uno que llevaba tiempo guardado y que vuelve con una nitidez que me sorprende.
***
Fue hace un par de años, en un apartamento alquilado cerca de la costa. Se llamaba Marina y la había conocido tres noches antes en la terraza de un bar, de esas conversaciones que empiezan por casualidad y se alargan hasta que cierra el local. Tenía el pelo corto, a la altura de la mandíbula, y una manera de mirar de lado, como si todo le pareciera medio divertido. La última noche, después de cenar, terminamos en su apartamento con la ropa todavía pegada al cuerpo por el calor del verano.
—Estás sudando —me dijo, pasándome un dedo por la clavícula—. Yo también. Vamos a la ducha.
No era una pregunta, era una orden disfrazada de invitación, y a mí esas siempre me han gustado. La seguí por el pasillo mientras se quitaba el vestido por la cabeza sin volverse, dejándolo caer en el suelo. La ducha de aquel apartamento era pequeña, de esas en las que dos cuerpos no caben sin tocarse, y eso era exactamente lo que ella quería.
Recuerdo el agua cayéndonos encima, recuerdo cómo me empujó contra los azulejos fríos y cómo el contraste con su piel caliente me cortó la respiración. Marina no tenía paciencia. Me besó el cuello, bajó las manos por mi pecho y, cuando llegó abajo y me agarró, soltó esa risa baja que recordaba perfectamente.
—Madre mía —murmuró contra mi oído—. Vaya sorpresa.
Es esa frase, exactamente esa, la que vuelve cada mañana bajo mi propia ducha. Su voz, el roce de su mano, la manera en que me apretó mientras el agua nos resbalaba a los dos. Recuerdo haberla levantado, recuerdo sus piernas cerrándose alrededor de mi cintura, la espalda de ella pegada a la pared y el vapor cubriéndolo todo hasta que ya no se distinguía dónde terminaba el agua y empezaba la piel.
***
El recuerdo me devuelve al presente con el cuerpo en tensión. Vuelvo a abrir el grifo y dejo que el chorro caiga sobre mí mientras me sujeto el tronco con una mano y empiezo a moverla despacio, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Pienso en Marina, en aquella ducha estrecha, en su voz. Me cambio de mano, la agarro con las dos a la vez y me imagino que está aprisionada, apretada, que hay alguien al otro lado de este gesto y no solo el azulejo y el agua.
El glande se me pone cada vez más enrojecido y en el baño hace más calor del que debería. No sé si es el vapor acumulado o el hecho de estar haciéndome esto a solas, en ese silencio de las cinco de la mañana, pero no tengo nada de frío. Disfruto el masaje que me estoy regalando, este pequeño egoísmo diario que no le hace daño a nadie.
El ruido del agua no logra tapar el sonido de mis manos enjabonadas subiendo y bajando, cada vez más rápido. Noto que la respiración se me acelera, que el ritmo se me dispara casi sin decidirlo. Agarro la base con una mano y arrastro la otra a lo largo de toda la longitud, una y otra vez, mientras en mi cabeza Marina sigue susurrándome aquella frase.
Siento que estoy cerca, así que me doy la vuelta. Me coloco de espaldas al chorro, dejo que el agua me golpee la base de la espalda y caiga rodando hacia abajo, mojándome justo donde necesito. Esa sensación extra, la del agua sumándose al roce de mis manos, es la que me termina de empujar al borde. No bajo el ritmo. No quiero bajarlo.
El orgasmo llega como una sacudida que me recorre entero, de la nuca a las rodillas, y tengo que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio. Veo cómo el primer chorro sale disparado y golpea los azulejos antes de que el agua se lo lleve. Me quedo así unos segundos, con la frente contra la pared, respirando hondo, sintiendo cómo cada músculo se va aflojando uno por uno.
***
Cuando vuelvo en mí, todo está extrañamente tranquilo. El vapor sigue subiendo, el agua sigue cayéndome encima tibia y constante, y yo me siento más despierto y más relajado a la vez, una combinación que solo consigo de esta manera. Termino la ducha como cualquier otro día: me enjabono el pelo, me aclaro, cierro el grifo y salgo a buscar la toalla.
Me visto con la ropa del gimnasio, que dejé preparada anoche en la silla, y me miro de nuevo en el espejo ya despejado. La cara de las cinco y media de la mañana es distinta a la de las cinco: hay algo de calma en ella, una especie de secreto bien guardado. Salgo de casa con la bolsa al hombro, con el pelo todavía húmedo, rumbo a las pesas y, después, a la oficina y a un día normal y corriente que nadie sospechará que empezó así.
Lo cierto es que esta costumbre se me está repitiendo más de lo habitual. Antes era cosa de un día suelto, una mañana en la que amanecía con ganas. Ahora es casi un ritual, un pequeño pacto que hago conmigo mismo antes de que salga el sol. Y no me quejo. Hay maneras mucho peores de empezar la jornada que despertando el deseo con las propias manos, dejando que un recuerdo se vuelva tan real como el agua caliente sobre la piel.
Mañana, casi seguro, volverá a pasar. Pondré tres alarmas, pospondré dos, me levantaré antes de que amanezca y volveré a meterme bajo la ducha sabiendo perfectamente lo que voy a hacer. Y quién sabe qué recuerdo me visitará entonces. Tengo unos cuantos guardados, esperando su turno, y cada uno sabe encontrar el momento justo para volver.