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Relatos Ardientes

Mi vibrador y yo: la rutina que nadie conoce

Mientras le doy vueltas a la continuación de otro relato que tengo a medias, se me ocurrió contar algo más sobre mí. Algo pequeño, casi un secreto: la forma en que me toco cuando estoy sola, o cuando quiero regalarle a mi pareja un espectáculo que no se espera.

Será una historia corta. Espero que la disfruten tanto como yo disfruté viviéndola. Y si tienen alguna sugerencia para hacer mis relatos más entretenidos, la agradeceré de verdad.

No recuerdo con exactitud cuándo empecé a tocarme, pero desde que lo descubrí se volvió una parte importante de mi vida. Tenía poco más de veinte años cuando probé mi primer juguete. Entre lo que veía en la pornografía y las charlas con mis amigas, la curiosidad terminó por ganarme.

Ellas me hablaban del clásico conejito, de cómo les gustaba sentirse penetradas y vibrando al mismo tiempo. Yo prefería ir despacio. Después de mirar reseñas y recordar algún que otro video, me decidí por una bala vibradora pequeña pero potente. Algo de principiante, pensé. Algo que no me asustara.

No me atrevía a entrar sola a una sexshop, así que lo pedí por internet. Craso error pensar que sería discreto. La caja llegó días después con la foto de una mujer desnuda abriéndose de piernas mientras sostenía un vibrador idéntico al mío.

El repartidor apenas podía contener la risa. Miró la caja, me miró a mí, volvió a mirar la caja y por fin me entregó el paquete. Firmé con la cara ardiendo. En cuanto cerré la puerta lo escuché soltar la carcajada que venía aguantando en el pasillo.

Tierra, trágame.

Pero bueno. Ya tenía mi nuevo accesorio, y eso era lo único que importaba.

Decidí que mi primera vez con él merecía algo especial. Cerré la puerta con seguro, puse la bala a cargar y preparé la habitación como quien prepara una cita. Era una bala rosa, de unos diez centímetros, con varias velocidades y un zumbido que de silencioso no tenía nada.

Frente al espejo grande de mi cuarto empecé a desnudarme despacio. Siempre me ha gustado mi cuerpo. Por entonces estaba en mi mejor momento: vientre plano, piernas largas, los pechos firmes y un trasero que llamaba la atención aunque yo nunca lo creí gran cosa. Llevaba el vello púbico recortado, no del todo depilado; en esa época todavía no me animaba.

Me quité la blusa de tirantes, luego el short. Imaginaba que bailaba para alguien, y de algún modo verme en el reflejo me hacía sentir que el espectáculo era para mí y no de mí. Me quedé en ropa interior, un conjunto blanco de sostén y boxer a juego.

Empecé a acariciarme. Una mano en el cuello, la otra bajando por el vientre, alternando, sin prisa. Me gustaba lo que veía. Era como espiar a otra mujer masturbándose a un metro de distancia.

El calor llegó poco a poco. Toqué mis pechos primero sobre la tela, después colé los dedos buscando los pezones. Los tenía duros. Desabroché el sostén y los liberé, y verlos en el espejo, coronados por las areolas, me encendió más de lo habitual. Los pellizcaba apenas, los estiraba un poco. Apretaba los muslos para calmar lo que crecía entre mis piernas.

Pasé un dedo por encima del boxer y ya estaba mojado. Al ser blanco se volvía traslúcido, así que en el reflejo distinguía la forma de mis labios a través de la tela. Esa imagen sola me dejó sin aliento.

Por fin me quité el boxer. Completamente desnuda frente al espejo, con los pezones erizados, la piel de gallina y el corazón golpeándome el pecho. Lo admito: estaba demasiado emocionada para tratarse de una simple sesión a solas.

Me senté frente al cristal con las piernas abiertas. Ya que estaba, quise mirarme con calma, sin pudor.

Observé cada detalle de mi sexo en el espejo. El monte de Venus, los labios externos con su poco de vello, los internos asomando, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. Y arriba, como una cereza tímida sobre un pastel, el capuchón del clítoris esperando su turno.

Empecé a tocarme y descubrí lo empapada que estaba. Tengo la costumbre, que conservo hasta hoy, de probarme los dedos: tienen un sabor ligeramente salado y un olor mío que siempre me ha gustado. Separé los labios con ambas manos y me miré abierta, brillante, lista.

Recorrí la entrada con los dedos y los lubriqué. Toqué cada parte por separado para entender qué me daba qué. Los labios externos ofrecían una sensación suave; los internos, un cosquilleo distinto. La entrada ya goteaba, resbaladiza, y meter y sacar apenas la punta del dedo me arrancaba un placer nuevo.

Inventé un recorrido. Empezaba de un costado, en la entrada, subía siguiendo el borde del labio interno hasta el clítoris, dibujaba dos círculos y bajaba por el otro lado para volver a empezar. Tocar, penetrar, mojar, subir, acariciar. Cada vuelta me detenía un poco más arriba.

Estaba bañada en sudor. La saliva me caía del labio abierto por los gemidos que se me escapaban sin permiso. Las caderas se movían solas, adelante y atrás, buscando.

El calor era insoportable. Quería guardar silencio y no podía; la respiración se me oía en toda la habitación.

Más rápido. Más fuerte. Algo se acercaba. Más, más, necesitaba más.

Apreté el clítoris entre dos dedos resbalosos y lo moví sin pausa. Más rápido, más rápido, ¡más! Arqueé la espalda y, en pleno espasmo, le di una patada al espejo. Me quedé sin aire, las piernas tensas, todo el cuerpo rígido mientras una oleada me inundaba de arriba a abajo.

Ese fue mi primer orgasmo. Lo mejor todavía estaba por llegar.

***

Cuando recuperé algo de compostura, fui por mi juguete nuevo.

Lo encendí en la velocidad más baja. Lo apoyé primero en un pezón y casi me río: daba más cosquillas que placer. Por un segundo pensé que había tirado el dinero a la basura. Sin más ceremonia me lo llevé directo al sexo y, vaya. Qué equivocada estaba.

Se sintió increíble. Seguían las cosquillas, sí, pero mezcladas con un placer de otra categoría. Lo acercaba y lo alejaba, explorando: el perineo, la entrada, los labios. Cada zona respondía de una manera distinta y todas eran deliciosas.

Lo apoyé contra la entrada y presioné, sin intención de penetrar. Resultó un masaje relajante y excitante a la vez. Como ya había tenido un orgasmo, estaba mucho más sensible. Subía y bajaba la bala igual que antes con los dedos: vagina, labios, clítoris.

Mi pobre clítoris. Lo sometí a una tortura deliciosa. La sensación era tan intensa que me costaba sostenerla; tenía que retirar el vibrador porque era demasiado. Pero en cuanto lo apartaba, el cuerpo me pedía un poco más.

Me armé de valor. Con la mano derecha me abrí lo más que pude para dejar el clítoris al descubierto y coloqué la bala justo encima. Cerré las piernas, me hice un ovillo de costado y abracé mis rodillas para no ceder al impulso de quitármela. El vibrador quedó atrapado entre mis labios y la presión de mis muslos.

No sé por qué lo hice. Visto de lejos fue una pequeña locura. Pero aquello me dio muchísimo placer, en serio. No recuerdo haber estado tan caliente ni tan desesperada por terminar como esa primera vez.

Lógicamente, el segundo orgasmo no tardó. Apreté el cuerpo entero. Sentía ganas de orinar y no quería moverme, y con cada contracción cerraba los muslos sin darme cuenta, lo que apretaba más la bala y alargaba la descarga.

No pude evitarlo y me solté: dos o tres chorritos, y cada expulsión fue un pequeño orgasmo extra. No sé cómo describirlo, pero creo que las chicas saben de qué hablo.

Al borde del calambre abrí las piernas y la bala rosa cayó al suelo, vibrando y moviéndose sola por el piso. Casi la pierdo debajo de la cama.

Sobra decir que la limpieza posterior no fue tan placentera. Pero había sido una experiencia completamente nueva, y me encantó.

***

Desde entonces, la bala se volvió mi recurso para esos orgasmos rápidos y potentes. Para cuando no podía dormir y necesitaba esas endorfinas que ayudan a conciliar el sueño. Para cuando me venían las ganas y no había tiempo de andar con ceremonias.

Con los años, lo que ya era un hábito delicioso se volvió todavía más intenso y divertido. Nunca me avergoncé de ello, y no pienso empezar ahora.

Hoy mi forma favorita de hacerlo viene en dos partes.

La primera es un vibrador vaginal que estimula el punto G y se maneja con control remoto. Me gusta ponerlo en modo aleatorio, guardarme el control y salir a dar una vuelta a la manzana o a la tienda de la esquina.

Fingir que no pasa nada mientras mi sexo vibra y se moja en plena calle me excita como pocas cosas. Más todavía cuando salgo sin sostén y los pezones, marcados bajo la blusa, delatan mi juego secreto. He recibido más de una mirada acusadora, y eso, lejos de frenarme, me calienta más.

Cuando siento que no aguanto, vuelvo corriendo a casa. Sí, corriendo, con el juguete dentro; al correr da la sensación de que algo te penetra a cada paso. Una vez el orgasmo me alcanzó antes de llegar y casi me arrolla una camioneta. Terminé sentada en la acera, mojada, cachonda y muerta de susto. Pero esa es otra historia.

Llego a casa y saco el vibrador despacio. Con la otra mano me abro, descubro el clítoris, apoyo el aparato encima y a los pocos segundos llega el orgasmo que vengo arrastrando desde la calle. Uf. Solo escribir sobre esto hace que me moje otra vez.

De vez en cuando lo hago en pareja, pero es algo más personal, algo mío. Me gusta tocarme sola, aunque eso no quita que de tanto en tanto lo haga frente a mi pareja. O frente a alguien más.

Amo a mi clítoris y él me ama a mí. Al fin y al cabo, su único propósito es darme placer. Toda una maravilla de la evolución.

Y tú, ¿cómo le das placer a tu clítoris, o al de tu pareja?

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