Esa mañana descubrí lo que mi cuerpo me pedía
Vuelvo a escribir porque hay cosas que necesitan contarse, aunque sea a desconocidos que nunca me van a poner cara. Las que me han leído antes saben que soy curiosa, que me cuesta quedarme quieta cuando algo me intriga. La última vez les conté que por fin había sentido algo nuevo, un placer que no conocía, cuando me atreví a explorarme con calma en lugar de apurar el final. Esto es la continuación de aquello, y créanme, fue todavía mejor.
Esta vez pasó de mañana. Y eso ya era raro, porque yo nunca he sido de mañanas.
Me desperté antes que el despertador, con esa claridad gris que se cuela por la persiana cuando todavía no son las ocho. La casa estaba en silencio. No había prisa, no había nadie esperándome del otro lado de la puerta, no había una lista de cosas tirándome de la manga. Solo yo, las sábanas tibias y una sensación en el bajo vientre que reconocí de inmediato.
Ganas. Ganas de tocarme.
No era nada nuevo, eso pasa, es lo más natural del mundo. Lo que sí fue distinto fue lo que decidí hacer con esas ganas.
No tengo apuro, pensé. Por una vez, no tengo absolutamente ningún apuro.
Otras veces habría metido la mano bajo la ropa y habría terminado en cinco minutos, casi por trámite, como quien se rasca una picazón. Esa mañana no. Esa mañana me quedé un rato mirando el techo, sintiendo cómo el calor me subía despacio, dejando que la cosa creciera sola. Estiré una pierna fuera del edredón solo para sentir el aire fresco contra la piel y volví a meterla. Me gustaba ese contraste, lo frío y lo caliente, la espera.
Después agarré el teléfono.
***
Busqué algo para mirar, ya saben de qué tipo. Empecé con un video que había visto otras veces, uno de una chica sola, tranquila, sin gritos exagerados ni nada falso. Me gusta porque parece de verdad, porque la respiración suena como suena la mía cuando nadie me escucha. La miré y sentí lo de siempre, esa humedad que empieza despacio, ese cosquilleo que avisa que el cuerpo ya está prestando atención.
Hasta ahí, todo normal.
Pero al terminar ese video, en las sugerencias me empezaron a salir otros distintos. Parejas. Una chica con un chico. Y por curiosidad, casi sin pensarlo, le di a uno. Y después a otro. Y a otro más. Creo que vi cuatro o cinco seguidos, perdí la cuenta. No era tanto lo que pasaba en la pantalla, sino lo que pasaba conmigo mientras miraba: me había ido metiendo en cada escena, imaginándome en el lugar de ella, sintiendo manos que no eran las mías, un peso encima que no estaba pero que casi podía pesar.
Y de pronto me di cuenta de que estaba apretando las piernas sin darme cuenta. Las tenía cruzadas, una contra otra, presionando, y al moverlas sentí algo húmedo deslizarse por la cara interna del muslo. No era como las otras veces. Esta vez estaba empapada, de verdad empapada, y solo de mirar y de imaginar.
Bajé el teléfono. Ya no lo necesitaba. La película la tenía toda dentro de la cabeza.
Me quedé un momento así, con el aparato apagado sobre el pecho, escuchando mi propia respiración. Afuera empezaba a oírse el ruido de la calle, un auto que arrancaba, alguien que sacaba la basura, la vida normal de la gente normal a esa hora normal. Y yo, ahí, desnuda de la cintura para abajo, con el corazón golpeando y una excitación que no se parecía a nada que recordara. Me gustaba esa sensación de estar haciendo algo solo para mí, sin testigos, sin culpa, sin reloj.
***
Me destapé del todo. Quería verme, quería sentir el aire en cada parte. Pasé la mano por el vientre, sin prisa, dibujando círculos lentos que bajaban un poco más con cada vuelta. Cuando por fin llegué abajo y rocé apenas con la yema de los dedos, tuve que morderme el labio. Estaba caliente, resbalosa, hinchada de un modo que casi me asustó por lo intenso que se sentía.
Me deslicé un dedo dentro y entró solo, sin esfuerzo, como si el cuerpo lo estuviera esperando desde hacía rato. Eso también era nuevo. Antes me costaba, antes había una resistencia, una incomodidad que me sacaba del momento. Ahora no. Ahora era pura bienvenida.
Más, me dije. Quiero más.
Y fue ahí cuando me acordé del frasco.
Tenía sobre la cómoda un frasco de perfume viejo, de esos con tapa de vidrio alargada y lisa, una forma redondeada y gruesa que más de una vez había mirado de reojo pensando «algún día». Lo había lavado hacía semanas, casi sin admitírmelo a mí misma, dejándolo limpio y guardado por si llegaba el momento. Y supe, con una certeza tranquila, que el momento era ese.
Me levanté para alcanzarlo. Sentí el frío del suelo en los pies, la frescura del cuarto contra la piel desnuda, y volví a la cama con el frasco en la mano. Lo sostuve un segundo, sopesándolo, sintiendo el vidrio liso entre los dedos. El corazón me latía rápido, una mezcla de nervios y de unas ganas enormes.
***
Me acomodé contra las almohadas, con las rodillas dobladas y separadas. Pasé la punta del frasco por encima, despacio, mojándola con lo que mi propio cuerpo ya tenía de sobra. El vidrio frío contra esa parte tan caliente me hizo respirar hondo. Lo froté ahí un rato, sin meterlo todavía, solo rozando, jugando a esperar, hasta que sentí que ya no aguantaba más esa tensión deliciosa de no tener lo que quería.
Entonces empecé a introducirlo.
Al principio se sintió raro, extraño, hasta un poco molesto. El vidrio era más grueso que un dedo y la forma rara hacía que tuviera que ir con cuidado, buscando el ángulo. Me detuve, respiré, lo intenté otra vez. Y poco a poco fue cediendo, fue entrando, y la molestia se transformó en una presión llena que me arrancó un gemido bajo, de esos que salen solos.
Lo metí un poco más. Y después empecé a moverlo.
Despacio al principio. Lo sacaba casi del todo y lo volvía a meter, sin apuro, aprendiendo qué sentía con cada movimiento, dónde se sentía mejor, cuánto podía dar. Al comienzo no fue nada del otro mundo, era agradable y ya. Pero cuando empecé a hacerlo más rápido, cuando encontré un ritmo que iba y venía, fue como si alguien hubiera encendido algo en el centro de mi cuerpo.
Ahí. Justo ahí.
Con la otra mano bajé a tocarme por fuera, esos círculos que ya conocía bien, mientras seguía con el vaivén del frasco. Las dos cosas a la vez. Era demasiado y a la vez nunca era suficiente. Sentía el placer acumularse como agua detrás de una represa, subiendo, subiendo, y yo seguía moviéndome porque sabía que si paraba lo iba a perder.
***
Cerré los ojos y volví a las imágenes de antes, las de la pantalla mezcladas con las mías propias. Me imaginé que no eran mis manos. Me imaginé una boca contra mi cuello, unos dedos que no eran los míos, una voz baja diciéndome al oído que no me detuviera. Inventé una persona entera en ese momento, un cuerpo que llenaba el otro lado de la cama, y lo sentí casi tan real como el vidrio que entraba y salía de mí.
La respiración se me había vuelto entrecortada. Tenía las piernas tensas, los dedos de los pies curvados contra la sábana. Sentía el sudor en el nacimiento del pelo y un temblor que empezaba en lo más hondo y se abría camino hacia arriba.
Apuré el ritmo. Ya no pensaba en la técnica, ni en el ángulo, ni en nada. Solo en la ola que venía.
Y llegó.
Llegó de golpe, con una fuerza que me hizo arquear la espalda y apretar la almohada con la mano libre. Todo el cuerpo se me contrajo a la vez, una y otra vez, en oleadas que parecían no terminar nunca. Solté un sonido que ni sabía que tenía dentro, ahogado contra mi propio hombro. Y por unos segundos largos dejé de existir, dejé de ser una persona con nombre y obligaciones, fui solo eso: placer puro, sin pensamiento.
***
Después me quedé quieta, deshecha sobre las sábanas revueltas, sintiendo cómo el corazón volvía despacio a su sitio. Saqué el frasco con cuidado y lo dejé a un lado. Tenía la piel ardiendo y una sonrisa boba que no podía controlar.
Me quedé un buen rato así, mirando otra vez ese techo que había mirado al despertar, pero ya nada era igual. Había descubierto algo. No del frasco, ni de los videos, ni de la técnica. Había descubierto que mi cuerpo respondía distinto cuando le daba tiempo, cuando le daba permiso, cuando dejaba que el deseo creciera en vez de matarlo de un apuro. Que la cabeza, la imaginación, era el órgano más poderoso de todos.
Que la espera era parte del placer, tal vez la mejor parte.
Bueno, eso es todo lo interesante que me ha pasado por ahora. Cuando me vuelva a pasar algo así, vendré a contarlo, no se preocupen. Por lo pronto, creo que ya me gané eso de empezar a ahorrar para un juguete de verdad, uno hecho para esto y no un frasco de perfume reciclado.
Y gracias, de verdad, a todas las que se toman el tiempo de leerme y de escribirme. Saber que alguien del otro lado de la pantalla me escucha hace que contar estas cosas sea casi tan rico como vivirlas. Casi.