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Relatos Ardientes

Cuando al fin me permití jugar sin límites

Esto no es el tipo de relato que uno escribe de buenas a primeras. Me tomó semanas decidir contarlo, y todavía no estoy del todo segura de hacerlo bien. Pero hay algo que libera el poner en palabras lo que te avergüenza y te excita al mismo tiempo, así que aquí estoy.

Antes de seguir quiero ser directa: lo que voy a describir es una experiencia escatológica. Si eso no es lo tuyo, no te lo reprocho. Cierra la página y busca algo que te guste más. Pero si hay una parte de ti que siente curiosidad, si alguna vez te has preguntado qué hay al otro lado del tabú, sigue leyendo.

Tengo treinta y tres años, vivo sola desde hace cuatro, y llevo casi un año intercambiando mensajes con alguien que conocí en un foro de lectura erótica. No nos hemos visto nunca en persona. No sé cómo se llama de verdad. Pero esa persona me ha dicho cosas que nadie más se había atrevido a decirme, me ha hecho preguntas que nadie me había hecho, y poco a poco ha ido moviendo el límite de lo que yo creía que era capaz de desear.

—¿Y si lo hicieras de verdad? —me escribió una noche, después de que yo le contara una fantasía que llevaba años guardando solo para mí.

¿Y si lo hacía de verdad?

No contesté esa noche. Tampoco la siguiente. Pero la pregunta se quedó instalada en algún lugar entre el estómago y el pecho, y no me dejó en paz.

***

Fue un miércoles, hace algo más de dos semanas. Llegué a casa después del trabajo, comí poco y ligero, y me senté en el sofá a fingir que veía la televisión mientras en realidad solo pensaba en eso. En si me atrevería. En qué significaría que lo hiciera. En qué diría de mí que lo quisiera tanto y desde hacía tanto.

Y luego me harté de pensar.

Me levanté, apagué las luces del salón y fui al dormitorio. Me senté en el borde de la cama y respiré despacio. Afuera llovía. El apartamento estaba en silencio, solo el sonido del agua contra el cristal y el suave zumbido de la nevera desde la cocina.

Empecé a desvestirme lentamente. No con la prisa del piloto automático de cada noche. Lo hice con intención, notando cada detalle: la textura del tejido al deslizarse por los hombros, el frío del aire en la espalda desnuda, el peso de la ropa cayendo al suelo. Me quedé un momento de pie frente al espejo que hay en la puerta del armario.

Me miré. Realmente me miré.

Las caderas, el vientre que no es plano pero con el que ya no discuto, el lunar oscuro encima del ombligo. Las manos empezaron a moverse solas. Por los costados, por el vientre, por los senos. Cerré los ojos y dejé que la imagen tomara forma en mi cabeza: no eran mis manos, eran las de alguien que me conocía de memoria y sabía exactamente qué hacer con cada centímetro de mí.

Para cuando abrí los ojos, ya estaba bastante excitada.

Fui al baño.

***

El baño de mi apartamento es pequeño, con el suelo de baldosas blancas que siempre están frías. Cerré la puerta con llave aunque estaba sola, por costumbre o por ritual, no sé distinguirlo. Dejé encendida solo la luz del espejo, que da un tono cálido y anaranjado muy distinto al frío fluorescente del techo.

Me arrodillé en el suelo. Las baldosas frías contra las rodillas eran un recordatorio constante de dónde estaba y lo que estaba a punto de hacer.

Puse un cuenco de plástico bajo mí y me puse en cuclillas sobre él. Llevaba un rato aguantando las ganas de orinar, bastante más de lo que lo habría aguantado en otras circunstancias. Cuando me dejé ir, el sonido del líquido cayendo en el plástico resonó en el silencio del cuarto de baño.

Ese sonido, esa rendición, ya me puso más caliente.

Esperé un momento antes de seguir. Respiré. Miré el líquido oscuro del cuenco. Había bebido poco agua ese día, a propósito. Tenía preparada una jeringa de las grandes, de las que usan para limpiar heridas, que llevaba semanas guardada en el cajón del fondo.

Era la fantasía que llevaba más tiempo en mi cabeza: que alguien me hiciera un enema con orina. Como nunca lo había hecho con otra persona, lo haría sola. Como tantas otras cosas en mi vida.

Llené la jeringa despacio. Me puse a cuatro patas, con la frente apoyada en el suelo frío, y la introduje con cuidado. No dolió. Había practicado suficiente en los últimos meses como para que mi cuerpo no se resistiera ante cosas pequeñas. Empujé el émbolo muy despacio, centímetro a centímetro.

La sensación fue exactamente como había imaginado: calor expandiéndose por dentro, una presión extraña que no era exactamente dolor pero que tampoco era neutral. Era consciente de cada milímetro de líquido que entraba, de su temperatura, de la forma en que me llenaba. Cerré los ojos y me quedé quieta, sin querer que pasara demasiado rápido.

***

Cuando ya no pude aguantar más, pujé. El líquido salió con fuerza, con algo más que no era solo líquido. Me quedé en esa posición un momento, con la cabeza gacha, la respiración agitada.

Había una parte de mí —la parte que a veces intenta convencerme de que soy una persona completamente normal— que me decía que parara aquí. Que ya había probado suficiente. Que estaba cruzando una línea que no debía cruzar.

Pero otra parte, la que llevaba meses construyendo ese momento, no tenía ninguna intención de detenerse.

Alcancé el consolador que había dejado preparado en el suelo, sobre una toalla doblada. Es de tamaño mediano, ni el más pequeño que tengo ni el más grande. Lo introduje despacio, con cuidado, notando cada centímetro. Había una lubricación distinta a la habitual, orgánica y cruda, y eso formaba parte de la experiencia: lo que en otras circunstancias sería un obstáculo aquí era parte del juego.

Fue extraño. Fue intenso. Fue exactamente lo que quería.

Empecé a moverlo, primero despacio, luego con más ritmo. Cada movimiento tenía una textura diferente a lo que conocía. Me oí respirar. Me oí hacer sonidos que no hago normalmente. La mente intenta a veces interponerse con sus juicios —esto está mal, esto es demasiado, para— pero si llevas suficiente tiempo sin hacerle caso, aprende a callarse.

Lo dejé salir solo y lo volví a introducir. Una vez. Otra. El suelo estaba sucio debajo de mí, y esa suciedad era parte de lo que sentía, de lo que me excitaba. Me pasé los dedos por fuera. Los levanté a la altura de los ojos. Los miré.

En ese momento no había pensamiento. Solo sensación.

***

Quería más. Siempre quiero más cuando llego a cierto punto: es como si el umbral del cuerpo se desplazara hacia adelante y lo que antes parecía suficiente dejara de serlo.

Dejé el consolador a un lado y empecé con los dedos. Primero uno, después dos. Me conozco bien, sé cómo relajarme, sé cómo respirar para que no duela. Tres dedos. El tramo entre tres y cuatro siempre me cuesta más: hay una resistencia ahí que no desaparece del todo con el tiempo ni con la práctica. Respiré hondo. Expulsé el aire muy despacio. Cuatro dedos.

El dolor era real. No voy a romantizarlo ni a hacerlo más poético de lo que fue. Pero también era real la forma en que ese dolor se mezclaba con todo lo demás hasta volverse algo diferente: ya no era solo dolor, era presencia física absoluta. Era consciente de cada músculo, de cada límite, de exactamente hasta dónde podía llevar mi cuerpo.

El quinto dedo fue lo más difícil. Lo intenté dos veces antes de conseguirlo.

Cuando por fin lo logré me quedé absolutamente quieta.

No sé cuánto tiempo estuve así. El tiempo hace cosas raras en esos momentos. Podría haber sido un minuto o diez. Solo escuchaba mi propia respiración acelerada y la lluvia afuera y el zumbido distante de la nevera.

Lo hice, pensé. Lo hice de verdad.

El orgasmo llegó sin que yo lo buscara activamente, como una ola que se ve venir desde lejos y que ya es inevitable cuando alcanza cierta distancia. No fue el tipo de orgasmo que persigues. Fue el tipo que te ocurre cuando llevas suficiente tiempo sostenida al borde.

***

Tardé un buen rato en recomponerme. Me quedé sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la pared fría y las rodillas dobladas contra el pecho, respirando hasta que el pulso volvió a algo parecido a lo normal.

El cuarto de baño estaba hecho un desastre. Yo estaba hecha un desastre.

Me levanté despacio. El cuerpo no se mueve igual después de ciertas cosas: hay un entumecimiento particular, la sensación de haber usado músculos que en circunstancias normales ni existen para ti. Limpié todo con cuidado y sin prisa. Doblé las toallas. Guardé las cosas. Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua calentara antes de meterme.

Bajo el agua me quedé inmóvil un buen rato, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Sentía el calor en los hombros y en la espalda. Sentía también la molestia suave que siempre queda después de llevar el cuerpo hasta cierto punto: no era dolor exactamente, era más bien el recuerdo físico de lo que había pasado. El cuerpo acordándose.

No me arrepentí. Eso también quiero decirlo, porque muchas veces la narrativa que existe alrededor de estas cosas asume que debe haber arrepentimiento al final, vergüenza o culpa que redima el relato. Esa noche no pasó nada de eso.

Solo sentí que me había dado permiso para algo que llevaba mucho tiempo queriendo, y que el resultado había sido exactamente lo que esperaba.

***

Le escribí al día siguiente. Solo cuatro palabras: Lo hice. Estuvo bien.

Tardó unas horas en contestar. Cuando lo hizo, puso: Sabía que lo harías.

Sonreí sin querer delante de la pantalla del móvil, sentada en el sofá con el café de la mañana todavía caliente. No le expliqué los detalles. No hacía falta. Esa persona ya sabía suficiente sobre mí como para entender lo que significaban esas cuatro palabras.

Hay fantasías que pierden su poder en el momento en que se realizan. Esta no fue así. La hice y la disfruté, y ahora vive en mi memoria como una de esas noches que no olvidaré aunque quiera. No sé si lo repetiré pronto. Probablemente sí, cuando las ganas vuelvan y el momento sea el correcto. No es algo que funcione si lo conviertes en rutina o si lo fuerzas cuando el cuerpo no está preparado.

Forma parte de un catálogo mental de cosas que, una vez que las has hecho de verdad, ya no pueden asustarte de la misma manera. El miedo vive sobre todo en la anticipación. En lo que imaginas antes. En todos los «¿y si?» que se acumulan mientras no te atreves.

Esa noche dejé de imaginar. Y eso valió más que cualquier otra cosa.

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Comentarios (3)

Oscura_lectora

increible!!! me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin

Desiree_R

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber mas

MikeCordoba

Qué relato mas intenso. Me encantó como describís los sentimientos internos, no solo el morbo. Eso es lo que lo hace diferente.

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