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Relatos Ardientes

Cuando al fin me permití jugar sin límites

Esto no es el tipo de relato que uno escribe de buenas a primeras. Me tomó semanas decidir contarlo, y todavía no estoy del todo segura de hacerlo bien. Pero hay algo que libera el poner en palabras lo que te avergüenza y te excita al mismo tiempo, así que aquí estoy.

Antes de seguir quiero ser directa: lo que voy a describir es una experiencia escatológica. Si eso no es lo tuyo, no te lo reprocho. Cierra la página y busca algo que te guste más. Pero si hay una parte de ti que siente curiosidad, si alguna vez te has preguntado qué hay al otro lado del tabú, sigue leyendo.

Tengo treinta y tres años, vivo sola desde hace cuatro, y llevo casi un año intercambiando mensajes con alguien que conocí en un foro de lectura erótica. No nos hemos visto nunca en persona. No sé cómo se llama de verdad. Pero esa persona me ha dicho cosas que nadie más se había atrevido a decirme, me ha hecho preguntas que nadie me había hecho, y poco a poco ha ido moviendo el límite de lo que yo creía que era capaz de desear.

—¿Y si lo hicieras de verdad? —me escribió una noche, después de que yo le contara una fantasía que llevaba años guardando solo para mí.

¿Y si lo hacía de verdad?

No contesté esa noche. Tampoco la siguiente. Pero la pregunta se quedó instalada en algún lugar entre el estómago y el coño, y no me dejó en paz. Me sorprendí varias veces esa semana con la mano metida entre las piernas mientras releía el mensaje, frotándome el clítoris hasta correrme pensando en lo que él —o ella, nunca lo supe— me pediría después.

Fue un miércoles, hace algo más de dos semanas. Llegué a casa después del trabajo, comí poco y ligero, y me senté en el sofá a fingir que veía la televisión mientras en realidad solo pensaba en eso. En si me atrevería. En qué significaría que lo hiciera. En qué diría de mí que lo quisiera tanto y desde hacía tanto.

Y luego me harté de pensar.

Me levanté, apagué las luces del salón y fui al dormitorio. Me senté en el borde de la cama y respiré despacio. Afuera llovía. El apartamento estaba en silencio, solo el sonido del agua contra el cristal y el suave zumbido de la nevera desde la cocina.

Empecé a desvestirme lentamente. No con la prisa del piloto automático de cada noche. Lo hice con intención, notando cada detalle: la textura del tejido al deslizarse por los hombros, el frío del aire en la espalda desnuda, el peso de la ropa cayendo al suelo. Me quedé un momento de pie frente al espejo que hay en la puerta del armario.

Me miré. Realmente me miré.

Las caderas anchas, el vientre que no es plano pero con el que ya no discuto, el lunar oscuro encima del ombligo. Las tetas pesadas, con los pezones ya duros y erguidos solo de anticipar lo que venía. El coño con el vello recortado corto, brillando un poco por la humedad que ya se me había juntado entre los labios. Las manos empezaron a moverse solas. Por los costados, por el vientre, por las tetas. Me pellizqué los pezones hasta que los sentí latir, tiré de ellos hasta que me arranqué un jadeo. Bajé una mano al coño, separé los labios con dos dedos y me acaricié la raja de arriba abajo, notando cómo estaba empapada. Metí el dedo del corazón dentro, hasta el nudillo, y lo saqué brillando de mis propios flujos. Me lo llevé a la boca y lo chupé despacio, mirándome a los ojos en el espejo.

Cerré los ojos y dejé que la imagen tomara forma en mi cabeza: no eran mis manos, eran las de alguien que me conocía de memoria y sabía exactamente qué hacer con cada centímetro de mí. Me imaginé una polla dura pegada contra mi culo, un par de manos grandes agarrándome las tetas por detrás, una voz ronca diciéndome al oído que era una guarra, que iba a hacer todo lo que me pidiera.

Para cuando abrí los ojos, ya estaba bastante excitada. Tenía los muslos húmedos y el coño palpitando.

Fui al baño.

El baño de mi apartamento es pequeño, con el suelo de baldosas blancas que siempre están frías. Cerré la puerta con llave aunque estaba sola, por costumbre o por ritual, no sé distinguirlo. Dejé encendida solo la luz del espejo, que da un tono cálido y anaranjado muy distinto al frío fluorescente del techo.

Me arrodillé en el suelo. Las baldosas frías contra las rodillas eran un recordatorio constante de dónde estaba y lo que estaba a punto de hacer.

Puse un cuenco de plástico bajo mí y me puse en cuclillas sobre él. Llevaba un rato aguantando las ganas de orinar, bastante más de lo que lo habría aguantado en otras circunstancias. Cuando me dejé ir, el sonido del líquido cayendo en el plástico resonó en el silencio del cuarto de baño. Me metí dos dedos en el coño mientras seguía meando, y sentí cómo el chorro cambiaba de dirección al chocar con mi mano.

Ese sonido, esa rendición, ya me puso más caliente. Me pasé la palma mojada por el clítoris y me arranqué un gemido tonto ahí sola.

Esperé un momento antes de seguir. Respiré. Miré el líquido oscuro y amarillento del cuenco. Había bebido poco agua ese día, a propósito, para que estuviera más concentrado, más fuerte. Tenía preparada una jeringa de las grandes, de las que usan para limpiar heridas, que llevaba semanas guardada en el cajón del fondo.

Era la fantasía que llevaba más tiempo en mi cabeza: que alguien me follara el culo después de meármelo por dentro, que me hiciera un enema con su propia meada caliente y luego me montara. Como nunca lo había hecho con otra persona, lo haría sola. Como tantas otras cosas en mi vida.

Llené la jeringa despacio. Me puse a cuatro patas, con la frente apoyada en el suelo frío, el culo levantado y las piernas abiertas. Me chupé el dedo del corazón y me lo metí en el ojete para relajarlo, empujando hacia dentro con pequeños círculos hasta que noté que cedía. Introduje la punta de la jeringa con cuidado. No dolió. Había practicado suficiente en los últimos meses como para que mi cuerpo no se resistiera ante cosas pequeñas. Empujé el émbolo muy despacio, centímetro a centímetro.

La sensación fue exactamente como había imaginado: calor expandiéndose por dentro del culo, una presión extraña que no era exactamente dolor pero que tampoco era neutral. Era consciente de cada milímetro de líquido que entraba, de su temperatura tibia, de la forma en que me llenaba las tripas. Cerré los ojos y me quedé quieta, sin querer que pasara demasiado rápido. Con la mano libre me toqué el clítoris, apenas rozándolo, y sentí que el coño se contraía en respuesta, apretándose alrededor del vacío. Me metí dos dedos por delante mientras aguantaba la meada por detrás, y noté a través de la fina pared de carne cómo el líquido llenaba mi culo. La sensación de estar rellena por los dos agujeros a la vez me hizo soltar un gemido largo contra las baldosas.

Cuando ya no pude aguantar más, pujé. El líquido salió con fuerza, con algo más que no era solo líquido, chorreando por mis muslos y salpicando el cuenco que había puesto debajo. Me quedé en esa posición un momento, con la cabeza gacha, la respiración agitada, el ojete abierto y palpitando después del vaciado.

Había una parte de mí —la parte que a veces intenta convencerme de que soy una persona completamente normal— que me decía que parara aquí. Que ya había probado suficiente. Que estaba cruzando una línea que no debía cruzar.

Pero otra parte, la que llevaba meses construyendo ese momento, no tenía ninguna intención de detenerse. Tenía el coño empapado, el clítoris hinchado, y las ganas de que algo grueso me follara el culo eran demasiado fuertes para pararse ahí.

Alcancé el consolador que había dejado preparado en el suelo, sobre una toalla doblada. Es de tamaño mediano, ni el más pequeño que tengo ni el más grande. Una polla de silicona negra, gruesa, con las venas marcadas y unos huevos pesados en la base. Le escupí encima y lo froté con la mano para extender la saliva. Me lo pasé por los labios y lo chupé como si fuera de verdad, tragándomelo hasta que la punta me tocó la garganta y me hizo lagrimear. Lo saqué con un hilo de baba colgando y me lo llevé al culo.

Lo introduje despacio, con cuidado, notando cada centímetro. La cabeza se abrió paso primero, ese momento de resistencia que siempre es el más intenso, y después el resto entró de un empujón lento. Había una lubricación distinta a la habitual, orgánica y cruda, sucia y a la vez suficiente, y eso formaba parte de la experiencia: lo que en otras circunstancias sería un obstáculo aquí era parte del juego. Me metí la polla de silicona hasta la base, y me quedé un momento así, con el culo lleno hasta los topes y los huevos falsos apoyados contra mi coño empapado.

Fue extraño. Fue intenso. Fue exactamente lo que quería.

Empecé a moverlo, primero despacio, luego con más ritmo. La saqué casi entera y volví a metérmela de un golpe seco. Cada movimiento tenía una textura diferente a lo que conocía, más resbaladiza, más profunda. Me oí respirar. Me oí hacer sonidos que no hago normalmente: gemidos guturales, gruñidos cuando la polla llegaba al fondo, un «sí, joder» susurrado contra el suelo que ni siquiera sabía que había dicho hasta que lo escuché. Me follaba el culo con una mano y con la otra me frotaba el clítoris en círculos rápidos, y con cada embestida sentía cómo el consolador presionaba desde dentro contra la pared del coño, dándome doble sensación.

La mente intenta a veces interponerse con sus juicios —esto está mal, esto es demasiado, para— pero si llevas suficiente tiempo sin hacerle caso, aprende a callarse.

Lo dejé salir solo y lo volví a introducir. Una vez. Otra. Cuatro, cinco, diez veces, cada vez más rápido, hasta que las nalgas empezaron a golpear contra los talones con un sonido húmedo. El suelo estaba sucio debajo de mí, y esa suciedad era parte de lo que sentía, de lo que me excitaba. Me pasé los dedos por fuera del culo, embarrándolos. Los levanté a la altura de los ojos. Los miré. Después me los llevé a la boca y los chupé sin pensarlo, con el consolador todavía metido hasta el fondo. El sabor era acre y salado y me hizo gemir más fuerte.

En ese momento no había pensamiento. Solo sensación. Solo era un cuerpo empalado, sudado, jadeante, dispuesto a lo que fuera.

Quería más. Siempre quiero más cuando llego a cierto punto: es como si el umbral del cuerpo se desplazara hacia adelante y lo que antes parecía suficiente dejara de serlo.

Saqué el consolador del culo con un plop mojado y lo dejé a un lado, brillante y sucio sobre la toalla. Empecé con los dedos. Primero uno, después dos, deslizándolos en el agujero ya abierto y hambriento. Me conozco bien, sé cómo relajarme, sé cómo respirar para que no duela. Tres dedos. Con la otra mano me hundía dos más en el coño, y me follaba los dos agujeros a la vez, sintiendo las yemas encontrarse a través de la fina membrana interior. El tramo entre tres y cuatro siempre me cuesta más: hay una resistencia ahí que no desaparece del todo con el tiempo ni con la práctica. Respiré hondo. Expulsé el aire muy despacio. Cuatro dedos.

Sentí cómo el ojete se estiraba hasta el límite alrededor de mis nudillos. Me quedé quieta con los cuatro dedos hundidos hasta la palma, dejando que el culo se acostumbrara, dejando que el ardor se convirtiera en calor y el calor en placer. Me toqué el clítoris con el pulgar de la otra mano, sin dejar de tener dos dedos metidos en el coño, y me di cuenta de que estaba a punto de correrme solo con eso.

El dolor era real. No voy a romantizarlo ni a hacerlo más poético de lo que fue. Pero también era real la forma en que ese dolor se mezclaba con todo lo demás hasta volverse algo diferente: ya no era solo dolor, era presencia física absoluta. Era consciente de cada músculo, de cada límite, de exactamente hasta dónde podía llevar mi cuerpo.

El quinto dedo fue lo más difícil. Lo intenté dos veces antes de conseguirlo. Junté las yemas de los cinco dedos formando un cono, empujé, sentí el anillo del culo resistirse, ceder un poco, cerrarse otra vez. Me eché más saliva encima, respiré profundo, y en el tercer intento la mano se deslizó hasta pasar los nudillos.

Cuando por fin lo logré me quedé absolutamente quieta. Con la mano entera metida en el culo, el puño apenas cerrado dentro de mí, sintiendo cómo el ojete se apretaba y aflojaba en oleadas alrededor de mi muñeca.

No sé cuánto tiempo estuve así. El tiempo hace cosas raras en esos momentos. Podría haber sido un minuto o diez. Solo escuchaba mi propia respiración acelerada y la lluvia afuera y el zumbido distante de la nevera. Con la mano libre me toqué el coño despacio, con dos dedos rozándome el clítoris en círculos apretados, sintiendo cómo la presión del puño dentro del culo empujaba la carne del coño desde el otro lado. Cada latido del corazón me lo sentía en las paredes del recto contra los dedos.

Lo hice, pensé. Lo hice de verdad.

Empecé a mover la mano dentro, muy poco, apenas medio centímetro adelante y atrás, un puño diminuto que golpeaba desde dentro. Y con la otra me follé el coño con tres dedos mientras me frotaba el clítoris con la palma. Los dos agujeros trabajando a la vez. El culo lleno de mi propia mano hasta la muñeca, el coño empapado y contraído, el clítoris hinchado hasta doler.

El orgasmo llegó sin que yo lo buscara activamente, como una ola que se ve venir desde lejos y que ya es inevitable cuando alcanza cierta distancia. No fue el tipo de orgasmo que persigues. Fue el tipo que te ocurre cuando llevas suficiente tiempo sostenida al borde. Me sacudió entera. Sentí cómo el culo se cerraba con fuerza sobre mi muñeca, cómo el coño se contraía en espasmos alrededor de los dedos, cómo un chorro caliente me salió por delante mojándome el antebrazo. Me corrí gritando contra las baldosas, con la frente pegada al suelo, sin dejar de mover la mano, alargando el orgasmo hasta que ya no pude más y me quedé temblando, con la mano todavía metida y el coño palpitando.

Tardé un buen rato en recomponerme. Saqué la mano despacio, con cuidado, y sentí el ojete quedarse abierto un momento antes de empezar a cerrarse otra vez. Me quedé sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la pared fría y las rodillas dobladas contra el pecho, respirando hasta que el pulso volvió a algo parecido a lo normal.

El cuarto de baño estaba hecho un desastre. Yo estaba hecha un desastre.

Me levanté despacio. El cuerpo no se mueve igual después de ciertas cosas: hay un entumecimiento particular en el culo, la sensación de haber usado músculos que en circunstancias normales ni existen para ti. Limpié todo con cuidado y sin prisa. Doblé las toallas. Guardé las cosas. Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua calentara antes de meterme.

Bajo el agua me quedé inmóvil un buen rato, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Sentía el calor en los hombros y en la espalda. Me pasé los dedos por el coño y por el culo despacio, comprobando qué quedaba. Sentía también la molestia suave que siempre queda después de llevar el cuerpo hasta cierto punto: no era dolor exactamente, era más bien el recuerdo físico de lo que había pasado. El cuerpo acordándose de la polla de silicona, de los cinco dedos, del puño.

No me arrepentí. Eso también quiero decirlo, porque muchas veces la narrativa que existe alrededor de estas cosas asume que debe haber arrepentimiento al final, vergüenza o culpa que redima el relato. Esa noche no pasó nada de eso.

Solo sentí que me había dado permiso para algo que llevaba mucho tiempo queriendo, y que el resultado había sido exactamente lo que esperaba.

Le escribí al día siguiente. Solo cuatro palabras: Lo hice. Estuvo bien.

Tardó unas horas en contestar. Cuando lo hizo, puso: Sabía que lo harías. Cuéntamelo todo.

Sonreí sin querer delante de la pantalla del móvil, sentada en el sofá con el café de la mañana todavía caliente. Y se lo conté. Todo. Con detalle. Con las palabras crudas. Con el olor y el sabor y el ardor del quinto dedo y el chorro caliente que me salió al correrme. Esa persona ya sabía suficiente sobre mí como para entender lo que significaban esas cuatro palabras iniciales, pero se merecía el relato entero, y yo me merecía contarlo.

Hay fantasías que pierden su poder en el momento en que se realizan. Esta no fue así. La hice y la disfruté, y ahora vive en mi memoria como una de esas noches que no olvidaré aunque quiera. No sé si lo repetiré pronto. Probablemente sí, cuando las ganas vuelvan y el momento sea el correcto. No es algo que funcione si lo conviertes en rutina o si lo fuerzas cuando el cuerpo no está preparado.

Forma parte de un catálogo mental de cosas que, una vez que las has hecho de verdad, ya no pueden asustarte de la misma manera. El miedo vive sobre todo en la anticipación. En lo que imaginas antes. En todos los «¿y si?» que se acumulan mientras no te atreves.

Esa noche dejé de imaginar. Y eso valió más que cualquier otra cosa.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en Caballito.

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Comentarios(9)

Oscura_lectora

increible!!! me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin

Desiree_R

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber mas

MikeCordoba

Qué relato mas intenso. Me encantó como describís los sentimientos internos, no solo el morbo. Eso es lo que lo hace diferente.

Luna_de_noche

Hace tiempo que no leía algo que me llegara así. Me recordó a una época en que yo tambien me animé a explorar sin miedo. Muy bien escrito de verdad, gracias por compartirlo.

Pili23

es real esto? porque suena muy autentico jajaja

SantiagoMdq

genial!!!

MarcelaH

El coraje que se necesita para animarse a algo asi... admirable. Muy bien contado.

LucianoR7

Se hizo cortisimo, quiero mas!! sigue escribiendo porfi que tenés talento

Valentina_B

Me encantó como lo planteaste, sin rodeos y con mucha honestidad. Espero que sigas subiendo relatos!

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