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Relatos Ardientes

Lo que mis vecinas me pidieron a cambio

El pasillo del cuarto piso tenía una sola bombilla que parpadeaba. Dos de la madrugada, el suelo de linóleo frío a través de los calcetines, y yo con el puño levantado frente a la puerta del 4B sin terminar de decidirme.

Ya había llegado hasta ahí antes. Dos veces la semana anterior. Las dos me di la vuelta antes de llamar.

Esa noche no.

El primer golpe fue suave. El segundo, más firme. El eco me sorprendió: no había calculado cuánto iba a resonar en el pasillo vacío. Mi corazón aceleró antes incluso de oír pasos al otro lado.

Llevaba semanas escuchándolas. Al principio pensé que era la televisión. Luego pensé que me acostumbraría. No pasó ninguna de las dos cosas. Los sonidos del 4B habían colonizado mis noches con una precisión que me resultaba casi personal: la cadencia que sube y se rompe y vuelve a subir, las voces mezcladas, el golpeteo rítmico del cabecero contra la pared que compartíamos, los gemidos que se volvían gritos ahogados, el chapoteo húmedo que a veces se colaba con nitidez indecente en mi cuarto. Me había despertado así durante veinte noches seguidas con la polla dura pegada al calzoncillo, la mano yendo sola hacia abajo, meneándomela en silencio contra la pared mientras las escuchaba correrse al otro lado. Había llegado a memorizar los patrones, los ritmos, los momentos exactos en que una de ellas alcanzaba el punto más alto y lo dejaba escapar con un aullido que me dejaba durante horas con los ojos abiertos en el techo y el semen secándose en el vientre.

Así que ahí estaba.

La puerta se abrió.

Nadia llenó el umbral. El pelo castaño suelto sobre los hombros, una bata de satén entreabierta que le llegaba a media pierna. Era más alta de lo que había imaginado cruzándomela en el buzón, con los hombros anchos y una calma en los ojos que me descolocó por completo. Me miró de arriba abajo en silencio, sin apresurarse. No era sorpresa ni irritación. Era evaluación pura.

Detrás, Raquel apareció en el hueco: morena, el pelo recogido a medias, los brazos cruzados con esa postura que puede significar muchas cosas y esa noche significaba una sola.

—¿Qué quieres? —dijo.

No había preparado ningún discurso. Solo tenía lo que me había traído hasta ahí.

—Os he oído —dije. Mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Cada noche. Llevo semanas sin dormir bien. No puedo dejar de pensar. Estoy... —Me paré. Tragué—. Estoy solo y ya no sé qué hacer con eso.

Silencio. Nadia giró la cabeza hacia Raquel. Raquel levantó una ceja. Un segundo, dos. Luego las dos me miraron con algo que no supe descifrar al momento: no era lástima ni rechazo. Era reconocimiento.

—Entra —dijo Nadia.

***

Su piso era lo opuesto al mío. El mío tenía paredes blancas y cajas sin desembalar desde hacía cuatro meses. El suyo tenía plantas en todos los alféizares, velas a medio consumir, telas colgadas del techo que suavizaban las esquinas, y un olor que tardé en identificar: madera quemada y algún tipo de flor que no reconocí.

Me sentaron en el sofá. Nadia trajo un vaso de agua sin preguntar si lo quería.

Hablé más de lo que había hablado en todo el mes. La ciudad que me había tragado antes de que pudiera asentarme, el trabajo que no dejaba espacio para nada más, la sensación persistente de estar justo al lado de algo sin poder cruzarlo. Raquel escuchaba apoyada en la estantería con los brazos cruzados. Nadia, con las piernas recogidas en el sillón, no me interrumpió una sola vez.

Cuando terminé, Raquel preguntó:

—¿Qué buscas aquí, exactamente?

Era la pregunta correcta. No qué quería de ellas. Qué buscaba.

—Algo real —dije—. Algo que tenga peso.

Nadia sonrió. Una sonrisa lenta que empezó en los labios y llegó a los ojos con un segundo de retraso.

—Podemos darte eso —dijo—. Pero aquí hay reglas.

Raquel se separó de la estantería y se sentó a mi lado en el sofá. Su muslo rozó el mío.

—Aquí mandamos nosotras —dijo en voz baja—. Tú haces lo que te pedimos, cuando te lo pedimos. Vas a chupar, vas a lamer, vas a abrir la boca y el culo cuando te lo digamos, y no vas a correrte hasta que te demos permiso. Si quieres parar, dices la palabra y paramos. ¿Lo has entendido?

—Sí.

—Necesito oírte decirlo con claridad —añadió Nadia.

—Lo he entendido —dije.

—Bien —respondió Raquel, y por primera vez en toda la noche, algo en su postura se aflojó un milímetro.

***

Nadia me puso de rodillas en la alfombra frente al sofá con la misma naturalidad con que alguien apoya un vaso en su sitio. Sin negociación ni teatralidad. Simplemente lo hizo, yo lo permití, y en ese permiso encontré algo que no había anticipado: un silencio interior que hacía semanas que no visitaba.

Arrodillado, mirándolas desde abajo, sentí que mi cabeza por fin dejaba de correr.

—Así —dijo Nadia, deslizándome un dedo por la mandíbula, metiéndomelo entre los labios hasta que se lo chupé sin pensar—. Quieto. Eso es. Buen chico.

Raquel se colocó detrás de mí. Sus manos me apretaron los hombros con precisión: no con fuerza, sino con intención. Me arrancó la camisa por los hombros y me la dejó caer hasta los codos, dejándome el pecho desnudo y los brazos medio atrapados en la tela.

—Respira —me dijo al oído, con los labios rozándome el lóbulo—. Y no hagas nada que no te pidamos.

Respiré.

Nadia se abrió la bata despacio. Era trans, algo que ya sabía y que esa noche tenía el mismo peso que cualquier otro detalle del espacio: parte de lo que era ella, parte de lo que me habían ofrecido. La bata se abrió del todo y la polla quedó a la altura de mis ojos, dura, gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande brillante y descapullado a un palmo de mi boca. Un hilillo de líquido preseminal le colgaba de la punta. Se me hizo agua la boca sin pedir permiso.

—Sacá la lengua —dijo.

La saqué. Ella se pasó el glande por la lengua despacio, restregándomelo por los labios, embadurnándome la cara con su propio jugo. El sabor era salado y espeso y me golpeó en un lugar que no sabía que tenía.

—Abre —añadió—. Toda.

Abrí la boca todo lo que pude y ella se metió sin prisa, sujetándome la nuca con una mano firme. La polla me llenó la lengua, empujó contra el paladar y siguió avanzando hasta tocarme el fondo de la garganta. Me atraganté. Ella no la sacó. Esperó un segundo, dos, y cuando el reflejo cedió empujó otro centímetro.

—Más despacio —dijo, aunque era ella la que marcaba el ritmo—. Respira por la nariz. Trágame.

Tragué. La garganta se me abrió alrededor de su verga y ella soltó un gemido ronco que me atravesó entero. Empezó a follarme la boca con embestidas cortas, luego más largas, hasta que su vello le rozaba la punta de la nariz cada vez que me la clavaba hasta el fondo. La saliva se me escurría por la barbilla y goteaba en el pecho desnudo. Los ojos se me llenaron de agua. No cerré la boca ni un momento.

Raquel me desabrochó el pantalón por detrás, me lo bajó hasta las rodillas junto con el calzoncillo, y sus manos recorrieron mi torso sin apresurarse, luego bajaron. Me apretó los muslos con firmeza y me pasó los dedos por el pliegue de las nalgas. Uno de sus dedos, mojado con algo que no vi de dónde había sacado, se coló entre ellas y me presionó el ojete con una lentitud calculada.

—Mírame —dijo.

La miré, con la polla de Nadia todavía enterrada en la boca. Raquel empujó el dedo dentro de mí hasta el nudillo. Me arqueé sin quererlo.

—Bien.

Empezó a moverlo despacio, entrando y saliendo, curvándolo dentro hasta que dio con un punto que me hizo gemir alrededor de la verga de Nadia. Ella lo notó, se rió por lo bajo y me embistió más fuerte.

—Le gusta —murmuró Raquel—. Mírale la polla, se le está poniendo dura solo con un dedo en el culo.

—Es lo que es —contestó Nadia, y me sujetó la cabeza con las dos manos, follándome la boca a su ritmo, sin dejarme hacer nada.

Raquel me metió un segundo dedo. Ardió al principio y luego se abrió. Los movía en tijera, dilatándome despacio, mientras con la otra mano me agarraba la polla desde atrás y me la meneaba con firmeza. No lo suficiente para hacerme correr. Lo justo para tenerme al borde y no dejarme caer.

—Todavía no —me advirtió al oído—. Ni se te ocurra.

Apreté los dientes contra el impulso, sin cerrar la boca alrededor de Nadia. Ella me la sacó de golpe con un ruido húmedo y se sentó en el sofá, con las piernas abiertas, la polla erguida y brillante de mi saliva.

—Ven aquí —me dijo—. Lámeme los huevos. Despacio. Uno y luego el otro.

Gateé hasta ella con los pantalones enredados en los tobillos y le hundí la cara entre las piernas. Le pasé la lengua por debajo de la polla, por la piel tensa de los testículos, se los metí en la boca de uno en uno, chupándoselos con cuidado mientras ella me acariciaba el pelo y suspiraba. Le lamí hacia arriba por todo el tronco, envolviéndoselo con los labios, y volví a bajar. Repetí el recorrido varias veces, hasta que ella me tiró del pelo para levantarme la cara.

—Muy bien —dijo—. Aprendes rápido.

Raquel se incorporó en el sofá y me atrajo hacia ella. Se había quitado los pantalones y las bragas en algún momento que no vi. Abrió las piernas y me plantó la mano en la nuca sin decir palabra. Le tomé el interior del muslo con la mano y esperé. Ella asintió y yo continué con los dedos, siguiendo las instrucciones concretas que me iba dando en voz baja: aquí, así, no tan fuerte, más. Le separé los labios del coño con dos dedos y vi lo mojada que estaba, la carne rosada y brillante, el clítoris hinchado asomando entre los pliegues. Empujé un dedo dentro y ella se cerró alrededor con un calor que me hizo apretar los dientes.

—Con la lengua —dijo.

Obedecí. Le hundí la boca en el coño, le pasé la lengua a lo largo de la raja, arriba y abajo, chupándole los labios menores, buscándole el clítoris con la punta y girando alrededor sin tocarlo del todo. Cuando por fin lo cubrí con toda la boca y empecé a chupárselo despacio, ella arqueó las caderas contra mi cara.

—Ahí —jadeó—. Ahí, no pares.

Tenía la nuca echada hacia atrás y los dedos enterrados en mi pelo, y de vez en cuando le decía a Nadia, en voz baja, lo que quería que hiciera a continuación. Le follé el coño con dos dedos mientras le chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba hasta encontrarle un punto rugoso que la hacía apretarse contra mi boca. Su humedad me chorreaba por la barbilla, se mezclaba con la saliva de la mamada anterior y me caía por el cuello.

Nadia se había levantado y se movía a mi espalda. Sentí sus manos abrirme las nalgas. Sentí algo frío y espeso derramándose entre ellas, un chorro de lubricante que me bajó por la raja. Luego el glande de su polla, ancho y caliente, apoyándose contra mi ojete recién abierto por los dedos de Raquel.

—No dejes de comerle el coño —me ordenó—. Aunque te folle. Ni un segundo.

Empujó. El glande me forzó el anillo y entró de golpe, y solté un gruñido ahogado contra el sexo de Raquel. Ella me apretó la cabeza más fuerte contra ella.

—Sigue —dijo—. He dicho sigue.

Seguí. Chupándole el clítoris, metiéndoselo entre los labios, mientras Nadia me abría a su ritmo, centímetro a centímetro, hasta que las caderas se le pegaron a mis nalgas y toda su polla estaba enterrada dentro de mí. Se quedó quieta un momento, dejándome sentir cada palpitación, cada vena. Luego empezó a moverse.

Al principio despacio, con embestidas largas que me sacaban casi entera y volvían a meterla hasta el fondo. Luego más rápido. La cadera le chocaba contra las mías con un chapoteo húmedo que reconocí al instante: era el mismo sonido que había oído a través de la pared durante veinte noches. Ahora lo estaba haciendo yo. Ahora era yo el que gemía contra la carne de Raquel mientras la polla de Nadia me atravesaba, era yo el cabecero rebotando, era yo el que sonaba a las dos de la madrugada.

—Míralo —le dijo Nadia a Raquel—. Se lo estoy metiendo hasta el fondo y no se aparta. Se abre solo.

—Le encanta —contestó Raquel, jadeando—. Mira cómo me come. Le has abierto el culo y se le va la lengua más rápido.

Era verdad. Cada embestida de Nadia me empujaba la cara contra el coño de Raquel, y yo aprovechaba el impulso para chupárselo más fuerte, más adentro. Los tres nos movíamos con un ritmo único, encajados, Raquel decidiendo cuánto y cuándo con la mano en mi pelo, Nadia clavándomela con una precisión controlada, yo entre las dos, taladrado y usado y por primera vez en meses completamente presente.

Raquel se corrió primero. Se cerró alrededor de mis dedos, se sacudió contra mi boca y soltó un gemido largo que le rebotó a Nadia. Me apretó la cara contra ella hasta que le pasó el último temblor. No me dejó respirar. Cuando me soltó, tragué el aire de golpe con la barbilla empapada.

Nadia me sacó la polla del culo, me dio la vuelta con dos manos firmes y me tiró de espaldas sobre la alfombra. Se me montó encima al revés, a horcajadas sobre mi cara, y bajó hasta que su glande me golpeó los labios.

—Abre la boca —dijo—. Y estate quieto. Voy a correrme en tu garganta.

Abrí. Ella me la metió hasta el fondo, sujetándome la cabeza contra el suelo, y me folló la boca con embestidas cortas y brutales. Al mismo tiempo, con la otra mano, me agarró la polla y me la meneó con fuerza. Raquel se acuclilló a mi lado y me metió tres dedos en el culo, buscándome ese punto por dentro, presionándomelo con la misma insistencia con la que Nadia me follaba la boca.

—Ahora —dijo Raquel—. Córrete.

Me solté como si me hubieran cortado una cuerda. La corrida me subió en oleadas, chorros gruesos que me salpicaron el vientre y el pecho, mientras Nadia me gruñía por encima y se vaciaba en mi garganta con embestidas cada vez más lentas. El semen caliente me bajó por el fondo del paladar y tragué todo lo que pude. Lo que no, se me escurrió por las comisuras.

Llegué cuando me dijeron que podía. No antes.

Después, los tres nos quedamos quietos. La respiración tardó en rehacerse. El aire olía a cera encendida, a piel caliente, a semen y sudor y a la madera quemada de siempre.

***

Fue Raquel quien rompió el silencio.

—Hay algo que tienes que saber —dijo sin moverse, mirando al techo—. No me gustan los hombres. En general.

Me giré a mirarla.

—Lo de esta noche ha sido distinto —continuó—. Pero no es lo que busco normalmente.

—¿Por qué lo has hecho entonces?

—Porque Nadia quería. Y porque parecías necesitarlo de verdad.

No supe exactamente cómo procesar eso. Al final decidí tomarlo como algo honesto y seguir.

Nadia se estiró y me miró de lado.

—Raquel y yo hemos hablado de esto antes —dijo—. De si podría haber alguien más en este espacio.

—¿Y?

—La condición es que no sea un hombre —dijo Raquel.

Me quedé callado.

—No te estamos pidiendo que renuncies a nada —añadió Nadia—. Te estamos pidiendo que, aquí, dentro de estas paredes, lo dejes a un lado.

Raquel se levantó y abrió el armario. Grande y ordenado: colores vivos, faldas largas, blusas de distintas texturas, telas que bajo la luz de las velas parecían tener un peso propio.

—Puedes decir que no —dijo—. Te vas a tu piso y esto ha sido una noche. Sin más.

La miré a ella. Luego a Nadia. Pensé en el piso vacío al otro lado de la pared compartida, en las cajas sin desembalar, en el tubo fluorescente del pasillo parpadeando en la oscuridad.

—¿Qué necesitáis de mí? —pregunté.

—Que seas lo que seamos capaces de construir entre las tres —dijo Nadia.

***

Nadia eligió una blusa de seda oscura y me la deslizó sobre los hombros sin ceremonia. La tela era fría al tacto y se fue calentando despacio con el calor de mi piel. Raquel sacó una falda larga y me la colocó en las caderas con manos precisas, ajustándola sin comentarios, como quien arregla algo que ya estaba ahí desde antes.

Luego las dos me miraron.

—¿Cómo te llamas aquí? —preguntó Raquel.

—Daniel —dije por inercia.

—No. —Directa—. Esta noche, aquí, en este piso, ¿cómo te llamas?

No lo había pensado. El nombre llegó solo, como si hubiera estado esperando que alguien lo pidiera.

—Sombra —dije.

Nadia asintió despacio, sopesándolo.

—Sombra —repitió—. Sí. Encaja.

Raquel cruzó los brazos, pero con una postura diferente. Menos guardia, más algo que se parecía a la aceptación.

—Sombra puede quedarse —dijo—. Daniel tiene que irse antes de que amanezca.

Me miré en el espejo de la pared. La blusa oscura, la falda de flores, el pelo descolocado, los ojos que me devolvían una expresión que no sabía exactamente cómo nombrar. No reconocí lo que vi, pero tampoco me resultó ajeno. Era algo en construcción, algo sin bordes definidos todavía.

Eso, en ese momento, me pareció suficiente.

—Sombra se queda —dije.

***

Nadia me enseñó a moverme con la falda, que era menos complicado de lo que había imaginado. Raquel me peinó hacia atrás con una eficiencia práctica que me hizo reír, y ella también rió, lo cual fue la primera vez en toda la noche.

Nos sentamos en el suelo de la habitación con la luz baja y Raquel puso música que no reconocí pero que encajaba con el espacio y con la hora.

Hablamos hasta que el cielo empezó a aclarar. De cosas mundanas: el supermercado del barrio que cerraba demasiado pronto, los vecinos del primero que discutían cada domingo, una película que ninguno de los tres había terminado. La conversación ordinaria que me había faltado durante meses y que en ese piso, en esa ropa, con esas dos personas, llegó sin ningún esfuerzo.

Antes de irme, Nadia dijo:

—La próxima vez, llegas antes de las dos.

Era una orden. También era una invitación.

—De acuerdo —respondí.

Raquel abrió la puerta. No dijo nada. Pero cuando llegué al final del pasillo y me giré, levantó la mano: un gesto pequeño, casi nada.

Suficiente.

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Valora este relato

Comentarios(9)

Juanpa_92

que bueno estuvo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

MarcosRio

Por favor necesito una segunda parte, no puede terminar asi. Quede con muchisimas ganas de mas

ToniBA87

La tension desde el primer parrafo te atrapa, muy bien armado el relato. Se hizo corto!

Beto_mdq

tremendo... me dejo sin palabras jeje

Cukitabella

jajaja la escena de la puerta me mato, me imagino perfectamente la situacion. Muy original el arranque

NereaSur88

Increible, ya quiero leer la continuacion. Muy buen trabajo

LaraGDL

Me encanto la dinamica entre los personajes, se siente muy creible y natural. Sigue publicando asi!

SantiG92

El comienzo es de diez, te engancha de entrada. Espero que haya mas

Rosana_cba

Muy rico el relato, con mucho morbo bien dosificado. Saludos!

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