La tarde que me dediqué entera a mi propio placer
No pasa muy seguido, pero cuando pasa, lo sé de inmediato. Esa mañana, mientras veía salir a todos por la puerta, algo en mi pecho se asentó como cuando apagan el ruido de fondo de un cuarto y de repente escuchas el silencio. Cuatro horas, quizás cinco. Solo yo y la casa.
Primero hice lo que se supone que hay que hacer: lavé los platos del desayuno, revisé el teléfono, respondí dos mensajes. Pero el cuerpo ya sabía. Ya había tomado la decisión por mí, mucho antes de que yo misma me lo reconociera.
Cerré con llave. Bajé las persianas de la sala. Fui a mi cuarto y saqué la bolsa que guardo en el fondo del cajón.
Tengo una lencería negra que solo me pongo cuando estoy sola. Un body de encaje que se me marca en la piel, medias que se sujetan solas a la mitad del muslo, y unas zapatillas de tacón bajo que no sirven para salir a ningún lado pero que cuando me las pongo en casa me cambian completamente la postura, la manera de caminar, la forma en que me veo. Me los puse despacio, disfrutando cada paso. Me miré en el espejo del baño. Me gusté.
Fui a la cocina y serví una copa de vino tinto. Me lo tomé de pie, apoyada en la encimera, mirando por la ventana el patio vacío. El vino tiene eso: no te emborracha de golpe, te va aflojando por dentro, como si te quitaran un cinturón que llevabas puesto tanto tiempo que ya ni lo sentías.
Puse música. No la música que pongo cuando hay alguien más en casa, sino la que me gusta de verdad: electrónica lenta, con mucho bajo, el tipo de canción que se te mete en el pecho y te hace mover sin querer. Volví a la sala con la copa en la mano.
Me senté en el sofá y abrí el teléfono. Busqué un video que había guardado hacía semanas y que todavía no había podido ver tranquila. Una chica rubia en un departamento luminoso, primero sola, después con un hombre que aparecía como si fuera lo más natural del mundo. Me quedé mirando la pantalla con las piernas cruzadas, la copa en la mano, y sentí el calor subir despacio por el vientre.
Me toqué por encima del encaje, casi sin darme cuenta. Ya estaba húmeda.
***
Apagué el video. Tenía algo mejor en mente.
Fui al cuarto y descolgué el espejo grande del pasillo, ese espejo alargado que nunca encuentro dónde poner y que termina apoyado contra la pared. Lo arrastré a la sala y lo coloqué frente al sillón individual, el que queda cerca de la ventana. Me serví otra copa. Me senté de frente al espejo.
Hay algo completamente distinto en verse. No es lo mismo tocarse a oscuras o con los ojos cerrados que mirarse mientras lo haces. El espejo te convierte en dos personas al mismo tiempo: la que siente y la que observa. Y la que observa también siente, pero de otra manera, con una distancia que lo intensifica todo.
Me desabroché el body despacio. Vi cómo caía el encaje y quedaba mi piel debajo. Me quedé con las medias y las zapatillas puestas. En el espejo, la imagen era exactamente lo que quería ver: una mujer con tiempo, sin prisa, completamente para sí misma.
Abrí las piernas.
Me toqué el vientre primero, los costados, los senos. Me pellizqué los pezones hasta sentir ese hilo directo que va del pecho al centro. Luego bajé la mano y me acaricié despacio, abriendo los labios con los dedos, mirándome en el espejo mientras lo hacía. Mi sexo estaba húmedo y caliente, los pliegues hinchados, el clítoris saliendo a buscar el contacto.
Me pasé el dedo por encima, circular, sin prisa. El primer gemido me salió suave, casi sin querer. La música seguía. El vino ya me había llegado a las mejillas.
Me hundí dos dedos y los saqué despacio, mirando cómo los retiraba brillantes. Me los llevé a la boca. Me gusto. Hay algo en ese sabor que me parece completamente íntimo, completamente mío, y me lo volví a probar una y otra vez mientras seguía tocándome con la otra mano.
Cambié de postura. Me arrodillé en el sillón dando la espalda al espejo y giré la cabeza para mirarme. La imagen era diferente así: mi espalda, mis caderas, y entre ellas el espacio oscuro y cálido. Me separé con las manos. Vi mi ano, pequeño y apretado. Lo toqué con la yema del dedo, apenas, como preguntando. Siempre me ha gustado esa zona, pero me lleva tiempo llegar ahí, necesito estar muy excitada para querer más.
Estaba muy excitada.
***
Fui por mi juguete. Lo tenía en la bolsa del cajón, envuelto en su funda de tela. Es de silicona, liso, del grosor justo. Me lo había comprado hacía unos meses y ya lo conocía bien: sabía cómo responde mi cuerpo con él, sabía qué posiciones funcionan mejor, sabía hasta dónde puedo llegar antes de que el placer se vuelva demasiado intenso para manejarlo.
Volví al sillón frente al espejo. Me senté con las piernas abiertas y lo introduje despacio, mirándome mientras lo hacía. Me entró sin resistencia, todo él, y solté el aire de golpe. Empecé a moverlo con ritmo, suave primero, luego más profundo, y con la otra mano me toqué el clítoris sin dejar de mirarme en el espejo.
La imagen era excitante de una manera que no sé explicar del todo. Verme así, haciéndome eso, sin esconderme de mí misma. Me puse a pensar en cosas que me gustan: manos de hombre en mi cadera, una boca que sabe lo que hace, el peso de alguien encima. Los recuerdos mezclados con la sensación real de mis propios dedos y el juguete moviéndose dentro de mí.
Cambié de postura de nuevo. Me puse de pie, coloqué el juguete apoyado en el cojín del sillón con la base firme contra el asiento, y me agaché sobre él con las piernas abiertas, dejando que entrara desde abajo. Desde esa posición podía controlar la profundidad con las piernas, subir y bajar, y en el espejo me veía entera: la espalda arqueada, las manos apoyadas en mis rodillas, el movimiento de las caderas.
Me lo saqué. Quería más.
Fui al baño a buscar crema humectante. Volví, embadurné bien el juguete, y esta vez lo apoyé en el sillón orientado hacia atrás. Me puse de espaldas al espejo, en cuclillas, y lo busqué con el otro orificio. Lo noté primero como presión, luego como una resistencia que cede lentamente cuando te relajas de verdad, cuando dejas de anticipar y simplemente recibes.
Entró la mitad. Me detuve. Respiré.
Entró más. La sensación era densa, llena, completamente diferente a lo otro. Me quedé quieta un momento, dejando que el cuerpo se acomodara. Luego empecé a moverme, despacio, y la presión se convirtió en algo que no tiene un nombre exacto pero que reconozco: una especie de satisfacción profunda, física, que no viene de ningún otro lugar.
Me giré un poco para verme en el espejo. La imagen fue demasiado.
***
Me senté de nuevo en el sillón, de frente al espejo, con las piernas alzadas y abiertas. Volví a introducir el juguete en mi sexo, esta vez con movimientos rápidos, directos, mientras con la otra mano estimulaba el clítoris sin parar. La música seguía de fondo. El vino ya era un calor en todo el cuerpo.
Sentí el orgasmo acercarse como se siente el final de una ola: primero el cuerpo se tensa, los músculos del vientre se contraen solos, la respiración se corta. Seguí el ritmo sin cambiar nada, sin detenerme, mirándome en el espejo hasta el último momento.
Cuando llegó, llegó desde adentro hacia afuera, como si todo mi cuerpo se sacudiera desde el centro. Gemí sin controlarme, con la cabeza echada hacia atrás, el juguete dentro hasta el fondo y el dedo apretado contra el clítoris. Duró varios segundos, esa contracción larga y caliente que te deja sin fuerzas en las piernas.
Me quedé quieta un buen rato. Tenía la piel sensible en todas partes, el sexo palpitando. No quería moverme todavía.
La música seguía. Afuera, el patio vacío y el sol de la tarde.
***
Después me fui a bañar. Agua caliente, jabón, tiempo. Me miré en el espejo del baño otra vez, pero diferente: con esa calma particular que queda después, cuando el cuerpo ya no pide nada y simplemente existe.
Guardé todo. Devolví el espejo al pasillo. Abrí las persianas. Serví agua.
Cuando escuché la llave en la puerta, ya estaba sentada en el sofá con un libro en la mano, como si la tarde hubiera sido completamente ordinaria.
Pero todavía sentía el calor entre las piernas. Y eso era solo mío.