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Relatos Ardientes

Cuando mi compañero llegó borracho, todo cambió

Me llamo Andrés, tengo veinte años, soy delgado y no especialmente llamativo. Estudio ingeniería en Santiago y vivo en la residencia universitaria desde hace año y medio. Lo que voy a contar pasó durante la semana de exámenes parciales, y aunque sé que no estuvo bien, no me arrepiento de nada.

Mi compañero de cuarto se llama Diego. Veintidós años, uno ochenta de estatura, moreno, pelo negro cortito y ojos color miel que se ven increíbles cuando te miran directamente. Tiene ese tipo de cuerpo que no necesita el gimnasio para verse bien: hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas. También tiene tatuajes en el antebrazo izquierdo y una forma de reírse que te desarma sin que entiendas bien por qué.

Diego es exactamente el tipo de persona que yo nunca seré: extrovertido, sin filtros, siempre rodeado de gente. Entra a cualquier cuarto y en cinco minutos todos lo conocen. Yo soy lo opuesto: funciono bien con la gente que ya conozco, pero con extraños me cierro. Él nunca entendió eso del todo, aunque tampoco le exigí que lo entendiera.

El problema era simple: Diego era heterosexual. Muy heterosexual. Ese tipo de heterosexual que hace comentarios incómodos cuando ve a dos hombres de la mano en la calle, que pone cara rara si alguien menciona algo y que cambia de tema con una rapidez que dice más de lo que cree. Así que mi atracción por él no era solo complicada, era directamente imposible, y yo lo sabía desde el primer día.

Pero saberlo no cambiaba nada.

Desde que llegó me pareció increíblemente atractivo. Lo vi entrar al cuarto con una mochila enorme y dos bolsas de ropa, y pensé que iba a ser un año muy difícil. No me equivoqué.

Compartíamos el baño con otros dos pisos, pero el pasillo que conectaba el cuarto con la ducha era tan estrecho que solo cabía una persona a la vez. Diego tenía la costumbre de salir de la ducha con solo la toalla enroscada en la cintura y caminar así hasta el cuarto, buscando ropa limpia, sin ningún pudor. Siempre olía a ese jabón de lavanda que usaba, y ese olor todavía me hace algo que prefiero no analizar demasiado.

Un día, sin querer, lo vi en la pantalla de su teléfono. Había desbloqueado el móvil para mostrarme algo y apareció una foto que claramente no era para mí: una tía con las tetas al aire, la boca abierta y la polla de Diego apoyada en la mejilla, brillante de saliva. Me quedé tres segundos mirando antes de desviar los ojos. Diego ni se dio cuenta. Siguió hablando de lo que estaba hablando como si nada, y yo me quedé callado el resto de la tarde con esa imagen pegada en la cabeza: el grosor exacto de su verga, la vena que la recorría de arriba abajo, la manera en que la punta rozaba los labios de esa chica.

Esa noche no dormí bien. Me la meneé tres veces bajo las sábanas, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido, imaginando que era yo el que tenía esa polla en la boca. Cuando por fin me corrí, callado y con el corazón desbocado, el semen me chorreó por los dedos y tuve que limpiarme con una camiseta vieja. Diego roncaba en la cama de al lado sin sospechar nada.

Lo que siguió fueron meses de fantasías que nunca debí haber alimentado. Me imaginaba cosas absurdas: que me arrodillaba delante de él y me abría la boca, que le lamía los huevos mientras él me agarraba del pelo, que me lo follaba con toda su fuerza contra el escritorio del cuarto. Me masturbaba pensando en él con una regularidad que me avergonzaba un poco y que no podía evitar. Fantasías ridículas sobre alguien que ni siquiera sabía que yo existía de esa manera.

Hasta la noche de los parciales.

***

Era viernes. Yo llevaba tres días encerrado estudiando termodinámica y no había salido del edificio en todo ese tiempo. Diego, en cambio, ya había terminado sus evaluaciones y se fue a celebrar con unos amigos del departamento de diseño. Me dijo que volvería antes de medianoche. Me importó muy poco.

Eran la una y media cuando sonó el móvil. Un número que no reconocí.

—¿Eres el compañero de Diego? —preguntó una voz de chica.

—Sí.

—Está aquí en la entrada. No puede subir solo.

Bajé en camiseta y pijama. Lo encontré apoyado en la pared con una sonrisa de idiota feliz y los ojos entrecerrados. La chica que lo sostenía me lo pasó con un gesto que decía claramente «es tuyo» y se fue sin más explicaciones.

—Andrés —dijo Diego, pronunciando mi nombre con una exageración que solo ocurre cuando alguien está muy borracho—. Tío, qué bueno que estás.

—Sí —respondí—. Ven, vamos arriba.

Pesaba bastante más que yo y no coordinaba bien los pies. Subimos tres pisos agarrándonos al pasamanos, chocando con las paredes, riéndonos a medias de nada. Cuando llegamos al cuarto entendí que estaba en un estado peor de lo que creía: tenía los ojos cerrados casi del todo y el equilibrio de un barco en tormenta. El olor a alcohol que desprendía llenaba el cuarto entero.

Lo senté en la cama y pensé en dejarlo así. Pero olía mal, y el Diego que conocía habría querido ducharse. Así que lo levanté de nuevo.

—Ducha —le dije.

—Ducha —repitió él, como si le pareciera una idea excelente.

El baño estaba vacío a esa hora. Lo metí dentro con dificultad y lo apoyé contra la pared de azulejos fríos. Abrí el agua para que se templara un poco y lo sostuve mientras esperaba. Le quité la camisa, y cuando mis manos tocaron su piel sentí algo parecido al vértigo: era cálido, firme, y olía a ese jabón de lavanda mezclado con sudor y cerveza. Su torso desnudo, tan cerca, me resultó casi insoportable después de meses de mirarlo solo de lejos. Le pasé los dedos por los pectorales sin darme cuenta, sintiendo los pezones oscuros erizarse por el aire frío del baño, y tuve que respirar hondo para no perder la cabeza ahí mismo.

Diego no decía nada. Tenía los ojos cerrados y respiraba despacio, medio dormido de pie.

Le bajé los pantalones. Se quedó en bóxer bajo el chorro de agua, y yo traté de concentrarme en lo que estaba haciendo y no en lo que veía. No lo conseguí. El bóxer blanco se le había vuelto casi transparente con el agua, y a través de la tela mojada se marcaba todo con una nitidez cruel: el bulto de la polla apoyada de lado sobre el muslo, los huevos pesados debajo, el vello negro que empezaba justo encima de la cintura elástica.

Cogí el jabón y empecé a pasárselo por los hombros, por la espalda, por el pecho. Sus músculos estaban sueltos por el alcohol. Era como sostener algo que no sabe que lo estás sosteniendo. Cada vez que le pasaba las manos por los costados sentía que el corazón me latía demasiado rápido para ser normal. Bajé por el abdomen, siguiendo la línea de vello que descendía desde el ombligo, y me detuve justo antes del bóxer. La mano me temblaba.

Esto está mal, pensé. Esto está muy mal y lo sé perfectamente.

Pero no me detuve.

El agua le corría por el torso y desaparecía bajo la tela del bóxer. Miraba la forma que marcaba por debajo, ese contorno que había visto tantas veces sin poder hacer nada al respecto. Diego respiraba despacio. En algún momento murmuró algo ininteligible, y luego nada más.

Acerqué la mano despacio. La coloqué plana sobre su abdomen primero, como si estuviera comprobando algo sin nombre. Luego bajé un poco más, hasta rozar con los dedos el borde elástico del bóxer, y me quedé ahí un segundo eterno, con la boca seca y las rodillas a punto de fallarme.

Empecé a acariciarlo por encima de la tela. Le pasé la palma por todo el largo de la polla, sintiendo el bulto blando responder despacio, hincharse, alargarse contra mi mano. Le apreté suavemente los huevos por encima del bóxer y noté cómo se le contraía el músculo del vientre. Diego no reaccionaba con la mente pero su cuerpo sí: la verga se le fue poniendo dura debajo de la tela mojada, marcándose cada vez más gruesa, cada vez más larga, empujando hacia arriba hasta que la punta asomó por el borde del bóxer, roja y brillante bajo el chorro del agua.

Me puse de rodillas en el suelo mojado del baño. El agua fría me empapaba la camiseta. No me importó en absoluto.

Le bajé el bóxer con cuidado, muy despacio, como si de pronto el tiempo hubiera cambiado de velocidad. La tela se le enredó en los muslos y por fin quedó liberada, dura, apuntando hacia arriba, latiendo despacio contra su propio abdomen. Y ahí estaba, exactamente como la había imaginado tantas veces durante todos esos meses: grande, gruesa, con esa piel clara y esa vena lateral que la recorría de la base a la punta, y el glande hinchado y morado, ya brillante de una gota transparente que se le acababa de formar en el agujerito. Lo miré un momento antes de tocarlo. Solo un momento.

La tomé con una mano y me sorprendió el peso. Estaba caliente incluso bajo el agua, palpitaba contra mi palma con un pulso propio. Le bajé la piel hacia atrás con cuidado y dejé el glande completamente descubierto, terso y reluciente. Diego dejó escapar un sonido bajo, algo entre un suspiro y un quejido apagado. No abrió los ojos.

Empecé despacio. Le pasé la lengua por los huevos primero, uno y luego el otro, sintiendo el peso de cada uno contra los labios, aspirando el olor a jabón mezclado con ese aroma más profundo que era solo suyo. Los chupé con cuidado, uno cada vez, metiéndomelos en la boca enteros mientras con la mano le seguía haciendo la paja despacio. Diego soltó un jadeo apenas audible y las caderas se le movieron un centímetro hacia adelante, como pidiendo más sin saberlo.

Subí. Pasé la lengua desde la base hasta la punta, siguiendo esa vena que me había obsesionado durante meses. Cuando llegué al glande lo rodeé con la lengua, despacio, saboreando el líquido salado que le seguía brotando de la punta. Quería que durara, quería grabarlo todo: la textura, el peso, el calor, la forma en que su cuerpo respondía aunque su mente estuviera en otro lugar completamente. Le besé la punta, se la lamí como si fuera un helado, y él soltó otro gemido bajo.

Y entonces me la metí en la boca.

Bajé despacio, dejando que la polla se abriera paso hasta el fondo del paladar. Era gruesa y me llenaba la boca por completo, tensándome los labios contra la piel. Bajé hasta la mitad y me detuve, respirando por la nariz, acostumbrándome al tamaño. Luego seguí, hasta que la punta me tocó la garganta y tuve que retirarme un poco para no atragantarme. Volví a bajar. Y otra vez. Cada movimiento era una revelación: la textura lisa contra mi lengua, el latido en la vena que le recorría por debajo, el sabor limpio del glande.

Diego apoyó la mano en mi cabeza sin saber lo que hacía. Ese gesto automático de los cuerpos que entienden antes que las personas. No apretó, no me empujó, solo la dejó ahí, pesada y cálida sobre mi nuca, mientras yo seguía con todo el tiempo del mundo. Empecé a chupársela más rápido, subiendo y bajando con un ritmo constante, cerrando los labios bien apretados alrededor del tronco, ayudándome con la mano en la base para lo que no me cabía en la boca. La otra mano se la pasé por debajo, acariciándole los huevos, apretándoselos con cuidado.

Estuve así un buen rato. El agua seguía corriendo sobre nosotros. El baño olía a vapor y a jabón de lavanda y a sexo. Afuera el edificio dormía en silencio. Yo la mamaba con hambre acumulada de meses, con una devoción que nunca había puesto en nada en la vida. Cuando sacaba la polla de la boca para respirar la sostenía contra mi mejilla, como en la foto del teléfono, y la miraba brillar mojada de mi saliva y del agua de la ducha. Luego me la volvía a meter, más profundo cada vez, hasta que sentía el glande empujando contra el fondo de la garganta.

Mientras se la chupaba me había ido bajando el pijama con la otra mano. Mi propia polla estaba durísima, apuntando hacia adelante, y me la empecé a menear al mismo ritmo que le comía la suya. No podía creer lo que estaba pasando. No podía creer que la polla que tenía en la boca era realmente la de Diego, después de tantas noches imaginándomelo.

En algún momento Diego tensó la espalda contra el azulejo. Escuché su respiración cambiar, hacerse más corta, más irregular. Sus caderas se movieron una vez, involuntariamente. Y luego otra vez, empujando la polla más adentro de mi boca. La mano que tenía en mi nuca se cerró en un puño flojo alrededor de un mechón de pelo. Le sentí el tronco endurecerse todavía más entre mis labios, palpitar con una urgencia nueva, y supe lo que venía.

Aceleré. Me la metí hasta el fondo, cerré los ojos y chupé con toda la fuerza que tenía, subiendo y bajando la cabeza rápido, apretando los labios. Diego soltó un gemido más grave, casi un gruñido, y las caderas se le contrajeron.

Y entonces se corrió. En mi boca. El primer chorro me golpeó el paladar caliente y espeso, seguido de otro, y otro más. Semen abundante, salado, con ese sabor concentrado del alcohol que había bebido, llenándome la boca hasta que tuve que tragar para que no se me escapara por las comisuras. Tragué todo. Tragué la corrida entera de Diego mientras él temblaba apoyado contra los azulejos, gimiendo bajo sin abrir los ojos, sin saber en qué boca se estaba vaciando.

Le seguí chupando despacio hasta que la polla dejó de latir, hasta que me sacó las últimas gotas y se le empezó a ablandar entre mis labios. Yo me corrí en ese mismo momento, arrodillado en el suelo del baño, con la boca todavía llena de él y la mano moviéndose frenética sobre mi propia verga. El semen me salió disparado sobre las baldosas mojadas, mezclándose con el agua que corría hacia el desagüe.

Y entonces se terminó.

***

Lo sequé con la toalla. Le limpié la polla con cuidado, ahora blanda y pesada entre sus muslos, y lo vestí con lo primero que encontré en su mochila. Lo llevé a la cama y lo acosté de costado, con una almohada cerca por si acaso. Se quedó dormido antes de que yo llegara a apagar la luz del cuarto.

Me senté en mi cama durante un rato largo mirando el techo. La adrenalina tardó en bajar. Todavía tenía el sabor de él en la boca, y la lengua me hormigueaba con el recuerdo de la piel tersa del glande.

No sentí culpa, exactamente. Sentí algo más parecido a la sensación de haber cruzado un umbral del que no hay regreso posible. Lo que había pasado no podía deshacerse, y yo no quería que se deshiciera. Era la primera vez que algo de lo que me imaginaba se había vuelto real, y eso tenía un peso extraño que no sabía bien cómo nombrar.

A la mañana siguiente Diego se levantó con cara de resaca y me pidió agua. Le di dos vasos y un par de ibuprofenos sin decir nada. Se sentó en la cama con los codos sobre las rodillas y la mirada clavada en el suelo durante un minuto largo.

—¿Me trajiste tú anoche? —preguntó.

—Te llamó alguien. Bajé a buscarte a la entrada.

—Gracias —dijo, sin levantar la vista—. Qué vergüenza.

—No pasa nada.

Y no pasó nada. Diego no recordaba nada, o si recordaba algo, no dijo una sola palabra sobre ello. Las semanas que siguieron continuaron exactamente igual que antes: él extrovertido y ruidoso, yo en mi sitio, los dos compartiendo un cuarto de ocho metros cuadrados como si nada hubiera ocurrido entre sus paredes.

Solo yo sabía que algo había cambiado.

Solo yo guardaba esa imagen: Diego apoyado en los azulejos fríos, el agua cayendo sobre su torso, su polla dura en mi boca, su mano en mi nuca sin saber que estaba ahí, su corrida caliente bajando por mi garganta. Solo yo la revisaba de vez en cuando, con la misma precisión con que uno recuerda algo que realmente pasó y no solo lo imaginó.

Algunos secretos no pesan. Este tampoco. Al contrario: cada vez que lo recordaba me hacía sentir que había tocado algo real en medio de un año lleno de fantasías vacías. Algo que había sido mío, aunque fuera solo una vez, aunque él no lo supiera nunca.

Y eso, curiosamente, era suficiente.

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Comentarios(8)

nocturno_44

Excelente relato, me tuvo pegado hasta el final. Seguí subiendo mas!!!

Tomas_BsAs

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar ahi. Necesito saber que paso despues

GabrielNoche

Me recordo a una situacion que viví con un amigo hace años... esas tensiones que uno no sabe si son reales o imaginadas. Muy bien contado.

MarcosV_88

genial!!! de esos relatos que se leen de un tiron

LucasSalta

La espera valió la pena, muy caliente sin ser vulgar. Se nota que sabes escribir

VivianaRC

jaja esa tension del principio me mato, que nervios debio sentir el protagonista. Muy bueno!

Ferchu_rba

Esperando la continuacion ansioso. Esas situaciones entre compañeros de cuarto son las mas intensas, bien narrado

RubenNorte77

increible como lo contaste, se siente autentico. Mas relatos por favor!!

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