Aprendí a darle lo que más me pedía
Marcos llevaba pidiéndomelo desde hacía casi un año. No insistía de forma pesada, no era su estilo. Lo dejaba caer de vez en cuando, entre sábanas, con esa voz grave que usaba cuando estaba muy encendido.
—Algún día me vas a dar unos buenos sentones —decía, y sonreía con esa calma que me desarmaba.
Y yo le sonreía, lo besaba, y volvía a ponerme a cuatro patas o me subía encima de él de la manera habitual. Las posiciones que ya conocía, las que me resultaban cómodas, las que siempre funcionaban. Pero los sentones —esa cosa de pararse y sentarse rítmicamente sobre él, dejar que su polla entrara y saliera de mi culo con mi propio peso haciendo todo el trabajo— me agotaban a los dos minutos.
Era pura falta de entrenamiento. Me daba cuenta. El problema no era el dolor ni la posición; era que los músculos de mis muslos y glúteos no aguantaban ese movimiento sostenido. Subía, bajaba, subía, bajaba, sintiendo cómo su verga se hundía y salía de mi ano una y otra vez, y a los dos minutos ya me temblaban las piernas y tenía que parar, dejándolo con la polla dura, brillante de lubricante y mi culo apretado a medio camino de correrse. Marcos nunca se quejaba, pero yo veía en su cara que no había llegado adonde quería llegar, que se quedaba con las ganas de descargar su corrida bien adentro mientras yo lo cabalgaba sin freno.
Decidí que tenía que practicar.
***
Trabajo desde casa tres días a la semana. Diseño gráfico para una agencia pequeña, lo que significa que paso horas delante del ordenador ajustando tipografías y revisando maquetas. Es un trabajo que requiere concentración pero no movimiento. Y eso, resultó ser la combinación perfecta para lo que tenía en mente.
El martes siguiente, antes de abrir el portátil, saqué el dildo mediano del cajón de la mesita. No el grande —no era el momento para heroicidades— sino el que uso cuando quiero calentarme sin demasiada ceremonia. Una polla de silicona gruesa, venosa, con un glande marcado que se sentía exactamente como una verga real cuando me abría paso. Lo fijé en el asiento de la silla de escritorio con la base de ventosa que tenía guardada desde hacía meses sin estrenar. Dejé el lubricante a mano y abrí el primer correo del día.
Me bajé los pantalones del chándal, me eché un buen chorro de lubricante en los dedos y me lo trabajé despacio en el ano, metiendo primero uno, luego dos, girándolos hasta sentir que el músculo cedía. Embadurné el dildo hasta dejarlo brillante y me senté encima muy despacio, con las piernas abiertas a cada lado de la silla, sintiendo cómo el glande de silicona forzaba la entrada y cómo el eje me iba llenando centímetro a centímetro hasta que mi culo tocó el asiento. Solté el aire que ni sabía que estaba aguantando. El dildo estaba entero dentro de mí. Eso nunca había sido el problema.
Empecé a trabajar. Respondí tres correos, revisé una maqueta de cartel, tomé un café. Y todo el tiempo la polla de silicona estaba ahí, clavada en mí, recordándome para qué la había puesto. Cada vez que me movía un poco en la silla, la sentía frotar contra mi próstata y se me escapaba un jadeo silencioso. Cuando me inclinaba hacia adelante para leer algo en la pantalla, el ángulo cambiaba y el glande me presionaba justo en el punto que me tensaba los huevos. Era una presencia constante, no molesta, sino curiosamente relajante, con la polla goteando pre-semen sobre mis muslos sin que hiciera falta tocármela.
A media mañana empecé con los movimientos. Pequeños al principio, casi imperceptibles. Me levantaba dos o tres centímetros y volvía a bajar, sintiendo cómo el dildo salía apenas y volvía a hundirse. No buscaba profundidad ni fricción intensa; buscaba resistencia. Quería que mis muslos se acostumbraran al esfuerzo, que los glúteos aprendieran a sostener el movimiento sin colapsar. Era más ejercicio que placer, aunque el placer aparecía de todas formas, discreto y constante, una brasa baja en el vientre que no se apagaba. Cada bajada me arrancaba una descarga breve por la espalda, y para cuando terminé la primera hora tenía la polla goteando un hilo largo sobre el asiento y las bolas apretadas contra el silicón.
El primer día aguanté unos veinte minutos de movimientos intermitentes antes de que las piernas empezaran a temblar. Lo anoté mentalmente. El segundo día llegué a veinticinco. El tercero, a treinta y dos. Me corrí sin tocarme dos veces esa semana, con las manos aún sobre el teclado, mordiéndome el labio para no gemir en voz alta mientras el semen me salpicaba la camiseta y la polla de goma seguía enterrada en mi culo hasta el fondo.
***
La segunda semana añadí variaciones. Algunos días movía las caderas en círculos en lugar de arriba y abajo, restregando el ano contra la base del dildo, sintiendo cómo la polla giraba dentro de mí y me tocaba puntos nuevos. Otros días subía hasta dejar solo la punta dentro, con el esfínter apretado alrededor del glande, y bajaba de un golpe controlado, empalándome hasta el fondo de un solo movimiento que me sacaba un gruñido ahogado. Aprendí a relajar el ano durante el descenso para que el movimiento fuera más fluido, más natural, sin esa contracción involuntaria que me frenaba. Aprendí también a apretar en la subida, a ordeñar la polla imaginaria con el culo como si quisiera arrancarle la corrida.
También descubrí algo que no esperaba: trabajar con algo dentro me reducía la tensión de la espalda. Las horas delante del ordenador me pesaban menos. Me movía más, ajustaba la postura con más frecuencia, y el tiempo pasaba de otra manera. Cambiaba de dildo según el día. El mediano para las mañanas largas, uno más fino y curvado cuando quería trabajar solo la próstata, y algún día suelto el grande, el que casi no usaba nunca, para forzarme a aguantar la dilatación sin distraerme. Terminaba las jornadas con el ano abierto, palpitante, y una sensación de vacío cuando por fin me levantaba de la silla.
Empecé a esperar con algo parecido a la impaciencia los días de teletrabajo.
***
La semana siguiente ocurrió algo que todavía me hace reír cuando lo recuerdo.
Era miércoles, cerca del mediodía, y llevaba una hora con el dildo en la silla mientras revisaba el rediseño de una web de restaurante. Estaba concentrado en la paleta de colores —si el verde era demasiado oscuro, si el tamaño del texto era legible en móvil— y al mismo tiempo me movía con ese ritmo lento y sostenido que ya empezaba a resultarme natural, con la polla de silicona entrándome y saliéndome del culo mientras yo escogía tonos de verde.
El teléfono vibró en el escritorio. Era mi madre.
Dudé un segundo. Luego descolgué.
—¿Sí, mamá?
—Hijo, ¿cómo estás? Te llamé ayer y no cogiste.
—Estaba en una reunión —dije. No era mentira; esa mañana anterior sí había tenido una llamada con el cliente.
—¿Y ahora qué haces? ¿Estás ocupado?
Me quedé muy quieto un momento. El dildo seguía enterrado hasta la base dentro de mi culo. La silla tenía una ligera inclinación hacia adelante que me hacía sentir el glande apretado contra la próstata.
—No, tranquila —respondí, controlando la voz—. Estoy trabajando, pero puedo hablar.
Y hablé. Mi madre me contó que el fontanero había tardado tres días en arreglar la fuga del baño, que mi prima había tenido un niño y que en el pueblo habían pintado las farolas de un color horrible. Yo asentía, hacía preguntas, respondía con normalidad. Y todo el tiempo seguía moviéndome, muy despacio, subiendo un par de centímetros y bajando, sintiendo cómo la polla de goma me follaba el ano con la lentitud justa para no jadear al teléfono. Se me escapó un espasmo en un momento y tuve que apretar los dientes; mi madre no notó nada, siguió hablando de las farolas. La polla me chorreaba pre-semen sobre el vientre mientras yo asentía a todo.
Cuando colgué, veinte minutos después, me quedé mirando la pantalla con las mejillas ardiendo y el culo palpitando alrededor del silicón.
Si supiera.
***
Tres semanas de práctica. Todos los martes, miércoles y jueves que estaba en casa. Los viernes me pesaban menos las piernas en las escaleras. Notaba los glúteos más firmes al tacto. Y lo más importante: cuando me montaba sobre el dildo con intención, podía mantener el ritmo durante más de cuarenta minutos sin que me temblaran las piernas, subiendo y bajando como una máquina, ordeñando la polla de silicona con el ano como si de verdad quisiera sacarle la corrida.
Estaba listo.
***
La oportunidad llegó un jueves. Marcos entró por la puerta a las ocho de la tarde con cara de haber tenido uno de esos días en que todo sale mal. Trabaja en logística, y a veces hay semanas en que las cosas simplemente se acumulan. Lo vi dejar la mochila en el suelo con un golpe sordo, quitarse la chaqueta sin doblarla, y sentarse en el sofá con la mirada fija en ningún sitio.
Me acerqué, me senté a su lado, y apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Qué ha pasado?
—Nada grave —dijo—. Solo que hoy todo ha ido al revés.
—¿Tienes hambre?
—Todavía no.
Me levanté sin decir nada más, fui al dormitorio, y saqué el lubricante del cajón. Cuando volví al salón, Marcos seguía en el sofá con los ojos cerrados. Me puse de rodillas delante de él y empecé a desabrocharle el cinturón.
Abrió los ojos.
—¿Qué haces?
—Quitarte el estrés —respondí.
No protestó.
Le bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Su polla empezó a hincharse solo con eso, solo con la anticipación y el silencio del cuarto, alzándose gruesa contra su vientre con una vena marcada en el eje que yo conocía de memoria. La tomé con la mano, apretándole la base, y le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande en un lametón largo y húmedo. Marcos soltó un gruñido ronco. Me metí la punta en la boca, la chupé despacio, saboreando la primera gota salada de pre-semen que le brotaba de la ranura. Luego me la tragué entera, hasta que sentí el glande contra el fondo de la garganta y las pelotas contra la barbilla.
Marcos apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y soltó un sonido grave, casi un rugido, que venía del fondo del pecho. Le agarré los huevos con la otra mano, se los amasé con cuidado mientras subía y bajaba con la boca por toda su verga, dejando que la saliva le chorreara por el eje y le mojara el escroto. Le chupé la polla durante varios minutos, ahogándome a propósito de vez en cuando para que sintiera cómo la garganta se me cerraba alrededor de él, sacándomela con un hilo de saliva colgando y volviéndomela a tragar hasta la raíz.
Lo suficiente para que estuviera completamente duro, con la polla brillante de mi saliva, palpitándole en la mano, y para que la tensión en sus hombros empezara a ceder. Luego me detuve, me puse de pie, y me bajé los pantalones del chándal que llevaba puesto. Sin ropa interior debajo. Me había preparado antes de que llegara: una ducha, tres dedos de lubricante y un rato con el dildo mediano para dejar el ano abierto y listo.
Marcos me miró y se relamió al verme la polla dura goteando entre las piernas.
—¿Qué tienes pensado? —preguntó, con la voz ya diferente, ronca, oscura.
—Ya lo verás.
Me puse lubricante con calma, de cara a él, para que lo viera. Me embadurné dos dedos y me los metí en el culo hasta los nudillos, sacándolos y metiéndolos con la boca entreabierta, mirándolo a los ojos. Marcos apretó la mandíbula y se agarró la verga con la mano, dándose dos tirones lentos mientras me veía prepararme. Luego me acerqué al sofá, puse una rodilla a cada lado de sus muslos, tomé su polla con la mano y me la posicioné en la entrada del ano.
Bajé despacio.
Sentí el glande abrirse paso, la presión familiar del músculo cediendo, y después el eje entero deslizándose dentro de mí, centímetro a centímetro, hasta que mis nalgas quedaron aplastadas contra sus muslos y sus huevos me tocaron el perineo. Él soltó un sonido que no era ni gemido ni palabra, algo entre los dos, y le tembló todo el vientre. Yo cerré los ojos un momento cuando lo sentí entrar del todo, llenándome completamente, y apreté el culo alrededor de su polla hasta que Marcos siseó entre dientes. Luego los abrí y lo miré a la cara.
—¿Así? —pregunté.
Marcos tenía la boca entreabierta y las manos en mis caderas.
—Sí —dijo—. Así exactamente. Móntame.
Empecé a moverme.
Al principio lento. Muy lento. Subiéndome casi del todo, dejando solo el glande atrapado por el esfínter, y bajando con control, empalándome hasta el fondo, dejando que él sintiera cada milímetro del recorrido de su polla dentro de mi culo. Marcos apretaba los dientes pero no decía nada, solo me miraba con esa concentración intensa que pone cuando está muy encendido, con los ojos fijos en el punto donde su verga desaparecía dentro de mí. Sus manos en mis caderas no me guiaban; solo descansaban ahí, sintiendo el movimiento.
Aumenté el ritmo.
Ahora el sonido era diferente, más denso, más constante: el chapoteo húmedo del lubricante, el golpe sordo de mis nalgas contra sus muslos, mi respiración rota y sus gruñidos graves cada vez que le tragaba la polla hasta la base. Yo sentía el ardor placentero en el interior, la presión exacta en el punto que me dejaba sin respiración por momentos, la próstata masajeada a cada bajada por el glande grueso de Marcos. Mi propia polla rebotaba contra mi vientre, dura y goteando, salpicándonos a los dos con hilos de pre-semen. Las piernas me respondían. Eso era lo más sorprendente: las piernas me respondían sin quejarse, sin temblar, sin pedir que parara. Semanas de práctica silenciosa frente al ordenador, y ahora el cuerpo sabía exactamente lo que tenía que hacer, subir y bajar, apretar en la subida, relajar en la bajada, ordeñarle la polla con el culo como me había enseñado a mí mismo.
—Joder —soltó Marcos entre dientes—. Joder, no pares.
Su voz había cambiado. Era la voz que usa cuando está cerca. Grave, contenida, como si hablara desde muy adentro.
—Fóllame —le dije, y ni yo me reconocí la voz—. Rómpeme el culo, Marcos.
No paré. Aumenté todavía más el ritmo, cabalgándolo con fuerza, dejándome caer con todo el peso sobre su polla y volviéndome a levantar de inmediato. Le di una nalgada sin pensarlo, más por instinto que por otra cosa, y él se rio un segundo antes de que el placer le borrara la sonrisa. Me agarró los glúteos con las dos manos, me los separó para clavarme más adentro, y empezó a marcar el ritmo desde abajo, embistiéndome hacia arriba cada vez que yo bajaba, encajando su polla en el fondo de mi culo con movimientos cortos y precisos que hacían chocar sus huevos contra mi perineo.
—Mira cómo me la tragas —jadeó, con los ojos clavados en el punto donde nos uníamos—. Mira cómo se te mete entera.
Yo me vine sin tocarme.
Fue una sorpresa incluso para mí. La presión interna, el movimiento sostenido, el glande de Marcos golpeando la próstata a cada embestida, su mirada clavada en mí mientras yo me movía encima de él, sus dedos hundiéndose en mis nalgas: todo junto llegó a un punto que no vi venir hasta que ya estaba ahí, y entonces fue como una ola que no pude —ni quise— detener. Se me contrajo el culo entero alrededor de su polla, apretándolo con espasmos, y mi verga empezó a disparar chorros de semen sin que la tocara nadie, salpicándole el pecho, la camisa, la garganta. Me incliné hacia adelante, apoyé las manos en sus hombros, y dejé que me sacudiera de arriba abajo, gimiendo contra su boca mientras el orgasmo me vaciaba.
—Me corro, joder, me corro dentro —gruñó Marcos pocos segundos después, con las manos apretando mis caderas hasta hacerme daño, embistiéndome desde abajo con tres, cuatro golpes secos que me clavaron su polla hasta la garganta.
Sentí el latido de su verga hinchándose dentro de mí y después el calor de la corrida disparándose contra mis paredes, chorro tras chorro, llenándome el culo con un sonido húmedo que reconocería en cualquier lugar. Me quedé quieto encima de él, dejándolo terminar, sintiendo cómo cada espasmo me descargaba más semen adentro. Cuando por fin se aflojó, seguía duro, todavía enterrado hasta el fondo, y yo apreté el ano una última vez a modo de despedida. Las piernas me temblaban levemente, pero por razones distintas a las de antes.
***
Nos quedamos así un rato sin hablar, con su polla ablandándose dentro de mí y su corrida empezando a escapárseme lentamente por el borde del ano cada vez que se le movía.
El salón estaba en silencio. Desde la calle llegaba el ruido lejano de un coche pasando. Marcos me pasó la mano por la espalda, de arriba abajo, con ese gesto lento que hace cuando está completamente relajado y no necesita nada más.
—¿Cuándo aprendiste eso? —preguntó al fin.
Me reí contra su cuello.
—He estado practicando.
—¿Con quién?
—Solo —dije—. Con paciencia y mucho tiempo libre.
Pareció querer preguntar algo más, pero se contuvo. Me besó en la sien, luego en la mejilla, luego en la boca. Un beso largo y tranquilo, de los que no buscan nada más que estar, con su semen todavía goteándome por el interior de los muslos.
—Muchas gracias —dijo cuando se separó—. De verdad lo necesitaba.
—¿Mejor el estrés?
—¿Qué estrés?
Me levanté con cuidado, sintiendo la polla salírseme del culo con un ruido húmedo y un hilo de corrida cayéndome por la cara interna del muslo. Fui al baño a limpiarme y cuando volví al salón, él ya había recogido la ropa del suelo y tenía el teléfono en la mano buscando dónde pedir comida.
—¿Quieres que pidamos algo? —preguntó.
—Lo que quieras.
Pedimos comida tailandesa y nos la comimos en el sofá, con las piernas entrelazadas, viendo una serie que ninguno de los dos seguía del todo. Marcos tenía una mano en mi rodilla. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y pensaba en los martes, los miércoles y los jueves frente al ordenador, con la polla de silicona bien clavada en el culo.
Semanas de práctica silenciosa. Merece la pena.